Discusiones inútiles

30 OCTUBRE

2 Reyes 12 | 2 Timoteo 2 | Oseas 3–4 | Salmo 119:121–144

Una de las muchas decisiones prácticas que debe tomar un pastor comprometido es si debe o no confrontar algún error particular que se vislumbra entre el pueblo.

Son muchos los factores que influyen en este tipo de decisión. ¿A cuántas personas les está afectando? ¿Está amenazando con dividir a la iglesia o sólo es una fijación de una o dos personas? ¿Se trata de algún asunto relativamente marginal o ataca al corazón del evangelio? ¿Es algo que la Biblia aborda de manera bastante clara, o sobre lo cual no afirma nada sustancial? Además, aunque el asunto es evidentemente importante, uno debe tomar decisiones sobrias sobre cuánto tiempo y energía dedicarle. Si es poco, la congregación se puede ver seriamente afectada; si es demasiado, te distrae de lo que debería ser el enfoque principal de tu ministerio. Puede que gradualmente acabes inmerso en un mar tan enorme, que jamás vuelvas a ver la orilla.

A través de los años, me han invitado a hablar sobre una cantidad de “problemas” o “interpretaciones” que no han durado más de un par de meses o años. Puede ser conveniente estudiar lo necesario para abordar algunos de ellos; más que eso es perder el tiempo. Cerca de un mes antes del suicidio masivo de la secta “Heaven’s Gate” (en inglés, Puerta del Cielo), ellos mismos me enviaron (y seguramente a muchas otras personas) uno de sus videos y un montón de literatura. Le dediqué diez minutos a la lectura de esos documentos para ver de qué iba. Eran auténticas sandeces, así que lo guardé, esperando no tener que responder nunca a esta tontería en particular. Varias semanas después, la mayoría de sus seguidores estaban muertos.

Hará unos dos años, un pastor me llamó y me regañó por no haber respondido sustancialmente al libro de Michael Drosnin, El Código Secreto de la Biblia. Por interés, había acumulado un archivo bastante amplio sobre el tema, pero eso no satisfizo a este pastor. Él entendía que las personas de su iglesia eran terriblemente vulnerables e insistió en que yo dedicara tiempo a trabajar el tema. Yo me negué. Dos meses más tarde, descubrí que en esa iglesia, la persona con la mayor fijación en este problema era el pastor mismo, que no lograba abandonar ese asunto.

Qué contraste tan agradable, entonces, es escuchar a Pablo decirle a Timoteo lo que debe enseñarle a las nuevas generaciones de pastores: “Adviérteles delante de Dios que eviten las discusiones inútiles, pues no sirven nada más que para destruir a los oyentes” (2 Timoteo 2:14). O una vez más: “No tengas nada que ver con discusiones necias y sin sentido, pues ya sabes que terminan en pleitos” (2:23). Responde lo que sea necesario; nunca te obsesiones con los temas marginales; no pierdas centrarte en lo principal; no dejes que te atraigan las discusiones tontas. Los asuntos verdaderos son demasiado importantes.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 303). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Hoy encontramos un estudio de dos abuelas.

29 OCTUBRE

2 Reyes 10–11 | 2 Timoteo 1 | Oseas 2 | Salmo 119:97–120

En los dos pasajes designados para hoy, encontramos un estudio de dos abuelas.

La primera es Atalía (2 Reyes 11), la vil madre de Ocozías, el rey de Judá que fue asesinado por Jehú (como vimos ayer) en la locura precipitada por la insurrección en el reino del norte, Israel. Uno podría imaginar una variedad de reacciones que una reina madre podría tener al enterarse del asesinato de su hijo. La de Atalía fue matar a su propia familia. Así lo ordenó a los guardias del palacio, de manera que eliminaron a todos los hijos de su hijo asesinado y a sus nietos y, de esa manera, Atalía aseguró para sí el poder. Solamente se salvó Joás, un pequeño nietecito de Atalía que fue rescatado por su tía (a quien seguramente también mataron), quien lo escondió con su nodriza.

Varios años después, cuando Joás tenía apenas siete años de edad, el sacerdote Joiada hizo arreglos para sacar al niño y declararlo rey, protegido por unidades militares que eran fieles a Joiada y a su determinación de preservar el linaje davídico. Cuando Atalía descubrió el complot, sus gritos de “¡Traición! ¡Traición!” resultaron un poco huecos. Por amor al poder, esta mujer malvada estuvo dispuesta no sólo a asesinar (lo que no era muy raro), sino a matar a sus hijos y nietos, algo mucho menos común e infinitamente más cruel, y ahora acusa de traición a aquellos que le piden cuentas.

