El llamado de Dios en la Salvación

Grace en español

El llamado de Dios en la Salvación

Henry Tolopilo

Henry se desempeña como pastor asociado en Grace Church, supervisando el Ministerio español. Anteriormente sirvió como misionero en Costa Rica y México, y también trabajó como director de desarrollo curricular para LOGOI International en Miami, Florida. Henry tiene títulos de Biola University (BA), Talbot Theological Seminary (M.Div.) Y Dallas Theological Seminary (STM). Él y su esposa Barbara tienen dos hijos.

La humillación de Cristo

Grace en Español

La Cruz de Cristo y su Significado

Henry Tolopilo

Henry se desempeña como pastor asociado en Grace Church, supervisando el Ministerio español. Anteriormente sirvió como misionero en Costa Rica y México, y también trabajó como director de desarrollo curricular para LOGOI International en Miami, Florida. Henry tiene títulos de Biola University (BA), Talbot Theological Seminary (M.Div.) Y Dallas Theological Seminary (STM). Él y su esposa Barbara tienen dos hijos.

¿Por qué se nos hace tan difícil el hábito de orar?

Coalición por el Evangelio

¿Por qué se nos hace tan difícil el hábito de orar?

SUGEL MICHELÉN 

Orar es a la vida cristiana como el respirar a la vida física. Así como nadie puede vivir sin respirar, así tampoco un creyente puede vivir sin orar. Un hombre sin oración es un hombre sin Dios. En el Salmo 14 el salmista describe a los impíos como aquellos que no invocan a Dios. Así como un niño respira desde el momento en que nace, así también el cristiano ora.

No obstante, no debemos pensar por esto que el orar sea una tarea sencilla. Cuando un creyente se dispone a orar una tremenda lucha comienza a librarse de inmediato en su interior, y continuará librándose hasta que termine de orar. ¿Por qué es esto así? Porque el pecado aún mora en nosotros, y continuamente nos empuja lejos de Dios.

Todo deber que nos acerque a Dios encontrará resistencia en nuestro interior. En Romanos 7:21 Pablo dice: “Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo la ley de que el mal está presente en mí”. “Precisamente cuando me dispongo a hacer el bien, el pecado que mora en mi interior se manifiesta activamente tratando de impedirlo”.

Y como ningún otro deber nos acerca más a Dios que la oración, ninguno encontrará más resistencia que éste. El pecado es tan terrible que nos persigue hasta las puertas mismas del cielo, como nos advierte el Señor en Mateo 6:5-6:

“Cuando ustedes oren, no sean como los hipócritas; porque a ellos les gusta ponerse en pie y orar en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres. En verdad les digo que ya han recibido su recompensa. Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”.

Detengámonos a observar este texto con cuidado. No existe una actividad más noble, ni más piadosa que orar. Dice Martyn Lloyd-Jones que “nunca es mayor el hombre que cuando se halla en comunión y contacto con Dios”. No obstante, aún en el ejercicio de ese deber tan noble y piadoso, el creyente puede ser atrapado por la corrupción y el pecado que habita en él y orar como un hipócrita.

Muchas veces pensamos en el pecado en términos de hechos vergonzosos y desagradables. Vemos a un hombre tendido en el pavimento, completamente borracho, y pensamos que ese es un cuadro vívido de los efectos del pecado en el hombre. Pero si queremos tener una idea más exacta de lo que es el pecado debemos mirar hacia otro lugar. Debemos mirar a un creyente sincero, de rodillas delante de Dios, tratando de presentarse ante el trono de la gracia, y aún en ese lugar experimentando el asedio de su propio “yo”, el asedio de su propia corrupción.

Esa es una imagen más vívida y más terrible de los efectos del pecado en el hombre. Ese hombre ha venido a adorar a Dios, y si se descuida el pecado lo moverá a adorarse a sí mismo. Así de monstruoso es el pecado.

El Señor Jesucristo nos está advirtiendo en este pasaje que al venir delante de la presencia de Dios debemos cuidarnos de la hipocresía. Cuidarnos de centrar la atención en nosotros mismos en vez de centrarla en Aquel a quien oramos. Ese es el peligro que Cristo denuncia aquí.

El pecado nos perseguirá hasta las puertas mismas del cielo. Así que no te sorprendas por las luchas que experimentas en tu vida de oración. No sólo durante el ejercicio de ese deber piadoso, sino también en el momento en que te dispones hacerlo.

¡Cuán difícil es mantener una vida disciplinada de oración! Satanás y el pecado no sólo tratarán de estorbarnos mientras oramos, sino que intentarán, por todos los medios posibles, obstaculizarnos para que no oremos.

Y es precisamente acerca de estos obstáculos que pienso postear una serie de artículos a lo largo de esta semana, haciendo un amplio uso de la obra del puritano William Gurnall, The Christian in Complete Armour (“El Cristiano y su Completa Armadura”). El cristiano no debe ignorar las maquinaciones del maligno, y por lo tanto debe conocer las estratagemas que usa para alejarlo del trono de la gracia y los remedios que debemos aplicar para impedirlo.

Sugel Michelén (MTS) es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Ha sido por más 30 años uno de los pastores de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, en República Dominicana, donde tiene la responsabilidad de predicar regularmente la Palabra de Dios en el día del Señor. Es autor de Palabras al Cansado, Hacia una Educación Auténticamente Cristiana y un libro ilustrado para niños titulado La más Extraordinaria Historia Jamás Contada. El pastor Michelén y su esposa Gloria tienen 3 hijos y 4 nietos. Puedes encontrarlo en twitter.

La intervención del relojero

jueves 30 noviembre

Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo el Señor… pruebo el corazón.

Jeremías 17:9

Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros.

Ezequiel 36:26

La intervención del relojero

Hay pocas personas realmente satisfechas con su vida. La gente se queja de todo: de los demás, del tiempo, de la mala suerte, de Dios, a quien fácilmente hacen responsable de todos los problemas. Y cada uno desea tal o cual cambio que le daría la alegría de vivir.

Es cierto que hay algo que debe cambiar en mi vida. Pero hay que determinar primeramente con honestidad la verdadera causa de mis decepciones e inquietudes. La Palabra de Dios me dice qué es. Lo que me impide ser feliz no son las circunstancias de mi vida, sino más bien mi estado interior. No son solo los demás, sino ante todo yo mismo. ¡No son mis costumbres, sino mi corazón!

El corazón es malo, declara la Escritura, y es responsable de mi perpetua insatisfacción. ¡Ahí es donde debe haber un cambio! ¿Lo conseguiré mediante mis esfuerzos personales? La Biblia no deja que me haga ilusiones con respecto a este punto. Cambiar nuestro corazón es imposible. Un reloj roto no puede funcionar sin la intervención del relojero, y para nosotros es la de nuestro Creador. Aquel que nos dio la vida también quiere dar, por Jesucristo, la vida nueva, un corazón nuevo, a todo el que se reconoce pecador y cree que Jesús murió por sus pecados.

“Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)” (Efesios 2:4-5).

