«Y Labán respondió: No se hace así en nuestro lugar, que se dé la menor antes que la mayor»

14 de noviembre

«Y Labán respondió: No se hace así en nuestro lugar, que se dé la menor antes que la mayor».

Génesis 29:26

No excusamos a Labán por su engaño; pero tampoco tenemos escrúpulo alguno en sacar una lección de la costumbre que él mencionó para excusar lo que hizo. Hay ciertas cosas que se tienen que admitir por orden; y, si queremos lograr la segunda, tenemos antes que asegurarnos la primera. La segunda puede ser a nuestros ojos la más hermosa, pero las leyes de nuestra patria celestial han de cumplirse y la mayor debe casarse primero. Por ejemplo: muchos hombres desean a la bella y muy favorecida Raquel del gozo y de la paz, que se logra creyendo; pero tienen primero que desposarse con la Lea de los ojos delicados del arrepentimiento. Todos están enamorados de la felicidad —muchos quisieran servir alegremente dos veces siete años para poseerla—, pero según las leyes del Reino del Señor, nuestra alma debe amar a la Lea de la santidad regia antes de poder alcanzar la Raquel de la verdadera felicidad. El Cielo no viene primero, sino después; y solo por perseverar hasta el final podremos llegar allá. Tenemos que llevar la cruz antes de ceñirnos la corona. Hemos de seguir al Señor en su humillación, de lo contrario nunca descansaremos con él en la gloria.

Alma mía, ¿qué dices tú? ¿Eres tan presuntuosa como para quebrantar las disposiciones celestiales? ¿Aguardas recompensa sin trabajar o gloria sin sacrificarte? Desecha esa vana esperanza y acepta con gozo las cosas desagradables por el dulce amor de Jesús, quien te recompensará por todo ello. En ese espíritu, trabajando y sufriendo, verás que lo amargo se convierte en dulce y lo difícil se hace fácil. Como Jacob, tus años de servicio te parecerán pocos días por el amor a Jesús; y cuando la ansiada hora de las bodas llegue, todas tus fatigas desaparecerán. Entonces, una hora con Jesús, te compensará por todos aquellos años de dolor y de trabajo.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 329). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«La necesidad de orar siempre»

13 de noviembre

«La necesidad de orar siempre»

Lucas 18:1

Si los hombres deberían orar siempre y no desmayar, mucho más deben hacerlo los hombres cristianos. Jesús envió a su Iglesia al mundo con el mismo mensaje que él trajo del Cielo, y la misión que se le ha confiado a ella incluye la intercesión. ¿Qué te parecería si yo dijera que la Iglesia es el sacerdote del mundo? La creación es muda, pero la Iglesia debe proporcionarle una boca. Orar con aceptación constituye el alto privilegio de la Iglesia. Las puertas de la gracia están siempre abiertas a sus peticiones, las cuales nunca vuelven con las manos vacías. El velo se rasgó a causa de ella (de la Iglesia); la sangre se esparció por ella; y Dios constantemente la invita a que le pida aquello que desea. ¿Rehusará la Iglesia el privilegio que tal vez los ángeles le envidiarían? ¿No es ella la esposa de Cristo? ¿No tiene derecho a entrar en la presencia de su Rey a cada instante? ¿Desatenderá esos privilegios? La Iglesia siempre tiene necesidad de orar: siempre hay alguno en medio de ella que está enfriándose o cayendo en pecados manifiestos. Hay corderos por los cuales se debe orar para que Cristo los lleve en su seno. Hay que orar por los fuertes para que no se vuelvan presuntuosos, y también por los débiles para que no se desalienten. Si celebráramos todos los días del año una reunión de oración que durara las veinticuatro horas del día, en ningún momento quedaríamos sin asuntos por los cuales orar. ¿No estamos siempre rodeados de enfermos y de pobres, de afligidos y de vacilantes? ¿No nos rodean quienes ansían la conversión de sus familiares, la restauración de aquellos que se han vuelto al mundo y la salvación de los depravados? También debemos orar por las reuniones que se celebran constantemente, por los pastores que están siempre predicando y por los millones de pecadores muertos en sus delitos y pecados. ¿Cómo se excusará la Iglesia por haber olvidado la comisión que le confió su amante Señor, en un país sobre el cual están descendiendo las tinieblas del romanismo y en un mundo lleno de ídolos, de crueldad y de hechos diabólicos? Que la Iglesia sea constante en sus súplicas; que cada creyente eche en el arca de las ofrendas sus dos blancas de oración (cf. Mr. 12:42).