Contrastemos la madre y la abuela que se mencionan brevemente en 1 Timoteo 1:5. La abuela de Timoteo, Loida, y su madre Eunice eran mujeres de “fe sincera”, según Pablo, y transmitieron esta herencia a su hijo y a su nieto Timoteo. No se nos dice cómo hicieron esto, pero a juzgar por los patrones que vemos en otras partes de las Escrituras, lo menos que deben haber hecho fue modelar un ejemplo personal y suministrar instrucción concreta. Le pasaron tanto la enseñanza de las Escrituras como el modelo de su propia “fe sincera”: no el patrón de su propio caminar con Dios, sino la integridad que caracterizó sus vidas como consecuencia de ello. De hecho, en este pasaje se esconde una esperanza para hombres y mujeres en matrimonios mixtos. Según Hechos 16:1, la madre de Timoteo, Eunice, era judía y también cristiana; su padre era griego, aparentemente pagano. La influencia cristiana prevaleció.

No todas las mujeres son tan malvadas como Atalía; no todas son tan fieles como Loida y Eunice. No obstante, en el hogar, el trabajo y la iglesia hay hombres y mujeres a quienes les interesa más el poder que ninguna otra cosa. Puede que no lleguen a asesinar, pero están dispuestos a mentir, hacer trampa y a calumniar para ganar más autoridad. Ellos se enfrentarán al juicio de Dios. Pero dichosos aquellos cuya fe sincera deja huella en la siguiente generación.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 302). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Unción de David

28 OCTUBRE

2 Reyes 9 | 1 Timoteo 6 | Oseas 1 | Salmo 119:73–96

Vale la pena comparar la unción de David (1 Samuel 16) con la de Jehú (2 Reyes 9) o, mejor, comparar lo que sigue a ambas.

La historia de David es la más conocida (1 Samuel). Cuando Samuel le ungió para ser rey, David todavía era joven, un pastorcito. La unción no cambió en nada su situación inmediata. A su debido tiempo, ganó dimensiones heroicas al derrotar a Goliat y luego maduró hasta llegar a ser un oficial eficiente y leal del rey Saúl. Cuando este se llenó de amargura y paranoia, obligando a David a esconderse en los montes de Judea, parecía que David estaba muy lejos del trono. La providencia le ofreció dos asombrosas oportunidades de matar a Saúl, pero David se contuvo; de hecho, incluso se lo prohibió a algunos de sus propios hombres que estaban muy dispuestos a realizar el acto que David rehusaba cometer. Su razonamiento era sencillo. Aunque sabía que sería rey, también sabía que en ese momento, el rey era Saúl. Matarlo, por tanto, sería matar al ungido del Señor. Él no estaba dispuesto a arrebatar la herencia que el Señor le había prometido, si el precio a pagar era un acto inmoral. Dios le había prometido el trono; Dios mismo, entonces, tenía que destituir al rey actual, porque David no se rebajaría a la intriga y el asesinato. Este fue uno de los mejores momentos de David.

¡Qué diferente es Jehú! Cuando lo ungen, se le asigna la tarea de castigar y destruir el malvado hogar de Acab. Pero no espera recibir ninguna señal providencial: en cuanto a él se refiere, haber sido ungido es suficiente incentivo para embarcarse inmediatamente en una insurrección sangrienta. Más aún, a pesar de sus palabras piadosas sobre eliminar la idolatría de la casa malvada de Acab (9:22, por ejemplo), su propio corazón delata dos realidades malvadas. Primero, no sólo asesina a quien actualmente está en el trono de Israel, sino que, al tener la oportunidad, mata también a Ocozías, rey de Judá (9:27–29), pero sin la autorización del profeta. ¿Acaso Jehú soñaba con un reino unido y restaurado mediante el asesinato y el poder militar? Segundo, aunque Jehú redujo el poder de la adoración a Baal, promovió otros tipos de idolatría igualmente repugnantes para Dios (10:28–31). Al revés que David, no era “un hombre conforme al corazón de Dios” (cf. 1 Samuel 13:14). Para nada: “no se apartó de los pecados de Jeroboam, el que había hecho pecar a Israel” (10:31).