Job 37 – Colosenses 3 – Salmo 135:15-21 – Proverbios 28:25-26

Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

9 – [9] Escogidos por Dios

Escogidos por Dios

R.C. Sproul

Capítulo 9

Cuestiones y objeciones sobre la predestinación

Quedan varios problemas y cuestiones alrededor de predestinación que debemos al menos tocar.

¿Es fatalismo la predestinación?

Una frecuente objeción que se levanta contra la predestinación es el ser una forma religiosa de fatalismo. Si examinamos el fatalismo en su sentido literal, vemos que está tan lejos de la doctrina bíblica de la predestinación como el este del oeste. El fatalismo significa literalmente que los asuntos de los hombres son controlados bien por subdeidades caprichosas (los hados) o, más popularmente, por las fuerzas impersonales del azar.

La predestinación no se basa ni en una idea mitológica de diosas jugando con nuestras vidas, ni en la idea de un destino controlado por la colisión casual de los átomos. La predestinación está arraigada en el carácter de un Dios personal y justo, un Dios que es el Señor soberano de la historia. El que mi destino esté, en última instancia, en las manos de una fuerza indiferente u hostil es aterrador. Que esté en las manos de un Dios justo y amante es un asunto totalmente diferente. Los átomos no contienen justicia; en el mejor de los casos, son amorales. Dios es totalmente santo. Prefiero que mi destino esté con El.

La gran superstición de los tiempos modernos tiene que ver con el papel que se le da al azar en los asuntos humanos. El azar es la nueva deidad reinante en la mente moderna. El azar habita en el castillo de los dioses. Al azar se le atribuye la creación del universo y la aparición de la raza humana a partir del cieno.

El azar es un sibolet. Es una palabra mágica que utilizamos para explicar lo desconocido. Es el poder favorito de la casualidad para aquellos que atribuyen poder a cualquier cosa o persona excepto a Dios. Esta actitud supersticiosa hacia el azar no es nueva. Leemos acerca de su atracción muy al principio de la historia bíblica.

Recordamos el incidente en la historia judía cuando el arca sagrada del pacto fue capturada por los filisteos. Aquel día la muerte visitó la casa de Elí y la Gloria fue traspasada de Israel. Los filisteos estaban jubilosos por su victoria, pero pronto aprendieron a lamentar el día. Dondequiera que tomaban el arca, la calamidad les sobrevenía. El templo de Dagón fue humillado. La gente fue devastada por tumores. Durante siete meses el arca fue enviada a las grandes ciudades de los filisteos con los mismos resultados catastróficos en cada ciudad.

Desesperadamente, los reyes de los filisteos se juntaron para tomar consejo y decidieron devolver el arca a los judíos con un rescate también, para calmar la ira de Dios. Sus palabras finales de consejo son dignas de mención:

Tomaréis luego el arca del Señor, y la pondréis sobre el carro, y las joyas de oro que le habéis de pagar en ofrenda por la culpa, las pondréis en una caja al lado de ella; y la dejaréis que se vaya. Y observaréis; si sube por el camino de su tierra a Bet-semes, él nos ha hecho este mal tan grande; y si no, sabremos que no es su mano la que nos ha herido, sino que esto ocurrió por accidente (1 Sam. 6:8–9).

Ya hemos notado que el azar nada puede hacer, porque nada es. Permítaseme desarrollar esto. Utilizamos la palabra azar para describir las posibilidades matemáticas. Por ejemplo, cuando lanzamos una moneda al aire, decimos que hay un 50% de posibilidades de que salga cara. Si al lanzar la moneda elegimos cara y sale cruz, podemos decir que tuvimos mala suerte y que perdimos nuestra oportunidad.

¿Cuánta influencia tiene el azar en el lanzamiento de una moneda? ¿Qué hace que salga cara o cruz? ¿Cambiaría la situación si supiéramos con qué cara de la moneda se comenzó, cuánta presión fue ejercida por el pulgar, cuán densa era la atmósfera y cuántas vueltas dio la moneda en el aire? Con este conocimiento, nuestra capacidad para predecir el resultado excedería con mucho el 50%.

Pero la mano es más rápida que el ojo. No podemos medir todos estos factores en el normal lanzamiento de la moneda. Puesto que podemos reducir el posible resultado a dos, simplificamos las cosas hablando acerca del azar. La cuestión a recordar, sin embargo, es que el azar no ejerce influencia alguna en absoluto sobre el lanzamiento de la moneda. ¿Por qué no? Como estamos repitiendo, el azar nada puede hacer porque nada es. Antes que algo pueda ejercer poder o influencia debe ser primeramente algo. Debe ser alguna clase de entidad, bien sea física o no física. El azar no es ninguna de las dos. Es meramente una construcción mental. No tiene poder porque no tiene ser. Es nada.

Decir que algo ha ocurrido por azar es decir que es una coincidencia. Esto es simplemente una confesión de que no podemos percibir todas las fuerzas y poderes causales que actúan en un incidente. Al igual que no podemos ver todo lo que está ocurriendo en el lanzamiento de una moneda a simple vista, así los complejos asuntos de la vida están también fuera del alcance de nuestra capacidad de percepción. Inventamos, pues, el término azar para explicarlos. El azar realmente nada explica. Es meramente una palabra que utilizamos como taquigrafía por nuestra ignorancia.

Escribí recientemente sobre el tema de causa y efecto. Un profesor de filosofía me escribió quejándose de mi ingenuo entendimiento de la ley de causa y efecto. Me regañó por no tener en cuenta los “acontecimientos sin causa”. Le di las gracias por su carta y dije que estaría dispuesto a abordar su objeción si me escribía citando sólo un ejemplo de un acontecimiento sin causa. Todavía estoy esperando. Esperaré por siempre porque ni aun Dios puede producir un acontecimiento sin causa. Esperar un acontecimiento sin causa es como esperar un círculo cuadrado.

Nuestros destinos no están controlados por el azar. Digo esto dogmáticamente, con todo el énfasis que me es posible. Sé que mi destino no está controlado por el azar porque sé que nada puede ser controlado por el azar. El azar nada puede controlar, porque nada es. ¿Cuáles son las posibilidades de que el universo fuese creado por azar o que nuestros destinos sean controlados por el azar? No hay posibilidad alguna.

El fatalismo encuentra su más popular expresión en la astrología. Nuestros horóscopos diarios están compilados sobre la base del movimiento de las estrellas. La gente en nuestra sociedad sabe más acerca de los doce signos del zodiaco que acerca de las doce tribus de Israel. Sin embargo, Rubén tiene que ver más con mi futuro que Acuario, Judá más que Géminis.

¿No dice la Biblia que Dios no quiere que ninguno perezca?

El apóstol Pedro afirma claramente que Dios no quiere que ninguno perezca.

El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento. (2 Pedro 3:9)

¿Cómo podemos armonizar este versículo con la predestinación? Si no es la voluntad de Dios elegir a todos para salvación, ¿cómo puede decir la Biblia pues, que Dios no quiere que ninguno perezca?

En primer lugar, debemos entender que la Biblia habla de la voluntad de Dios en más de una manera. Por ejemplo, la Biblia habla de lo que llamamos la voluntad eficaz y soberana de Dios. La voluntad soberana de Dios es la voluntad por la cual Dios hace que ocurran las cosas con absoluta certeza. Nada puede resistir la voluntad de Dios en este sentido. Por su soberana voluntad El creó el mundo. La luz no podría haber rehusado resplandecer.

