¡Israel!

21 MARZO
Éxodo 32 | Juan 11 | Proverbios 8 | Efesios 1
Éxodo 32 narra al mismo tiempo uno de los momentos más bajos y uno de los más altos de la historia de Israel.
Sólo unos meses después de la esclavitud en Egipto, la fe los israelitas demuestra ser tan floja, que la tardanza de Moisés en bajar de la montaña les ofrece la excusa perfecta para iniciar una nueva ronda de quejas. Su retraso no les incita a orar, sino que despierta en ellos la ingratitud insensible y el sincretismo sin norte. Incluso, el tono de sus quejas es despectivo: “porque a ese Moisés que nos sacó de Egipto, ¡no sabemos qué pudo haberle pasado!” (32:1).
Aarón se revela como un pusilánime blandengue, incapaz de imponer disciplina alguna, o bien no dispuesto a hacerlo. Carece absolutamente de firmeza teológica – no tiene ni siquiera las agallas de ser un pagano consecuente, puesto que sigue invocando el nombre del Señor mientras él mismo se dedica a fabricar el becerro de oro (32:4–5). Sigue siendo pusilánime cuando, desafiado por su hermano, insiste y responde de forma ridícula: “Ellos me dieron el oro, yo lo eché al fuego, ¡y lo que salió fue este becerro!” (32:24). A pesar de las promesas del pacto que habían hecho, muchos en la nación querían todas las bendiciones que pudiesen obtener de Yahvé, pero daban muy poca importancia a la naturaleza de sus propias obligaciones hacia su Creador y Redentor. Era un momento bajo de vergüenza nacional – pero no sería el último en su experiencia, ni en la historia de la Iglesia confesante.
¿Cuál era el momento álgido entonces? Cuando Dios amenaza con liquidar a toda la nación, Moisés intercede por ellos. En ningún momento sugiere Moisés que el pueblo no merezca ser liquidado, ni que no sean tan malos como algunos pudiesen pensar. Más bien, invoca la gloria de Dios. ¿Por qué actuaría Dios de tal manera que los egipcios pudiesen mofarse, diciendo que Dios no era lo suficientemente poderoso como para lograr el rescate (32:12)? Además, ¿no está obligado Dios a guardar sus promesas a los patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob (32:19)? ¿Cómo puede Dios renunciar a estas solemnes promesas? En último lugar, suplica el perdón de Dios (32:30–32), y si Dios no extiende su misericordia, Moisés no quiere fundar ningún otro pueblo (aunque él también está consumido por la ira, 32:19). Prefiere ser destruido junto con el resto del pueblo.
Aquí tenemos a un mediador extraordinario, un hombre cuyo corazón está centrado totalmente en Dios y su gracia salvífica y su revelación de sí mismo; un hombre que no presenta excusas por el comportamiento del pueblo, pero que, no obstante, se identifica tan plenamente con el mismo, que en caso de que el juicio cayese sobre ellos, suplica recibir también el castigo. He aquí un hombre que “se coloca en la brecha” (ver Ezequiel 13:3–5; 22:29–30).
Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 80). Barcelona: Publicaciones Andamio.