2 Crónicas 21 | Apocalipsis 9 | Zacarías 5 | Juan 8

18 DICIEMBRE

2 Crónicas 21 | Apocalipsis 9 | Zacarías 5 | Juan 8

Independientemente de cuáles fueran los referentes de fondo de las horrendas imágenes de Apocalipsis 9, las visiones de caos y matanza son lo suficientemente claras. Mediante guerra y plagas, millones de humanos son aniquilados, una tercera parte de la humanidad, algunos de ellos con gran agonía. Hoy quisiera centrarme en los últimos versículos del capítulo para ubicar esta destrucción masiva dentro de un marco particular.

(1) En cierto grado, la destrucción es obra del infierno; para ser más específicos, del “ángel del abismo, que en hebreo se llama Abadón y el griego Apolión” (9:11), el Destructor. No hay duda de que este también es Satanás, el diablo mismo (cf. 12:7–9; 20:10). En todos sus esfuerzos por seducir a los seres humanos para que se alejen del Dios que los creó y cuya imagen portan, las metas a largo plazo de Satanás para con los seres humanos nunca son benignas. Puede que le otorgue poder temporal o alguna ventaja a aquellos que se venden para hacer el mal, o a aquellos que hacen un pacto con él al estilo de Fausto, pero su objetivo final es la destrucción de todos los seres humanos, o al menos herir a la mayor cantidad que pueda, de la manera más dolorosa y tenaz posible.

(2) Si bien el propio Satanás se encuentra detrás de toda esta destrucción, en la narrativa más amplia del libro, Dios mismo ha efectuado esta destrucción como parte de su recto juicio. Satanás es malvado y poderoso, pero no es todopoderoso. Incluso en su momento más vil, no puede escapar al control de Dios, quien es capaz hasta de utilizar la maldad de Satanás para cumplir sus propósitos de juicio justo sobre aquellos que persisten en su rebelión contra Dios.

(3) Los seres humanos son tan perversos que, a menudo, ni aun el juicio más devastador logra captar su atención o moverlos al arrepentimiento. “El resto de la humanidad, los que no murieron a causa de estas plagas, tampoco se arrepintieron de sus malas acciones ni dejaron de adorar a los demonios y a los ídolos de oro, plata, bronce, piedra y madera, los cuales no pueden ver ni oír ni caminar. Tampoco se arrepintieron de sus asesinatos ni de sus artes mágicas, inmoralidad sexual y robos” (9:20–21).

Pocas declaraciones son más desalentadoras ¿Qué ha de hacer Dios? Cuando mantiene el orden y la estabilidad, sus criaturas—portadoras de su imagen—se alejan de él, indiferentes a sus bendiciones. Cuando, en cambio, Dios responde con juicio, los portadores de su imagen le acusan de ser injusto o atribuyen estas cosas a las meras circunstancias, al diablo exclusivamente, o a deidades ajenas que necesitan ser aplacadas. Fuera de la intervención del Espíritu y su convicción, pocos reflexionan profundamente en cómo estos desastres nos están llamando en términos proféticos.

¿Qué desastres ha enfrentado la raza de los portadores de la imagen de Dios en el siglo XX? ¿Cuál es su mensaje? ¿Cómo ha respondido la mayoría de las personas?

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 352). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Nuestras ofrendas: ¿Cuánto o cómo?

De hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios.

Hebreos 13:16

Al Señor presta el que da al pobre, y el bien que ha hecho, se lo volverá a pagar.

Proverbios 19:17

Estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho. Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea un cuadrante.

Marcos 12:41-42

Nuestras ofrendas: ¿Cuánto o cómo?

Marcos 12:41-44

Jesús estaba sentado cerca del arca de la ofrenda, es decir, del lugar donde cada uno dejaba su ofrenda. Con su mirada penetrante que escruta todo y a todos, observaba no cuánto, sino cómo daba cada uno. Una viuda pobre se acercó y echó dos monedas, todo lo que le quedaba para su sustento.

Entonces el Señor llamó a sus discípulos y les comentó lo que acababa de ver. ¡Ah, qué ofrenda tan especial! El hecho de que diese “todo lo que tenía” probó no solo el amor que sentía por Dios y su casa, sino también la total confianza que depositaba en Dios para que supliese sus necesidades (lea también 1 Reyes 17:7-16). Echando en el arca todo lo que tenía, solo dependía de él.

