11 JUNIO

Deuteronomio 16 | Salmos 103 | Isaías 43 | Apocalipsis 13
Es difícil imaginarse un cántico más hermoso que el Salmo 103. Cuando nuestros hijos eran pequeños el “precio” que tuvieron que pagar para lograr su primera Biblia con funda de piel fue memorizar el Salmo 103. A través de los siglos, incontables creyentes han acudido a estas líneas para encontrar aliento, renovación de su alabanza y su gratitud, nuevos motivos para desear orar, y la restauración de una cosmovisión centrada en Dios. Este salmo podría fácilmente ocupar todas las meditaciones para este mes, e incluso para el resto del año. En lugar de ello, destacaremos tres aspectos.
1. El salmo se desarrolla entre dos paréntesis, que consisten en exhortaciones a la alabanza. Al principio David se exhorta a sí mismo a alabar, y con su ejemplo a sus lectores: “Alaba, alma mía, al Señor; alabe todo mi ser su santo nombre” (103:1). Implícitamente David reconoce que desgraciadamente no es difícil mantener los rasgos externos de la alabanza, sin que haya nada que surja del corazón. Esto no está bien: “alabe todo mi ser su santo nombre”. Cuando llega al final del salmo, por muy honesta y profunda que haya sido la alabanza de un individuo, el marco para la alabanza de un Dios así resulta demasiado pequeño, puesto que, después de todo, Dios reina sobre todo (103:19): “Alabad al Señor, vosotros sus ángeles, que ejecutáis su palabra y obedecéis su mandato. Alabad al Señor, todos sus ejércitos, siervos suyos que cumplís su voluntad. Alabad al Señor, todas sus obras en todos los ámbitos de su dominio. ¡Alaba, alma mía, al Señor!” (103:20–22). Ahora la alabanza del salmista se une con la del mismo cielo, con la alabanza de toda la creación.
2. Cuando David comienza a enumerar todos “sus beneficios” (103:2), comienza con el perdón de los pecados (103:3). He aquí alguien que comprende aquello que es de mayor importancia. Si lo tenemos todo menos el perdón de Dios, no tenemos nada de valor, y si tenemos el perdón de Dios todo lo demás que sea realmente valioso también está prometido. (ver también Romanos 8:32)
3. David pasa de las bendiciones que disfruta como creyente individual a la justicia pública de Dios (103:6), y a su gracia al revelarse a sí mismo a Moisés y a los israelitas (103:7–18). Es aquí donde se detiene más tiempo, repasando una y otra vez en su mente las mayores bendiciones que el pueblo recibió de Dios. Por encima de todo lo demás, se mantiene enfocado otra vez más en el privilegio indecible de tener sus pecados perdonados, llevados lejos, olvidados. David percibe que todo esto, nace del carácter de Dios. “El Señor es clemente y compasivo, lento para la ira y grande en amor” (103:8). Se enfrenta con nuestro pecado – pero lo hace con compasión, tomando consciencia de nuestra debilidad. Nosotros seremos criaturas atrapados por el tiempo, “Pero el amor del Señor es eterno y siempre está con los que le temen” (103:17).
Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 162). Barcelona: Publicaciones Andamio.