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«El Maestro dice: ¿Dónde está el aposento donde he de comer la pascua con mis discípulos?»

8 de noviembre

«El Maestro dice: ¿Dónde está el aposento donde he de comer la pascua con mis discípulos?».

Marcos 14:14

En los días de la Pascua, Jerusalén era una gran posada. En esta ocasión cada padre de familia había invitado a sus amigos, pero nadie invitó al Salvador; y él, por otra parte, no tenía casa propia. Pero por su poder sobrenatural encontró para sí un aposento alto en el cual observar la fiesta. Lo mismo sucede en la actualidad: con excepción de aquellos cuyos corazones él ha renovado con ese mismo poder, a Jesús no lo reciben los hijos de los hombres. Para el príncipe de las tinieblas todas las puertas se abren de par en par, pero Jesús tiene que limpiar un camino para sí mismo o hacer su aposento en las calles. Por medio del misterioso poder ejercido por nuestro Señor, el dueño de la casa no presentó objeción alguna, sino que en el acto, alegre y gozosamente, le abrió su casa. No sabemos quién ni qué era ese hombre, pero notamos que enseguida aceptó el honor que el Redentor se había propuesto concederle. De la misma manera se llega a saber aun hoy quiénes son los elegidos y quiénes no lo son. Porque, cuando se predica el evangelio, algunos lo combaten y no lo quieren aceptar; en cambio, otros lo reciben de buena voluntad: seguro indicio de que en esas almas se está efectuando una obra secreta y que Dios las ha elegido para vida eterna. ¿Deseas, querido lector, recibir a Cristo? Entonces no hay dificultad para ello. Cristo será tu huésped. Su propio poder ya está obrando en ti, moviendo tu voluntad. ¡Qué honor supone el hospedar al Hijo de Dios! Los cielos de los cielos no le puede contener; pero, sin embargo, él se digna alojarse en nuestros corazones. Nosotros no somos dignos de que él entre bajo nuestro techo, ¡pero qué indecible privilegio supone el que se digne entrar! Pues, entonces, él preparará una fiesta y hará que participemos con él de bocados delicados. Nos sentamos así a un banquete en el que las viandas son inmortales y confieren inmortalidad a aquellos que se alimentan de ellas. ¡Bendito entre los hijos de Adán aquel que hospeda al Señor de los ángeles!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 323). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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