La segunda manera en que la Biblia habla de la voluntad de Dios es con respecto a lo que llamamos su voluntad preceptiva. La voluntad preceptiva de Dios se refiere a sus mandatos, sus leyes. Es la voluntad de Dios que hagamos las cosas que El manda. Tenemos la capacidad de desobedecer esta voluntad. De hecho, quebrantamos sus mandamientos. No podemos hacerlo impunemente. Lo hacemos sin su permiso o aprobación. Sin embargo, lo hacemos. Pecamos.

Una tercera manera en que la Biblia habla de la voluntad de Dios se refiere a la disposición de Dios, a lo que le agrada. Dios no se deleita en la muerte del inicuo. Hay un sentido en que el castigo del inicuo no produce gozo a Dios. Escoge hacerlo porque es bueno castigar la maldad. Se deleita en la justicia de Su juicio, pero le “entristece” que tal justo juicio deba ser llevado a cabo. Es algo así como un juez sentándose en un tribunal y sentenciando a su propio hijo a la cárcel.

Apliquemos estas tres posibles definiciones al pasaje en 2 Pedro. Si tomamos la afirmación general: “Dios no quiere que ninguno perezca”, y le aplicamos la voluntad eficaz y soberana, la conclusión es obvia. Nadie perecerá. Si Dios decreta soberanamente que nadie perezca, pues Dios es Dios, entonces ciertamente nadie perecerá jamás. Esto sería así, un texto probatorio no para el arminianismo, sino para el universalismo. El texto pues, probaría demasiado para los arminianos.

Supongamos que aplicamos la definición de la voluntad preceptiva de Dios a este pasaje. Entonces el pasaje significaría que Dios no permite que nadie perezca. Esto es, prohibe que la gente perezca. Es contra su ley. Si las personas pues, siguieran adelante y perecieran, Dios tendría que castigarlas por perecer. Su castigo por perecer sería perecer más. ¿Pero cómo puede alguien perecer más que perecer? Esta definición no funciona en este pasaje. No tiene sentido.

La tercera alternativa es que Dios no se deleita en que la gente perezca. Esto encaja con lo que la Biblia dice en otros lugares acerca de la disposición de Dios hacia los perdidos. Esta definición podría encajar en este pasaje. Pedro puede estar diciendo aquí simplemente que Dios no se deleita en que alguien perezca.

Aunque la tercera definición es posible y atractiva para usarla en resolver este pasaje con lo que la Biblia enseña acerca de la predestinación, hay sin embargo, otro factor a considerar. El texto dice más que simplemente Dios no quiere que nadie perezca. La cláusula entera es importante: “… sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.”

¿Cual es el antecedente de ninguno? Es claramente nosotros. ¿Se refiere nosotros a todos nosotros los seres humanos? ¿0 se refiere a nosotros los cristianos, el pueblo de Dios? A Pedro le agrada hablar de los elegidos como un grupo especial de personas. Creo que lo que está diciendo aquí es que Dios no quiere que ninguno de nosotros (los elegidos) perezca. Si eso es lo que quiere decir, entonces el texto requeriría la primera definición y sería un fuerte pasaje más a favor de la predestinación.

De dos maneras diferentes el texto puede armonizar fácilmente con la predestinación. De ninguna manera apoya al arminianismo. Su otro único posible significado sería el universalismo, que lo haría entonces entrar en conflicto con todo lo demás que la Biblia dice en contra del universalismo.

¿Qué es el pecado imperdonable?

En nuestra consideración de la seguridad de la salvación y la perseverancia de los santos, tocamos la cuestión del pecado imperdonable. El hecho de que Jesús advierte contra la comisión de un pecado que es imperdonable es incuestionable. Las preguntas que hemos de afrontar son, pues, éstas: ¿Cuál es el pecado imperdonable? ¿Pueden los cristianos cometer este pecado? Jesús lo definió como una blasfemia contra el Espíritu Santo:

Por tanto os digo: todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero (Mat.12:31–32).

En este texto Jesús no facilita una explicación detallada de la naturaleza de este terrible pecado. Declara que existe tal pecado y hace una ominosa advertencia acerca del mismo. El resto del Nuevo Testamento añade poco a manera de explicación adicional. Como resultado de este silencio, ha habido mucha especulación acerca del pecado imperdonable.

Dos pecados han sido mencionados frecuentemente como candidatos al pecado imperdonable: adulterio y asesinato. El adulterio es escogido sobre la base de que representa un pecado contra el Espíritu Santo, porque el cuerpo es su templo. El adulterio era un crimen capital en el Antiguo Testamento. El razonamiento es que, puesto que merecía la pena de muerte e implicaba una violación del templo del Espíritu Santo, éste debe de ser el pecado imperdonable.

El asesinato es escogido por razones similares. Puesto que el hombre ha sido creado a imagen de Dios, un ataque contra la persona humana es considerado un ataque contra Dios mismo. Matar al portador de la imagen es insultar a Aquel cuya imagen se porta. De igual manera, el asesinato es un pecado capital. Añadimos a esto el hecho de que el asesinato es un pecado contra la santidad de la vida. Puesto que el Espíritu Santo es la “fuerza vital” en última instancia, matar a un ser humano es insultar al Espíritu Santo.

A pesar de ser atractivas estas teorías para los especuladores, no han obtenido el consentimiento de la mayoría de los eruditos bíblicos. Una idea más popular tiene que ver con la resistencia final a la aplicación por parte del Espíritu Santo de la obra redentora de Cristo. La incredulidad final es vista pues, como el pecado imperdonable. Si una persona repudia el Evangelio repetida, plena y finalmente, entonces no hay esperanza de perdón en el futuro.

De lo que estas tres teorías carecen es de una consideración seria del significado de blasfemia. La blasfemia es algo que hacemos con la boca. Tiene que ver con lo que decimos en voz alta. Ciertamente, también puede hacerse con la pluma, pero la blasfemia es un pecado verbal.

Los Diez Mandamientos incluyen una prohibición contra la blasfemia. Se nos prohibe hacer un uso frívolo o irreverente del nombre de Dios. A los ojos de Dios, el abuso verbal de su santo nombre es un asunto lo suficientemente grave como para incluirlo en su lista de los diez máximos mandamientos. Esto nos dice que la blasfemia es un asunto grave a los ojos de Dios. Es un pecado detestable blasfemar a cualquier miembro de la Divinidad.

¿Significa esto que cualquiera que haya abusado jamás del nombre de Dios no tiene posible esperanza de perdón, ahora o jamás? ¿Significa que si una persona maldice una vez, utilizando el nombre de Dios, está condenada para siempre? Pienso que no.

Es crucial notar en este texto que Jesús hace una distinción entre pecar contra El (el Hijo del Hombre), y pecar contra el Espíritu Santo. ¿Significa esto que esté bien blasfemar a la primera persona de la Trinidad y a la segunda persona de la Trinidad, pero que insultar a la tercera persona es traspasar los limites del perdón? Difícilmente tiene esto sentido.

