2 Samuel 17 | 2 Corintios 10 | Ezequiel 24 | Salmo 72

21 SEPTIEMBRE

2 Samuel 17 | 2 Corintios 10 | Ezequiel 24 | Salmo 72

La segunda parte de Ezequiel 24 (Ezequiel 24:15–27) es quizás el pasaje más desgarrador de todo el libro. Hemos visto en Ezequiel al profeta fiel, al testigo firme de la verdad de Dios, al hombre preparado para representar extraordinarias parábolas cargadas de simbolismo. Hoy veremos al Ezequiel marido. Observemos lo siguiente:

(1) Se nos da una pequeña pista de lo que su esposa significaba para él en la expresión que Dios utiliza: “la mujer que te deleita la vista” (24:16). Si el profeta tenía treinta años en el quinto año del exilio (1:1–2), ahora en el noveno (24:1) no tendría más de treinta y cuatro o treinta y cinco, y probablemente su esposa no fuese mayor. Ezequiel no es el único líder del pueblo de Dios que sufrió una pérdida personal devastadora. Aquí, el Señor le avisa del golpe que sufrirá (saberlo de antemano es a la vez una bendición y una agonía), pero también le ordena que no muestre públicamente su pesar: su silencio en esta ocasión, en una sociedad conocida por sus expresiones de dolor, se convierte en otro acto profético simbólico.

(2) Casi podemos sentir lo duro de esta restricción en las lacónicas palabras: “Por la tarde murió mi esposa. A la mañana siguiente hice lo que se me había ordenado” (24:18, cursivas añadidas). Su silencio puede entenderse como insensibilidad, pero no es así en este caso. El pueblo sabe qué clase de hombre es y discierne que esta entereza total lleva consigo un mensaje para ellos (24:19).

(3) Ezequiel comunica al pueblo el significado de su silencio (24:20–24). El deleite de sus ojos, el deseo de su corazón, aquello en lo que aún tienen depositada su confianza, es la ciudad de Jerusalén. Creían que Dios irrumpiría desde allí para rescatarlos. Sin embargo, la perderán, tal como el profeta ha perdido a su mujer. Cuando ocurra, no deben llorar más de lo que lo ha hecho Ezequiel por la muerte de su esposa.

¿Qué significa esto? (a) Algunos creen que se trata de una condena del pueblo: ellos son tan crueles e insensibles que no se molestarán en llorar la pérdida de la ciudad. Esta interpretación no concuerda en absoluto con el conjunto del libro. (b) Otros piensan que la tragedia de la destrucción de Jerusalén es demasiado profunda como para que cualquier expresión de dolor sea apropiada. Es posible, pero el profeta no guarda silencio por la gravedad de su pérdida, sino porque Dios se lo manda. (c) Puede ser, entonces, que el Señor les esté ordenando no afligirse por la caída de la ciudad, ya que merecen sobradamente ese juicio (cp. 14:22–23; 1 Samuel 16:1).

En relación a 24:25–27, reflexionemos sobre 3:26–27 y 33:21–22.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 264). Barcelona: Publicaciones Andamio.

2 Samuel 16 | 2 Corintios 9 | Ezequiel 23 | Salmos 70–71

20 SEPTIEMBRE

2 Samuel 16 | 2 Corintios 9 | Ezequiel 23 | Salmos 70–71

La vejez. No es algo a lo que nuestra generación se refiera demasiado, al menos de forma realista. Hablamos de prepararnos para la jubilación, pero somos reticentes a hacerlo sobre la enfermedad y la muerte. Muy pocos tratan estos asuntos abiertamente y con franqueza sin afligirse o sin moderarlos (lo cual indica, en ambos casos, que tienen miedo).

Es mucho más responsable aprender cómo envejecer fielmente, cómo morir bien. Eso es lo que quería el salmista. “No me rechaces cuando llegue a viejo; no me abandones cuando me falten las fuerzas […]. Aun cuando sea yo anciano y peine canas, no me abandones, oh Dios, hasta que anuncie tu poder a la generación venidera, y dé a conocer tus proezas a los que aún no han nacido” (Salmo 71:9, 18). Desde su juventud, sabía que el Señor le había enseñado (71:17). Ahora, ruega a Dios que no lo abandone en la vejez.

