//
estás leyendo...
Devocional, Familia, Todos los Artículos, Vida Cristiana

¡Jesús!

23 OCTUBRE

2 Reyes 4 | 1 Timoteo 1 | Daniel 8 | Salmo 116

Hace algunos años, recibí una carta de alguien que me dijo que había leído uno de mis libros y que estaba molesto porque yo frecuentemente me referí al Señor Jesucristo como “Jesús”. Citó varios pasajes que hablan de confesar a Jesús como Señor (Romanos 10:9, por ejemplo) y de que dicha confesión es señal de tener al Espíritu (1 Corintios 12:3). Le escribí de vuelta, explicando que cuando me refiero al Señor Jesucristo como Jesús, no estoy por ello negando su señorío. Más bien, en ese momento no estoy afirmándolo. Más aún, el libro que él leyó trataba sobre uno de los evangelios sinópticos. En los evangelios, el Señor Jesús aparece de forma más habitual como sencillamente “Jesús”. Al estar comentando uno de los evangelios, tendí a mencionar a Jesús de la misma manera que lo hace la Escritura. Al explicar un pasaje de alguien como Pablo, por ejemplo, tiendo a usar, predominantemente, las mismas formas de nombrar o referirse a Jesús que utiliza el apóstol.

Recibí de él un documento extenso en el que escribió la mayoría de los pasajes que hablan de Jesús como Señor y ofreciendo muchísimas razones de la importancia de esta confesión y mucho más de lo mismo. No me contestó ni uno solo de los puntos de mi carta: yo era meramente carne de cañón para su diatriba.

No merecía la pena responderle. Desde su punto de vista, él estaba defendiendo el evangelio. Para mí, era bastante parecido a las personas que Pablo menciona: “Pretenden ser maestros de la ley, pero en realidad no saben de qué hablan ni entienden lo que con tanta seguridad afirman” (1 Timoteo 1:7).

Por supuesto que Pablo tenía en mente a unos enemigos particulares, y el perfil de estos no es idéntico al de la persona que me escribió esa carta. Sin embargo, en cada generación hay gente que circula por la iglesia y alrededor de ella enseñando “doctrinas falsas” (1:3) y que se dedican a asuntos marginales. Una vez, enseñé en una escuela nocturna y uno de mis estudiantes estaba convencido de que había descubierto la clave de las Escrituras mediante una tipología elaborada de la circuncisión. Otro me escribió desde Australia ofreciendo una gran síntesis increíblemente tonta y condenando a todas las editoriales por ser tan heterodoxas y cerradas de mente que no le daban a sus ideas la divulgación que, a su entender, merecían. Otro más ha escrito repetidas y voluminosas cartas insistiendo en que yo publique su manuscrito porque el mundo entero necesita leerlo.

Lo que estas personas tienen en común es la doctrina falsa, un enfoque de los asuntos marginales (aunque no sean genealogías, 1:4) que distorsionan lo que es central y una arrogancia que se revela mediante sus “discusiones inútiles” (1:6). Lo que les falta es el propósito del mandamiento del evangelio: el amor y la fe sincera que promueve la obra de Dios (1:4–5).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 296). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Comentarios

Aún no hay comentarios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Las Bienaventuranzas

Mateo 5:3-12 “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos recibirán misericordia. “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

Twitter

A %d blogueros les gusta esto: