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2 Samuel 4–5 | 1 Corintios 15 | Ezequiel 13 | Salmos 52–54

10 SEPTIEMBRE

2 Samuel 4–5 | 1 Corintios 15 | Ezequiel 13 | Salmos 52–54

En casi todas las generaciones, existen voces verdaderas y falsas. ¿Cómo podemos discernir entre las dos?

Esta pregunta no puede contestarse exhaustivamente haciendo referencia tan sólo a un pasaje. Por ejemplo, Deuteronomio 13 suministra un marco sobre el cual se debe reflexionar con detenimiento, pero no es el único. Aquí, en Ezequiel 13, el asunto no se expone como una serie de puntos que ayudarán al justo a discernir entre un profeta auténtico y uno falso, sino que es una denuncia de todo lo relativo a este último. Con ello, Dios nos facilita al menos un perfil parcial de los falsos profetas.

(1) Hablan a través de su propio espíritu, de su propia imaginación. Pueden creer que tienen algo del Señor para compartir, pero no es así. “Sus visiones son falsas, y mentirosas sus adivinaciones” (13:6). No se trata tanto de un principio que el espectador puede utilizar, como de una advertencia a los propios falsos profetas. Pueden engañar a otras personas, pero nunca a Dios, y es a él a quien tendrán que rendir cuentas un día (13:8–9).

(2) No hablan de temas fundamentales como el pecado, la corrupción, la injusticia y la deslealtad al pacto. Si empleamos la metáfora de una ciudad amurallada, en lugar de reparar el “muro” simplemente lo blanquean, de forma que parezca sólido al observador casual aunque no tenga esperanza alguna de mantenerse en pie. “No han ocupado su lugar en las brechas, ni han reparado los muros del pueblo de Israel, para que en el día del SEÑOR se mantenga firme en la batalla” (13:5). La tormenta arrancará la cal y revelará la terrible debilidad. Los falsos profetas hablan de presagios, fantasías relativas a los últimos tiempos y promesas de avivamiento, pero no declaran la santidad de Dios y lo odioso del pecado; no son capaces de llevar al pueblo al arrepentimiento, la fe y la obediencia.

(3) Están más interesados en augurios, en vaticinar la suerte personal, dando falsas esperanzas, que en trasmitir la palabra de Dios. No son realmente personas serias, excepto cuando es el momento de cobrar su tarifa (13:17–19).

(4) Uno de los problemas más serios que provocan es el desánimo del auténtico pueblo de Dios. Si abundan voces falsas en una cultura, muchas personas se confundirán, desmoralizarán y desorientarán. En lugar de mantener un estándar moral que refuerce la justicia, edifique el carácter y fomente la piedad, estos farsantes pronuncian sus maldiciones y tabús en contra de personas que el propio Dios no ha condenado, y exoneran a los malvados de forma que no se apartan de sus malos caminos, no pudiendo así salvar su vida (13:20–23).

¿Dónde se desarrollan estas características en nuestra cultura? ¿Y en nuestra iglesia?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 253). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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