Usted es la persona indicada, 1ª Pte.

Usted es la persona indicada, 1ª Pte.

John MacArthur

La voluntad de Dios es que usted sea salvo, lleno del Espíritu, santificado, sumiso y sufrido. La Palabra de Dios aclara todo esto. No continúe leyendo hasta que haya entendido estos cinco principios.

 Usted dirá: “MacArthur, usted me iba a decir a qué universidad debería ir. Me iba a decir específicamente la voluntad de Dios. ¡No lo ha hecho!”

 Bueno, permítame darle el principio final, ¡pero agárrese de su silla! ¡Quizás va a querer saltar y gritar! Si usted está haciendo todas estas cinco cosas básicas, ¿sabe cuál es el siguiente principio de la voluntad de Dios? ¡Hacer lo que usted quiera! Si esos cinco elementos de la volunta de Dios están funcionando en su vida, ¿Quién está gobernando sus deseos? ¡Dios! El salmista dijo: “Deléitate en el SEÑOR, y él te concederá los anhelos de tu corazón” (Sal. 37:4). ¡Dios aquí no dice que va a cumplir todos los deseos! Si usted está viviendo una vida devota, él le dará los deseos correctos.

 La gente me dice:
– ¿Por qué entró a su ministerio actual cuando antes tenía un ministerio tan placentero en otra área?
Siempre respondo:
– Porque quería.
– Ajá. Hizo su propia voluntad.
Tuve un amigo que se me acercó y dijo:
– John, no sé donde quiere el Señor que sirva.
Yo le dije:
– Martín, si pudieras escoger cualquier servicio en el mundo, ¿Cuál quisieras?
Él dijo:
– Ah, tengo una carga tremenda por el pueblo de Israel. Hablo francés con fluidez, y París está lleno de gente judía que no conoce a Jesús. A mí personalmente me encantaría ir a París como misionero a los judíos.
Verifiqué si entendía los cinco principios espirituales y le dije:
– Martín, ¿has hecho todas estas cosas?
Él contestó:
– Sí, creo sinceramente que estoy comprometido con Cristo en estas áreas.
Yo le dije:
– Martín, adiós, que tengas un buen viaje.
Él vaciló y dijo:
– Pero tengo que escribir a 42 juntas misioneras.
Yo le dije:
– ¡No! Anda nomás.
Él dijo:
– Pero ese sólo es mi deseo.
– Entonces confía en que Dios fue quien plantó ese deseo. Vete de aquí.

 Él se enlistó en una misión de fe y se inscribió para ir a Francia. Pusimos un letrero bien grande en nuestra iglesia que decía: “Martín Wolfe se va a Francia”. Recaudó todo el apoyo que necesitaba y ahora está sirviendo a Cristo, ¡en Canadá!

 ¿Qué sucedió? Una vez que se estableció que él era la persona indicada, no fue gran problema el lugar a donde iba. Él está en la ciudad de Montreal, trabajando con judíos de habla francesa. Él tenía la idea correcta; Dios tenía una ciudad diferente.

 Esto trae a colación otro principio crucial. Imagínese tratando de virar y cambiar la dirección de un tractor estacionado. Tarea muy difícil. Se requerirían grúas y cadenas para siquiera moverlo. Pero una vez que está rodando, un vehículo que pesa 18.000 kilos no es difícil de controlar.

 Una vez que Martín se puso en marcha, Dios tomó control del timón con los brazos fuertes de su voluntad y fue fácil. Supongo que Dios pudo haber transportado su grúa celestial, recogido y empujado a Martín en la dirección correcta, pero a él le gusta usar gente que ya se está moviendo.

 Escuche este comentario sobre uno de los apóstoles más grandes: “Aconteció que mientras Pedro recorría por todas partes, fue también a visitar a los santos que habitaban en Lida. Allí encontró a cierto hombre llamado Eneas, que estaba postrado en cama desde hacía ocho años, pues era paralítico. Pedro le dijo: ‘Eneas, ¡Jesucristo te sana! Levántate y arregla tu cama’. De inmediato se levantó, y le vieron todos los que habitaban en Lida y en Sarón, los cuales se convirtieron al Señor” (Hech. 9:32-35).

 Este relato emocionante registra que Dios usó a Pedro para sanar a un hombre enfermo y comenzar un avivamiento. ¡Qué experiencia bienaventurada la de servir en la voluntad del Señor! Y cuidadosamente insertado en este evento se encuentra un pequeño pensamiento sencillo: “…mientras Pedro recorría por todas partes”.

 Pedro ya se estaba moviendo, estaba a la disposición de puertas que estuviesen abiertas. Entonces fue cuando Dios lo dirigió a Lida. Recuerde, Dios tiene ministerios abundantes para sus santos más ocupados.

En Génesis encontramos una ilustración fascinante de la misma verdad: “Diciendo: ‘¡Bendito sea el SEÑOR, Dios de mi señor Abraham, que no apartó de mi señor su misericordia y su verdad! En el camino el SEÑOR me guió hacia la casa de los hermanos de mi Señor’” (Gen. 24:27). El siervo fue enviado por Abraham para encontrar una esposa para Isaac. Él ni siquiera sabía quién o qué estaba buscando. Pero estuvo involucrado en el servicio y el Señor se hizo cargo de resto.

Participe en la corriente dominante de lo que Dios está haciendo y deje que él lo guíe a esa voluntad perfecta.


Extraído del libro, “La voluntad de Dios” escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Mundo Hispano. 

Éxodo 7 | Lucas 10 | Job 24 | 1 Corintios 11

24 FEBRERO

Éxodo 7 | Lucas 10 | Job 24 | 1 Corintios 11

En la segunda parte de su respuesta al último discurso de Elifaz, Job empieza (Job 24) con una pregunta retórica: “Si los tiempos no se esconden del Todopoderoso, ¿por qué no los perciben quienes dicen conocerlo?” (24:1). El sentido no es que Dios nunca ajuste cuentas, sino que hasta que llegue el momento en que lo haga tiene lugar mucho mal sin castigo inmediato y los justos sufren sin vindicación inmediata.

Así pues, Job comienza otra larga lista de maldades representativas, que quedan frecuentemente sin castigo a corto plazo, como se observa habitualmente, y de injusticias públicas (24:2–17). Los malos no respetan los linderos, roban ganado, se aprovechan de los pobres y los necesitados, los someten a esclavitud temporal, se rebelan contra la luz y alimentan su deseo sexual. Entretanto, los pobres apenas se las arreglan, consiguiendo lo imprescindible para vivir de tierras desiertas. Recogen en las viñas de los malvados, pasan frío y se mojan. Llevan las gavillas de otros y van desnudos. Job afirma que “de la ciudad se eleva el clamor de los moribundos; la garganta de los heridos reclama ayuda, ¡pero Dios ni se da por enterado!” (24:12).

La siguiente sección importante de este capítulo (24:18–24) parece un rompecabezas. A primera vista, Job está anticipando la clase de argumento que sus “miserables consoladores” prefieren: Dios contesta a los malvados como estos merecen. Algunos expertos han sugerido que el pasaje ha sido colocado en el lugar equivocado; otros creen que Job está siendo muy irónico y quiere decir exactamente lo contrario. La explicación quizás sea más simple. Job no está negando que se hará justicia algún día. Para hacerlo, tendría que cambiar su visión de Dios de forma sustancial. Sin embargo, reconoce que los malvados se enfrentarán finalmente al juicio. Mueren; quedan en el olvido. Dios no es ciego; él “los deja sentirse seguros, pero no les quita la vista de encima” (24:23). Desaparecerán en un abrir y cerrar de ojos (24:24). Job reconoce todo esto: “¿Quién puede probar que es falso lo que digo, y reducir mis palabras a la nada?” (24:25). No obstante, en el contexto de la primera parte del capítulo, se sigue preguntando por qué el Todopoderoso no establece tiempos para el juicio. En otras palabras, ¿por qué espera hasta el fin? Dado que él es el Dios de justicia, y esta se impartirá finalmente, ¿por qué esperarla tanto tiempo, dejando que los malvados cada vez lo sean más y que las víctimas sigan sufriendo?

Es una pregunta mordaz. Parte de su respuesta aparece más adelante en el libro, pero, como mínimo, deberíamos reconocer que el juicio instantáneo por cada pecado nos tendría inmersos a casi todos en un dolor constante, aullando como los perros de Pavlov para evitar el castigo, pero sin transformación interior. ¿Queremos realmente lo que Job parece estar pidiendo?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 55). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Dios hace que todo ayude para bien

Dios hace que todo ayude para bien

John MacArthur

Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.

  –Romanos 8:28

  ¿Es bueno todo lo que le ocurre a usted? Eso no es lo que dice este versículo. Dice que Dios hace que todas las cosas malas obren para el bien de quienes aman a Dios.

Los cristianos no niegan que hay muchísima maldad en el mundo. Ni siquiera niegan que hay muchísima maldad en ellos. Sin duda usted puede identificarse con la confesión de Pablo en Romanos 7:19: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago”. Él exclama: “¡Miserable de mí!” (7:24) Y confiesa: “en mi carne, no mora el bien: (7:18). Así que Romanos 8:28 no dice que no haya nada malo. Dice que aun lo que es malo en nosotros puede obrar para bien.

Observe que el versículo no dice que las cosas por sí mismas obran para bien. Eso es lo que el mundo piensa: Que las “cosas les ayudan a bien”. Pero los mejores manuscritos griegos de este versículo ponen en claro que el sujeto de la oración no es cosas sino Dios: “Sabemos que Dios hace que todas las cosas obren para bien”.

Eso nos señala un elemento muy importante del carácter de Dios. Podemos llamarlo la soberanía de Dios. Esa es su autoridad y su poder supremo sobre todos los asuntos de la vida, para producir por ellos sus propios buenos propósitos. También la pudiéramos llamar la providencia de Dios. Es decir, la forma maravillosa en que Dios toma todas las vicisitudes de la vida, todas las contingencias, todas las decisiones, todas las cosas buenas, malas e indiferentes y las entrelaza para un buen propósito. 

Esa promesa no es para todo el mundo. Dios no dice que todo obrará para bien para todas las personas en el mundo. Esa es una promesa hecha solamente para quienes aman a Dios, quienes han sido llamados a la salvación. No todo en su vida será bueno pero todo en su vida obrará por la soberana providencia de Dios.

Pudiera no ver eso en este momento pero cada sufrimiento, cada tentación, cada prueba, incluso cada pecado, Dios los teje en un tapiz que al final es para su bien. A veces mirar su situación es como mirar la parte de atrás de una alfombra oriental. Lo único que puede ver es un montón de hilos que van en todas direcciones. Parece algo caótico. Pero si da la vuelta a la alfombra, puede ver un diseño maravilloso. Cuando se le dé la vuelta a su vida algún día en la eternidad, usted verá el diseño. Verá cómo Dios hizo que todas las cosas obran para bien.

Aun en nuestras pruebas y tentaciones, Dios está obrando para bien. ¿Le sorprendió que yo dijera que incluso Dios hace que nuestros pecados obren para bien? Cuando veo pecado en mi vida, Dios usa esos tropiezos para aumentar mi aversión por el pecado. En cuanto a la vida venidera, Dios está obrando en todos los aspectos de nuestra vida presente a fin de producir una recompensa eterna que disfrutaremos por siempre en su presencia.

No espere que todo en la vida sea bueno. Eso no sucederá. No espere que todo en usted sea bueno. Eso tampoco sucederá. Pero lo que sí puede esperar es esto: Dios tejerá todas las cosas a favor de sus amados hijos para producir un buen resultado, ahora y por toda la eternidad.

 


 Extraído del libro, “El corazón de la Biblia” escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Portavoz.

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Sólo para maridos

Sólo para maridos

John MacArthur 

El día de San Valentín (o de los Enamorados) puede ser la única vez al año en la que la mayoría de los maridos dejan su apariencia exterior machista; y demuestran actualmente su amor por sus esposas de una manera tangible. Es posible que usted la colme a su esposa de flores o dulces o la lleve en una velada romántica. Algunos de ustedes incluso pueden hacer mayores sacrificios, tales como limpiar la casa, llevarle el desayuno a la cama o comprarle algún regalo preciado. Pero una vez que el día termina, también lo hace el Príncipe Azul; y usted vuelve a su ser normal y a su rol habitual.

Pregúntele a muchos maridos cristianos que resuman su rol bíblico en una palabra y ellos le responderán “Liderazgo”. La Escritura contesta esta pregunta con una palabra diferente: amor.

