Números 28 | Salmo 72 | Isaías 19–20 | 2 Pedro 1

19 MAYO

Números 28 | Salmo 72 | Isaías 19–20 | 2 Pedro 1

Isaías 19–20 continúa las profecías relativas a Egipto y Etiopía. Aquí, destacaremos el flujo de ideas y extraeremos una importante lección para el mundo contemporáneo.

Isaías 19 se divide en dos partes. La primera se encuentra en forma poética (19:1–15) y pronuncia juicio sobre Egipto. No tenemos detalles suficientemente específicos, por lo que no podemos determinar con certeza a qué ataque histórico se está haciendo referencia. Egipto sufrió invasiones por parte de Esarhadón (671 a.C.), Asurbanipal (667), Nabucodonosor (568), Cambises (525) y Alejandro Magno (332). Probablemente, “crueles amos” o “rey de mano dura” (19:4) es representativo de todos ellos. La lección para los compatriotas de Isaías se repite constantemente en este libro: no formalizar alianzas con naciones extranjeras; confiar únicamente en Dios. Cuando el Señor actúe contra Egipto, su religión no lo salvará (19:1–4), ni el Nilo (su fuente de vida, 19:5–10), ni sus consejeros (19:11–15).

La segunda parte de Isaías 19 está en prosa (19:16–25). Las palabras “en aquel día” se repiten (19:16, 18, 19, 23, 24), una señal de la fusión del horizonte definitivo, el día del juicio final, con el horizonte histórico inminente, más cercano al contexto inmediato del profeta. Utilizando las categorías del momento, Isaías describe el tiempo en que todo Egipto, incluso una ciudad como Heliópolis (también llamada Herez, 19:18), antiguo centro de adoración del dios sol (Ra), se someterá al reinado de Dios. Esto no ocurrirá sólo con Egipto: otros poderes paganos, representados aquí por Asiria, se unirán en la adoración del Dios de Israel, y habrá paz (compárese 2:2–5). Aquí tenemos otro esbozo del poder del evangelio, que atrae a hombres y mujeres “de toda raza, lengua, pueblo y nación” (Apocalipsis 5:9), cumpliendo la promesa de Dios a Abraham (Génesis 12:3b).

El escenario de Isaías 20 es más específico: la rebelión filistea contra Asiria (713–711 a.C.; cp. 14:28–31), apoyada por Egipto. El pasaje predice la destrucción de Asdod, una importante ciudad filistea. Dios dijo al profeta que fuese como un cautivo, “desnudo y descalzo” (20:2), al menos una parte del día durante estos tres años, hasta que Asdod cayese, y después dio una explicación sorprendente de su acción: estaba representando la destrucción y el estatus de cautivo, no de Filistea, sino de Egipto. La lección es obvia: no confiéis vuestro futuro a Egipto; es un junco roto.

Que esta destrucción no tuviese lugar hasta cuarenta años más tarde (671) nos enseña otra lección: a menudo, pedimos respuestas inmediatas de Dios, pero él tardó doce años en eliminar a Hitler, setenta para acabar con el poderío soviético, dos siglos para humillar al Imperio británico. Reflexionemos en lo que todo ello implica.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 139). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Números 27 | Salmos 70–71 | Isaías 17–18 | 1 Pedro 5

18 MAYO

Números 27 | Salmos 70–71 | Isaías 17–18 | 1 Pedro 5

En los capítulos 14–16, Isaías recoge oráculos contra Filistea (al oeste de Jerusalén) y Moab (al este). Ahora (Isaías 17–18), habla contra Siria al norte (con su capital Damasco) y Etiopía en el sur (la antigua Cus, que comprendía los actuales Etiopía, Sudán y Somalia, es decir, una gran área situada al sur de la cuarta catarata del Nilo. A finales del siglo XVIII a.C., Cus se unió a Egipto, algo que aún se ve en los capítulos 19–20. De hecho, los miembros de la vigesimoquinta dinastía, que gobernó esta inmensa región, eran etíopes.