Lo que el Señor considera, no es tanto lo que cada uno da, sino más bien lo que cada uno guarda para sí mismo. ¡Qué consuelo para todos los que no pueden dar mucho! (2 Corintios 8:12). ¡Cuántas monedas tienen más valor para Dios que grandes fortunas, pues él está atento al verdadero valor de nuestras ofrendas!

Confiemos, pues, en Dios. Él sabrá recompensar más allá de toda medida, tal vez ya en este mundo y ciertamente en el cielo, los mínimos sacrificios que con fe y amor hagamos por él.

Hageo 2 – Apocalipsis 11 – Salmo 144:1-8 – Proverbios 30:7-9

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Los cristianos y la Navidad

17 de diciembre

Los cristianos y la Navidad

El que hace caso del día, lo hace para el Señor.

Romanos 14:6

Los puritanos de los primeros años en América del Norte rechazaron por completo las celebraciones de la Navidad. Deliberadamente trabajaban el 25 de diciembre para demostrar su menosprecio. En 1644 se aprobó una ley en Inglaterra que reflejaba una influencia puritana parecida. La ley establecía oficialmente el día de Navidad como día de trabajo. Durante algún tiempo en Inglaterra era literalmente ilícito cocinar pudín de pasas o pastel de fruta para esa festividad.

Por lo general hoy los cristianos no se oponen a la celebración de la Navidad. La festividad misma no significa nada, y el observarla no es cuestión de bueno o malo. Como escribiera Pabl «Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente. El que hace caso del día, lo hace para el Señor; y el que no hace caso del día, para el Señor no lo hace. El que come, para el Señor come, porque da gracias a Dios; y el que no come, para el Señor no come, y da gracias a Dios» (Ro. 14:5-6). Cada día, incluso el de Navidad, es una celebración para nosotros que lo conocemos y lo amamos.

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La salvación más grande que podamos imaginar

DICIEMBRE, 17

La salvación más grande que podamos imaginar

Devocional por John Piper

He aquí, vienen días —declara el Señor— en que haré con la casa de Israel y con la casa de Judá un nuevo pacto… (Jeremías 31:31)

Dios es justo y santo, y está separado de los pecadores como nosotros. Ese es nuestro problema principal en Navidad y en cualquier otra época del año. ¿Cómo haremos para reconciliarnos con un Dios justo y santo?

No obstante, Dios es misericordioso y nos prometió en Jeremías 31 (quinientos años antes de Cristo) que un día haría algo nuevo: reemplazaría las sombras con la Realidad del Mesías. Y se movería con poder en nuestra vida, escribiendo su voluntad en nuestro corazón para que no nos veamos condicionados por lo exterior, sino que desde nuestro interior anhelemos amarlo y confiar en él y seguirlo.

Esa es la salvación más grande que podamos imaginar: que Dios nos ofrezca la más grandiosa Realidad del universo para que nos gocemos en ella, y que luego obre en nosotros para asegurarse que podemos disfrutar de esta Realidad con la mayor libertad y alegría posibles. Este sería un regalo de Navidad digno de nuestras canciones.

Eso es en verdad lo que él prometió. Pero se nos presenta un enorme obstáculo: nuestro pecado —la separación de Dios a causa de nuestra injusticia—.

¿Cómo puede un Dios santo y justo tratar a pecadores como nosotros con tanta benevolencia, hasta el punto de ofrecernos la más grandiosa Realidad del universo (su Hijo) para que nos regocijemos con la mayor alegría posible?

La respuesta es que Dios echó nuestros pecados sobre su Hijo, y los juzgó desde esa posición, para así poder borrarlos de su mente y tratarnos con misericordia y seguir siendo justo y santo al mismo tiempo. Hebreos 9:28 dice: «Cristo… [fue] ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos».

Cristo cargó con nuestros pecados en su propio cuerpo al morir. Asumió nuestro castigo. Canceló nuestra culpa. Eso significa que nuestros pecados fueron borrados y que no permanecen en la memoria de Dios como fundamento para condenación. En ese sentido, Dios los «olvida» —son consumidos en la muerte de Cristo—.

Esto quiere decir que ahora Dios es libre, en su justicia, para bendecirnos profusamente con el nuevo pacto. Nos da a Cristo, la más grandiosa Realidad del universo, para nuestro deleite. Y escribe su propia voluntad —los deseos de su propio corazón— en nuestro corazón, para que así podamos amar a Cristo y confiar en Cristo y seguir a Cristo desde lo más profundo de nuestro ser, con libertad y gozo.