Por un lado, el salmista pidiendo principalmente que Dios le proteja de los ataques externos cuando esté demasiado viejo y enfermo para resistir (71:10ss.). La situación sería especialmente preocupante si el autor de este salmo fuese David o algún otro rey davídico. Una nación vecina que no se atreviese a atacar a Israel cuando David tuviese cuarenta años podría hacerlo cuando fuese ya anciano. Aunque no somos reyes, es correcto y bueno que pidamos especial protección al Señor cuando envejezcamos y enfermemos tanto que sea fácil aprovecharse de nosotros.

Sin embargo, la visión de David abarca más que la simple protección. Quiere vivir su vejez transmitiendo su testimonio a la siguiente generación. Su objetivo no es vivir cómodamente jubilado, sino emplear esos años para anunciar “tu poder a la generación venidera” y dar a conocer “tus proezas a los que aún no han nacido”. Merece la pena orar de esta forma. ¿Acaso no deben pedir gracia los cristianos ancianos, a fin de transmitir lo que han aprendido a la siguiente generación? Esta enseñanza puede llevarse a cabo de forma individual o en grupos pequeños. Quizás uno de ellos tomará bajo su tutela a un joven creyente o a un niño abandonado. Quizás algún experimentado guerrero de la oración enseñará a orar a un joven líder cristiano. Cuando ya no se tengan fuerzas ni para estas cosas, pediremos a Dios que su gracia obre en nuestra debilidad de forma que él sea glorificado en nosotros: quizás mostremos a los más jóvenes cómo perseverar bajo el sufrimiento, cómo confiar en medio del dolor y cómo morir en la gracia de Dios.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 263). Barcelona: Publicaciones Andamio.

2 Samuel 13 | 2 Corintios 6 | Ezequiel 20 | Salmos 66–67

17 SEPTIEMBRE

2 Samuel 13 | 2 Corintios 6 | Ezequiel 20 | Salmos 66–67

En Ezequiel 20, ocurre como en el capítulo 8, en el que los ancianos de la comunidad exiliada consultan al profeta y Dios da a Ezequiel una respuesta para los ancianos y la comunidad que representan.

Parte de lo que Ezequiel comunica ya se ha dicho anteriormente. Al Señor soberano no le entusiasma demasiado dejarlos preguntar porque sabe que su corazón está muy lejos de él (20:2–4, 31; cp. caps. 13–14). Nos encontramos ante una visión general del historial de rebeliones de Israel. Sin embargo, hay dos o tres temas en este capítulo que no se han expuesto con anterioridad o que apenas se han mencionado.

El primero es la gloria absoluta de Dios, una de las motivaciones principales detrás de los juicios que han caído o que están a punto de hacerlo. Por el bien de su propio nombre, Dios ha actuado para evitar que su nombre sea “profanado ante las naciones, las cuales me vieron sacarlos de Egipto” (20:14; cp. 20:22). Este tema de la dar gloria a Dios se desarrolla con más amplitud en los capítulos 36 y 39. Es tan fundamental en las Escrituras que corremos el peligro de pasarlo por alto precisamente por su familiaridad. Por ejemplo, cuando Jesús va a la cruz, estamos acostumbrados a pensar más en el amor de Dios por nosotros al enviarnos un regalo tan increíble que pensar que Dios lo hizo para la gloria de su nombre, o en el de Jesús, que cargó con nuestra culpa y castigo en el madero. Es bueno que pensemos en ello. Sin embargo, las Escrituras también insisten en que la exaltación de Cristo es el producto del compromiso del Padre, que todos honren al Hijo como hacen con él (Juan 5:23; cp. Juan 12:23). Cuando Jesús va a la cruz, lo hace movido por una obediencia y amor absolutos hacia su Padre (Juan 14:31; cp. 15:9–11). El asombroso plan de salvación de Dios es para alabanza de su gloria (Efesios 1:3–14), lo cual debe dar forma a nuestra comprensión del Señor y, por tanto, a nuestra vida de oración y nuestras prioridades.

Por esta razón también, en segundo lugar, Dios no permitirá que su pueblo se sienta cómodo con su pecado. Él dio la ley para que quien la obedeciese viviese por ella (20:11, 21, 25; cp. Levítico 18:5), que en este contexto significa prosperar. Cuando las personas desobedecen y anhelan ser “como los pueblos del mundo”, el Señor promete que lo que tienen en mente “jamás sucederá” (20:32). En su lugar, protegerá su nombre, invocará el compromiso del pacto (20:37) y derramará su ira (20:33) de forma que no vivan según los malvados estatutos que escogen: no prosperarán. Tantos años de paciencia de Dios (antes y ahora) deben acabar finalmente en transformación o en juicio.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 260). Barcelona: Publicaciones Andamio.