¿Por qué pues, haría Jesús tal distinción entre pecar contra El y contra el Espíritu Santo? Creo que la clave para responder a esta pregunta es la clave para la cuestión entera de la blasfemia contra el Espíritu Santo. La clave se encuentra en el contexto en que Jesús originalmente hizo esta severa advertencia.

En Mateo 12:24 leemos: “Mas los fariseos, al oírlo, decían: Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios.” Jesús responde con un discurso acerca de una casa dividida contra sí misma y la insensatez de la idea de que Satanás obrase para echar fuera a Satanás. Su advertencia acerca del pecado imperdonable es la conclusión de esta discusión. El introduce su severa advertencia con la palabra por tanto.

La situación es, más o menos, la siguiente: los fariseos están siendo repetidamente críticos con Jesús. Sus ataques verbales contra El se vuelven más y más feroces. Jesús había estado echando fuera demonios “por el Espíritu de Dios”. Los fariseos cayeron tan bajo como para acusar a Jesús de hacer su santa obra por el poder de Satanás. Jesús les advierte. Es como si les estuviera diciendo: “Tened cuidado. Tened mucho cuidado. Os estáis acercando peligrosamente a un pecado por el cual no podéis ser perdonados. Una cosa es atacarme, pero guardaos. Estáis pisando tierra santa aquí.”

Aún nos preguntamos porqué hizo Jesús la distinción entre pecar contra el Hijo del Hombre y pecar contra el Espíritu. Notamos que aun desde la cruz Jesús imploró el perdón de aquellos que le estaban asesinando. En el día de Pentecostés, Pedro habló del horrible crimen contra Cristo cometido en la crucifixión; sin embargo, aún dio esperanza de perdón para aquellos que habían participado en el mismo. Pablo dice: “Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria.” (1 Corintios 2:7–8).

Estos textos indican una cierta concesión a la ignorancia humana. Debemos recordar que cuando los fariseos acusaron a Jesús de obrar por el poder de Satanás, no tenían aún el beneficio de la plenitud de la revelación de Dios en cuanto a la verdadera identidad de Cristo. Estas acusaciones se hicieron antes de la resurrección. Sin duda, los fariseos debieron haber reconocido a Cristo, pero no lo hicieron. Las palabras de Jesús desde la cruz son importantes: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Cuando Jesús hizo la advertencia y distinguió entre la blasfemia contra el Hijo del Hombre y la blasfemia contra el Espíritu Santo era en un tiempo cuando El no se había manifestado aún plenamente. Notamos que esta distinción tiende a desaparecer tras la resurrección, Pentecostés y la ascensión. Notemos lo que el autor de la carta a los Hebreos declara:

Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos y de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?

(Hebreos 10:26–29.)

En este pasaje la distinción entre pecar contra Cristo y contra el Espíritu desaparece. Aquí, pecar contra Cristo es insultar al Espíritu de gracia. La clave está en el pecado voluntario después de haber recibido el conocimiento de la verdad.

Si tomamos el primer renglón de este texto en sentido absoluto, ninguno de nosotros tiene esperanza en cuanto al cielo. Todos pecamos voluntariamente después de conocer la verdad. Aquí se considera un pecado específico, no todos y cada uno de los pecados. Estoy persuadido de que el pecado específico que se considera aquí es la blasfemia contra el Espíritu Santo.

Estoy de acuerdo con los eruditos del Nuevo Testamento que llegan a la conclusión de que el pecado imperdonable es blasfemar a Cristo y al Espíritu Santo diciendo que Jesús es un diablo cuando se sabe que no lo es. Esto es, el pecado imperdonable no puede cometerse por ignorancia. Si alguien sabe con certeza que Jesús es el Hijo de Dios y luego declara con su boca que Jesús es del diablo, esa persona ha cometido una blasfemia imperdonable.

¿Quién comete tal pecado? Este es un pecado común a los demonios y a personas totalmente degeneradas. El diablo sabía quién era Jesús. No podía argüir ignorancia como excusa.

Uno de los hechos fascinantes de la historia es la extraña manera en que los incrédulos hablan de Jesús. La inmensa mayoría de los incrédulos hablan de Jesús con gran respeto. Pueden atacar a la Iglesia con gran hostilidad, pero hablan aún de Jesús como un “gran hombre”. Sólo una vez en mi vida he oído a una persona decir en alta voz que Jesús era un diablo. Recibí un susto al ver a un hombre de pie en medio de la calle sacudiendo el puño contra el cielo y gritando con toda la fuerza de sus pulmones. Maldijo a Dios y utilizó toda obscenidad que pudiera expresar para atacar a Jesús. Me asusté igualmente sólo unas horas más tarde cuando vi al mismo hombre en una camilla con el agujero de una bala en su pecho. Se había disparado a sí mismo. Murió antes de la mañana.

Aquel terrible espectáculo no me condujo a la conclusión de que el hombre hubiera cometido realmente el pecado imperdonable. No tenía manera de saber si él ignoraba la verdadera identidad de Cristo o no.

Decir que Jesús es un diablo no es algo que veamos hacer a la gente. Es, sin embargo, posible que la gente conozca la verdad de Jesús y caiga tan bajo. No es necesario nacer de nuevo para tener un conocimiento intelectual de la verdadera identidad de Jesús. Una vez más, los demonios no regenerados saben quién es El.

¿Qué de los cristianos? ¿Es posible que un cristiano cometa el pecado imperdonable y por ello pierda su salvación? Creo que no. La gracia de Dios lo hace imposible. En nosotros mismos somos capaces de cualquier pecado, incluyendo la blasfemia contra el Espíritu Santo. Pero Dios nos preserva de este pecado.

Nos preserva de una caída final y plena, guardando nuestros labios de este horrible crimen. Realizamos otros pecados y otras clases de blasfemia, pero Dios en su gracia nos refrena de cometer la blasfemia final.

¿Murió Cristo por todos?

Uno de los puntos más controversiales de la teología reformada tiene que ver con la L en TULIP. La L significa expiación limitada. Ha sido tal problema doctrinal que hay multitudes de cristianos que dicen abrazar la mayoría de las doctrinas del calvinismo, pero que se paran aquí. Se refieren a sí mismos como calvinistas de “cuatro puntos”. El punto que no pueden tolerar es la expiación limitada.

He pensado a menudo que para ser un calvinista de cuatro puntos, hay que entender mal al menos, uno de los cinco puntos. Me resulta difícil imaginar que alguien pueda entender los otros cuatro puntos del calvinismo y negar la expiación limitada. Siempre existe la posibilidad sin embargo, de la feliz inconsecuencia por la cual la gente sostiene ideas incompatibles al mismo tiempo.

La doctrina de la expiación limitada es tan compleja que tratarla adecuadamente demanda un volumen entero. No le he dedicado ni siquiera un capítulo entero en este libro porque un capítulo no puede hacerle justicia. He pensado no mencionarlo en absoluto, porque existe el peligro de que decir demasiado poco acerca de ello es peor que no decir nada en absoluto. Pero creo que el lector merece al menos un breve resumen de la doctrina y por tanto, seguiré adelante con la advertencia de que el tema requiere un tratamiento mucho más profundo del que puedo proveer aquí.