No existe ninguna duda que el diseño de Dios para usted, si usted es un esposo, incluye el aspecto de liderazgo. Pero es un liderazgo que surge del amor y está siempre templado con afecto sensible, cariñoso. El rol apropiado del esposo como líder amoroso, cuidadoso, esta óptimamente personificado por Cristo, quien tomó el rol de sirviente al lavar los pies de Sus discípulos (Juan13:3-17).

Es significativo que antes de que el apóstol Pablo instruyera a maridos y esposas en cómo amarse unos a otros, él exigiera una sumisión mutua. Efesios 5:21 lo expresa de la siguiente manera: “Someteos unos a otros en el temor de Dios.” Ésa es una orden general a todos los cristianos, en todos los contextos.

Los maridos no son una excepción a esta regla. El amor que usted debe mostrar a su esposa incluye sumisión. Está matizado y caracterizado por mansedumbre, ternura y servicio. Es un amor humilde, de siervo, como el de Cristo.

La sumisión establece la base para las instrucciones de Pablo a los maridos: “Amad a vuestras mujeres” (v.25). Toda la idea de la dirección del marido es una comparación a Cristo. La dirección del marido sobre la esposa es como la dirección de Cristo sobre la iglesia. “El marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia”  (v.23). Por lo tanto, su amor por su esposa se supone que debe ser como el amor de Cristo por su Iglesia: “Amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (v.25).

El sacrificio de Cristo es el arquetipo mismo de lo que el amor exige. Primera de Juan 3:16 dice: “En esto hemos conocido el amor, en que Él puso su vida por nosotros.” Jesús mismo dijo: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13).

En realidad, sin utilizar la palabra amor, el apóstol Pedro describe su amor por su esposa: “Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida” (1 Pedro 3:7).

La relación de dirección-sumisión no es inherente a superioridad e inferioridad. Muchas esposas son francamente más sabias, más eruditas, más articuladas y más criteriosas que sus esposos. Sin embargo, Dios ha establecido la familia de modo tal que el hombre es la cabeza. Eso no es porque automáticamente la esposa le deba al marido deferencia servil como a alguien a quien es inferior – ya que no debe ser tratada como inferior, sino como una hermana y coheredera. El motivo para este mandato divino es que su esposa es el vaso más frágil- y usted, por lo tanto, le debe a ella sacrificio y protección.

Mi desafío a ustedes, esposos, es que todos los días sean de San Valentín para sus esposas. Haga de estas tres acciones su prioridad diaria en su relación con su esposa; y estará cumpliendo su obligación como Cristo, sacrificial para con ella. 

Sea Considerado

“Vivid con ellas sabiamente”, Pedro dice en el verso 7. Él habla de ser considerado. Es lo opuesto a la mentalidad del hombre de las cavernas que algunos hoy en día recomendarían. Es incompatible con el machismo independiente, orgulloso, egocéntrico que muchos piensan que personifica la verdadera masculinidad. Llama a una comprensión, sensibilidad y satisfacción de las necesidades de su esposa. Involucra un esfuerzo sincero de comprender sus sentimientos, miedos, ansiedades, preocupaciones, objetivos, sueños y deseos. En resumen, usted debe ser considerado.

A menudo, se reduce a escuchar. Usted debe comprender el corazón de su esposa. ¿Cómo puede usted expresar un amor sacrificial, que satisface las necesidades de ella, si no tiene idea de cuáles son esas necesidades?

Francamente, esta es una lucha para la mayoría de los hombres. No es algo que nos llega naturalmente. Tal como nuestros hijos, peleamos contra nuestras propias tendencias pecaminosas y deseos egoístas. Pero Dios nos llama a ser modelos de amor sacrificial en nuestras familias; y eso comienza siendo considerado.

Sea Caballeroso

La esposa es el “vaso más frágil”, de acuerdo con Pedro. ¿En qué sentido son las mujeres “más frágiles”? Esto tiene referencia principalmente al aspecto físico. Las mujeres son, como clase, físicamente más frágiles que los hombres. Ahora, sin lugar a dudas, es cierto que existen algunos hombres cuyas esposas son más fuertes que ellos. Pero esto no es usual; y yo creo que aún en esos casos excepcionales, el principio también se aplica. Usted debe tratar a su esposa con tierna caballerosidad. Lo puede hacer de muchas maneras, desde abriéndole las puertas, moviendo los muebles o haciendo trabajos pesados en la casa.