Recordemos que la crisis a la que se enfrentó el rey Acaz de Judá en Isaías 7 fue una alianza entre Siria e Israel, cuyo propósito era destruir Asiria; los aliados trataron de obligar a Judá a unirse a ellos. Por tanto, este oráculo es contra Damasco (17:1), la capital de Siria, e incluye a Efraín (17:3, otro nombre para el reino norteño de Israel). Asiria derrotaría pronto a Siria e Israel, amenazas importantes para Judá. Damasco cayó en 732; Samaria, diez años después. Tras su destrucción, serían como un hombre esquelético (17:4), como un campo después de la cosecha con sólo unas pocas espigas (17:5), como un olivar cuyo fruto ha sido arrancado, quedando únicamente unas pocas aceitunas (17:6). La causa definitiva de la destrucción de estas naciones es su idolatría (17:7–8), unida a los rituales de fertilidad (17:10–11).

Los medios por los que Dios destruye a Siria e Israel se describen en 17:12–14, refiriéndose casi con toda certeza a Asiria, que, a su vez, también es destruida. No obstante, Isaías habla de “muchas naciones” (17:12): una vez más, nos encontramos ante escorzo profético (acortamiento de la perspectiva de los tiempos), con Asiria como ejemplo tanto de instrumento utilizado por Dios para llevar a cabo un juicio temporal, como del hecho de que él exige responsabilidades a todas las naciones, incluso aquellas que su providencia ha empleado como arma ejecutora de su ira (cp. 10:5).

Si no hay ayuda para Judá y Jerusalén en las naciones de Israel y Siria (mucho menos en Asiria), tampoco la hay en la otra superpotencia de la región, Egipto/Etiopía (cap. 18). Egipto envía sus embajadores a Judá (y, sin duda, a otros Estados menores) para atraerlos hacia ellos (18:1). Isaías les habla (18:2). Con casi total seguridad, se dirige al rey en un oráculo profético acerca de los embajadores, en lugar de directamente al pueblo. El profeta describe la destrucción de la nación con una retórica brillante. Sin embargo, también proclama un tiempo en que los egipcios, tan solo uno de los muchos “pobladores de la tierra” (18:3), verán el estandarte que el Señor levanta y llevarán ofrendas al “Señor Todopoderoso” (18:7).

¿Por qué adular a las naciones paganas (¡y a los pensadores!), cuando el Señor mismo los juzgará y acabarán inclinándose un día ante él?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 138). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Qué significa “practicar el bien”?

17 Mayo

Números 26 | Salmo 69 | Isaías 16 | 1 Pedro 4

1 Pedro 4 continúa con el tema de la conducta cristiana, incluyendo el sufrimiento injusto, que cada vez está más vinculado a la identificación con Cristo (p. ej., 4:14), al juicio final (4:5–6, 7, 17) y sobre todo con la voluntad de Dios: “Así pues, los que sufrís según la voluntad de Dios, entregaos a vuestro fiel Creador y seguid practicando el bien” (4:19, cursivas añadidas).

¿Qué significa “practicar el bien”? 1 Pedro 4:7–11 lo explica en parte:

(a) Debemos estar “sobrios y con la mente despejada, para orar bien” (4:7). El dominio propio es un elemento del fruto del Espíritu (Gálatas 5:22–23). Una mente oscurecida por la búsqueda intensa del hedonismo no puede orar.

(b) Debemos amarnos “los unos a los otros profundamente, porque el amor cubre multitud de pecados” (4:8). Pedro da por hecho, de forma realista, que se producirán rupturas en la asamblea cristiana, tal como ocurre en la familia. Sin embargo, en una familia madura, el amor de cada miembro por los demás cubre todos los problemas. Así también en la iglesia. No significa que no existan pecados que poner de manifiesto y disciplinar; todo el Nuevo Testamento se opone a esta teoría reduccionista. Por otro lado, debemos enfrentarnos al hecho de que los pecados se cometerán y estar preparados para cubrirlos con amor. Ya no hay forma de volver a la inocencia del Edén, ciertamente no examinando cada mancha, ni publicando dichas faltas, cometiendo los mismos pecados y errores una y otra vez. No hay vuelta atrás, solamente un camino hacia delante, a través de la cruz, de perdón y de paciencia. Los cristianos deben amarse profundamente los unos a los otros, “porque el amor cubre multitud de pecados”. Los cristianos maduros conocen suficientemente bien su corazón para darse cuenta de que necesitan tener ese amor y demostrarlo.

(c) Debemos practicar la hospitalidad entre nosotros sin quejarnos (4:9). Amar es algo más que tener paciencia con los errores de otra persona; es más que una actividad positiva como ser hospitalario: incluye cómo mostramos esa hospitalidad, no de forma resentida o con quejas, sino de corazón, por gracia y generosamente.

