31 JULIO

Jueces 14 | Hechos 18 | Jeremías 27 | Marcos 13
Algunos nos hemos preguntado por qué Dios ha usado para un ministerio poderoso a personas con crasos defectos. No se trata de que Dios sólo debería usar a personas perfectas, porque eso significa que no usaría a nadie; ni me refiero al hecho de que todos tenemos debilidades y faltas de varios tipos. A George Whitefield, por ejemplo, a pesar de ser excelente predicador y evangelista, no le fue bien en su matrimonio ni en su convicción (equivocada) de que su hijo sería sanado de su enfermedad terminal. Prácticamente, ningún líder cristiano, de la época bíblica ni en la historia más reciente, podría sostenerse ante este tipo de crítica. No. A lo que me refiero es a esas faltas tan públicas y horribles que hacen que uno se plantee dos preguntas: (a) Si esta persona es tan poderosa y piadosa, ¿por qué ha hecho algo tan feo? (b) Si esta persona está tan llena del Espíritu, ¿por qué no la capacita ese mismo Espíritu para corregir su vida?
No hay respuestas fáciles. A veces, es sólo cuestión de tiempo. Después de todo, Judas Iscariote participó del ministerio público con los otros once apóstoles—incluso un ministerio milagroso—, pero posteriormente se mostró apóstata. El paso del tiempo lo desenmascaró. Pero a veces las faltas están presentes de principio a fin.
Esto parece ser cierto en la vida de Sansón. El Espíritu de Dios vino sobre él de manera poderosa; el Señor lo usó para alejar a los filisteos. Pero ¿qué hace él casándose con una filistea cuando la Ley prohibía estrictamente el matrimonio con cualquier persona fuera de la comunidad del pacto (Jueces 14:2)? Cuando sus padres le advierten de las consecuencias, él sencillamente hace caso omiso de sus palabras y ellos acceden (14:3). Es cierto que “no sabían que esto venía del Señor” (14:4), de la misma manera que la venta de José como esclavo en Egipto vino del Señor; pero eso no justifica las acciones de los humanos. La apuesta arriesgada de Sansón (14:12–13) es más arrogante y avara que sabia y honrosa. Por supuesto, los filisteos fueron muy crueles en este asunto (14:15–18, 20) pero, cuando Sansón asesina a treinta hombres para cumplir las condiciones de la apuesta, le motiva más su venganza personal que el deseo de limpiar la tierra y restaurar la fuerza del pueblo del pacto. Podemos decir algo parecido de sus tácticas en el capítulo siguiente y de sus andanzas promiscuas en el capítulo 16.
Parece, entonces, que el poder dado por el Espíritu en una faceta de la vida no garantiza por sí mismo la disciplina y la madurez motivadas por el Espíritu en todas las dimensiones de la vida. Se deduce que la presencia de dones espirituales nunca es excusa para el pecado personal.
Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 212). Barcelona: Publicaciones Andamio.