«Éste habitará en las alturas; fortaleza de rocas será su lugar de refugio; se le dará su pan, y sus aguas serán seguras»

9 de noviembre

«Éste habitará en las alturas; fortaleza de rocas será su lugar de refugio; se le dará su pan, y sus aguas serán seguras».

Isaías 33:16

¿Dudas acaso, oh cristiano, de que Dios cumplirá su promesa? ¿Podrá la tormenta mover las fortalezas de rocas? ¿Se vaciarán los almacenes del Cielo? ¿Crees que tu Padre celestial te olvidará, aunque sepa que necesitas alimento y vestidos? ¿Desconfiarás y dudarás de él, a pesar de que sabes que ni un pajarillo cae a tierra sin nuestro Padre y que los cabellos de nuestras cabezas están todos contados? Quizá tu aflicción continúe acosándote hasta que te resuelvas a confiar en Dios y, después, cesará. Muchísimos han sido probados y penosamente vejados hasta verse finalmente llevados en completa desesperación a poner su fe en Dios y, en el momento de hacerlo, quedaron libres. Han podido así comprobar si Dios guarda o no su promesa. ¡Oh, te ruego que no dudes más de él! No complazcas a Satanás ni te turbes alimentando por más tiempo esos ofensivos pensamientos en cuanto a Dios. No pienses que es cosa de poca importancia el dudar del Señor: recuerda que hacerlo es un pecado; y no un pecado insignificante, sino criminal en alto grado. Los ángeles nunca dudaron de él y tampoco los demonios. Solo nosotros, de entre todos los seres que Dios formó, lo afrentamos con nuestra incredulidad y mancillamos su gloria con desconfianza. ¡Qué vergüenza para nosotros! Nuestro Dios no merece que se desconfíe de él de un modo tan ruin. En nuestra vida pasada hemos comprobado que él es fiel y leal a su palabra y, además, son tantas las pruebas de amor y de bondad que hemos recibido y que diariamente estamos recibiendo que supone una ruindad inexcusable el que permitamos a la duda residir en nuestros corazones. De aquí en adelante estemos en guerra permanente contra las dudas acerca de las promesas de nuestro Dios, dudas que son enemigas tanto de nuestra paz como de su gloria. Y con una fe inconmovible, creamos que lo que él prometió también lo hará: «Creo, Señor; ayuda mi incredulidad».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 324). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«El Maestro dice: ¿Dónde está el aposento donde he de comer la pascua con mis discípulos?»

8 de noviembre

«El Maestro dice: ¿Dónde está el aposento donde he de comer la pascua con mis discípulos?».

Marcos 14:14

En los días de la Pascua, Jerusalén era una gran posada. En esta ocasión cada padre de familia había invitado a sus amigos, pero nadie invitó al Salvador; y él, por otra parte, no tenía casa propia. Pero por su poder sobrenatural encontró para sí un aposento alto en el cual observar la fiesta. Lo mismo sucede en la actualidad: con excepción de aquellos cuyos corazones él ha renovado con ese mismo poder, a Jesús no lo reciben los hijos de los hombres. Para el príncipe de las tinieblas todas las puertas se abren de par en par, pero Jesús tiene que limpiar un camino para sí mismo o hacer su aposento en las calles. Por medio del misterioso poder ejercido por nuestro Señor, el dueño de la casa no presentó objeción alguna, sino que en el acto, alegre y gozosamente, le abrió su casa. No sabemos quién ni qué era ese hombre, pero notamos que enseguida aceptó el honor que el Redentor se había propuesto concederle. De la misma manera se llega a saber aun hoy quiénes son los elegidos y quiénes no lo son. Porque, cuando se predica el evangelio, algunos lo combaten y no lo quieren aceptar; en cambio, otros lo reciben de buena voluntad: seguro indicio de que en esas almas se está efectuando una obra secreta y que Dios las ha elegido para vida eterna. ¿Deseas, querido lector, recibir a Cristo? Entonces no hay dificultad para ello. Cristo será tu huésped. Su propio poder ya está obrando en ti, moviendo tu voluntad. ¡Qué honor supone el hospedar al Hijo de Dios! Los cielos de los cielos no le puede contener; pero, sin embargo, él se digna alojarse en nuestros corazones. Nosotros no somos dignos de que él entre bajo nuestro techo, ¡pero qué indecible privilegio supone el que se digne entrar! Pues, entonces, él preparará una fiesta y hará que participemos con él de bocados delicados. Nos sentamos así a un banquete en el que las viandas son inmortales y confieren inmortalidad a aquellos que se alimentan de ellas. ¡Bendito entre los hijos de Adán aquel que hospeda al Señor de los ángeles!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 323). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Me seréis testigos»

7 de noviembre

«Me seréis testigos».