2 Samuel 12 | 2 Corintios 5 | Ezequiel 19 | Salmos 64–65

16 SEPTIEMBRE

2 Samuel 12 | 2 Corintios 5 | Ezequiel 19 | Salmos 64–65

Por un lado, el lamento por los príncipes de Israel (Ezequiel 19) es bastante claro. La leona de los primeros versículos del salmo es la nación como un todo, la cual dio a luz a los reyes. En esa época, como ahora, el león era el rey de los animales, y por ello era apropiado como símbolo del linaje real davídico (p. ej., Génesis 49:9; Miqueas 5:8). En 19:10–14, la nación es la viña.

Los reyes que Ezequiel tiene en mente en cada sección son bastante obvios. Joacaz es el primero. Los egipcios lo capturaron y llevaron a Egipto en 609 a.C. (19:4). Se omite a Joacim, pero el destino de Jeconías queda claro en 19:5–9. Lo llevaron a Babilonia en 597 (19:9). El destino de Sedequías se describe en 19:10–14). Si este poema se escribió sobre la misma época que los capítulos aledaños (es decir, alrededor de 592 o 591), Sedequías aún no había caído derrotado (587). En tal caso, esta parte del mismo es predictiva. Otra opción es que Ezequiel completase el lamento después de los acontecimientos de aquellos días.

Resulta sorprendente que las palabras no describan únicamente la derrota de un poder menor ante una fuerza superior, sino el declive del linaje e incluso de la nación, lo cual forma parte de la imagen de la viña en 19:12–14. La propia nación se volvió patéticamente débil: “¡Nada queda de esas vigorosas ramas, aptas para ser cetros de reyes!”. La peor de las ironías es que el fuego que consumió sus frutos brotó de una de sus ramas: se está haciendo alusión a la rebelión de Sedequías, que provocó la expedición de castigo de los babilonios. Este hecho no solo puso fin al linaje davídico, sino que destruyó virtualmente la identidad nacional de Israel durante muchos años. Dentro de la teología de la profecía de Ezequiel, Dios mismo es el causante real de la destrucción de Israel, actuando en juicio. Sin embargo, queda claro aquí que la causa inmediata de la destrucción se encontraba en su interior.

No es ni la primera ni la última vez que una nación o institución se destruye desde su interior. Los aficionados a la historia recordarán el imperio Romano, los años del comunismo en Rusia, ciertas iglesias locales, universidades cristianas, seminarios confesionales, etc. Sabemos que las instituciones humanas no tienen una base tan sólida que garantice los resultados, ya que la raíz del dilema humano se encuentra tan sumergida en el pecado personal que no existe estructura alguna que pueda reformarla definitivamente. El lamento por los príncipes de Israel se vuelve un lamento por la raza humana, que necesita desesperadamente una solución mucho más profunda y efectiva que la que los reyes, los presidentes y las estructuras pueden proveer.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 259). Barcelona: Publicaciones Andamio.

2 Samuel 11 | 2 Corintios 4 | Ezequiel 18 | Salmos 62–63

15 SEPTIEMBRE

2 Samuel 11 | 2 Corintios 4 | Ezequiel 18 | Salmos 62–63

La cuestión de la responsabilidad individual es tratada en la Biblia de forma incomparablemente nítida en Ezequiel 18. No obstante, es importante entender el pasaje dentro de su contexto histórico y teológico, antes de intentar aplicarlo a nuestra época.

El proverbio citado en el versículo 2, “los padres comieron uvas agrias, y a los hijos le produjo dentera”, se encuentra también en Jeremías 31:29, por lo que debió de circular tanto en Jerusalén como en el exilio. Aparentemente, algunas personas estaban utilizando el dicho como un pretexto: poco podían hacer con la vida miserable que les había tocado, decían, ya que estaban sufriendo por los pecados de sus padres, algo que se escapaba de sus manos. Por tanto, en lugar de buscar la justicia y la renovación del pacto, utilizaban el proverbio como excusa para la indiferencia moral y el fatalismo.