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 328). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«En aquellos días él fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios»

12 de noviembre

«En aquellos días él fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios».

Lucas 6:12

Si hubiese habido alguna vez alguien capaz de vivir sin orar, ese habría sido nuestro inmaculado y perfecto Señor; sin embargo, nadie oró tanto como él. Amaba de tal manera a su Padre que se complacía mucho estando en comunión con él; y tanto amaba a los suyos que quería pasar mucho tiempo intercediendo por ellos. Esta gran inclinación a orar de parte de Jesús debe ser para nosotros una lección: él nos dejó ejemplo para que sigamos sus pisadas. El momento que él eligió para orar fue el apropiado: la hora del silencio, cuando las multitudes ya no le molestaban; el tiempo de la inacción, cuando todos (excepto él) habían dejado de trabajar; el momento en que el sueño había hecho olvidar a los hombres sus dolores y suspender sus peticiones de socorro. Mientras otros hallaban descanso en el sueño, él cobraba aliento en la oración. También el lugar estuvo bien elegido: Jesús se hallaba solo allí donde ninguno podía entremeterse, donde nadie podía curiosear. De esa forma estaba a salvo de la ostentación farisaica y de las ordinarias interrupciones. Aquellos oscuros y silenciosos collados constituían un oratorio apropiado para el Hijo de Dios: el Cielo y la tierra escuchaban, en medio de la silenciosa noche, los gemidos y suspiros de aquel misterioso Ser en quien ambos mundos se unían. Cabe destacar la duración de sus oraciones: las vigilias prolongadas no eran demasiado largas para él; el viento frío no entibiaba sus devociones; las espantosas tinieblas no oscurecían su fe; ni la soledad reprimía su importunidad. Nosotros no podemos velar con él siquiera una hora, pero él vela a nuestro favor toda la noche. También resulta destacable la ocasión en que Jesús elevó esta oración. Fue después de que sus enemigos «se llenar[a]n de furor» (v. 11). La oración constituyó, en este caso, su refugio y solaz. Se produjo, asimismo, antes de que Jesús enviara a los doce Apóstoles: fue, por tanto, la puerta para su empresa, el heraldo de su nueva obra. ¿No deseamos nosotros aprender de Jesús a recurrir a oraciones especiales cuando estemos pasando por alguna prueba particular o proyectando nuevos esfuerzos para la gloria del Maestro? ¡Señor Jesús, enséñanos a orar!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 327). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Él nos elegirá nuestras heredades»

11 de noviembre

«Él nos elegirá nuestras heredades».

Salmo 47:4

Creyente, si tu heredad es modesta confórmate con ella, pues lo que te ha tocado en suerte es lo más conveniente para ti. La sabiduría infalible que ordenó tu suerte, te eligió la mejor y más segura posición. Supón que hay que hacer subir río arriba una nave de gran tonelaje; ahora bien, en una parte de ese río hay un banco de arena. Alguno podría preguntar: «¿Por qué el capitán navega por el lado profundo del canal y se desvía tanto de la línea recta?». La respuesta sería esta: «Porque si no siguiera el canal, no podría llevar mi nave hasta el puerto». De igual modo, quizá tú correrías peligro de encallar y de naufragar si tu divino Capitán no te condujera por las profundidades de la aflicción donde las olas del dolor se siguen la una a la otra en rápida sucesión. Algunas plantas mueren si les da mucho el sol. Quizá tú estés plantado donde hay poco sol: el amante Labrador te ha puesto allí, de modo que solo en esa situación fructificarás a la perfección. Recuerda esto: Si hubiera sido mejor para ti cualquier otra condición que aquella en que te hallas, el amor divino te hubiera puesto en ella. Dios te ha colocado en las circunstancias más apropiadas; en cambio, si tú mismo eligieras tu parte, pronto clamarías diciendo: «Señor, elige tú mi heredad; porque, por mi terquedad, me veo traspasado de muchos dolores». Conténtate con lo que tienes, pues el Señor ha ordenado todas las cosas para tu bien. Toma tu cruz cada día —porque ella es la carga que más les conviene a tus hombros y que demostrará ser la más efectiva para hacerte perfecto en toda buena palabra— y trabaja para la gloria de Dios. ¡Abajo el yo entremetido y la arrogante impaciencia! ¡No te corresponde a ti el elegir, sino al Señor de amor!

Las pruebas tienen que venir y vendrán,

pero con humilde fe yo he de ver

escrita en todas ellas la palabra amor,

y esto feliz me hará».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 326). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Bástale al discípulo ser como su maestro»

10 de noviembre

«Bástale al discípulo ser como su maestro».