Devocional tomado del sermón “Jesús: Mediador de un mejor pacto, Parte 2″

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Yo soy, la puerta; el que por mí entrare será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos

17 de diciembre

«Yo soy, la puerta; el que por mí entrare será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos».

Juan 10:9

Jesús, el gran «YO SOY», es la entrada a la verdadera Iglesia y el camino que nos conduce a Dios; y él da a quien se acerca a Dios por mediación suya estos cuatro selectos privilegios:

1. «Será salvo». El fugitivo homicida transponía la puerta de la ciudad de refugio y quedaba a salvo. Noé entró por la puerta del arca y estuvo seguro. Nadie que acepte a Dios como la puerta de fe para su alma se perderá. La entrada a la paz a través de Jesús es la garantía de la entrada por esa misma puerta al Cielo. Jesús es la única puerta: una puerta abierta, una puerta amplia, una puerta segura. Dichoso el que pone en el Redentor crucificado toda su esperanza de admisión a la gloria.

2. «Entrará». Tendrá el privilegio de formar parte de la familia divina, compartiendo el pan de los hijos y participando de todos los honores y disfrutes. Entrará a las cámaras de la comunión, a los banquetes del amor, a los tesoros del pacto y a los depósitos de las promesas. Entrará al Rey de reyes en el poder del Espíritu Santo y se le revelará el secreto del Señor.

3. «Saldrá». Esta bendición es muy olvidada. Salimos al mundo para trabajar y sufrir; ¡pero qué bendición es salir en el nombre y en el poder de Jesús! Se nos llama a dar testimonio de la verdad, a alentar al desconsolado, a exhortar al negligente, a ganar almas y a glorificar a Dios. Y como el ángel le dijo a Gedeón: «Ve con esta tu fuerza», así el Señor quiere que nosotros vayamos como mensajeros suyos en su nombre y en su poder.

4. «Hallará pastos». El que conoce a Jesús, nunca tendrá necesidad. El entrar y el salir será igualmente provechoso para él. Además, se desarrollará en la comunión con Dios y, como dice el proverbio, al regar a otros, él mismo será regado (cf. Pr. 11:25, LBLA). Habiendo hecho de Jesús su todo, lo encontrará todo en Jesús. Su alma será como un huerto de riego y como un manantial cuyas aguas nunca faltan.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 362). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

2 Crónicas 19–20 | Apocalipsis 8 | Zacarías 4 | Juan 7

17 DICIEMBRE

2 Crónicas 19–20 | Apocalipsis 8 | Zacarías 4 | Juan 7

Ya hemos visto a un rey que comenzó bien y acabó mal (Asa; ver 13 y 14 de diciembre), y antes de eso, observamos a un reformador desganado (Roboam; ver 11 de diciembre). Ahora nos encontramos con otro rey, Josafat, quien no se pervierte, ni pasea por las zonas grises entre el bien y el mal, sino que durante toda su vida, demuestra ser muy bueno en algunas áreas y no muy sabio— incluso tonto—en otras (2 Crónicas 19–20).

Los dos capítulos anteriores (2 Crónicas 17–18) se pueden dividir en dos partes. El capítulo 17 presenta las fortalezas de Josafat, el hombre que busca diligentemente al Señor y fortalece todo el reino del sur. Por otro lado, el capítulo 18 nos muestra al Josafat necio, enredado en una alianza innecesaria y comprometedora con Acab, el rey malvado de Israel, y casi perdiendo su vida en una batalla que no era suya. En los capítulos de hoy, el profeta Jehú, hijo del profeta Hanani que fue encarcelado por Asa en su vejez, se enfrenta a Josafat: “¿Cómo te atreviste a ayudar a los malvados, haciendo alianza con los enemigos del Señor? Por haber hecho eso, la ira del Señor ha caído sobre ti. Pero hay cosas buenas a tu favor, pues has quitado del país las imágenes de la diosa Aserá, y has buscado a Dios de todo corazón” (19:2–3).