(d) Debemos emplear los dones que hayamos recibido para servir a los demás (4:10–11). Pedro menciona algunos ejemplos, pero esta lista no es exhaustiva. Si alguien es llamado a hablar en la iglesia (por ejemplo), no es un tiempo para jactarse ni para hacerse el gracioso, sino para alimentar a las ovejas, lo cual significa hablar “como quien expresa las palabras mismas de Dios” (4:11). Meditemos en Romanos 12:6–8.

Debemos hacerlo todo “como quien tiene el poder de Dios” (4:11).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 137). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Números 25 | Salmo 68 | Isaías 15 | 1 Pedro 3

16 MAYO

Números 25 | Salmo 68 | Isaías 15 | 1 Pedro 3

Una de las enseñanzas sorprendentes de 1 Pedro es cómo está vinculada la conducta cristiana con conseguir oyentes para el evangelio. Vimos este tema en la meditación de ayer. Los cristianos deben vivir de tal forma que incluso los paganos se vean obligados a glorificar a Dios (1 Pedro 2:12). La voluntad del Señor es que, realizando el bien, hagamos “callar la ignorancia de los insensatos” (2:15). Este mismo asunto se desarrolla en el capítulo 3. Las mujeres con maridos incrédulos deben adornarse con un espíritu tierno y tranquilo a fin de que estos “puedan ser ganados más por vuestro comportamiento que por vuestras palabras, al observar vuestra conducta íntegra y respetuosa” (3:1–2).

En 1 Pedro 3:8–22, se expresa una idea parecida. Este pasaje contiene uno de los textos más difíciles del Nuevo Testamento (3:18b–21), que no podremos abordar aquí. Sin embargo, relaciona de nuevo la conducta cristiana con el sufrimiento y, por consiguiente, con el testimonio cristiano, lo cual no quiere decir que aquella cumpla una función meramente utilitaria. Los cristianos no deben actuar de forma piadosa solo porque ello aumente su credibilidad para propósitos propagandísticos. Existen muchas razones para hacer el bien. El Señor nos ha “llamado” a ello (3:9); hacer el bien es parte fundamental de nuestra identidad. Además, ese comportamiento hereda la bendición de Dios (3:9–12). Quitando las horribles excepciones que surgen de los regímenes y renegados corruptos (que son muchos), un ciudadano que haga el bien no ha de temer a la opresión de los que gobiernan los sistemas de justicia criminal (3:13). Deberíamos mantener una conciencia limpia delante del Dios viviente (3:16). Por encima de todos los ejemplos posibles, encontramos el de Jesucristo (3:17–18).

No obstante, además de todas estas razones para vivir piadosamente, Pedro relaciona de nuevo la conducta con el testimonio. Aunque suframos injustamente, no viviremos con temor, como los paganos (3:13). Más bien, en nuestras lágrimas honraremos “a Cristo como Señor” (3:15); “santificaremos” o “consagraremos” a Cristo como Señor. En este contexto, escucharemos el mandato apostólico: “Estad siempre preparados para responder a todo el que os pida razón de la esperanza que hay en vosotros” (3:15). Es parecido al de Pablo en 2 Timoteo 4:2: “Sea o no oportuno”. Por supuesto, esa buena disposición presupone que el corazón ansía llevar testimonio y un compromiso de crecer en conocimientos apologéticos. Al igual que en otras muchas áreas de la vida, aprendemos mejor cómo hacer las cosas haciéndolas. No obstante, el sentido inmediato de Pedro es que debemos dar testimonio “con gentileza y respeto… para que los que hablan mal de vuestra buena conducta en Cristo, se avergüencen de sus calumnias” (3:15, 16).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 136). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Números 24 | Salmos 66–67 | Isaías 14 | 1 Pedro 2

15 MAYO

Números 24 | Salmos 66–67 | Isaías 14 | 1 Pedro 2

El pequeño párrafo de 1 Pedro 2:13–17 está lleno de amonestaciones morales que se encuentran en otros pasajes del Nuevo Testamento. En la meditación de hoy, clarificaremos brevemente los puntos principales y observaremos los temas de apoyo en dicho texto.