El tema de la expiación limitada tiene que ver con la pregunta: “¿Por quiénes murió Cristo? ¿Murió por todos o sólo por los elegidos?” Todos estamos de acuerdo en que el valor de la expiación de Jesús fue lo suficientemente grande como para cubrir los pecados de todo ser humano. También estamos de acuerdo en que su expiación es verdaderamente ofrecida a todos los hombres. Cualquier persona que pone su confianza en la muerte de Jesucristo recibirá con toda certeza los beneficios plenos de esa expiación. Estamos también confiados en que cualquiera que responda a la oferta universal del Evangelio será salvo.

La cuestión es: “¿Para quiénes fue designada la expiación? ¿Envió Dios a Jesús al mundo meramente para hacer la salvación posible para la gente? ¿O tenia Dios algo más determinado en la mente? (Roger Nicole, el eminente teólogo bautista, prefiere llamar la expiación limitada “Expiación Determinada”, estropeando el acróstico TULIP tanto como yo.)

Algunos arguyen que lo único que significa la expiación limitada es que los beneficios de la expiación están limitados a los creyentes que cumplen la necesaria condición de la fe. Esto es, aunque la expiación de Cristo era suficiente para cubrir los pecados de todos los hombres y satisfacer la justicia de Dios contra todo pecado, sólo efectúa la salvación para los creyentes. La fórmula dice: Suficiente para todos; eficiente para los elegidos solamente.

Esa observación simplemente sirve para distinguirnos de los universalistas, que creen que la expiación aseguró la salvación para todos. La doctrina de la expiación limitada va más allá de eso. Tiene que ver con la cuestión más profunda de la intención del Padre y el Hijo en la cruz. Declara que la misión y muerte de Cristo estuvieron restringidas a un número limitado: a su pueblo, a sus ovejas. Jesús fue llamado “Jesús” porque salvaría a su pueblo de sus pecados (Mat. 1:21). El Buen Pastor pone su vida por las ovejas (Juan 10:15). Tales pasajes se encuentran abundantemente en el Nuevo Testamento. La misión de Cristo fue salvar a los elegidos. “Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero” (Juan 6:39). Si no hubiera habido un número fijo planeado por Dios cuando designó a Cristo para morir, entonces los efectos de la muerte de Cristo habrían sido inciertos. Sería posible que la misión de Cristo hubiera sido un fracaso funesto y completo.

La expiación de Jesús y su intercesión son obras conjuntas de su sumo sacerdocio. El excluye explícitamente a los no elegidos de su gran oración sumosacerdotal. “No ruego por el mundo, sino por los que me diste” (Juan 17:9). ¿Murió Cristo por aquellos por los que no quiso orar?

La cuestión esencial aquí tiene que ver con la naturaleza de la expiación. La expiación de Jesús incluía tanto expiación como propiciación. Expiación implica que Cristo quita nuestros pecados “de” (ex) nosotros. Propiciación implica una satisfacción por el pecado “ante o en la presencia de” (pro) Dios. El arminianismo tiene una expiación que está limitada en valor. No cubre el pecado de la incredulidad. Si Jesús murió por todos los pecados de todos los hombres, si expió todos nuestros pecados y propició por todos estos, entonces todos serían salvos. Una expiación potencial no es una expiación real. Jesús realmente expió los pecados de sus ovejas.

El mayor problema de la expiación determinada o limitada se encuentra en los pasajes que las Escrituras utilizan con respecto a la muerte de Cristo “por todos” o por el “mundo entero”. El mundo por quien Cristo murió no puede significar toda la familia humana. Debe de referirse a la universalidad de los elegidos (gente de toda tribu y nación) o a la inclusión de los gentiles además del mundo de los judíos. Fue un judío quien escribió que Jesús no murió meramente por nuestros pecados sino por los pecados del mundo entero. ¿Se refiere la palabra nuestros a los creyentes o a los judíos creyentes?

Debemos recordar que uno de los puntos cardinales del Nuevo Testamento tiene que ver con la inclusión de los gentiles en el plan divino de salvación. La salvación era de los judíos, pero no estaba restringida a los judíos. Dondequiera que se dice que Cristo murió por todos, debe añadirse alguna limitación, o la conclusión sería o bien el universalismo o una mera expiación potencial.

La expiación de Cristo fue real. Efectuó todo lo que Dios y Cristo se proponían con ella. El designio de Dios no fue ni puede ser frustrado por la incredulidad humana. El Dios soberano envió a su Hijo para expiar por su pueblo.

Nuestra elección está en Cristo. Somos salvos por El, en El y para El. El motivo de nuestra salvación no es meramente el amor que Dios nos tiene. Está especialmente fundamentado en el amor que el Padre tiene por el Hijo. Dios insiste que su Hijo vea el fruto de la aflicción de su alma y quede satisfecho. Jamás ha habido la más mínima posibilidad de que Cristo pudiera haber muerto en vano. Si el hombre está verdaderamente muerto en el pecado y vive esclavo de este, una mera expiación potencial o condicional no sólo puede haber terminado en fracaso, sino con toda certeza habría terminado en fracaso. Los arminianos no tienen una sana razón para creer que Jesús no murió en vano. Se quedan con un Cristo que intentó salvar a todos, pero que realmente no salvó a nadie.

¿Cómo afecta la predestinación a la tarea de la evangelización?

Esta cuestión suscita graves preocupaciones acerca de la misión de la Iglesia. Es particularmente de peso para los cristianos evangélicos. Si la salvación personal está decidida de antemano por un decreto divino inmutable, ¿qué sentido o urgencia tiene la obra de la evangelización?

Nunca olvidaré la terrible experiencia de ser interrogado sobre este punto por el Dr. John Gerstner en una clase del seminario. Había unos veinte de nosotros sentados en un semicírculo en la clase. El planteó la cuestión: “Muy bien, caballeros, si Dios ha decretado soberanamente la elección y la reprobación desde toda la eternidad, ¿por qué deberíamos preocupamos acerca de la evangelización?” Suspiré con alivio cuando Gerstner comenzó su interrogatorio por el extremo izquierdo del semicírculo, puesto que yo estaba sentado en el último asiento a la derecha. Me consolé con la esperanza de que la pregunta nunca llegara hasta mí.

El consuelo duró poco. El primer estudiante respondió a la pregunta de Gerstner: “No lo sé, Señor. Esa cuestión siempre me ha importunado.” El segundo estudiante dijo: “Me doy por vencido.” El tercero simplemente meneó la cabeza y dirigió la mirada al suelo. En rápida sucesión, todos los estudiantes se pasaban la pregunta. Las fichas del dominó estaban cayendo en dirección a mí.

“Bien, Sr. Sproul, ¿cómo responderías tú?” Quería desvanecerme en el aire o encontrar un escondite en las tablas del suelo, pero no había escapatoria. Tartamudeé y susurré una respuesta. El Dr. Gerstner dijo: “¡Hable en voz alta!” Con palabras tentativas dije: “Bien, Dr. Gerstner, sé que ésta no es la respuesta que está usted buscando, pero una pequeña razón por la que debiéramos aún preocuparnos acerca de la evangelización es que, bien, es de …, sabe usted, después de todo, Cristo nos manda evangelizar.”