La lección es importante. Ni siquiera la profecía divina libra a la persona de la obligación de moralidad, integridad y una fe leal y obediente hacia Dios. El fin no justifica los medios.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 301). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Ten cuidado de tu conducta y de tu enseñanza”

26 OCTUBRE

2 Reyes 7 | 1 Timoteo 4 | Daniel 11 | Salmo 119:25–48

Cuando aún era muy joven, comencé a pastorear una iglesia relativamente pequeña en Canadá. Las personas eran muy amables conmigo y mucho más pacientes con mis defectos y errores que lo que yo merecía.

Había una mujer en esa iglesia que a veces me resultaba particularmente exasperante. Casi todos los domingos por la mañana me daba las gracias enfáticamente por el sermón y luego añadía: “Pero eres tan joven”. Esto sucedió durante muchas semanas, hasta convertirse en poco más que una fórmula. Finalmente, mi celo excedió a mi sensatez. Tras escuchar una vez más su exclamación trillada (“Eres tan joven”), sonreí con dulzura y le respondí (citando una versión antigua): “Sí, pero la Biblia dice que ‘ninguno tenga en poco tu juventud’. ¡Ninguno!” Si bien es cierto que mi arrebato fue desmedido, funcionó, porque nunca volvió a decirme algo parecido.

No obstante, al reflexionar me di cuenta de que había citado la primera parte de 1 Timoteo 4:12 pero no la última. La primera parte dice: “Que nadie te menosprecie por ser joven”. Supongo que, si esa línea estuviera sola, una de las maneras de evitar que otros te menospreciaran sería atacarles con este versículo. Pero Pablo escribe: “Que nadie te menosprecie por ser joven. Al contrario, que los creyentes vean en ti un ejemplo a seguir en la manera de hablar, en la conducta, y en amor, fe y pureza”. En otras palabras, si eres un creyente joven, particularmente uno que está en posición de liderazgo como Timoteo, la manera de evitar que los demás te menosprecien es dar ese ejemplo “en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” para que tu piedad transparente les haga callar.

Si eres diligente con los dones y la gracia que Dios te ha dado, Pablo añade, todos verán tu progreso (4:15). Tu diligencia debe ser exhaustiva y así las áreas en las que los demás detecten tu progreso también serán integradoras: “Ten cuidado de tu conducta y de tu enseñanza” (4:16). El resultado no sólo incluye que tu propia perseverancia produzca la salvación de la consumación, sino también la salvación de muchos de aquellos a quienes les ministres (4:16).

En este consejo un joven encuentra una gama de enseñanza moral cristiana. Las acciones suelen decir más que las palabras. Los líderes cristianos deben liderar, no sólo mediante palabras, sino con acciones que sean conformes con esas palabras. La autoridad que le corresponde a un líder cristiano no se obtiene con el oficio en sí, sino que se gana con el tiempo por la calidad de su vida cristiana. No sorprende entonces que gran parte del próximo capítulo se dedica a dar instrucciones específicas sobre cómo tratar a los hermanos en Cristo durante diversas etapas de vida. Cómo tratar a la gente siempre se halla cerca del centro del discipulado cristiano.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 299). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡Esto es bueno!

24 OCTUBRE

2 Reyes 5 | 1 Timoteo 2 | Daniel 9 | Salmos 117–118

Actualmente, cuando se habla de 1 Timoteo 2, por lo general, el enfoque está en el 2:11–15. Así que hoy reflexionaremos sobre 1 Timoteo 2:1–7.

(1) De manera transparente, Pablo exhorta a los cristianos a que oren por todos los que estén en puestos de autoridad (2:1–2). El fin principal de esta oración es “que tengamos paz y tranquilidad, y llevemos una vida piadosa y digna” (2:2). La soberanía de Dios se extiende más allá de la iglesia a los asuntos de toda la humanidad. Pablo sabe bien que una sociedad ordenada y segura conduce a una vida regular y disciplinada y, por ende, a la “piedad y honestidad”.

(2) Cuando Pablo dice “esto es bueno”, no queda claro inmediatamente si el “esto” se refiere a la vida piadosa que quiere que los creyentes demuestren o a las oraciones que se supone que levanten al Dios Todopoderoso por aquellos que están en eminencia. Si es lo primero, la conexión con el texto que le sigue debe ser algo como: si vivimos vidas piadosas, nuestra manera de vivir dará testimonio evangelístico a las personas a nuestro alrededor que Dios quiere que “lleguen a conocer la verdad” (2:4). Si la referencia es a nuestra oración, la conexión con la siguiente sección es un tanto diferente: Pablo está diciendo que debemos orar por las autoridades, no sólo con el fin de que la sociedad sea estable, sino para que esas personas puedan ser salvas, porque Dios quiere que todos lleguen al conocimiento de la verdad.

