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«Y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre»

1 de noviembre

«Y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre».

Mateo 24:39

Este juicio fue universal: no se escapó del mismo ni el rico ni el pobre. Todos se hundieron en la común ruina: el erudito y el iletrado; el admirado y el aborrecido; el religioso y el profano; el anciano y el joven… Algunos, sin duda, ridiculizaron al patriarca. ¿Dónde están ahora sus burlonas carcajadas? Otros lo amenazaron por su celo, que consideraban locura. ¿Dónde están ahora sus palabras ofensivas y jactanciosas? El crítico que juzgó la obra del anciano está anegado en el mismo mar que oculta a sus burlones compañeros. Los que hablaron en términos elogiosos de la lealtad que Noé mostró hacia sus convicciones, pero no las hicieron suyas, se hundieron para no levantarse jamás; y los operarios que, por un sueldo, ayudaron a construir la maravillosa arca, se perdieron también para siempre. El Diluvio los barrió a todos, sin hacer excepción alguna. Así también, fuera de Cristo, una segura destrucción aguarda a todo hombre nacido de mujer. Ni la posición social, ni las posesiones, ni la fama serán suficientes para salvar a una sola alma que no crea en el Señor Jesús. Alma mía, contempla este juicio universal y tiembla al pensar en el mismo!

¡Resulta sorprendente la apatía de los contemporáneos de Noé! Comían, bebían, se casaban y se daban en casamiento, hasta que llegó el espantoso día. Fuera del arca no quedó ni un solo hombre prudente. La insensatez había embaucado a todos los seres humanos que estaban en la tierra. Era la más insensata de todas las insensateces: aquella que lleva al hombre a descuidar su propia preservación. Era la insensatez de dudar del verdadero Dios: la más necia de todas las necedades. ¿No es esto extraño, alma mía? Todos los hombres descuidan sus almas hasta que la gracia les da entendimiento; es entonces, y solo entonces, cuando los hombres dejan su insensatez y actúan como seres racionales.

Todos, bendito sea Dios, estaban seguros en el arca: ninguna ruina entró en la misma. Desde el corpulento elefante hasta el ratoncito, todos estuvieron seguros. Todos están seguros también en Jesús. Alma mía, ¿te encuentras tú en él?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 316). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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