Los ojos de Gerstner comenzaron a relampaguear. Dijo: “Ah, ya veo, Sr. Sproul, una pequeña razón es que su Salvador, el Señor de gloria, el Rey de reyes lo ha mandado así. ¿Una pequeña razón, Sr. Sproul? ¿Le resulta apenas significativo que el mismo Dios soberano que decreta de tal forma su elección también mande así su implicación en la tarea de la evangelización?” ¡Oh, como deseé no haber usado jamás la palabra pequeña! Entendí lo que el Dr. Gerstner quería decir.

La evangelización es nuestro deber. Dios ha mandado que lo hagamos. Esto debería ser suficiente para concluir el asunto. Pero hay más. La evangelización no es sólo un deber, es también un privilegio. Dios nos permite participar en la mayor obra en la historia humana, la obra de la redención. Oigamos lo que Pablo dice acerca de la misma. El añade un capítulo diez a su famoso capítulo nueve de Romanos:

Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. ¿Cómo pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quién les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas! (Romanos 10:13–15)

Notamos la lógica de la progresión de Pablo aquí. El hace una relación de las condiciones necesarias para que la gente se salve. Sin enviar, no hay predicadores. Sin predicadores, no hay predicación. Sin predicación, no se oye el Evangelio. Sin oír el Evangelio, no se cree el Evangelio. Sin creer el Evangelio, no se invoca a Dios para ser salvo. Sin invocar a Dios para ser salvo, no hay salvación.

Dios no sólo preordena el fin de la salvación para los elegidos; también preordena los medios para ese fin. Dios ha escogido la locura de la predicación como el medio para llevar a cabo la redención. Supongo que El podría haber llevado a cabo su propósito divino sin nosotros. El podría publicar el Evangelio en las nubes utilizando su santo dedo para escribir en el cielo. El podría predicar el Evangelio por sí mismo, con su propia voz, gritándolo desde el cielo. Pero no es esa su elección.

Es un privilegio maravilloso ser utilizado por Dios en el plan de la redención. Pablo apela a un pasaje del Antiguo Testamento cuando habla de la hermosura de los pies de aquellos que traen alegres nuevas y anuncian la paz.

¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación, del que dice a Sión: ¡Tu Dios reina! ¡Voz de tus atalayas! A Izarán la voz, juntamente darán voces de júbilo; porque ojo a ojo verán que el Señor vuelve a traer a Sión. Cantad alabanzas, alegraos juntamente, soledades de Jerusalén; porque el Señor ha consolado a su pueblo, a Jerusalén ha redimido. (Isaías 52:7–9)

En el mundo antiguo, las noticias de las batallas y de otros acontecimientos cruciales eran llevadas por corredores. La moderna carrera del maratón recibe su nombre de la batalla de Maratón debido a la resistencia del mensajero que llevó las noticias del resultado a su pueblo.

Se situaban atalayas para observar a los mensajeros que se acercaban. Sus ojos eran agudos y estaban adiestrados para observar los sutiles matices de las zancadas de los corredores que se acercaban. Los que traían malas noticias se acercaban con pies pesados. Los corredores que traían buenas noticias se acercaban rápidamente, corriendo con sus pies a través del polvo. Sus zancadas revelaban su emoción. Para los atalayas, la escena de un corredor aproximándose rápidamente en la distancia, deslizándose con sus pies sobre la montaña, era una magnífica visión que contemplar.

Así también, la Biblia habla de la hermosura de los pies de aquellos que nos traen buenas noticias. Cuando nació mi hija y el médico vino a la sala de espera para anunciarlo, quise abrazarle. Nos sentimos inclinados favorablemente hacia aquellos que nos traen buenas noticias. Siempre tendré un lugar especial en mis afectos hacia el hombre que me habló primero de Cristo. Sé que fue Dios quien me salvó y no aquel hombre, pero aún aprecio el papel de esta persona en mi salvación.

Conducir a la gente a Cristo es una de las mayores bendiciones personales que podemos disfrutar jamás. Ser calvinista no quita ningún gozo a esa experiencia. Históricamente, los calvinistas han estado fuertemente activos en la evangelización y la misión mundial. Sólo necesitamos señalar a Edwards y Whitefield y su labor en el Gran Despertamiento para ilustrar este punto.

Tenemos un papel muy significativo que jugar en la evangelización. Predicamos y proclamamos el Evangelio. Ese es nuestro deber y privilegio. Pero es Dios el que da el crecimiento. El no nos necesita para llevar a cabo su propósito, pero le agrada utilizarnos en la tarea.

En cierta ocasión conocí a un evangelista itinerante que me dijo: “Dame a cualquier hombre sólo por quince minutos, y obtendré una decisión por Cristo.” Tristemente, aquel hombre creía realmente sus propias palabras. Estaba convencido de que el poder de la conversión descansaba solamente en su poder de persuasión.

No dudo que aquel hombre basaba su pretensión en su experiencia pasada. Era tan imperioso que estoy seguro de que había multitudes que tomaban decisiones por Cristo después de quince minutos de estar a solas con él. Sin duda, el podía cumplir su promesa de producir una decisión en quince minutos. Lo que él no podía garantizar era una conversión en quince minutos. La gente tomaría decisiones simplemente para librarse de él.

Nunca debemos subestimar la importancia de nuestro papel en la evangelización. Tampoco debemos sobrestimarlo. Predicamos. Damos testimonio. Aportamos el llamamiento externo. Pero sólo Dios tiene el poder para llamar a una persona a sí internamente. No me siento defraudado por eso. Por el contrario, me siento confortado. Debemos realizar nuestra labor, confiando en que Dios hará la suya.

Conclusión

Al principio de este libro relaté un poco de mi propia peregrinación personal con respecto a la doctrina de la predestinación. Mencioné el conflicto ferviente y duradero que implicó. Mencioné que fui finalmente llevado a someterme a la doctrina a regañadientes. Fui primero llevado a una convicción de la verdad del asunto antes de deleitarme en ella.

Permítaseme terminar este libro mencionando que, poco después de despertar a la verdad de la predestinación, comencé a ver su hermosura y a gustar su dulzura. Mi amor por esta doctrina ha crecido. Es muy reconfortante. Subraya el extremo al que ha llegado Dios en nuestro favor. Es una teología que comienza y termina con la gracia. Comienza y termina con una doxología. Alabamos a Dios, que nos levantó de nuestra muerte espiritual y nos hace andar en lugares celestiales. Encontramos a un Dios que está “por nosotros”, dándonos ánimo para resistir a los que puedan estar contra nosotros. Hace que nuestras almas se regocijen de conocer que todas las cosas están cooperando para nuestro bien. Nos deleitamos en nuestro Salvador que verdaderamente nos salva, preserva e intercede por nosotros. Nos maravillamos de su obra de arte y en lo que ha realizado. Saltamos de gozo cuando descubrimos su promesa de acabar lo que ha comenzado en nosotros. Consideramos los misterios y nos inclinamos ante ellos, pero no sin una doxología por las riquezas de gracia que ha revelado:

¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!… porque de El, y por El, y para El, son todas las cosas. A El sea la gloria por los siglos. Amén. (Romanos 11:33, 36).