No obstante, el proverbio transmite una verdad, si no se entiende con tanto pesimismo. La responsabilidad colectiva cruza los límites generacionales de diversas formas. Cuando dio la ley, Dios mismo declaró que castigaría a los hijos por los pecados de los padres hasta la tercera y cuarta generación de aquellos que le odian, aunque presupone que estas harán lo mismo que sus antepasados. La predicación de Isaías, de Jeremías y del propio Ezequiel amenaza con sufrimiento y exilio debido a la rebelión y la idolatría persistentes tanto de los israelitas del pasado como de los presentes. Sabemos que el pecado tiene frecuentemente efectos sociales: por ejemplo, niños que crecen en un hogar donde hay maltrato acaban siendo maltratadores; los hijos de padres arrogantes también lo son, o terminan rotos y amargados. El pecado raramente es privado e individualista en su totalidad. El proverbio no está equivocado totalmente.

Cuando Jeremías rebate este dicho, la alternativa que presenta es escatológica, es decir, el proverbio será superado en los últimos días, con la llegada del nuevo pacto (véase la meditación del 3 de agosto). La reflexión de Ezequiel es ligeramente diferente. Dios se preocupa por cada individuo: “Todas las vidas me pertenecen, tanto la del padre como la del hijo” (18:4). Además, sean cuales sean las consecuencias sociales del pecado, no se debe utilizar nunca este proverbio como excusa para cubrir el pecado reciente. La responsabilidad individual siempre prevalece: “La persona que peque morirá” (18:4). De ahí que los ejemplos de cambio de conducta en este capítulo adquieran tanta importancia. No están estableciendo un simple plan de justicia por obras. Más bien, insisten en que la religión auténtica transforma y no bastan las excusas (escondidas quizás detrás de un proverbio). La conclusión práctica se encuentra en 18:30–32, que merece la pena memorizar.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 258). Barcelona: Publicaciones Andamio.

2 Samuel 10 | 2 Corintios 3 | Ezequiel 17 | Salmos 60–61

14 SEPTIEMBRE

2 Samuel 10 | 2 Corintios 3 | Ezequiel 17 | Salmos 60–61

Uno de mis colegas pastores, el Dr. Roy Clements, ha predicado acerca de muchos salmos, en una serie que ha titulado “Cánticos desde la experiencia”. El título es revelador. Los salmos aunque contienen mucha doctrina no son resúmenes doctrinales. Muchos de ellos, son, literalmente, cánticos de experiencia. No pocas doctrinas se han plantado firmemente en nuestra mente al leer el libro de Salmos, y muchas de sus consecuencias se han desarrollado en nuestra vida, precisamente porque se han cocinado en el fuego de la experiencia. Definiéndolo de otra forma, el valor existencial de muchas doctrinas se ve mejor en la forma en que estas se ponen en práctica en la vida humana. Así pues, existen salmos de esperanza, miedo, duda, gozo desbordado, perdón, desánimo, peligro, desesperación, soledad, contemplación. Muchos de ellos se van sumergiendo de un tema a otro.

El Salmo 61 nos muestra a David anhelando la seguridad que únicamente Dios puede dar. Al principio, parece que está exhausto o deprimido (61:2). Quizás se encontraba muy lejos de su hogar cuando escribió estas líneas: “Desde los confines de la tierra te invoco” (61:2). También puede ser una forma poética de expresar lo solo que se siente, lo lejos que se ve del Dios viviente. Necesita un “refugio” (61:3), un “baluarte contra el enemigo” (61:3) y, en el aspecto que se ha incorporado a muchos himnos, suplica al Señor: “Llévame a una roca donde esté yo a salvo” (61:2). Estas palabras evocan imágenes contrapuestas: una roca que dará refugio a una persona castigada por el sol, una roca que es un reducto escarpado, mucho más seguro de lo que el propio hombre puede estar.