Luego se repite el patrón. Josafat trabaja con diligencia para eliminar la corrupción de la judicatura (19:4–11). Al enfrentarse a otra crisis militar, esta vez con las naciones de Moab y Amón como aliadas, acude a Dios para pedirle ayuda. La culminación de su oración es intensa y conmovedora: “Dios nuestro, ¿acaso no vas a dictar sentencia contra ellos? Nosotros no podemos oponernos a esa gran multitud que viene a atacarnos. ¡No sabemos qué hacer! ¡En ti hemos puesto nuestra esperanza!” (20:12) En su misericordia, Dios envía su Espíritu sobre Jahaziel hijo de Zacarías, quien lleva una palabra profética para fortalecer y animar a Josafat y al pueblo de Judá y Jerusalén (20:15ss). La victoria que obtienen es asombrosa, y el Señor con gracia le impone el “temor de Dios” a los reinos de alrededor, dándole así descanso a Josafat y a Judá.

Entonces, ¿qué hace Josafat? Crea otra alianza estúpida e innecesaria, ahora con Ocozías, el nuevo rey de Israel, y vuelve a ser reprendido fuertemente por otra palabra profética (20:35–37). ¿Es que no aprende este hombre?

Hoy día, tal vez etiquetaríamos estas recurrencias tan profundamente perturbadoras como “defectos de carácter”. Pueden ocurrir en personas cuyas vidas, en muchos niveles, son enteramente dignas de alabanza. En cierto modo, es perfectamente correcto darle gracias a Dios por el bien que hacen estas personas. Ahora bien, ¿no hubiera sido muchísimo mejor si Josafat hubiera aprendido de sus errores iniciales?

¿Sería impertinente preguntar si tú y yo aprendemos de los nuestros?

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 351). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El gran Modelo

domingo 17 diciembre

Cristo Jesús… se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres… se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

Filipenses 2:5-8

El gran Modelo

¿Cuál es el remedio divino para la envidia, el orgullo, el egoísmo y, en una palabra, el «yo» bajo todas sus formas detestables? El texto de la Biblia citado hoy nos da la respuesta: seguir las pisadas de Jesucristo, el Hijo de Dios. En Jesús, Dios vino a vivir entre los hombres. Vino en forma de hombre, pero fue un hombre perfecto en cuanto a su abnegación, humildad y obediencia a la voluntad divina: “Se despojó a sí mismo”.

Sin embargo era aquel que dominaba todo el universo. La majestad divina le pertenecía. Por medio de él todas las cosas habían sido creadas y subsistían. Así fue el Dios que vino al mundo tomando la forma de un hombre pobre, de un siervo. Los zorros tienen guaridas y los pájaros nidos, pero él, su Creador, no tuvo casa, ni un lugar “dónde recostar su cabeza” (Lucas 9:58).

No dejó de buscar el bien de los hombres, trabajó por ellos, lloró con ellos y les enseñó. No hizo nada para su beneficio personal. Toda su vida fue un total renunciamiento. Se humilló hasta tomar el último lugar entre los hombres, y murió “por nuestros pecados”, cumpliendo así las Escrituras que daban testimonio por adelantado de él mismo (Lucas 24:27). Fue despreciado, humillado hasta el final, pero siempre hizo la voluntad de su Dios.

Leamos los evangelios para verlo vivir, escucharlo hablar y recibirlo como Salvador. Solo entonces podremos seguirlo y ser transformados a su semejanza (2 Corintios 3:18).

Hageo 1 – Apocalipsis 10 – Salmo 143:7-12 – Proverbios 30:5-6

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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¿Paz en la tierra?

16 de diciembre

¿Paz en la tierra?

¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!

Lucas 2:14

Como oímos tan a menudo en Navidad, el comienzo de la vida terrenal de Cristo fue proclamada por ángeles que anunciaron paz en la tierra (Lc. 2:14).

Nunca ha habido en realidad paz en la tierra, en el sentido en que pensamos en ella. Guerras y rumores de guerras han caracterizado dos milenios desde aquella primera Navidad, y todo el tiempo antes de ella.

Ese anuncio de paz en la tierra fue una proclamación con dos sentidos. En primer lugar, informó de la llegada del único que finalmente puede traer paz duradera a la tierra (lo que Él hará cuando venga a establecer su reino terrenal).

Pero más importante es que fue una proclamación de que la paz de Dios está a disposición de los hombres y las mujeres. Lea atentamente las palabras de Lucas 2:14: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres».

¿Quiénes son esos para con quienes Él tiene buena voluntad? Los que han rendido su vida a la autoridad de su gobierno.