Mateo 10:25

Ninguno discutirá esta declaración, porque sería impropio que un siervo se elevara sobre su Maestro y Señor. Cuando nuestro Señor estaba en el mundo, ¿cómo lo trataron? ¿Se reconocieron sus demandas? ¿Se siguieron sus instrucciones? ¿Adoraron aquellos a quienes él había venido a bendecir sus perfecciones? ¡No! Más bien, Jesús fue «despreciado y desechado entre los hombres». Su lugar estaba «fuera del campamento»; su misión consistió en llevar la cruz. ¿Le proporcionó el mundo solaz y descanso? «Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene donde recostar la cabeza» (Lc. 9:58). Esta inhóspita tierra no le dio asilo, sino que lo echó fuera y lo crucificó. Si eres un seguidor de Jesús y mantienes una conducta consecuente y cristiana, esta será la suerte que le ha de tocar a aquella parte de tu vida espiritual cuyo desarrollo exterior está bajo la observación de los hombres. Ellos te tratarán como trataron al Salvador: te despreciarán. No sueñes con que los mundanos te admirarán o que, cuanto más santo y parecido a Cristo seas, la gente te tratará con más consideración. Si no valoraron la joya pulida, ¿cómo estimarán la piedra en bruto? «Si al Padre de familia llamaron Beelzebú, ¿cuánto más a los de su casa?». Si fuéramos más semejantes a Cristo, sus enemigos nos odiarían más: constituiría un gran deshonor para un hijo de Dios el ser el favorito del mundo. Es un mal presagio cuando oímos que el mundo malvado bate las manos y le dice al cristiano: «¡Muy bien!». En ese caso, el creyente bien podría examinar su carácter y preguntarse si no ha estado haciendo algo malo, cuando los injustos le dan su aprobación. Seamos leales a nuestro Maestro y no tengamos amistad con un mundo ciego y ruin que le desprecia y rechaza. Lejos esté de nosotros buscar una corona de honor allí donde nuestro Señor encontró una de espinas.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 325). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Éste habitará en las alturas; fortaleza de rocas será su lugar de refugio; se le dará su pan, y sus aguas serán seguras»

9 de noviembre

«Éste habitará en las alturas; fortaleza de rocas será su lugar de refugio; se le dará su pan, y sus aguas serán seguras».

Isaías 33:16

¿Dudas acaso, oh cristiano, de que Dios cumplirá su promesa? ¿Podrá la tormenta mover las fortalezas de rocas? ¿Se vaciarán los almacenes del Cielo? ¿Crees que tu Padre celestial te olvidará, aunque sepa que necesitas alimento y vestidos? ¿Desconfiarás y dudarás de él, a pesar de que sabes que ni un pajarillo cae a tierra sin nuestro Padre y que los cabellos de nuestras cabezas están todos contados? Quizá tu aflicción continúe acosándote hasta que te resuelvas a confiar en Dios y, después, cesará. Muchísimos han sido probados y penosamente vejados hasta verse finalmente llevados en completa desesperación a poner su fe en Dios y, en el momento de hacerlo, quedaron libres. Han podido así comprobar si Dios guarda o no su promesa. ¡Oh, te ruego que no dudes más de él! No complazcas a Satanás ni te turbes alimentando por más tiempo esos ofensivos pensamientos en cuanto a Dios. No pienses que es cosa de poca importancia el dudar del Señor: recuerda que hacerlo es un pecado; y no un pecado insignificante, sino criminal en alto grado. Los ángeles nunca dudaron de él y tampoco los demonios. Solo nosotros, de entre todos los seres que Dios formó, lo afrentamos con nuestra incredulidad y mancillamos su gloria con desconfianza. ¡Qué vergüenza para nosotros! Nuestro Dios no merece que se desconfíe de él de un modo tan ruin. En nuestra vida pasada hemos comprobado que él es fiel y leal a su palabra y, además, son tantas las pruebas de amor y de bondad que hemos recibido y que diariamente estamos recibiendo que supone una ruindad inexcusable el que permitamos a la duda residir en nuestros corazones. De aquí en adelante estemos en guerra permanente contra las dudas acerca de las promesas de nuestro Dios, dudas que son enemigas tanto de nuestra paz como de su gloria. Y con una fe inconmovible, creamos que lo que él prometió también lo hará: «Creo, Señor; ayuda mi incredulidad».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 324). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«El Maestro dice: ¿Dónde está el aposento donde he de comer la pascua con mis discípulos?»

