
EL LEGALISMO Y EL ESPÍRITU HIPERCRÍTICO

Pocas cosas pueden tener un mayor potencial de división en las iglesias que el legalismo, porque el legalismo promueve un espíritu hipercrítico que impide la verdadera comunión cristiana. El legalismo, como bien ha dicho alguien, eleva las preferencias personales a la categoría de mandatos bíblicos; ¡y ay de aquel que no se someta a las reglas!
Alguien escribió siete pasos sencillos para convertirse en un legalista:
1. Inventa reglas que no están en la Biblia.
2. Esfuérzate por cumplir esas reglas.
3. Castígate a ti mismo cuando no las cumplas.
4. Enorgullécete cuando las obedezcas.
5. Constitúyete a ti mismo en juez de los demás.
6. Enójate con aquellos que rompan tus reglas o que tengan reglas distintas a las tuyas.
7. “Golpea” a los perdedores.
Por eso Pablo tiene que advertir a los Colosenses: “Que nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo” (Col. 2:16).
Pablo sabía que los legalistas no se contentan con seguir sus propias reglas para ganar el favor de Dios, sino que quieren meter a todo el mundo en el mismo molde.
Y es lógico que así sea. Si yo me siento superior a los demás por las reglas que guardo, debo “ayudar” a los demás a alcanzar mi estatura espiritual siguiendo mis reglas.
En la parábola de Lc. 15, es obvio que el hermano mayor se sentía superior a su hermano menor y que había generado hostilidad hacia él (“ese hijo tuyo”, vers. 30). Eso es lo que produce el legalismo. Un espíritu de superioridad que es al mismo tiempo hostil hacia los demás.
Y ¿saben una cosa? La razón por la que muchas personas se mantienen alejadas de las iglesias es porque perciben ese síndrome del hermano mayor en muchos de los que están dentro.
Es interesante notar que el Señor concluye esta parábola dejando al hermano mayor fuera de la fiesta, y al hermano menor dentro de ella. El Señor no vino a buscar a los que se creen justos, sino a llamar a los pecadores al arrepentimiento. Para disfrutar de esa fiesta, lo primero que necesitamos es saber que somos pecadores.
Y si eso es lo que somos a final de cuentas, ¿por qué ese espíritu de superioridad? ¿Qué tú tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?
© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.