Un marido amoroso no le diría a su esposa: “Después de que hayas cambiado la llanta, con gusto te llevaré a la tienda.” Les servimos con nuestra fuerza. Las tratamos como vasos más frágiles, mostrándoles una deferencia particular en temas en donde su debilidad física las coloca en desventaja. Primera de Pedro 3:7 sugiere en realidad que Dios diseñó a la mujer para estar bajo la protección del hombre, beneficiándose de su fuerza. Y sirviendo a nuestras esposas, prestándoles esa fuerza, es una de las principales maneras en que les mostramos un amor como el de Cristo, sacrificial.

Tenga Comunión

Debemos considerar a nuestras esposas “como a coherederas de la gracia de la vida.” Los hombres y las mujeres pueden ser diferentes físicamente, pero espiritualmente son iguales. Trate a su esposa como a su par espiritual. Mientras que está legítimamente preocupado con la tarea de liderazgo espiritual en su hogar, no se olvide la responsabilidad de comunión delante de Dios con su esposa como coheredera de Su gracia. Su rol como el líder de ella no significa que usted es su superior. Ustedes son ambos completamente dependientes de la gracia divina; y juntos, ambos son herederos de esa gracia.

En Cantar de los Cantares, la esposa le dice al esposo: “Tal es mi amado, tal es mi amigo” (5:16). Me encanta esa expresión. Ella se regocija en su amor por él, pero no es sólo la devoción romántica de él que le emociona a ella. No es su machismo o su liderazgo que causa que su corazón cante. ¿Qué es? Ella está feliz de que él sea su amigo. Ése es el tipo de relación que los esposos deberían cultivar. Es un sentido profundo de compartir cosas espirituales íntimamente, en igualdad. Es una comunión juntos, tal como no hay otra relación en la tierra.

Este es un modo sencillo de resumir el amor sacrificial: el esposo lleno del Espíritu ama a su esposa no por lo que ella pueda hacer por él, sino por lo que él puede hacer por ella. Así es exactamente como trabaja el amor de Cristo. Él nos ama no porque haya algo en nosotros que Le atraiga, no porque Él gane algún beneficio por amarnos, sino simplemente porque Él se propuso amarnos y Le deleita otorgarnos Su favor.

¿Se ha dado cuenta usted que el amor es un acto de voluntad, no un sentimiento? Es un compromiso al bienestar de su objeto. Es una devoción voluntaria. Involucra sacrificio, consideración, caballerosidad, comunión, cortesía y compromiso. Es precisamente el tipo de amor que usted le debe a su pareja. Y si usted está dispuesto a obedecer a Dios, por el poder del Espíritu de Dios, usted puede mostrar ese tipo de amor a su esposa.

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Éxodo 5 | Lucas 8 | Job 22 | 1 Corintios 9

22 FEBRERO

Éxodo 5 | Lucas 8 | Job 22 | 1 Corintios 9

1 Corintios 9:19–23 es uno de los pasajes más reveladores del Nuevo Testamento en cuanto a la visión de la ley por parte de Pablo.

Por un lado, el apóstol afirma que, para evangelizar a los judíos, se ha vuelto como uno de ellos; concretamente, se ha vuelto como “los que viven bajo la ley”, aunque “yo mismo no vivo bajo la ley” (9:20). Así pues, aunque Pablo ciertamente se reconoce como judío de raza (véase, por ejemplo, Romanos 9:3), en este momento de su vida no se ve bajo la ley-pacto. Cuando se dispone a acometer la tarea de ganar para Cristo a sus hermanos judíos, quiere eliminar toda ofensa innecesaria, por lo que adopta la disciplina kosher; en este sentido, se vuelve como un judío, como uno que está bajo la ley.

Por otro lado, cuando se prepara para evangelizar a los gentiles, se vuelve como “los que están sin ley”. Siendo consciente de que esta postura podía entenderse como simple rebeldía, Pablo añade, entre paréntesis, que eso no significa que estuviese libre de toda ley. Todo lo contrario; el apóstol escribe: “No estoy libre de la ley de Dios sino comprometido con la ley de Cristo” (9:21).