(3) En cualquiera de las alternativas, se presume que Dios tiene un interés vital en la conversión de las personas en todas partes. Esto no está en absoluto en conflicto con que la Biblia dice en otras partes sobre la elección. Sin duda, Dios ejerce un amor especial hacia sus elegidos. No obstante, la Biblia constantemente presenta a Dios clamando, en efecto: “¡Volveos! ¡Vol veos! Porque el Señor no se alegra de la muerte del malvado.” Su postura hacia los seres quebrantados que portan su imagen, si bien está muy caracterizada por la justicia y el juicio, incluye este elemento de anhelo por su salvación.

(4) En este contexto, 1 Timoteo 2:5 dice, en efecto, que la doctrina del monoteísmo tiene una consecuencia: si hay un solo Dios, este debe ser el Dios de todo, se le reconozca como tal o no. Si hay un solo mediador entre Dios y los seres humanos caídos, entonces la única esperanza para cualquier ser humano es ese único mediador.

(5) Él es, entonces, potencialmente el rescate de todos los hombre y las mujeres en todas partes (2:6). No hay otro mediador. No es sólo el mediador de los judíos. “A su debido tiempo”, esta verdad se ha dado a conocer claramente y yace en el corazón del evangelio apostólico que a Pablo se le ha encomendado predicar, en particular entre los gentiles.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 297). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡Jesús!

23 OCTUBRE

2 Reyes 4 | 1 Timoteo 1 | Daniel 8 | Salmo 116

Hace algunos años, recibí una carta de alguien que me dijo que había leído uno de mis libros y que estaba molesto porque yo frecuentemente me referí al Señor Jesucristo como “Jesús”. Citó varios pasajes que hablan de confesar a Jesús como Señor (Romanos 10:9, por ejemplo) y de que dicha confesión es señal de tener al Espíritu (1 Corintios 12:3). Le escribí de vuelta, explicando que cuando me refiero al Señor Jesucristo como Jesús, no estoy por ello negando su señorío. Más bien, en ese momento no estoy afirmándolo. Más aún, el libro que él leyó trataba sobre uno de los evangelios sinópticos. En los evangelios, el Señor Jesús aparece de forma más habitual como sencillamente “Jesús”. Al estar comentando uno de los evangelios, tendí a mencionar a Jesús de la misma manera que lo hace la Escritura. Al explicar un pasaje de alguien como Pablo, por ejemplo, tiendo a usar, predominantemente, las mismas formas de nombrar o referirse a Jesús que utiliza el apóstol.

Recibí de él un documento extenso en el que escribió la mayoría de los pasajes que hablan de Jesús como Señor y ofreciendo muchísimas razones de la importancia de esta confesión y mucho más de lo mismo. No me contestó ni uno solo de los puntos de mi carta: yo era meramente carne de cañón para su diatriba.

No merecía la pena responderle. Desde su punto de vista, él estaba defendiendo el evangelio. Para mí, era bastante parecido a las personas que Pablo menciona: “Pretenden ser maestros de la ley, pero en realidad no saben de qué hablan ni entienden lo que con tanta seguridad afirman” (1 Timoteo 1:7).

Por supuesto que Pablo tenía en mente a unos enemigos particulares, y el perfil de estos no es idéntico al de la persona que me escribió esa carta. Sin embargo, en cada generación hay gente que circula por la iglesia y alrededor de ella enseñando “doctrinas falsas” (1:3) y que se dedican a asuntos marginales. Una vez, enseñé en una escuela nocturna y uno de mis estudiantes estaba convencido de que había descubierto la clave de las Escrituras mediante una tipología elaborada de la circuncisión. Otro me escribió desde Australia ofreciendo una gran síntesis increíblemente tonta y condenando a todas las editoriales por ser tan heterodoxas y cerradas de mente que no le daban a sus ideas la divulgación que, a su entender, merecían. Otro más ha escrito repetidas y voluminosas cartas insistiendo en que yo publique su manuscrito porque el mundo entero necesita leerlo.

