18 de junio

«Yo vine a mi huerto, oh hermana, esposa mía».
Cantares 5:1
El corazón del creyente es el huerto de Cristo: él lo compró con su preciosa sangre, ha entrado en el mismo y lo reclama como suyo. Un huerto implica separación. No es un vulgar descampado; no es un desierto; es un terreno que se ha cercado. Quisiéramos ver más anchas y más fuertes las murallas de separación entre la Iglesia y el mundo. Me entristece oír decir a los cristianos: «Bien, no hay nada malo en esto, no hay nada malo en aquello», acercándose así al mundo lo más posible. Es muy escasa la gracia en el alma que aún puede preguntar hasta dónde le es posible vivir en conformidad con el mundo. Un huerto es un lugar de belleza: sobrepasa a las desoladas tierras sin cultivar. El verdadero cristiano debe procurar ser en su vida mejor que el más destacado moralista, pues el huerto de Cristo ha de producir las mejores flores de todo el mundo. Aun las flores más hermosas son pobres en comparación con lo que Cristo merece; no le demos, pues, plantas marchitas y enanas. En el huerto de Jesús tienen que florecer las rosas y los lirios más inusuales, más preciosos y más delicados. El huerto es un lugar de crecimiento. Los santos no deben quedarse estancados, siempre como meros capullos y pimpollos: tenemos que crecer en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Donde Jesús es el labrador y el Espíritu Santo el rocío de arriba, el crecimiento ha de ser rápido. Un huerto es un lugar de retiro: así, también, el Señor Jesucristo quiere conservar nuestras almas como un lugar en el cual él pueda manifestarse a nosotros como no lo hace con el mundo. ¡Ojalá los cristianos estuviesen más apartados, de manera que sus corazones se hallaran enteramente reservados para Cristo! Frecuentemente, como Marta, nos afanamos y turbamos con muchas cosas, de modo que no le damos a Cristo el lugar que le dio María, ni nos sentamos a sus pies como debiéramos. Que el Señor nos conceda hoy las refrescantes lluvias de su gracia para regar su huerto.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 178). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.