Hechos 1:8

Para aprender a cumplir tus deberes como testigo de Cristo, ten a Cristo mismo como ejemplo. Él está siempre testificando: ya sea junto al pozo de Samaria o en el templo de Jerusalén; bien junto al lago de Genesaret o bien en la cumbre del monte. Él testifica de día y de noche: las poderosas oraciones de Jesús son tan expresivas para Dios como su servicio diario. Él testifica bajo cualquier circunstancia. Los escribas y los fariseos no pueden cerrarle la boca. Aun delante de Pilato Cristo testificó de la buena profesión. Él testifica tan clara y distintamente que no comete ningún error. Cristiano, haz de tu vida un testimonio diáfano. Sé como un arroyo transparente y cristalino en cuyo fondo puedas ver cada una de las piedras, y no como un turbio riachuelo del cual lo único que ves es la superficie. Así, el amor de tu corazón hacia Dios y hacia los hombres será manifiesto a todos. No es necesario que digas: «Soy sincero»; sé sincero. No te jactes de que eres íntegro: sé íntegro. De este modo tu testimonio resultará tan evidente que los hombres no podrán dejar de verlo. Nunca, por temor al débil mortal, refrenes tu testimonio. Tus labios han sido encendidos con un carbón sacado del altar: deja, pues, que hablen como deben hablar unos labios tocados por el Cielo. «Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano». No mires a las nubes o al viento; testifica de tu Salvador a tiempo y fuera de tiempo. Y si aconteciera que por causa de Cristo y del evangelio tuvieses que soportar algún sufrimiento, no retrocedas, sino regocíjate por el honor que se te concede de ser tenido por digno de sufrir con tu Señor, y gózate también en esto: en que tus sufrimientos, tus pérdidas y tus persecuciones te prepararán una plataforma desde la cual, con más vigor y poder, podrás testificar a favor de Cristo Jesús. Medita en tu gran Ejemplo y sé lleno de su Espíritu. Recuerda que necesitas mucha instrucción, mucha perseverancia, mucha gracia y mucha humildad para que tu testimonio redunde en la gloria de tu Señor.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 322). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Diciendo: Esta es la sangre del pacto que Dios os ha mandado»

6 de noviembre

«Diciendo: Esta es la sangre del pacto que Dios os ha mandado».

Hebreos 9:20

Hay en la palabra sangre un extraño poder, y su sola presencia siempre nos afecta. Un corazón sensible no puede siquiera ver sangrar a un gorrión y (a menos que esté acostumbrado a ello) se apartará con horror del que mata a un animal. En cuanto a la sangre humana, es cosa muy sagrada. El que la vierte llevado por la ira, comete asesinato; y el que la derrama en las guerras, incurre en un espantoso crimen. ¿Se debe quizá este sentimiento al hecho de que la sangre es la vida y su derramamiento constituye una señal de muerte? Creemos que sí. Cuando nos erguimos para contemplar la sangre del Hijo de Dios, nuestro espanto se acrecienta y sentimos un estremecimiento pensando en el crimen del pecado y en el terrible castigo que tuvo que soportar quien lo expió. La sangre es siempre preciosa; y se vuelve inapreciable cuando procede de las venas de Emanuel. La sangre de Jesús sella el pacto de gracia y lo confirma para siempre. Los pactos de la antigüedad se hacían por medio de sacrificios, y el pacto eterno fue ratificado de la misma manera. ¡Oh, qué placer nos produce el ser salvos sobre ese seguro fundamento de los contratos divinos, que no pueden dejar de cumplirse! La salvación por las obras de la ley es una frágil y astillada embarcación destinada a naufragar; pero la nave del pacto no teme las tormentas, porque la sangre de Jesús la asegura plenamente. La sangre de Cristo hizo válido su Testamento. Los testamentos no valen de nada hasta que mueren los testadores; y, en este sentido, la lanza del soldado constituye una bendita ayuda para la fe, pues demuestra que nuestro Señor murió realmente. Acerca de este asunto no cabe duda alguna, y podemos intrépidamente apropiarnos de los legados que él dejó para los suyos. ¡Dichosos quienes ven garantizados sus derechos a las bendiciones celestiales por un Salvador que muere! Sin embargo, ¿no tiene esta sangre la última palabra para nosotros? ¿No nos está pidiendo que nos santifiquemos para Aquel por quien hemos sido redimidos? ¿No nos llama a una nueva vida y nos mueve a consagrarnos completamente al Señor? ¡Ojalá conozcamos y sintamos el poder de la sangre en nosotros en esta noche!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 321). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Alabadle, bendecid su nombre»

5 de noviembre

«Alabadle, bendecid su nombre».