Lo que estas personas tienen en común es la doctrina falsa, un enfoque de los asuntos marginales (aunque no sean genealogías, 1:4) que distorsionan lo que es central y una arrogancia que se revela mediante sus “discusiones inútiles” (1:6). Lo que les falta es el propósito del mandamiento del evangelio: el amor y la fe sincera que promueve la obra de Dios (1:4–5).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 296). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El pecado de la ociosidad

22 OCTUBRE

2 Reyes 3 | 2 Tesalonicenses 3 | Daniel 7 | Salmos 114–115

El pasaje en 2 Tesalonicenses 3:6–13 es único en el Nuevo Testamento. En ningún otro lugar encontramos tantas líneas dedicadas al pecado de la ociosidad.

Ciertamente, es posible convertir el trabajo mismo, o a las recompensas que brotan del trabajo, en un ídolo. Esto suele ser lo que la gente tiene en mente cuando hablan con tono despectivo acerca de la “ética protestante del trabajo”. Aún así, debemos insistir en que la respuesta adecuada al pecado de idolatrar el trabajo no es el ocio: esto podría sencillamente hacer un ídolo del tiempo libre y del hedonismo. La respuesta correcta es el arrepentimiento, la fe en Dios y la obediencia a él. Así que, es necesario ubicar al trabajo en el lugar que le corresponde dentro de un mundo enmarcado por Dios y su palabra.

Los lectores de la Biblia no pueden evitar darse cuenta de que Dios habla mucho más del trabajo que del ocio. La muy difamada “ética protestante del trabajo” comenzó de manera muy sencilla: los cristianos devotos creían que debían ofrecerle todo su trabajo a Dios. Esto garantizaba que, en términos generales, trabajaban más arduamente y de manera bastante más honesta que otros. Sucedió lo inevitable: muchos prosperaron. Por supuesto, dos o tres generaciones más tarde, comenzaron a centrarse en el trabajo en sí, ya como la señal esencial de la piedad, o como un medio para ganar prosperidad, o ambas cosas. A Dios, a veces se le desplazaba hacia la periferia. No obstante, aunque hacemos bien en condenar la idolatría del trabajo, debemos tener mucho cuidado de ir al otro extremo. Podemos cometer el error de ver el trabajo meramente como algo que tenemos que hacer para dedicarnos luego a lo verdaderamente importante: la diversión y servirnos a nosotros mismos. En términos bíblicos, es difícil ver esta postura como mejor, en algún sentido, que la otra.

No sabemos exactamente qué fue lo que instó a muchos creyentes tesalonicenses a ser vagos. Tal vez, algunos sencillamente estaban aprovechándose de la generosidad de los cristianos. Seguro que a algunos no les interesaba trabajar, pero sí se ocupaban de lo que no les importaba (3:11). Pablo no piensa tolerarlo. La situación aquí no es que hay cristianos que necesitan mostrar compasión a los verdaderamente necesitados. Más bien se trata de cristianos que necesitan enfrentarse firmemente a los que alegan ser cristianos pero desobedecen los mandatos explícitos del apóstol (3:12) e ignoran su impresionante conducta personal (3:7–9). Él trabajó (en su oficio, por ejemplo) precisamente para darles la enseñanza: “El que no quiera trabajar, que tampoco coma” (3:10). Ahora, Pablo va un paso más allá: los cristianos responsables deben rechazar a estos sinvergüenzas, alejarse por completo de ellos (3:6). De esa manera no podrán corromper a la iglesia. Más importante: los de afuera no confundirán la conducta de esas personas con la de los cristianos que siguen con alegría la instrucción apostólica.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 295). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El regreso de Jesús

21 OCTUBRE

2 Reyes 2 | 2 Tesalonicenses 2 | Daniel 6 | Salmos 112–113

Siempre ha sido fácil equivocarse sobre el regreso de Jesús. A veces esto sucede por ignorancia y a veces por un énfasis distorsionado. A juzgar por 2 Tesalonicenses 2:1–12, estos peligros han existido desde la iglesia primitiva.