Así pues, por un lado, Pablo no está bajo la ley; por otro, no está libre de la ley de Dios, sino que se encuentra bajo la ley de Cristo. ¿Qué significa esto?

(a) La “ley” bajo la que Pablo se ve no puede ser exactamente la misma que la Torá (el Pentateuco) o, de forma más general, las exigencias de Dios en las Escrituras del Antiguo Testamento. Es verdad que Pablo dice en otro pasaje: “Lo que importa es cumplir los mandatos de Dios” (1 Corintios 7:19). No obstante, estos no son los mandatos que encontramos en el Antiguo Testamento.

Después de todo, la línea anterior dice: “Para nada cuenta estar o no circuncidado; lo que importa es cumplir los mandatos de Dios”. El judío reflexivo respondería: “Pero la circuncisión es uno de los mandamientos de Dios”. No para Pablo: guardar los mandamientos del Señor u obedecer su ley no es, para él, lo mismo que observar la ley mosaica.

(b) Lo que obliga a Pablo y establece los límites de su flexibilidad en su afán por evangelizar tanto a judíos como a griegos es “la ley de Cristo” (9:21). Sus afirmaciones no tienen sentido si “la ley de Cristo” es exactamente idéntica a la de Dios, tal como encontramos en la Torá. Debe bajarse de su “tercera posición” (la del cristiano) para ser como un judío o un gentil.

(c) Saber cómo es la relación entre la “ley de Dios” mosaica y “la ley de Cristo” es complejo y Pablo lo vislumbra en Romanos 3:21–26 (véase la meditación del 31 de enero). Aquí es suficiente con observar que el motivo de la magnífica flexibilidad cultural de Pablo es poder “ganar a los débiles”, “a fin de salvar a algunos por todos los medios posibles” (9:22).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 53). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Sacuda al mundo

Sacuda al mundo

John MacArthur

 Tantas veces me digo a mí mismo que si los cristianos alguna vez aprenden a vivir la clase de vida que Pedro describió, sacaríamos al mundo de su eje. Pero a veces el mundo no puede distinguirnos de sí mismo. El apóstol Pablo hace un llamado a los cristianos que están trabajando para jefes que no son cristianos, para que les den un día de trabajo honesto por cada día pagado y les muestren que esa es la norma de un cristiano (ver Efe. 6:5-8).

            Si usted es ciudadano de cierto estado, obedezca las leyes de ese estado para que la gente pueda saber que su fe es real, que alcanza e influye cada área de su vida. Siempre me perturba cuando un individuo que tiene un eslogan cristiano en el parachoques de su auto,  pasa zigzagueando a los otros carros como un maniático.

            El principio de la buena ciudadanía lo sostiene además Pablo, quien dice que cuando la iglesia escoge a un anciano, debe elegir a uno que sea irreprensible (ver 1 Tim. 3:10).

            Usted podría preguntar: “¿Se supone que deba obedecer todas las leyes del lugar?”. Sí, cada una de ellas. Si no está de acuerdo con ellas, eso no cambia el tema. Obedézcalas. Ahora, si usted conoce una manera de trabajar políticamente para cambiar leyes esta bien; pero hasta que sean cambiadas, obedézcalas.

             ¿Pero qué tal si le dicen que haga algo que infringe la clara revelación y el mandamiento de Dios? ¡Entonces no lo obedezca! Esa es la única excepción. Esto es lo que sucedió cuando los gobernantes judíos detuvieron a Pedro y Juan. Les dijeron que ya no predicara en el nombre de Jesús. Pero Pedro y Juan contestaron: “Juzgad vosotros si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios”. Y salieron de ese sitio y comenzaron a predicar (ver Hech. 4:18-20). La única vez en que un creyente debe infringir la ley del lugar es cuando la ley le prohíbe hacer lo que se le ha dicho por medio del mandamiento directo de Dios, o cuando se le ordena hacer lo que Dios prohíbe.

             ¿Qué estoy diciendo? Es que Dios quiere que seamos la clase de ciudadanos en el mundo que llamará la atención del mundo. Necesitamos ser diferentes. Necesitamos tener las cualidades de la sal y la luz (Mat. 5:13-16). Eso implica sometimiento, lo cual ordena claramente la Escritura.

Extraído del libro, “La voluntad de Dios” escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Mundo Hispano.