Primero, como Pablo en Romanos 13, Pedro dice a sus lectores que se sometan a toda autoridad humana debidamente constituida y que lo hagan “por causa del Señor” (2:13–14). Implícitamente, Pedro reconoce que Dios establece tales autoridades humanas y que sus funciones correctas (o al menos una de ellas) es fomentar la justicia. Segundo, la voluntad de Dios es siempre que los cristianos hagan “callar la ignorancia de los insensatos” (2:15) haciendo el bien. Un comportamiento sellado por la cortesía, el respeto y la integridad no predica el evangelio por sí solo pero consigue oyentes para el mismo, preparándole al mismo tiempo el camino y confiriéndole autoridad. Tercero, nuestra libertad de la ley-pacto nunca debe volverse una excusa para el libertinaje: debemos vivir “como siervos de Dios” (2:16). Finalmente, siempre es bueno y correcto mostrar el debido respeto a todo el mundo. Dios nos creó a todos a su imagen. Sin embargo, el significado de “debido” puede adquirir diferentes matices en distintos niveles: “Dad a todos el debido respeto: Amad a los hermanos, temed a Dios, respetad al rey” (2:17).

Los versículos anteriores y posteriores refuerzan esta perspectiva. (a) Los cristianos son “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios”, cuya existencia tiene un propósito, declarar la alabanza de aquel que los llamó “de las tinieblas a su luz admirable” (2:9). La transformación de su conducta es el testimonio que acredita su verdadera pertenencia a Dios (2:10, 25). (b) Esto significa también que ya no pertenecemos al mundo. Aquí vivimos como “extranjeros y peregrinos” (2:11). Si no pensamos en esos términos, y estamos francamente cómodos con el mundo y sus caminos, deberíamos preguntarnos si formamos parte realmente del “pueblo que pertenece a Dios”. Esta es la suposición que Pablo hace cuando escribe: “Mantened entre los incrédulos una conducta tan ejemplar que, aunque os acusen de hacer el mal, ellos observen vuestras buenas obras y glorifiquen a Dios en el día de la salvación” (2:12). (c) Si cualquiera de estas cosas implica dificultades o sufrimiento, como ocurrió especialmente en el caso de los esclavos cuyos amos eran crueles e injustos, nunca podemos olvidar que seguimos a un Maestro que sufrió de la forma más injusta. No existen valores morales que hagan que suframos lo merecido. Demostramos ser seguidores de Jesucristo cuando sufrimos de forma injusta y lo soportamos fielmente. “Para esto fuisteis llamados; porque Cristo sufrió por vosotros, dándoos ejemplo, para que sigáis sus pasos” (2:21).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 135). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Números 23 | Salmos 64–65 | Isaías 13 | 1 Pedro 1

14 MAYO

Números 23 | Salmos 64–65 | Isaías 13 | 1 Pedro 1

La segunda sección importante de Isaías, los capítulos 13–27, se centra en las naciones. Esta palabra del Señor por medio de Isaías no se entrega realmente a las naciones, sino que se pronuncia contra ellas ante el pueblo de Judá y Jerusalén. En un sentido general, el mensaje es parecido al de la primera parte del libro (caps. 1–12): la salvación pertenece únicamente al Señor, por lo que solo se debe confiar en él. La denuncia de las naciones incluye, por tanto, paréntesis tranquilizadores para Judá (p. ej., 14:1–2) y acaba con la liberación del pueblo de Dios (caps. 26–27).

Isaías 13 es un oráculo contra Babilonia. Debido a que en la época de Isaías la principal amenaza militar era Asiria y no Babilonia, muchos críticos piensan que este capítulo es una interpolación posterior, escrita siglo y medio más tarde (alrededor de 550 a.C.), cuando Babilonia no solo había alcanzado la supremacía, sino que ya estaba en declive, ante el empuje del imperio medopersa (véase 13:17). Esta opinión es demasiado escéptica. La introducción al oráculo afirma sin ambigüedades que Isaías, hijo de Amoz, vio esta visión (13:1). Además, Isaías 39 muestra que incluso en la época de este profeta, aunque Babilonia no constituía una amenaza como Asiria, ya era un poder emergente. Sin embargo, lo más importante quizás es que la historia de los babilonios se remontaba a la torre de Babel (Génesis 10:9–10; 11:1–9) y, por tanto, podía servir como símbolo de todas las naciones que desafían al Dios de Israel, un simbolismo que persiste incluso en el Nuevo Testamento (p. ej., Apocalipsis 17–18), mucho después de la desaparición histórica de esa nación. El desplome definitivo de “Babilonia” tiene lugar cuando “LA GRAN BABILONIA, MADRE DE LAS PROSTITUTAS Y DE LAS ABOMINABLES IDOLATRÍAS DE LA TIERRA”, que “se había emborrachado con la sangre de los santos y de los mártires de Jesús” (Apocalipsis 17:5–6), es destruida en el triunfante amanecer del reinado del Señor Dios Todopoderoso (Apocalipsis 19:6), de aquel que es llamado “Fiel y Verdadero” y cuyo nombre es “el Verbo de Dios” (Apocalipsis 19:11, 13).