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El contratiempo más triunfante de Dios

DICIEMBRE, 16

El contratiempo más triunfante de Dios

Devocional por John Piper

Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre. (Filipenses 2:9-11)

La Navidad fue el más triunfante de los contratiempos para Dios. Él siempre se ha deleitado en mostrar su poder a través de una aparente derrota, efectuando retiradas tácticas para obtener victorias estratégicas.

José recibió en un sueño la promesa de gloria y poder (Génesis 37:5-11), pero para alcanzar esa victoria tendría que volverse esclavo en Egipto. Y como si eso fuera poco, cuando las circunstancias mejoraron gracias a su integridad, lo convirtieron en algo peor que un esclavo: un prisionero.

Sin embargo, todo estaba planeado. Allí en la prisión conocería al copero del Faraón, quien finalmente lo llevaría a la corte del Faraón, quien le otorgaría autoridad sobre Egipto. ¡Vaya que fue un inesperado camino hacia la gloria!

Así son los designios de Dios —incluso para su Hijo—. Se despojó de sí mismo y tomó la forma de un esclavo. Peor aún que un esclavo —un prisionero— y fue ejecutado. Pero al igual que José, conservó su integridad. «Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla» (Filipenses 2:9-10).

Estos son los designios de Dios también para nosotros. Nos ha prometido gloria si padecemos con él (Romanos 8:17). El camino hacia arriba es para abajo. La ruta hacia adelante es para atrás. El camino de la victoria es a través de los contratiempos asignados divinamente. Estos siempre parecerán y se sentirán como fracasos.

No obstante, si hay algo que José y Jesús pueden enseñarnos en esta Navidad, es que ¡«Dios lo encaminó a bien»! (Génesis 50:20). Como dice la canción:

Ustedes, santos temerosos, tomen nuevo aliento

Las nubes que tanto los atemorizan

Llenas de misericordia están y romperán en su momento

En una lluvia de bendiciones.


Devocional tomado del libro “Joseph and Jesus: God’s Successful Setbacks”

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Sí, nunca lo habías oído, ni nunca lo habías conocido; ciertamente no se abrió antes tu oído

16 de diciembre

«Sí, nunca lo habías oído, ni nunca lo habías conocido; ciertamente no se abrió antes tu oído».

Isaías 48:8

Es penoso recordar que, en cierto grado, esta acusación se les puede hacer a los creyentes, los cuales son muy a menudo, en buena medida, espiritualmente insensibles. Bien podemos lamentarnos de no oír la voz de Dios como debiéramos: «Sí —dice este pasaje—, nunca lo habías oído». Hay en el alma impulsos suaves del Espíritu Santo que desatendemos; se producen susurros de algunos mandatos divinos los cuales nuestros tardos entendimientos tampoco advierten. ¡Ay, hemos sido ignorantes y despreocupados! El versículo dice: «Ni nunca lo habías conocido». Hay cosas en las cuales deberíamos haber mirado; procesos de corrupción que han ido avanzando inadvertidamente; dulces sentimientos descuidados que, como flores, se están marchitando con la helada; y vislumbres del rostro divino que hubiéramos podido percibir de no haber cerrado las ventanas de nuestra alma. Sin embargo, no lo hemos «conocido». Al pensar en esto, nos sentimos profundamente humillados. ¡Cómo hemos de glorificar la gracia de Dios a medida que aprendemos, por el contexto, que Dios había conocido de antemano toda esta insensatez e ignorancia nuestra y que, a pesar de ese conocimiento previo, le plugo tratarnos mediante una relación de gracia! ¡Admiremos la maravillosa soberanía de la gracia que fue capaz de elegirnos a pesar de ello! ¡Maravillémonos del precio pagado por nosotros cuando Cristo sabía lo que íbamos a ser! El que pendió de la cruz nos vio de antemano como incrédulos, apóstatas, fríos de corazón, indiferentes, descuidados, flojos en la oración y, sin embargo, dijo: «Porque yo soy el Señor tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador […]. Ya que eres precioso a mis ojos, digno de honra y yo te amo, daré a otros hombres en lugar tuyo, y a otros pueblos por tu vida» (Is. 43:3, 4, LBLA). ¡Oh redención, qué maravillosamente brillas cuando pensamos en lo malvados que somos nosotros! ¡Oh Espíritu Santo, danos de aquí en adelante un oído que oiga y un corazón que entienda!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 361). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.