8 de noviembre

«El Maestro dice: ¿Dónde está el aposento donde he de comer la pascua con mis discípulos?».

Marcos 14:14

En los días de la Pascua, Jerusalén era una gran posada. En esta ocasión cada padre de familia había invitado a sus amigos, pero nadie invitó al Salvador; y él, por otra parte, no tenía casa propia. Pero por su poder sobrenatural encontró para sí un aposento alto en el cual observar la fiesta. Lo mismo sucede en la actualidad: con excepción de aquellos cuyos corazones él ha renovado con ese mismo poder, a Jesús no lo reciben los hijos de los hombres. Para el príncipe de las tinieblas todas las puertas se abren de par en par, pero Jesús tiene que limpiar un camino para sí mismo o hacer su aposento en las calles. Por medio del misterioso poder ejercido por nuestro Señor, el dueño de la casa no presentó objeción alguna, sino que en el acto, alegre y gozosamente, le abrió su casa. No sabemos quién ni qué era ese hombre, pero notamos que enseguida aceptó el honor que el Redentor se había propuesto concederle. De la misma manera se llega a saber aun hoy quiénes son los elegidos y quiénes no lo son. Porque, cuando se predica el evangelio, algunos lo combaten y no lo quieren aceptar; en cambio, otros lo reciben de buena voluntad: seguro indicio de que en esas almas se está efectuando una obra secreta y que Dios las ha elegido para vida eterna. ¿Deseas, querido lector, recibir a Cristo? Entonces no hay dificultad para ello. Cristo será tu huésped. Su propio poder ya está obrando en ti, moviendo tu voluntad. ¡Qué honor supone el hospedar al Hijo de Dios! Los cielos de los cielos no le puede contener; pero, sin embargo, él se digna alojarse en nuestros corazones. Nosotros no somos dignos de que él entre bajo nuestro techo, ¡pero qué indecible privilegio supone el que se digne entrar! Pues, entonces, él preparará una fiesta y hará que participemos con él de bocados delicados. Nos sentamos así a un banquete en el que las viandas son inmortales y confieren inmortalidad a aquellos que se alimentan de ellas. ¡Bendito entre los hijos de Adán aquel que hospeda al Señor de los ángeles!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 323). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Me seréis testigos»

7 de noviembre

«Me seréis testigos».

Hechos 1:8

Para aprender a cumplir tus deberes como testigo de Cristo, ten a Cristo mismo como ejemplo. Él está siempre testificando: ya sea junto al pozo de Samaria o en el templo de Jerusalén; bien junto al lago de Genesaret o bien en la cumbre del monte. Él testifica de día y de noche: las poderosas oraciones de Jesús son tan expresivas para Dios como su servicio diario. Él testifica bajo cualquier circunstancia. Los escribas y los fariseos no pueden cerrarle la boca. Aun delante de Pilato Cristo testificó de la buena profesión. Él testifica tan clara y distintamente que no comete ningún error. Cristiano, haz de tu vida un testimonio diáfano. Sé como un arroyo transparente y cristalino en cuyo fondo puedas ver cada una de las piedras, y no como un turbio riachuelo del cual lo único que ves es la superficie. Así, el amor de tu corazón hacia Dios y hacia los hombres será manifiesto a todos. No es necesario que digas: «Soy sincero»; sé sincero. No te jactes de que eres íntegro: sé íntegro. De este modo tu testimonio resultará tan evidente que los hombres no podrán dejar de verlo. Nunca, por temor al débil mortal, refrenes tu testimonio. Tus labios han sido encendidos con un carbón sacado del altar: deja, pues, que hablen como deben hablar unos labios tocados por el Cielo. «Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano». No mires a las nubes o al viento; testifica de tu Salvador a tiempo y fuera de tiempo. Y si aconteciera que por causa de Cristo y del evangelio tuvieses que soportar algún sufrimiento, no retrocedas, sino regocíjate por el honor que se te concede de ser tenido por digno de sufrir con tu Señor, y gózate también en esto: en que tus sufrimientos, tus pérdidas y tus persecuciones te prepararán una plataforma desde la cual, con más vigor y poder, podrás testificar a favor de Cristo Jesús. Medita en tu gran Ejemplo y sé lleno de su Espíritu. Recuerda que necesitas mucha instrucción, mucha perseverancia, mucha gracia y mucha humildad para que tu testimonio redunde en la gloria de tu Señor.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 322). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Diciendo: Esta es la sangre del pacto que Dios os ha mandado»

6 de noviembre

«Diciendo: Esta es la sangre del pacto que Dios os ha mandado».