Éxodo 4 | Lucas 7 | Job 21 | 1 Corintios 8

21 FEBRERO

Éxodo 4 | Lucas 7 | Job 21 | 1 Corintios 8

El segundo discurso de Zofar (Job 20) concluye la segunda ronda de los tres “consoladores miserables”. La respuesta de Job (Job 21) acaba con este ciclo.

Job dice que si no le pueden proporcionar ningún consuelo, lo mínimo que pueden hacer es escucharle cuando les responde (21:2). Cuando termine, podrán seguir con sus burlas (21:3).

El meollo de la respuesta de Job da que pensar a cualquiera que se preocupe de la moralidad y la justicia: “¿Por qué siguen con vida los malvados, cada vez más viejos y más ricos?” (21:7). No sólo parece que no existe un patrón obvio de juicio temporal sobre los abiertamente impíos, sino que muy frecuentemente se produce lo contrario: los malos pueden ser los más prósperos de todos. “Sus toros son verdaderos sementales; sus vacas paren y no pierden las crías” (21:10). Tienen muchos hijos sanos, cantan y bailan. Exhiben un total desinterés en Dios (21:14), pero disfrutan de la prosperidad (21:13). Es raro que su lámpara se apague (21:17). Proverbios populares como “Dios reserva el castigo para los hijos del pecador” (21:19) no impresionan a Job; a los verdaderamente malvados, no les preocupa dejar a su familia en la miseria, ya que ellos están cómodos (21:21). Por esta razón, los impíos necesitan beber “la ira del Todopoderoso” (21:20), pero esto no ocurre habitualmente. Es verdad que Dios lo sabe todo; Job no quiere negar el conocimiento y la justicia del Todopoderoso (21:22). Sin embargo, no se pueden ocultar los hechos. Una vez que el rico y el pobre mueren, ambos sufren la misma descomposición (21:23–26). ¿Dónde está la justicia aquí?

Incluso con las exageraciones de Job (después de todo, algunos impíos sufren juicios temporales), no debería despreciarse su reflexión. Si las cuentas de la bendición y el castigo se calculan únicamente en base a lo que acontece en esta vida, este mundo es muy injusto. Millones de personas relativamente buenas mueren entre sufrimientos, pobreza y degradación; millones de personas relativamente malas disfrutan de una vida completa y mueren durmiendo. Todos podemos citar ejemplos que demuestran la justicia de Dios en esta vida, ¿pero qué pasa con el resto de las historias?

El sistema moral de los tres interlocutores de Job, basado en el ojo por ojo, no puede gestionar los millones de casos complicados existentes. Además, como ellos, Job no quiere cuestionar la justicia de Dios, pero los hechos son los hechos: distorsionar la verdad y la realidad no es una virtud, ni siquiera cuando se está defendiendo esa justicia de Dios.

Con el paso del tiempo quedará más claro que la justicia definitiva se impartirá después de la muerte, y que el Dios de justicia conoce por sí mismo la injusticia, no solo por su omnisciencia, sino por su experiencia en una cruz.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 52). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Cristo ha vencido al mundo

Cristo ha vencido al mundo

John MacArthur

Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.
–Juan 16:33

 Jesús dijo esas palabras en el aposento alto la noche que fue traicionado. Fue la conclusión del largo discurso de despedida que comienza: “No se turbe vuestro corazón” (Jn. 14:1). Jesús les dijo a sus discípulos que Él se iba. Les dijo que se sentirían temerosos y preocupados, que serían perseguidos, que serían esparcidos y abandonarían a Jesús. Pero durante todo su discurso hizo promesas de que no los abandonaría. Su amor continuaría. Les daría el Espíritu Santo para que los animara como lo había hecho Jesús. Prometió responder a sus oraciones.

 Al final del discurso, Él dijo: “El propósito de todo lo que les he dicho es que tengan paz en el corazón. No tienen por qué estar ansiosos. No quiero decir que no tendrán problemas. Ya les he advertido de persecuciones. En este mundo tendrán problemas”. La palabra griega tiene una raíz que significa “presión”. Usted estará bajó presión, oprimido por los problemas de esta vida. Pero en medio de eso, anímese, ya que al fin al cabo Él ha vencido al mundo.