Todavía hoy mantenemos bastantes interpretaciones erradas sobre estos asuntos. Por ejemplo, en 1 Tesalonicenses 4:17, Pablo escribe: “Luego los que estemos vivos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados junto con ellos en las nubes para encontrarnos con el Señor en el aire. Y así estaremos con el Señor para siempre”. Por esto, muchos académicos contemporáneos afirman que Pablo pensaba que el regreso del Señor sucedería mientras él aún estaba vivo y, desde luego, estaba equivocado. En realidad, 1 Tesalonicenses 4:17 no demuestra que Pablo creía que Cristo regresaría durante su vida, de la misma forma que 1 Corintios 6:14 tampoco demuestra que él creyera que Cristo no regresaría durante su vida. Ahí, Pablo escribe: “Con su poder Dios resucitó al Señor, y nos resucitará también a nosotros”. Aunque habla en primera persona en ambas ocasiones, Pablo sencillamente se está identificando con los cristianos que vivirán estas experiencias, ya sea que se encuentren con el Señor, escapando así de la muerte, o muriendo y al final resucitando de entre los muertos. No obstante, esta idea errónea hoy día se ha propagado mucho.

El error que se halla detrás de 2 Tesalonicenses 2:1–12 no está demasiado claro, pero aparentemente los tesalonicenses habían recibido una carta falsa que alegaba ser de Pablo pero que no estaba escrita con su letra bien conocida ni con su firma al final. (Por esto Pablo resalta a sus lectores esos elementos en 3:17.) Esa carta engañosa convenció de alguna manera a algunos tesalonicenses de que “el día del Señor” ya había llegado (2:1–2); o bien habían sido abandonados en cierta forma, o bien se les estaba enseñando algún tipo de escatología “sobrerrealizada” que trata de reservar todas las bendiciones de la salvación para el presente. La carta daba a entender que tal vez haya inmortalidad más allá de la muerte, pero la implicación de ello, es que no hay necesidad de un retorno personal de Jesucristo, ni de una crisis de juicio y reinado triunfante.

De manera que Pablo proporciona algunas razones para afirmar que el día del Señor no ha llegado. Aquí sigue el ejemplo del Señor Jesús, quien también dio instrucciones acerca de aquellos que identificarían falsamente a alguien como el Cristo (Mateo 24:23–27). Ciertas cosas tienen que acontecer antes de que el Señor Jesús regrese y entonces él destruirá decisivamente y sin ambigüedad a la oposición, “con el soplo de su boca” y “con el resplandor de su venida” (2:8). Las mentiras incluso pueden venir rodeadas y apoyadas por “toda clase de milagros, señales y prodigios falsos” (2:9); no obstante, en el fondo, la gente perece porque rehúsa amar la verdad (2:10). Tarde o temprano, Dios emite el juicio enviando el engaño por el que ellos han optado.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 294). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“La vida no es justa. No esperes que lo sea”

20 OCTUBRE

 Carson, D. A.

Por amor a Dios 

2 Reyes 1 | 2 Tesalonicenses 1 | Daniel 5 | Salmos 110–111

Una vez escuché a un pastor predicar sobre 2 Tesalonicenses 1 con el siguiente bosquejo:

1. Una buena iglesia que pasa por un momento difícil (1:3–4).

2. Un buen Dios que espera el momento correcto (1:5–10).

3. Un buen hombre que ora mientras tanto (1:11–12).

Hoy quisiera reflexionar sobre el segundo punto.

(1) Pablo puede decir que los tesalonicenses son “dignos” del reino de Dios que vendrá en todo su poder completo cuando Jesús regrese (1:5, 11). El contexto muestra que Pablo no está suponiendo que, de alguna manera, lograrán ser dignos para que, de entrada, Dios los acepte. Más bien, la idea es que, habiéndose convertido en cristianos, están manifestando la fe y el amor cristianos (1:3–4) y perseverando en el camino cristiano a pesar del sufrimiento y de las pruebas (1:4–5). Esta demostración continua de gracia bajo presión, esta perseverancia, es evidencia de lo que está sucediendo en sus vidas y “por consiguiente seréis tenidos por dignos del reino”. En otras palabras, los cristianos genuinos, por la gracia de Dios, perseveran en el evangelio y esto revela que son aptos para la consumación. En este sentido prueban ser “dignos”.