Nótense tres características de este oráculo: (a) una vez más, el “día del Señor” (Isaías 13:6) no sólo está vinculado con la venida del Señor, sino con su juicio. Es un día “cruel, de furor y ardiente ira” (13:9) para los que se oponen al Dios viviente; (b) como algo típico de la poesía hebrea, este día está relacionado con las señales celestiales; es como si toda la naturaleza tuviese que unirse a estos acontecimientos, porque su importancia es universal (13:10; cp. Hechos 2:20); (c) La raíz del pecado que debe destruirse es la arrogancia (13:11, 19).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 134). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Números 22 | Salmos 62–63 | Isaías 11–12 | Santiago 5

13 MAYO

Números 22 | Salmos 62–63 | Isaías 11–12 | Santiago 5

Isaías 1–12 forma la primera parte importante del libro; Isaías 11–12 la cierra con una imagen del rey ideal y de los cambios que traerá, con el Señor adorado en Sion.
Se pasa rápidamente de la destrucción de Asiria en Isaías 10 al establecimiento del reino de Dios en el capítulo 11. Ambos acontecimientos están obviamente relacionados teológicamente: ambos tienen lugar por iniciativa del Señor. Sin embargo, en la profecía de Isaías se produce un gran escorzo (acortamiento de la perspectiva de los tiempos) en el proceso histórico.
En la visión por la cual se le llamó al ministerio profético, Isaías vio una semilla brotando de un tocón, el remanente de Israel (6:13). Ahora, Asiria cae como un poderoso bosque derribado por el hacha de Dios (10:33–34) y una vara sale del tronco de Isaí (11:1), es decir, de la dinastía davídica. Si en 4:2 el renuevo se refería al remanente, o a la obra salvadora del Señor por medio de este, aquí lo hace explícitamente al Mesías. “Mesías” significa simplemente “ungido”, por lo que cada rey ungido en el linaje de David era uno de ellos en este sentido. Sin embargo, sólo el Mesías definitivo podía llenar el hueco descrito aquí. Fortalecido de forma única por el Espíritu de Dios (11:2–3a; cp. Juan 3:34), su reinado es impecablemente justo (11:3b–5), la antítesis de la corrupción existente en la nación, que ha atraído el juicio de Dios. El gobierno del Mesías será tan perfecto y absoluto que la muerte y la destrucción morirán: el escenario definitivo que presenta será ideal (11:7–9).
Los versículos 10–16, la segunda parte del capítulo 11, revelan algunos de los elementos simbólicos de los versículos precedentes. El pueblo del pacto de Dios se reúne con él (11:11–16), pero a su alrededor están las naciones que también irán en su busca (11:10). El pendón levantado sobre esta inmensa asamblea (11:10, 12) señala el reinado del Mesías, “y glorioso será el lugar donde repose” (11:10). Por un lado, el “remanente” así reunido se refiere a los supervivientes del Israel histórico (11:12), pero en el escorzo profético también son la generación del pueblo de Dios, escogido y fiel, en los últimos días.
La alabanza del capítulo 12 se dirige al “Santo de Israel”, uno de los títulos de Dios en Isaías. En el capítulo 11, el Mesías está en medio de su pueblo y es alabado. Es fácil ver que la presencia del Mesías y la de Dios son la misma cosa, así como en Isaías 9:2–7 el rey davídico es también el poderoso Dios. Aquí tenemos la consumación de la salvación: “¡Dios es mi salvación! Confiaré en él y no temeré. El Señor es mi fuerza, el Señor es mi canción; ¡él es mi salvación! Con alegría sacaréis agua de las fuentes de la salvación” (12:2–3).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 133). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Números 21 | Salmos 60–61 | Isaías 10:5–34 | Santiago 4

12 MAYO

Números 21 | Salmos 60–61 | Isaías 10:5–34 | Santiago 4

La idea central de Isaías 10:5–34 está muy clara. Tanto al principio como al final (10:5–19, 28–34), hace hincapié en el hecho de que Dios aplastará a la poderosa Asiria después de utilizarla para castigar a su propio pueblo del pacto. En la parte central (10:20–27), se insta a los israelitas a no temer a los asirios ni confiar en ellos, y apoyarse solo en el Señor.