 Ya la batalla se ha decidido, dice Jesucristo. No hay nada que el mundo pueda hacerte que pueda finalmente derrotarte, ya que he ganado una absoluta victoria sobre el pecado y la muerte. Estoy a punto de terminar es obra en la cruz. El mundo, las fuerzas que se oponen a Dios, seguirán causándote problemas pero no pueden derrotarte porque yo ya vencí. Su ataque contra ti no puede dañarte porque todo el sistema del mundo opuesto a Dios ha sido aplastado. Yo he vencido al mundo. Mientras permanezcas en este mundo, tendrás problemas. Pero cuando permaneces en mí, tendrás paz.


 Extraído del libro, “El corazón de la Biblia” escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Portavoz.

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Murió por los impíos

Murió por los impíos

John MacArthur

Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.
— Romanos 5:6-8

 Pablo concentra nuestra atención en una verdad convincente: Cristo no murió por nosotros porque fuéramos piadosos. Él no murió por los religiosos ni por los morales ni por los buenos. Murió por nosotros, los impíos, aunque todavía éramos pecadores.

 Es ya muy raro que las personas mueran por otras personas. A veces leemos acerca de alguien que da la vida en una guerra o en un desastre para salvar a otra persona. Pablo reconoce que en raras oportunidades pudiera alguien morir por una persona justa, alguien que merecía ser salvo. Sería una persona muy notable que dio su vida por salvar a una buena persona. ¿Pero ha oído alguna vez de alguien dispuesto a morir por un malvado? ¿Moriría alguien por un hombre miserable, malvado y ruin? Solo Jesucristo lo haría.

 Ese es el verdadero amor, el amor del que la Biblia nos habla. Es la clase de amor que hizo que Cristo muriera por los peores, no por los mejores. Esa es la maravilla del amor de Dios. Su asombroso amor hacia nosotros se muestra en que Cristo murió por nosotros aunque todavía éramos pecadores. El amor de Dios no tuvo nada que ver con nuestro atractivo o dignidad. Solo tuvo que ver con el carácter de Dios, el hecho de que Dios es amor.

  Cristo no murió por nosotros porque fuéramos dignos o encantadores o piadosos. Pablo dice que estábamos sin fuerzas, indefensos e incapaces de salvarnos a nosotros mismos. No había nada que admirar en nosotros pero Dios nos amó. Cristo murió por nosotros porque éramos indignos e indefensos. No se puede expresar el evangelio de una forma más directa que esa: Cristo murió por los impíos, no por los justos. Lo hizo porque nos ama, no por ninguna otra razón. Un amor que no merecíamos produjo un sacrificio que no merecíamos. Pero eso es lo que hace la gracia.

 Ese amor, ese sacrificio, produce gratitud en nuestra vida. Espero que usted sienta gran gratitud todos los días, sin olvidar jamás cuán indigno es del amor de Dios en Jesucristo. No hemos hecho nada para merecer su misericordia. No tenemos ningún atributo deseable para atraer su amor. Aunque estábamos indefensos y éramos impíos, aunque estábamos en rebelión contra Él, Dios mostró su amor por nosotros al enviar a Cristo a que muriera en nuestro lugar.


Extraído del libro, “El corazón de la Biblia” escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Portavoz.  

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¿Cree verdaderamente en Dios?

¿Cree verdaderamente en Dios?

2/17/2018

[Abraham] tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios. (Romanos 4:20)

Decir que se cree lo que Dios ha dicho es mucho más fácil que confiar en Él verdaderamente. Por ejemplo, muchos que afirman que “Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas” (Fil. 4:19) caen en la ansiedad cuando afrontan dificultades económicas.

También la Biblia dice que, si damos generosamente con los motivos correctos, Dios nos recompensará (Mt. 6:3-4). Muchos dicen que creen también en ese principio, pero les resulta difícil ponerlo en práctica. Muchos cristianos también temen a la muerte, aunque Dios ha dicho que nos dará la gracia que necesitamos para afrontarla y que nos llevará después al cielo.

Creer en Dios significa que reconocemos su gloria, que es la suma de todos sus atributos y la plenitud de toda su majestad. Si Él es quien dice que es, entonces se le debe creer. Usted crecerá espiritualmente cuando le diga a Dios: “Si tu Palabra lo dice, lo creeré; si tu Palabra lo promete, lo reclamaré; y si tu Palabra lo ordena, lo obedeceré”.

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