Sin embargo, los versículos siguientes afirman que la seguridad anhelada por David no debe limitarse a la fuerza física, a un “baluarte”, una Línea Maginot, una disuasión nuclear, una fuerza aérea. “Anhelo habitar en tu casa para siempre y refugiarme debajo de tus alas” (61:4). La oración que pedía seguridad se ha vuelto inmensamente personal: David ansía la presencia y protección del propio Dios sobre todas las cosas. El Señor cuida de los suyos, los que han recibido la heredad de temer su nombre (61:5). Es casi como si la naturaleza exacta de la tranquilidad que Dios ofrece estuviese naciendo en David. Cada versículo añade una comprensión más profunda de la verdadera base de la seguridad del creyente, culminando en esta oración para el rey: “Que reine siempre en tu presencia, y que tu amor y tu verdad lo protejan” (61:7). No existe un amparo mayor. No es de extrañar que David termine su reflexión con una alabanza sin límites (61:8), algo que también nosotros debemos hacer.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 257). Barcelona: Publicaciones Andamio.

2 Samuel 8–9 | 2 Corintios 2 | Ezequiel 16 | Salmos 58–59

13 SEPTIEMBRE

2 Samuel 8–9 | 2 Corintios 2 | Ezequiel 16 | Salmos 58–59

Si Ezequiel 15 representa a Jerusalén como una vid inútil (imagen que aparece en otros pasajes, p. ej., Salmo 80; Isaías 5), Ezequiel 16 lo hace como prostituta.

El lenguaje es impactante, horrible, y pretende serlo. La larga analogía comienza como una versión bastante extrema de My Fair Lady: absolutamente todo lo que esta mujer disfruta, en especial la propia vida, es el resultado directo de la intervención de Dios por gracia. Sin embargo, a diferencia de esta obra, en la que el hombre demuestra ser un manipulador irreflexivo y egoísta hasta que la vagabunda que ha convertido en “señora” le reprende, Dios se manifiesta como alguien indómitamente fiel. Además, aquel se siente dolido por la ingratitud y la traición implícita en la constante búsqueda de otros amantes por parte de la mujer, esto es, otros dioses. Ella no solo demuestra ser “depravada”, sino también “vil” (16:30). Peor aún, mientras las prostitutas reciben un pago por sus servicios, esta mujer paga para poder dormir con aquellos. Israel no ha sido realmente seducido por la idolatría, ni le han pagado para que se involucre en la misma. La realidad es que la nación ha desempeñado un papel activo y ha pagado mucho para dejarse llevar por la idolatría, precisamente porque es lo que quiere hacer.

La analogía se amplía para hablar de la hermana mayor (las tribus del norte, que fueron a la cautividad más de un siglo antes debido a su adulterio espiritual). Los de Judá no solo se creían superiores a lugares como Sodoma (proverbial por su maldad), sino a las tribus del norte; Dios dice que Judá es tan mala que las otras dos “hermanas” en comparación parecen buenas (16:49–52).

La analogía funciona por cuatro razones: (a) pone de manifiesto el horror emocional de la apostasía. Esta se compara al adulterio por el tipo de conducta traicionera, despreciable, dolorosa, hiriente y egoísta que es. El tema no es la libertad de religión (al igual que el adulterio no lo es de la intolerancia sexual), sino el amor a sí mismo y la inconstancia. (b) El matrimonio puede verse como una relación de pacto. Así pues, quebrantarlo recuerda inevitablemente la ruptura del que Dios formalizó con el pueblo que redimió de la esclavitud en Egipto. En ambos casos, la apostasía/adulterio es un desafío flagrante a los votos solemnes. (c) Sus imágenes acceden a un gran tema teológico que encontramos constantemente a lo largo de las Escrituras: Jehová es el esposo de la novia Israel; Cristo lo es de la iglesia; la consumación definitiva es el banquete de las bodas del Cordero. (d) Guardar el pacto requiere el tipo correcto de recordatorio diligente: leamos de nuevo 16:43, 60, 61, 63, y reflexionemos sobre 1 Corintios 11:23–26.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 256). Barcelona: Publicaciones Andamio.

2 Samuel 7 | 2 Corintios 1 | Ezequiel 15 | Salmos 56–57

12 SEPTIEMBRE

2 Samuel 7 | 2 Corintios 1 | Ezequiel 15 | Salmos 56–57

El subtítulo del Salmo 57 especifica que este salmo se escribió cuando David huyó de Saúl a una cueva (cp. 1 Samuel 22:1; 24:3). Lo que encontramos, entonces, es parte del tono emocional y espiritual de este hombre cuando se encontraba, como él mismo dijo, “a un paso de la muerte” (1 S. 20:3). Haremos algunas reflexiones:

(1) Incluso cuando clama pidiendo misericordia, David expresa su confianza en el poder soberano de Dios. El lenguaje es sorprendente: “Clamo al Dios Altísimo, al Dios que me brinda su apoyo” (57:2). El título “Dios Altísimo” no es común en el libro de Salmos. David está pensando quizás en otro hombre sin hogar, Abraham, que estaba más familiarizado con esta forma de dirigirse al Señor. Ciertamente, no cree que las circunstancias se hayan escapado de las manos de semejante Dios. Suplica misericordia, pero reconoce que, el Todopoderoso cumple sus propósitos en él. La mezcla de un ruego humilde y una confianza tranquila en el poder soberano del Señor es recurrente en las Escrituras, alcanzando su plano más elevado en la oración del Señor Jesús en el huerto: “Padre mío, si es posible, no me hagas beber este trago amargo. Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (Mateo 26:39). En cierta medida, cada seguidor de Jesucristo querrá conocer la angustia y el gozo de ese tipo de oración.

(2) El estribillo de 57:5 y 11, “¡Tú, oh Dios, estás sobre los cielos; tu gloria cubre toda la tierra!”, muestra que David no sólo está adorando reverentemente, sino también confirmando algo que los creyentes olvidan con facilidad, particularmente cuando se enfrentan a situaciones duras. El equivalente más claro en el Nuevo Testamento se encuentra quizás en la oración que el Señor Jesús nos enseñó: “Santificado sea tu nombre” (Mateo 6:9). Aquí, David no medita únicamente en el poder soberano de Dios, sino en su relevancia. Para David, es más importante que Dios sea exaltado sobre los cielos, que salir o no de la cueva. La ferviente oración que somete voluntariamente los intereses personales urgentes a la gloria de Dios produce gozo y estabilidad: “Firme está, oh Dios, mi corazón; firme está mi corazón. Voy a cantarte salmos” (57:7).

(3) Igualmente excepcional es la mirada de David hacia el firmamento cuando se propone dar testimonio: “Te alabaré, Señor, entre los pueblos, te cantaré salmos entre las naciones. Pues tu amor es tan grande que llega a los cielos; ¡tu verdad llega hasta el firmamento!” (57:9–10). Se trata de una visión absoluta y, actualmente, mientras innumerables personas cantan estas palabras, el voto de David se ha cumplido de una forma más extensa de lo que nunca pudo haber imaginado.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 255). Barcelona: Publicaciones Andamio.

2 Samuel 6 | 1 Corintios 16 | Ezequiel 14 | Salmo 55

11 SEPTIEMBRE

2 Samuel 6 | 1 Corintios 16 | Ezequiel 14 | Salmo 55

Tres observaciones relativas a Ezequiel 14:

En primer lugar, la expresión particular “hacer del corazón un altar de ídolos”, repetida varias veces con pequeñas variaciones en 14:1–8, apesta a hipocresía. Puede que exista algo de fidelidad al pacto en público, pero simplemente no hay lealtad de corazón. Hacer del corazón un altar de ídolos es apartarse del Dios viviente (14:7).

El peligro no es menos traicionero en la actualidad que en la época de Ezequiel. De alguna forma, nos las arreglamos para observar el credo que profesamos, pero, si algo va mal, nuestra ira indisciplinada demuestra que realmente confiamos muy poco en el Dios viviente: nuestros ídolos secretos son la comodidad y el bienestar físico. Asistimos a la iglesia, pero rara vez oramos en privado o leemos concienzudamente la Palabra de Dios. Cantamos con fuerza en convenciones misioneras, pero no hemos compartido el Evangelio con nadie desde hace años. En el fondo, nos interesa más nuestra reputación, el sexo, las vacaciones, que disfrutar del resplandor y la majestad sobrecogedora de Dios. Meditemos en 14:8 y pidamos perdón y gracia, para que podamos ser más coherentes.

En segundo lugar, los que hacen de su corazón un altar de ídolos son justo los que más probablemente buscan a un profeta o predicador para mantener las apariencias y garantizarse algo de ayuda al mismo tiempo. Sin embargo, el Señor dice: “Yo el SEÑOR le responderé según la multitud de sus ídolos malolientes” (14:4). Él “sedujo” a los profetas (14:9–11). Una mejor traducción de esta palabra es “engañar”. El “engaño” de Dios a los profetas forma parte de su sentencia judicial. No obstante, es un “engaño” particular, porque la revelación del Señor ya es pública en las Escrituras para que todos la lean y estudien. Además, ahora habla abiertamente a los profetas acerca de su mano judicial sobre ellos. Si tuviesen un ápice de sensibilidad espiritual, la advertencia les empujaría a realizar examen de conciencia y arrepentirse. Sin embargo, no lo hacen, y la sentencia se pronuncia, siendo engañados. Tales profetas mienten al pueblo, que ama sus mentiras y les escucha (cp. 13:19).

