“Destruid este templo —respondió Jesús—, y lo levantaré de nuevo en tres días”

Destruid este templo —respondió Jesús—, y lo levantaré de nuevo en tres días

12 MARZO

Éxodo 23 | Juan 2 | Job 41 | 2 Corintios 11

Cuando los líderes judíos cuestionan el derecho de Jesús de limpiar el templo como hizo, y le exigen que explique con qué autoridad lo ha hecho, contesta: “Destruid este templo —respondió Jesús—, y lo levantaré de nuevo en tres días” (Juan 2:19).

Este dialogo sólo se encuentra en Juan. Según los sinópticos, estas palabras se recogen, algo vagamente, en las acusaciones de aquellos que querían deshacerse de él basándose en el cargo capital de profanación del templo. Que sus recuerdos de dicho suceso fuesen más bien borrosos concuerda bien con el hecho de que Jesús pronunciase estas palabras al comienzo de su ministerio, quizá algo más de dos años antes de su arresto y juicio.

Pero, ¿qué quería decir Jesús con estas palabras? Sus adversarios creían que se refería al templo literal, y tildaron su afirmación de ridícula (2:20). Según dice Juan, ni siquiera los discípulos entendían qué quería decir. Por supuesto, cuando Juan compuso el evangelio lo sabía, y hace constar su conclusión: “cuando se levantó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron de lo que había dicho, y creyeron en la Escritura y en las palabras de Jesús” (2:22).

(1) Muchas veces, a Juan se le acusa de anacronismo, de introducir en los tiempos de Jesús prácticas y creencias que sólo se desarrollaron más tarde. Pero esto es poco probable. Ningún evangelista es más persistente que Juan a la hora de distinguir cuidadosamente (lo hace dieciséis veces) entre lo poco que los discípulos comprendían en aquel tiempo (durante la vida y ministerio de Jesús) y lo que llegaron a comprender más tarde.

(2) El punto de inflexión en su entendimiento de las palabras de Jesús fue una combinación de su resurrección de la muerte y una comprensión más profunda y una aceptación más plena de las Escrituras (2:22). Al morir Jesús y resucitar de la muerte, se vieron obligados a pensar en Jesús el Mesías no sólo de acuerdo con las categorías de una llegada real y triunfal. Tanto los acontecimientos como el tutelaje que habían recibido de Jesús les habían enseñado que el Mesías no era tan sólo el Rey davídico, sino también el Siervo sufriente. El mandato de la antigua alianza con respecto al sistema sacerdotal, el día de la expiación, el Cordero Pascual, un templo peculiar construido de acuerdo con las especificaciones de diseño establecidas por Dios mismo, les obligaron a reconocer que su anterior lectura de las Escrituras (las que hoy llamamos el Antiguo Testamento) había sido reduccionista. Ahora podían ver que el templo del Antiguo Testamento, el lugar de encuentro entre Dios y el pueblo de la alianza, apuntaba hacia aquel lugar de encuentro definitivo, el último Mediador. Jesús desempeñaría este papel en virtud de su muerte y resurrección – el “templo” sería destruido y reconstruido.

(3) Jesús mismo es la fuente de esta “hermenéutica”, de esta manera de leer las Escrituras del Antiguo Testamento.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 71). Barcelona: Publicaciones Andamio.


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