Salmo 100:4

Nuestro Señor quisiera que todos los suyos fuesen ricos en pensamientos elevados y dichosos respecto de su bendita persona. Jesús no se satisface con que sus hermanos piensen pobremente de él: su placer sería que su Esposa se deleitase con su belleza. No tenemos que considerar a Jesús meramente como un artículo necesario —como el pan o el agua—, sino como cosa altamente delicada, como un placer inusual y encantador. Con este fin él se reveló a sí mismo como la «perla de gran precio» en su incomparable belleza; como el «manojito de mirra» en su refrescante fragancia; como la «rosa de Sarón» en su persistente perfume; y como el «lirio» en su inmaculada pureza.

Para ayudarte a albergar elevados pensamientos acerca de Cristo, recuerda la estima en que se le tiene más allá del firmamento, donde las cosas se miden según patrones justos. Considera cómo Dios estima al Unigénito, que es el inefable don que él nos ha concedido. Reflexiona sobre lo que piensan de él los ángeles cuando reputan su más alto honor el cubrir sus rostros y estar a los pies de Jesús. Considera lo que piensan de él los lavados con su sangre, mientras de día y de noche le cantan sus merecidas alabanzas. Los pensamientos elevados acerca de Cristo nos permitirán conducirnos convenientemente para con él. Cuanto más exaltado le veamos en su Trono y más humildes nos postremos delante del mismo, mejor preparados estaremos para conducirnos bien respecto a él. Nuestro Señor quiere que pensemos bien de él, para que nos sometamos alegremente a su autoridad. Los pensamientos sublimes en cuanto a Cristo acrecientan nuestro amor. El amor y la estima van juntos; por tanto, creyente, piensa mucho en las excelencias de tu Señor. ¡Considérale en su primigenia gloria, antes de que tomara tu naturaleza! ¡Piensa en el poderoso amor que le trajo desde el Trono para morir en la cruz! ¡Admíralo mientras vence a todos los poderes del Infierno! ¡Mírale resucitado, coronado y glorificado! Inclínate delante de él como el Admirable, el Consejero, el Dios fuerte, porque solo así tu amor por él será lo que debe ser.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 320). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«En tu luz veremos la luz»

4 de noviembre

«En tu luz veremos la luz».

Salmo 36:9

Ningún labio puede dar conocer el amor de Cristo al corazón hasta que Jesús se lo revele. Todas las descripciones palidecen y se evaporan si el Espíritu Santo no las llena de vida y de poder. Hasta que nuestro Emanuel no se revele, el alma no podrá verlo. Si quisieras ver el sol, ¿reunirías acaso los medios comunes de iluminación y procurarías de esa manera ver al astro diurno? No; el hombre entendido sabe que el sol tiene que manifestarse a sí mismo, y que únicamente por medio de su propio resplandor puede contemplarse esa potente lámpara. Así acontece con Cristo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre». Estas palabras se las dijo el Salvador a Pedro. El purificar la carne y la sangre por cualquier proceso educativo que se pueda elegir eleva las facultades mentales al más alto grado de poder intelectual, pero nada de eso es capaz de revelar a Cristo. El Espíritu de Dios tiene que venir con poder y «hacer sombra» con sus alas al hombre y, después, en ese místico Lugar Santísimo, el Señor Jesús ha de mostrarse al hombre santificado como no lo hace a los miopes hijos de los hombres. Cristo debe ser su propio espejo. La gran mayoría de la gente de este mundo tiene los ojos enfermos y, por eso, no puede ver en absoluto las inefables glorias de Emanuel. Ven a Jesús sin forma —es decir, sin gracia—, como una raíz de tierra seca, desechada por el vanidoso y despreciada por el soberbio. A Jesús solo le comprende aquel cuyo ojo el Espíritu ha tocado con colirio, cuyo corazón él ha avivado con vida divina y cuya alma ha educado para gustar lo celestial. «Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso» (1 P. 2:7). Para ti, él es la principal piedra del ángulo, la Roca de tu salvación, tu todo en todo. No obstante, para los demás, Cristo es «piedra de tropiezo y roca que hace caer». Dichosos aquellos a quienes nuestro Señor se manifiesta, pues él promete a los tales que hará morada con ellos. ¡Oh Jesús, Señor nuestro, tenemos el corazón abierto, entra en él y no salgas de allí nunca más! ¡Revélate a nosotros ahora! Favorécenos con una vislumbre de tu irresistible encanto.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 319). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