En tercer lugar, el juicio es en ocasiones tan inevitable que ni siquiera la presencia del más justo lo retrasará (14:12–23). El razonamiento presupone la teología de Génesis 18: Dios puede salvar a una ciudad o nación malvada por los justos que vivan allí. Sin embargo, allá donde la maldad rebosa, ni siquiera la presencia de Noé (salvado del diluvio), de Job (declarado “recto” e “intachable”, Job 1:1) y de Daniel (coetáneo de Ezequiel, que servía en la corte babilónica, conocido por su piedad) detendrá el desastre que el Todopoderoso ordena. De hecho, cuando los exiliados vean la conducta rebelde de los nuevos refugiados, serán conscientes de que Dios tenía razón (14:22–23).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 254). Barcelona: Publicaciones Andamio.

2 Samuel 4–5 | 1 Corintios 15 | Ezequiel 13 | Salmos 52–54

10 SEPTIEMBRE

2 Samuel 4–5 | 1 Corintios 15 | Ezequiel 13 | Salmos 52–54

En casi todas las generaciones, existen voces verdaderas y falsas. ¿Cómo podemos discernir entre las dos?

Esta pregunta no puede contestarse exhaustivamente haciendo referencia tan sólo a un pasaje. Por ejemplo, Deuteronomio 13 suministra un marco sobre el cual se debe reflexionar con detenimiento, pero no es el único. Aquí, en Ezequiel 13, el asunto no se expone como una serie de puntos que ayudarán al justo a discernir entre un profeta auténtico y uno falso, sino que es una denuncia de todo lo relativo a este último. Con ello, Dios nos facilita al menos un perfil parcial de los falsos profetas.

(1) Hablan a través de su propio espíritu, de su propia imaginación. Pueden creer que tienen algo del Señor para compartir, pero no es así. “Sus visiones son falsas, y mentirosas sus adivinaciones” (13:6). No se trata tanto de un principio que el espectador puede utilizar, como de una advertencia a los propios falsos profetas. Pueden engañar a otras personas, pero nunca a Dios, y es a él a quien tendrán que rendir cuentas un día (13:8–9).

(2) No hablan de temas fundamentales como el pecado, la corrupción, la injusticia y la deslealtad al pacto. Si empleamos la metáfora de una ciudad amurallada, en lugar de reparar el “muro” simplemente lo blanquean, de forma que parezca sólido al observador casual aunque no tenga esperanza alguna de mantenerse en pie. “No han ocupado su lugar en las brechas, ni han reparado los muros del pueblo de Israel, para que en el día del SEÑOR se mantenga firme en la batalla” (13:5). La tormenta arrancará la cal y revelará la terrible debilidad. Los falsos profetas hablan de presagios, fantasías relativas a los últimos tiempos y promesas de avivamiento, pero no declaran la santidad de Dios y lo odioso del pecado; no son capaces de llevar al pueblo al arrepentimiento, la fe y la obediencia.

(3) Están más interesados en augurios, en vaticinar la suerte personal, dando falsas esperanzas, que en trasmitir la palabra de Dios. No son realmente personas serias, excepto cuando es el momento de cobrar su tarifa (13:17–19).

(4) Uno de los problemas más serios que provocan es el desánimo del auténtico pueblo de Dios. Si abundan voces falsas en una cultura, muchas personas se confundirán, desmoralizarán y desorientarán. En lugar de mantener un estándar moral que refuerce la justicia, edifique el carácter y fomente la piedad, estos farsantes pronuncian sus maldiciones y tabús en contra de personas que el propio Dios no ha condenado, y exoneran a los malvados de forma que no se apartan de sus malos caminos, no pudiendo así salvar su vida (13:20–23).

¿Dónde se desarrollan estas características en nuestra cultura? ¿Y en nuestra iglesia?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 253). Barcelona: Publicaciones Andamio.