(2) “Dios es justo” (1:6). Por lo tanto, habrá un momento de retribución para aquellos que han llevado a cabo una cruel oposición a su pueblo (1:7) e ignorado su Palabra (1:8). Cuando regrese Cristo, va a “castigar a los que no conocen a Dios ni obedecen el evangelio de nuestro Señor Jesús” (1:8). Lo que se presupone aquí es que las perfecciones de la justicia de Dios no se manifestarán hasta que Jesús regrese. Algunos aspectos de su justicia se revelan en este mundo quebrantado, pero seamos francos: mucha gente malvada parece salirse con la suya y mucha gente de bondad extraordinaria sufre muchísimo. Los padres sabios suelen decir a sus hijos: “La vida no es justa. No esperes que lo sea”. Sin embargo, a la vez, Dios es perfectamente “justo”. Pero no debemos esperar que su justicia se manifieste en recompensas y retribuciones instantáneas. Su calendario no es el nuestro. La vida no es justa dentro de este. Ahora bien, cuando Jesús regrese, no sólo se hará justicia, sino que esta será visible.

(3) En ese momento, Cristo mismo (y no ninguno de nosotros individualmente) es el centro de todo. Por la centralidad de Cristo, el castigo casi se define en términos de ser “lejos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” por lo cual “sufrirán el castigo de la destrucción eterna” (1:9). Por otro lado, entre sus santos, su “pueblo santo”, ese mismo Señor Jesús será “glorificado” y “admirado por todos los que hayan creído” (1:10). Si Cristo no estuviera allí, el cielo sería el infierno.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 293). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Acaso Dios aprueba a los mentirosos?

19 OCTUBRE

 Carson, D. A.

Por amor a Dios 

1 Reyes 22 | 1 Tesalonicenses 5 | Daniel 4 | Salmos 108–109

A muchos cristianos les inquieta leer 1 Reyes 22, el último capítulo de este libro. Aquí se dice que Dios mismo envía a un “espíritu de mentira” (22:22) que engañará al rey Acab y lo llevará a su destrucción. ¿Acaso Dios aprueba a los mentirosos?

El contexto nos arroja algo de luz. El reino de Judá y el de Israel por fin se están uniendo en contra del rey de Aram en vez de pelear violentamente unos con otros. Josafat, rey de Judá, aparece como un hombre bueno con muchas ganas de ser fiel al pacto y a Dios, pero un poco débil. Se comporta como si la futura expedición militar fuera una aventura, pero quiere que Acab, rey de Israel, consulte la palabra del Señor (22:5). Cuando los profetas falsos acabaron, Josafat muestra suficiente inteligencia como para preguntar si hay algún otro profeta del Señor y aparece Micaías. No obstante, a pesar de las advertencias de Micaías, sale con Acab e incluso accede a usar sus vestidos reales mientras Acab disfraza su identidad.

Ahora bien, la clave del asunto recae sobre Micaías. Observemos:

(1) Implícitamente, Acab se ha rodeado de hombres religiosos que le dirán siempre lo que él quiere oír. La razón por la cual detesta a Micaías es porque todo lo que este le dice es malo. Como los líderes que únicamente quieren a su alrededor hombres que le digan amén a todo, Acab se expone a ser engañado.

(2) Cuando Micaías comienza con un pronóstico positivo de manera sarcástica (22:15), inmediatamente Acab reconoce que no le está diciendo la verdad (22:16). Esto nos demuestra una conciencia bastante atribulada. Después de todo, Dios ya le había dicho anteriormente que por su culpa en el asunto de Nabot, un día los perros lamerían su sangre (21:19). Él, por tanto, esperaba que las malas noticias llegaran algún día y, en lo profundo de su ser, no lograba confiar en las predicciones optimistas de sus “profetas” domesticados.

(3) Cuando Micaías le advierte sobre el desastre inminente, también le señala una razón dramática para la coherencia y unanimidad de los falsos profetas: Dios mismo le había permitido actuar a un espíritu engañoso. La hora de Acab ha llegado: será destruido. La soberanía de Dios se extiende incluso sobre los medios al enviarle un “fuerte engaño” a los profetas domesticados de Acab (compara con 2 Tesalonicenses 2:11–12). Ahora bien, el hecho de que a Acab se le dice todo esto demuestra que Dios, en su gracia, todavía le está facilitando acceder a la verdad. No obstante, Acab ya está tan desviado que no la soporta. Responde de manera ridícula: cree suficientemente la verdad como para esconder su identidad entre la masa de soldados comunes, pero no tanto como para mantenerse alejado de Ramot de Galaad. Así que muere: el juicio soberano de Dios se cumple, particularmente porque Acab, habiendo escuchado tanto la verdad como la mentira, prefirió esta última.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 292). Barcelona: Publicaciones Andamio.