17 SEPTIEMBRE

2 Samuel 13 | 2 Corintios 6 | Ezequiel 20 | Salmos 66–67
La amenaza al reino de David que Natán había profetizado comenzó con un sórdido relato marginal que, sin embargo, revela exactamente lo que anda mal en el reinado de David (2 Samuel 13).
La multiplicidad de esposas reales significaba que había muchos medio hermanos. En esta situación, surge la horrenda violación de Tamar. Los perfiles de las personas involucradas, exceptuando a Tamar, presentan lo que hoy día llamaríamos una familia disfuncional. Ahora bien, sólo vemos de cerca a dos de los hermanos: Amnón y Absalón. Pero la manera como David maneja la situación—o más bien, su total falta de manejo—es igual a la que anteriormente había fracasado con Joab (ver meditación del 9 de septiembre).
Amnón era lujurioso, inmaduro, irresponsable, engañoso y brutal. Uno de las frases más reveladoras acerca de él es la que se dice inmediatamente después de que él violara a Tamar: “Pero el odio que sintió por ella después de violarla fue mayor que el amor que antes le había tenido” (13:15). Aquí tenemos a un hijo engreído que se ha convertido en un hombre malvado.
Si, en este momento, David hubiera ejercido la justicia que le correspondía como jefe de Estado, la historia de los próximos años habría sido totalmente diferente. Él comparte el mismo pecado de Elí (ver 1 Samuel 3 y la meditación del 13 de agosto): ve cómo sus hijos actúan mal y no hace nada para detenerlos. Si hubiera obligado a Amnón a enfrentarse a toda la fuerza de la ley, no sólo le habría enviado una señal inequívoca a cualquier otro de sus hijos que pensara desviarse, habría demostrado su preocupación por lo que le sucedió a su hija y habría evitado la horrible amargura y la venganza que Absalón—hermano de Tamar por parte de padre y madre—ejecutó.
En este momento, Absalón es una figura trágica. Tiene razón al pedirle cuentas a Amnón. Al no encontrar justicia en el sistema legal que su propio padre ha eludido, opta por la venganza y luego se ve obligado a huir de la ira de David. Es cierto que no debió haber asesinado a Amnón, pero, hasta este momento, aparece como un personaje más atractivo y moral que el hombre al que mató. No obstante, sabe que ni siquiera David puede ignorar este asesinato en particular, así que huye, y deja a su padre con la imagen de un hombre insensato e indeciso.
Las relaciones entre padres e hijos casi nunca son profundas y libres de complicaciones a la misma vez. Pero el patrón de la vida de David, paralela a la de Elí tan solo unos capítulos antes, ilustra los desastres que ocurren en las familias en las que el padre, sin importar lo amoroso, condescendiente, piadoso y heroico que pueda ser, nunca trae a sus hijos a capítulo ni los disciplina cuando se desvían. El fracaso de David con Amnón y Absalón no fue el primero: fue la continuación de una falta moral y familiar que comenzó cuando los niños aún estaban en pañales.
Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 260). Barcelona: Publicaciones Andamio.