EL AMOR DE PABLO A LA IGLESIA

EL AMOR DE PABLO A LA IGLESIA

11/3/2017

Porque Dios me es testigo de cómo os amo a todos vosotros con el entrañable amor de Jesucristo. (Filipenses 1:8) 

El apóstol Pablo trataba a los creyentes con un espíritu amable y afectuoso. A menudo daba órdenes con genuinas expresiones de amor a las personas. Tenía un lugar especial en su corazón para la iglesia de Filipos. Se dirigía a esos creyentes como “hermanos míos amados y deseados” (Fil. 4:1).

Manifestaba su amor en su deseo de permanecer con ellos para su “provecho y gozo de la fe” (1:25). Pablo estaba dispuesto a ser ofrecido “sobre el sacrificio y servicio de [su] fe” (2:17). Y solamente los creyentes de Filipos habían “[participado con él] en razón de dar y recibir” (4:15), que también revela su vínculo especial con ellos.

Pablo era un dialéctico y un teólogo sin igual, su capacidad intelectual era asombrosa, pero también estaba dotado de una gran capacidad para amar a las personas. Su ministerio puede ser eficaz solo cuando ame a las personas.

DERECHOS DE AUTOR © 2017 Gracia a Vosotros
Usted podrá reproducir este contenido de Gracia a Vosotros sin fines comerciales de acuerdo con la política de Derechos de Autor de Gracia a Vosotros.

«Su oración llegó a la habitación de su santuario, al cielo»

3 de noviembre

«Su oración llegó a la habitación de su santuario, al cielo».

2 Crónicas 30:27

La oración es el refugio que nunca falla para el cristiano, cualquiera que sea la situación o el aprieto en que se encuentre. Cuando no puedas emplear tu espada, puedes recurrir al arma de la oración ferviente. Tu pólvora es susceptible de mojarse y la cuerda de tu arco de distenderse, pero el arma de la oración ferviente jamás tiene por qué estar fuera de uso. El Leviatán se ríe de la jabalina, pero tiembla ante la oración. La espada y la lanza necesitan ser acicaladas, pero la oración nunca se embota. La oración es una puerta abierta que nadie puede cerrar. Los demonios quizá te rodeen por todos los lados, pero el camino hacia arriba siempre estará abierto; y mientras esa senda no se vea obstruida, jamás caerás en manos del enemigo. Siempre que los socorros celestiales desciendan a nosotros por la escalera de Jacob a fin de auxiliarnos en los momentos de necesidad, no seremos conquistados por bloqueo, por asalto, por mina o por ataque. La oración jamás se halla fuera de temporada: tanto en verano como en invierno, su mercancía es preciosa. La oración consigue audiencia en el Cielo a altas horas de la noche, en medio de las ocupaciones diarias, al mediodía o al caer la tarde. El Dios del pacto recibirá complacido tus oraciones y las contestará desde su santo lugar, cualquiera que sea tu condición: la pobreza, la enfermedad, la oscuridad, la calumnia o la duda. La oración nunca resulta vana. La plegaria genuina constituye siempre un verdadero poder. Quizá no en todo momento consigas aquello que pides; pero siempre quedarán suplidas tus verdaderas necesidades. Cuando Dios no responde a sus hijos según la letra, les responde según el espíritu. Si pides harina común, ¿te enojarás porque se te conceda la harina más fina? Si buscas sanidad física, ¿te lamentarás si, en lugar de ella, Dios hace que tu enfermedad física redunde en la sanidad de tus enfermedades espirituales? ¿No es mejor que tu cruz sea santificada en lugar de eliminada? No te olvides esta noche, alma mía, de presentar tu petición y tu solicitud, pues el Señor está pronto para concederte aquello que deseas.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 318). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Horror se apoderó de mí a causa de los inicuos que dejan tu ley»

2 de noviembre

«Horror se apoderó de mí a causa de los inicuos que dejan tu ley».