Sproul, R. C. (2002). Escogidos por Dios (pp. 131–149). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

8 – [9] ¿Podemos saber que somos salvos?

Escogidos por Dios

R.C. Sproul

Capítulo 8

¿Podemos saber que somos salvos?

El ministerio de Evangelismo Explosivo tiene como clave para la presentación del Evangelio dos preguntas cruciales. La primera es: “¿Has alcanzado una posición en tu vida espiritual en la que sepas con seguridad que cuando mueras irás al cielo?” Los obreros con experiencia dicen que la inmensa mayoría de las personas responden a esta pregunta negativamente. La mayoría de la gente no está segura de su salvación futura. Muchos, si no la mayoría, expresan serias dudas acerca de si tal seguridad es inclusive posible. Cuando yo estaba en el seminario, se hizo una estadística entre mis compañeros de clase. Entre aquel grupo de seminaristas, aproximadamente el 90% de ellos dijeron que no estaban seguros de su salvación. Muchos expresaron enojo ante la pregunta, viendo en ella una especie de presunción implícita. Parece arrogante a algunos aun hablar acerca de la seguridad de la salvación.

Sin duda, afirmar nuestra seguridad de salvación puede ser un acto de arrogancia. Si nuestra confianza en nuestra salvación se apoya en una confianza en nosotros mismos, es un acto de arrogancia. Si estamos seguros de ir al cielo porque pensamos merecer ir al cielo, entonces nuestra actitud es increíblemente arrogante.

Con respecto a la seguridad de la salvación, hay básicamente cuatro clases de personas en el mundo. (1) Hay quienes no son salvos y saben que no son salvos. (2) Hay quienes son salvos y no saben que son salvos. (3) Hay quienes son salvos y saben que son salvos. (4) Hay quienes no son salvos y “saben” que son salvos.

Si hay quienes no son salvos que “saben” que son salvos, ¿cómo pueden saber los que son salvos que son realmente salvos?

Para responder a esa pregunta, debemos hacer primero otra pregunta. ¿Por qué tienen algunos una falsa seguridad de su salvación? En realidad, es relativamente fácil. La falsa seguridad se deriva principalmente de un falso entendimiento de lo que la salvación requiere o implica.

Supongamos, por ejemplo, que alguien es universalista. Cree que todas las personas son salvas. Si esa premisa es correcta, entonces el resto de su deducción lógica es fácil. Su razonamiento es el siguiente:

Todas las personas son salvas.

Yo soy una persona.

Por tanto, soy salvo.

El universalismo es mucho más prevaleciente de lo que muchos de nosotros nos damos cuenta. Cuando mi hijo tenía cinco años, le hice las dos preguntas de Evangelismo Explosivo. Respondió a la primera pregunta afirmativamente. Estaba seguro de que cuando muriera, iría al cielo. Procedí entonces a hacerle la segunda pregunta: “Si murieras esta noche y Dios te dijera, ‘¿Por qué debería dejarte entrar en mi cielo?’, ¿Qué responderías?” Mi hijo no dudó. Respondió inmediatamente: “¡Porque estoy muerto!”

Por el tiempo en que mi hijo tenía cinco años, ya había percibido un mensaje muy claro. El mensaje era que todos los que mueren van al cielo. Su doctrina de la justificación no era justificación por la fe sola. No era siquiera justificación por obras o una combinación de fe y obras. Su doctrina era mucho más simple: creía en la justificación por la muerte. Tenía una falsa seguridad de su salvación.

Si el universalismo está extendido en nuestra cultura, así lo está el concepto de la justificación por obras. En un sentido estadístico, entre más de mil personas a quienes se hizo la misma pregunta que yo le hice a mi hijo, más del 80% dieron una respuesta que implicaba alguna clase de “obras de justicia”. La gente decía cosas como: “He ido a la iglesia durante treinta años”, “he asistido regularmente a la escuela dominical”, o “nunca he hecho ningún daño grave a nadie”.

Aprendí algo claramente en mi experiencia en la evangelización: el mensaje de la justificación por la fe sola, no ha penetrado en nuestra cultura. Multitudes de personas están basando sus esperanzas en cuanto al cielo en sus propias buenas obras. Están bastante dispuestos a admitir que no son perfectos, pero dan por supuesto que son lo suficientemente buenos. Han hecho “lo mejor posible” y eso suponen trágicamente, es suficientemente bueno para Dios.

Recuerdo a un estudiante protestando a John Gerstner acerca de una puntuación que recibió en un examen trimestral. Puntualizó su queja diciendo: “Dr. Gerstner, hice lo mejor que pude.” Profesor Gerstner le miró y dijo suavemente: “Joven, tú nunca has hecho lo mejor que has podido.”

Sin duda, no creemos haber hecho lo mejor que hemos podido. Si revisamos nuestra actuación durante las últimas veinticuatro horas, sabremos que no hemos hecho lo mejor que hemos podido. No es necesario revisar nuestra vida entera para ver cuán plausible es dicha afirmación.

Sin embargo, aun si concedemos lo que de hecho nunca concederíamos, que la gente hace lo mejor que puede, sabemos que aun eso no es lo suficientemente bueno. Dios requiere la perfección para dejamos entrar en su cielo. O bien encontramos esa perfección en nosotros mismos, o la encontramos en algún otro lugar, en alguna otra persona. Si pensamos que podemos encontrarla en nosotros mismos, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros.

Vemos pues, que es bastante fácil tener un falso sentir de seguridad acerca de nuestra salvación. Pero ¿y si entendemos correctamente lo que requiere la salvación? ¿Garantiza eso que evitaremos una falsa seguridad de salvación?

De ninguna manera. El diablo mismo sabe lo que se requiere para la salvación. Sabe quien es el Salvador. Entiende la parte intelectual de la salvación mejor que nosotros. Pero no pone su confianza personal en Cristo para su salvación. Odia al Jesús que es el Salvador.

Podemos entender correctamente lo que es la salvación y sin embargo engañarnos a nosotros mismos acerca de si cumplimos o no los requisitos de la salvación. Podemos pensar que tenemos fe cuando de hecho, no la tenemos. Podemos pensar que estamos creyendo en Cristo, pero el Cristo que abrazamos no es el Cristo bíblico. Podemos pensar que amamos a Dios, pero éste bien puede ser solo un ídolo.

¿Amamos a un Dios que es soberano? ¿Amamos a un Dios que envía a la gente al infierno? ¿Amamos a un Dios que demanda obediencia absoluta? ¿Amamos a un Cristo que dirá a algunos en el último día: “Apartaos de mí, nunca os conocí”. No estoy preguntando si amamos a este Dios y a este Cristo perfectamente; estoy preguntando si amamos a este Dios y a este Cristo en absoluto.