Hebreos 9:20

Hay en la palabra sangre un extraño poder, y su sola presencia siempre nos afecta. Un corazón sensible no puede siquiera ver sangrar a un gorrión y (a menos que esté acostumbrado a ello) se apartará con horror del que mata a un animal. En cuanto a la sangre humana, es cosa muy sagrada. El que la vierte llevado por la ira, comete asesinato; y el que la derrama en las guerras, incurre en un espantoso crimen. ¿Se debe quizá este sentimiento al hecho de que la sangre es la vida y su derramamiento constituye una señal de muerte? Creemos que sí. Cuando nos erguimos para contemplar la sangre del Hijo de Dios, nuestro espanto se acrecienta y sentimos un estremecimiento pensando en el crimen del pecado y en el terrible castigo que tuvo que soportar quien lo expió. La sangre es siempre preciosa; y se vuelve inapreciable cuando procede de las venas de Emanuel. La sangre de Jesús sella el pacto de gracia y lo confirma para siempre. Los pactos de la antigüedad se hacían por medio de sacrificios, y el pacto eterno fue ratificado de la misma manera. ¡Oh, qué placer nos produce el ser salvos sobre ese seguro fundamento de los contratos divinos, que no pueden dejar de cumplirse! La salvación por las obras de la ley es una frágil y astillada embarcación destinada a naufragar; pero la nave del pacto no teme las tormentas, porque la sangre de Jesús la asegura plenamente. La sangre de Cristo hizo válido su Testamento. Los testamentos no valen de nada hasta que mueren los testadores; y, en este sentido, la lanza del soldado constituye una bendita ayuda para la fe, pues demuestra que nuestro Señor murió realmente. Acerca de este asunto no cabe duda alguna, y podemos intrépidamente apropiarnos de los legados que él dejó para los suyos. ¡Dichosos quienes ven garantizados sus derechos a las bendiciones celestiales por un Salvador que muere! Sin embargo, ¿no tiene esta sangre la última palabra para nosotros? ¿No nos está pidiendo que nos santifiquemos para Aquel por quien hemos sido redimidos? ¿No nos llama a una nueva vida y nos mueve a consagrarnos completamente al Señor? ¡Ojalá conozcamos y sintamos el poder de la sangre en nosotros en esta noche!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 321). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Alabadle, bendecid su nombre»

5 de noviembre

«Alabadle, bendecid su nombre».

Salmo 100:4

Nuestro Señor quisiera que todos los suyos fuesen ricos en pensamientos elevados y dichosos respecto de su bendita persona. Jesús no se satisface con que sus hermanos piensen pobremente de él: su placer sería que su Esposa se deleitase con su belleza. No tenemos que considerar a Jesús meramente como un artículo necesario —como el pan o el agua—, sino como cosa altamente delicada, como un placer inusual y encantador. Con este fin él se reveló a sí mismo como la «perla de gran precio» en su incomparable belleza; como el «manojito de mirra» en su refrescante fragancia; como la «rosa de Sarón» en su persistente perfume; y como el «lirio» en su inmaculada pureza.

Para ayudarte a albergar elevados pensamientos acerca de Cristo, recuerda la estima en que se le tiene más allá del firmamento, donde las cosas se miden según patrones justos. Considera cómo Dios estima al Unigénito, que es el inefable don que él nos ha concedido. Reflexiona sobre lo que piensan de él los ángeles cuando reputan su más alto honor el cubrir sus rostros y estar a los pies de Jesús. Considera lo que piensan de él los lavados con su sangre, mientras de día y de noche le cantan sus merecidas alabanzas. Los pensamientos elevados acerca de Cristo nos permitirán conducirnos convenientemente para con él. Cuanto más exaltado le veamos en su Trono y más humildes nos postremos delante del mismo, mejor preparados estaremos para conducirnos bien respecto a él. Nuestro Señor quiere que pensemos bien de él, para que nos sometamos alegremente a su autoridad. Los pensamientos sublimes en cuanto a Cristo acrecientan nuestro amor. El amor y la estima van juntos; por tanto, creyente, piensa mucho en las excelencias de tu Señor. ¡Considérale en su primigenia gloria, antes de que tomara tu naturaleza! ¡Piensa en el poderoso amor que le trajo desde el Trono para morir en la cruz! ¡Admíralo mientras vence a todos los poderes del Infierno! ¡Mírale resucitado, coronado y glorificado! Inclínate delante de él como el Admirable, el Consejero, el Dios fuerte, porque solo así tu amor por él será lo que debe ser.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 320). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.