Comenzaremos con esta sección central (10:20–27). Uno de sus temas importantes es “el remanente”. El juicio caerá, pero el pueblo de Dios no desaparecerá por completo: quedará un grupo de sus miembros. Probablemente, “el remanente de Israel” (10:20) no se refiere al del reino norteño de Israel, sino al de los israelitas del norte y del sur (nótese la analogía “pueblo de Jacob”, el antepasado común, y “remanente de Jacob”, 10:20, 21). “Se ha decretado destrucción, abrumadora justicia” (10:22) “en medio de todo el país” (10:23). Sin embargo, un remanente regresará, no sólo a un lugar, sino “al Dios poderoso” (10:21). A la luz de tales promesas, el pueblo del reino del sur, “que vive en Sion” (10:24), no debe temer a los asirios, ni siquiera cuando estos los derroten. La ira de Dios contra Israel acabará, volviéndose en breve contra los propios asirios (10:25–27).

Eso nos lleva a las secciones a ambos lados de 10:20–27. Por un lado, el tema está muy claro. El Dios que utiliza a Asiria para castigar a la obstinada comunidad del pacto, la hace responsable de sus propios pecados y la destruirá finalmente. El imperio que no es sino un hacha de guerra en la mano de Dios, blandida contra una nación rebelde (10:15), acabará reducido a la nada (10:34). El pronunciamiento de este juicio tiene el propósito de promover la fe y la perseverancia entre el remanente.

Hay un importante tema teológico subsidiario en este capítulo; la tensión bíblica entre la soberanía de Dios y la responsabilidad humana aparece con fuerza. El Señor utiliza a la poderosa Asiria como si fuese solo una herramienta en sus manos (10:5, 15). Él mismo la envía para castigar a Israel (10:6). Por supuesto, Asiria no es consciente de ese control por parte de Dios. Sin embargo, él la hace responsable de sus propias acciones y actitudes, en particular su arrogancia y soberbia (10:7–11, 13–14). Por tanto, la castigará (10:12). Esta tensión entre la soberanía de Dios y la responsabilidad humana no debe despreciarse o rechazarse, sino aprovecharse con gratitud, porque nos guardará de negar la realidad del mal y de imaginar que este puede triunfar finalmente. Meditemos en Hechos 2:23; 4:27–28.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 132). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Números 20 | Salmos 58–59 | Isaías 9:8–10:4 | Santiago 3

11 MAYO

Números 20 | Salmos 58–59 | Isaías 9:8–10:4 | Santiago 3

Isaías 9:8–10:4 vuelve al tema del juicio, pero esta vez no lo dirige contra el reino sureño de Judá (como en 5:8–25), sino contra el del norte, Israel (caracterizado como “Efraín” y “Samaria”, 9:9). El pasaje se divide en cuatro secciones, cada una de las cuales acaba con el mismo estribillo: “¡Su mano aún sigue extendida!” (9:12, 17, 21; 10:4). Estas palabras contestan a la pregunta: “¿Qué hará Dios con un pueblo que ni siquiera lo buscará en una situación de colapso social y amenazante devastación?”. Estamos viendo las primeras señales del juicio de Dios sobre la nación, pero seguía sin haber arrepentimiento. ¿Qué haría Dios entonces? La respuesta es que aunque el juicio iba intensificándose gradualmente, todavía no era suficiente. Por ello, la ira del Señor no se detiene y su mano sigue extendida. Él ya ha enviado “palabra” contra Jacob (9:8), pero no le han prestado atención; “Pero el pueblo no ha querido reconocer al que lo ha castigado; no ha buscado al Señor Todopoderoso” (9:13). Lo único que queda ya es el día “cuando debáis rendir cuentas” (10:3).

Existe otra dura progresión del pensamiento a lo largo de las cuatro secciones. Las dos primeras tienden a enfatizar la decadencia moral: “Todos ellos son impíos y malvados; sus labios profieren necedades” (9:17). La maldad quema y devora como el fuego en un bosque (9:18). Rápidamente, la sociedad se desintegra y la cultura se colapsa (9:20–10:4). Finalmente, los asirios arrasarán el reino del norte (Siria cayó ante Asiria en 732 a.C., Israel lo hizo en 722. Judá fue devastado en 701, pero no totalmente destruida, algo que harían los babilonios un siglo después).

Una vez más, esta sección de Isaías, que condena al populacho del reino norteño por su pecado excesivo y su incapacidad de reaccionar a las advertencias de Dios, carga la responsabilidad principal sobre los líderes. El Señor “cortará a Israel la cabeza y la cola… La cabeza son los ancianos y la gente de alto rango; la cola son los profetas, maestros de mentiras. Los guías de este pueblo lo han extraviado; los que se dejan guiar son confundidos” (9:14–16), “¡Ay de los que emiten decretos inicuos y publican edictos opresivos! Privan de sus derechos a los pobres, y no hacen justicia a los oprimidos de mi pueblo; hacen de las viudas su presa y saquean a los huérfanos. ¿Qué vais a hacer cuando debáis rendir cuentas, cuando llegue desde lejos la tormenta? ¿A quién acudiréis en busca de ayuda? ¿Dónde dejaréis vuestras riquezas?” (10:1–3).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 131). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Números 19 | Salmos 56–57 | Isaías 8:1–9:7 | Santiago 2

10 MAYO

Números 19 | Salmos 56–57 | Isaías 8:1–9:7 | Santiago 2

Pablo escribe: “Porque sostenemos que todos somos justificados por la fe, y no solo por las obras que la ley exige” (Romanos 3:28). Santiago dice: “¡Qué tonto eres! ¿Quieres convencerte de que la fe sin obras es estéril? […]. Como podéis ver, a una persona se la declara justa por las obras, y no solo por la fe […]. Pues como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta” (Santiago 2:14–26, especialmente vv. 20, 24, 26).

La contradicción formal entre Pablo y Santiago es tan llamativa que ha provocado un incesante debate a lo largo de los siglos. Muchos críticos contemporáneos, que dudan de que Dios haya hablado realmente en la Biblia, creen que los pasajes son incompatibles, y que juntos demuestran que desde el principio existieron ramas diferentes del cristianismo con interpretaciones distintivas e incluso mutuamente contradictorias. Otros piensan que el verdadero secreto que define la relación entre Pablo y Santiago reside en los distintos significados de “obras” y “hechos”.

Han surgido muchas explicaciones, pero no podemos valorarlas aquí. Sin embargo, ayudará reflexionar en los siguientes puntos:

(a) Pablo y Santiago se están enfrentando a problemas muy diferentes. Pablo está lidiando con los que dicen que las obras, sean malas o buenas, contribuyen de forma fundamental a la conversión al cristianismo (véase una de sus respuestas en Romanos 9:10–12). Su respuesta es que no lo hacen ni pueden hacerlo: la gracia de Dios únicamente se recibe por fe. Santiago lucha con los que sostienen que la fe salvadora se encuentra incluso en aquellos que simplemente afirman (por ejemplo) que hay un solo Dios (Santiago 2:19). Su respuesta es que esta fe es insuficiente; la auténtica produce buenas obras o, de lo contrario, está muerta.

(b) El asunto del orden de la secuencia está, pues, en juego. Pablo declara que las obras no pueden ayudar a una persona a ser cristiano; Santiago sostiene que el cristiano debe realizar buenas obras. No obstante, Pablo estaría de acuerdo en este punto; véase, por ejemplo, 1 Corintios 6:9–11.

(c) Pablo emplea constantemente el término “justificación”, el acto por el que Dios, en base a la obra de Cristo en la cruz, declara absueltos y justos a los pecadores culpables. Esa justificación es totalmente por gracia (Romanos 3:20; Gálatas 2:16). Santiago se centra más en la “justificación” ante los semejantes (2:18) e incluso en el juicio final. Dice que una vida cristiana auténtica debe ser una vida transformada. De nuevo, Pablo está de acuerdo: “Porque es necesario que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba lo que le corresponda, según lo bueno o malo que haya hecho mientras vivió en el cuerpo” (2 Corintios 5:10). La asignación de recompensas puede ser por gracia, porque incluso nuestras buenas obras brotan finalmente de la gracia de Dios. Por tanto, las obras no son menos necesarias.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 130). Barcelona: Publicaciones Andamio.