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2 Samuel 12 | 2 Corintios 5 | Ezequiel 19 | Salmos 64–65

16 SEPTIEMBRE

2 Samuel 12 | 2 Corintios 5 | Ezequiel 19 | Salmos 64–65

Por un lado, el lamento por los príncipes de Israel (Ezequiel 19) es bastante claro. La leona de los primeros versículos del salmo es la nación como un todo, la cual dio a luz a los reyes. En esa época, como ahora, el león era el rey de los animales, y por ello era apropiado como símbolo del linaje real davídico (p. ej., Génesis 49:9; Miqueas 5:8). En 19:10–14, la nación es la viña.

Los reyes que Ezequiel tiene en mente en cada sección son bastante obvios. Joacaz es el primero. Los egipcios lo capturaron y llevaron a Egipto en 609 a.C. (19:4). Se omite a Joacim, pero el destino de Jeconías queda claro en 19:5–9. Lo llevaron a Babilonia en 597 (19:9). El destino de Sedequías se describe en 19:10–14). Si este poema se escribió sobre la misma época que los capítulos aledaños (es decir, alrededor de 592 o 591), Sedequías aún no había caído derrotado (587). En tal caso, esta parte del mismo es predictiva. Otra opción es que Ezequiel completase el lamento después de los acontecimientos de aquellos días.

Resulta sorprendente que las palabras no describan únicamente la derrota de un poder menor ante una fuerza superior, sino el declive del linaje e incluso de la nación, lo cual forma parte de la imagen de la viña en 19:12–14. La propia nación se volvió patéticamente débil: “¡Nada queda de esas vigorosas ramas, aptas para ser cetros de reyes!”. La peor de las ironías es que el fuego que consumió sus frutos brotó de una de sus ramas: se está haciendo alusión a la rebelión de Sedequías, que provocó la expedición de castigo de los babilonios. Este hecho no solo puso fin al linaje davídico, sino que destruyó virtualmente la identidad nacional de Israel durante muchos años. Dentro de la teología de la profecía de Ezequiel, Dios mismo es el causante real de la destrucción de Israel, actuando en juicio. Sin embargo, queda claro aquí que la causa inmediata de la destrucción se encontraba en su interior.

No es ni la primera ni la última vez que una nación o institución se destruye desde su interior. Los aficionados a la historia recordarán el imperio Romano, los años del comunismo en Rusia, ciertas iglesias locales, universidades cristianas, seminarios confesionales, etc. Sabemos que las instituciones humanas no tienen una base tan sólida que garantice los resultados, ya que la raíz del dilema humano se encuentra tan sumergida en el pecado personal que no existe estructura alguna que pueda reformarla definitivamente. El lamento por los príncipes de Israel se vuelve un lamento por la raza humana, que necesita desesperadamente una solución mucho más profunda y efectiva que la que los reyes, los presidentes y las estructuras pueden proveer.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 259). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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