Salmo 119:53

Alma mía, ¿sientes este santo estremecimiento ante los pecados de los demás? Porque si no lo sientes, careces de santidad interior. Las mejillas de David estaban mojadas por ríos de lágrimas debido a la impiedad reinante; Jeremías deseaba que sus ojos se convirtieran en fuentes de agua para llorar las iniquidades de Israel; y Lot se sintió abrumado por la conducta de los hombres de Sodoma. Aquellos sobre quienes se puso una señal (en la visión de Ezequiel), eran los que suspiraban y clamaban por las abominaciones de Jerusalén. No puede sino contristar a las almas bondadosas el ver el trabajo que se toman los hombres para ir al Infierno. Ellas conocen experimentalmente el mal del pecado, y se sienten alarmadas de ver a otros volar como polillas hacia su fuego. El pecado hace que el justo se estremezca, porque viola una ley santa que debiera guardarse por el más alto interés de todo hombre. El pecado derriba los pilares de la nación. El pecado practicado por otros horroriza al creyente, porque le recuerda la ruindad de su propio corazón. Cuando ve a un transgresor clama como el santo mencionado por Bernardo: «Él cayó hoy, y yo puedo caer mañana». El pecado es horrible para el creyente, porque crucificó al Salvador. El creyente ve en toda iniquidad los clavos y la lanza. ¿Cómo puede un alma salvada ver sin horror a ese maldito matador de Cristo? Di, corazón mío, ¿apruebas todo esto? Es espantoso insultar a Dios en su rostro. Dios merece mejor trato: él lo reclama y él lo obtendrá; de lo contrario, dará el pago en su cara a sus adversarios. Un corazón despierto tiembla ante la audacia del pecado y se siente alarmado por la contemplación de su castigo. ¡Cuán monstruosa es la rebelión! ¡Qué juicio tan horrible aguarda al impío! Alma mía, nunca te rías de las locuras del pecado, no sea que llegues a reírte del pecado en sí. El pecado es tu enemigo y el enemigo de tu Señor. Míralo con odio; pues solo así puedes demostrar que posees esa santidad sin la cual nadie verá al Señor.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 317). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre»

1 de noviembre

«Y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre».

Mateo 24:39

Este juicio fue universal: no se escapó del mismo ni el rico ni el pobre. Todos se hundieron en la común ruina: el erudito y el iletrado; el admirado y el aborrecido; el religioso y el profano; el anciano y el joven… Algunos, sin duda, ridiculizaron al patriarca. ¿Dónde están ahora sus burlonas carcajadas? Otros lo amenazaron por su celo, que consideraban locura. ¿Dónde están ahora sus palabras ofensivas y jactanciosas? El crítico que juzgó la obra del anciano está anegado en el mismo mar que oculta a sus burlones compañeros. Los que hablaron en términos elogiosos de la lealtad que Noé mostró hacia sus convicciones, pero no las hicieron suyas, se hundieron para no levantarse jamás; y los operarios que, por un sueldo, ayudaron a construir la maravillosa arca, se perdieron también para siempre. El Diluvio los barrió a todos, sin hacer excepción alguna. Así también, fuera de Cristo, una segura destrucción aguarda a todo hombre nacido de mujer. Ni la posición social, ni las posesiones, ni la fama serán suficientes para salvar a una sola alma que no crea en el Señor Jesús. Alma mía, contempla este juicio universal y tiembla al pensar en el mismo!

¡Resulta sorprendente la apatía de los contemporáneos de Noé! Comían, bebían, se casaban y se daban en casamiento, hasta que llegó el espantoso día. Fuera del arca no quedó ni un solo hombre prudente. La insensatez había embaucado a todos los seres humanos que estaban en la tierra. Era la más insensata de todas las insensateces: aquella que lleva al hombre a descuidar su propia preservación. Era la insensatez de dudar del verdadero Dios: la más necia de todas las necedades. ¿No es esto extraño, alma mía? Todos los hombres descuidan sus almas hasta que la gracia les da entendimiento; es entonces, y solo entonces, cuando los hombres dejan su insensatez y actúan como seres racionales.

Todos, bendito sea Dios, estaban seguros en el arca: ninguna ruina entró en la misma. Desde el corpulento elefante hasta el ratoncito, todos estuvieron seguros. Todos están seguros también en Jesús. Alma mía, ¿te encuentras tú en él?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 316). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.