Una de mis anécdotas favoritas de todos los tiempos la relata el Dr. James Montgomery Boice. El Dr. Boice habla de un escalador que se soltó de su cuerda y estaba a punto de caer miles de metros y morir. Presa del pánico, agarró un endeble arbusto que crecía en una roca en la ladera de la montaña. Este detuvo momentáneamente su caída, pero comenzó a desprenderse lentamente por las raíces. El escalador miró al cielo y gritó: “¿Hay alguien allí que me pueda ayudar?” Desde el cielo se oyó una profunda voz de abajo: “Sí te ayudaré. Confía en mí. Suelta el arbusto.” El escalador miró la caverna que tenía debajo y gritó una vez más: “¿Hay alguien más allí que pueda ayudarme?”

Es posible que el Dios en quien creemos es “alguien más”. He hablado con frecuencia a un grupo de personas asociadas con Young Life (Vida Joven), el ministerio que lleva a cabo una importante misión entre los adolescentes. La fuerza de Young Life es al mismo tiempo su mayor peligro. Young Life tiene un índice terriblemente elevado de jóvenes que hacen profesiones de fe que posteriormente repudian.

Young Life ha llevado a cabo una obra destacada para alcanzar a los adolescentes. Son maestros en hacer atractivo el evangelio. El peligro es sin embargo, que Young Life es tan atractivo, tan primoroso, que los jóvenes pueden ser convertidos a Young Life y no a la fe bíblica, nunca relacionándose con el Cristo bíblico. En ninguna manera busca ser esto una crítica de Young Life. No estoy sugiriendo que por tanto, deberíamos hacer el Evangelio repulsivo. Ya hacemos eso suficientemente. Es sólo para indicar que a todos se nos debe recordar que la gente puede responder a nosotros o a nuestro grupo, como un sustituto de Cristo y de esa manera, obtener una falsa seguridad de salvación.

Bajo un punto de vista bíblico, debemos darnos cuenta que no solo nos es posible tener una auténtica seguridad de nuestra salvación, sino que es nuestro deber buscar tal seguridad. Si la seguridad es posible, y si se nos manda tenerla, no es arrogante buscarla. Es arrogante no buscarla.

El apóstol Pedro escribe:

Por lo cual hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; por que haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Por que de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. (2 Pedro 1:10–11)

Aquí vemos el mandato de hacer firme nuestra elección. Hacer esto requiere diligencia. Tenemos aquí una preocupación pastoral. Pedro vincula la seguridad con estar libres de tropiezo. Uno de los factores más importantes que contribuyen al crecimiento espiritual del cristiano, un crecimiento espiritual consecuente, es la seguridad de la salvación. Hay muchos cristianos que están, ciertamente, en un estado de salvación que carece de seguridad. Carecer de seguridad es un grave obstáculo al crecimiento espiritual. La persona que no está segura de su estado de gracia se expone a dudas y temores en su alma. Carece de ancla para su vida espiritual. Su incertidumbre le hace andar con Cristo en forma incierta.

No sólo es importante que alcancemos una auténtica seguridad, sino que es importante que la alcancemos al principio de nuestra experiencia cristiana. Es un elemento clave en nuestro crecimiento hacia la madurez. Los pastores necesitan ser conscientes de eso y ayudar a sus rebaños en la búsqueda diligente de la seguridad.

Nunca sé con seguridad si las personas que encuentro son elegidas o no. No puedo penetrar en las almas de los demás. Como seres humanos, nuestra idea acerca de los demás está restringida a las apariencias externas. No podemos ver el corazón. La única persona que puede, saber con seguridad que eres un elegido eres tú.

¿Quién puede saber con seguridad que no es un elegido? Nadie. Puedes estar seguro que en este momento no te halles en un estado de gracia. No puedes saber con seguridad que mañana seguirás así. Hay multitudes de elegidos a nuestro alrededor que no están aún convertidos.

Una persona así podría decir: “No sé si soy un elegido o no, y no me preocupa lo más mínimo. Apenas puede haber mayor necedad. Si no sabes aún si eres un elegido, no puedo pensar en una cuestión más urgente que esa.

Si no estás seguro, el mejor consejo sería que te aseguraras. Nunca des por supuesto que no eres un elegido. Haz de tu elección objeto de certeza.

El apóstol Pablo estaba seguro de su elección. Frecuentemente utilizaba el término nosotros cuando hablaba de los elegidos. Dijo hacia el final de su vida:

Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida. (2 Timoteo 4:6–8)

Anteriormente en la misma epístola declaró:

Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día.

(2 Timoteo 1:12)

¿Cómo podemos nosotros, al igual que Pablo, tener verdadera seguridad, una seguridad que no sea falsa? La verdadera seguridad se fundamenta en las promesas de Dios para nuestra salvación. Nuestra seguridad procede, ante todo, de nuestra confianza en el Dios que hace estas promesas. En segundo lugar, nuestra seguridad es realzada por la evidencia interna de nuestra propia fe. Sabemos que jamás podríamos tener un verdadero afecto por Cristo si no hubiéramos nacido de nuevo. Sabemos que no podríamos nacer de nuevo si no fuéramos elegidos. Un conocimiento de la sana teología es vital para nuestra seguridad. Si tenemos un entendimiento correcto de la elección, ese entendimiento nos ayudará a interpretar estas evidencias internas.

Sé internamente que no amo totalmente a Cristo. Pero al mismo tiempo sí sé que le amo. Me regocijo interiormente al pensar en su triunfo. Me regocijo interiormente al pensar en su venida. Deseo su exaltación. Sé que ninguno de estos sentimientos que encuentro en mí podrían jamás estar ahí si no fuera por la gracia.

Cuando un hombre y una mujer están enamorados, damos por supuesto que son conscientes de ello. Una persona es generalmente capaz de discernir si está o no enamorada de otra persona. Esto procede de una seguridad interna.

Además de la evidencia interna de la gracia, hay también una evidencia externa. Deberíamos poder ver fruto visible de nuestra conversión. La evidencia externa, sin embargo, puede también ser causa de nuestra falta de seguridad. Podemos ver el pecado que permanece en nuestras vidas. Tal pecado no contribuye a nuestra seguridad. Nos vemos a nosotros mismos pecando y nos preguntamos: “¿Cómo puedo hacer estas cosas si realmente amo a Cristo?”

Para tener seguridad debemos hacer un sobrio análisis de nuestras vidas. No sirve de mucho comparamos con los demás. Siempre podremos encontrar a otros que hayan avanzado más en su santificación que nosotros. Podemos también encontrar a otros que hayan avanzado menos. No hay dos personas que se encuentren jamás en el mismo grado de crecimiento espiritual.

Debemos preguntarnos si vemos un cambio real en nuestra conducta, una evidencia externa real de la gracia. Esto es un proceso precario, porque podemos mentirnos a nosotros mismos. Es una tarea difícil de realizar, pero de ninguna manera imposible.

Tenemos un método más que es vital para alcanzar la seguridad. Se nos habla en la Escritura acerca del testimonio interno del Espíritu Santo. Pablo afirma que “el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Rom. 8:16).

El principal medio por el cual el Espíritu nos testifica es a través de su Palabra. Nunca tengo mayor seguridad que cuando estoy meditando en la Palabra de Dios. Si descuidamos este medio de gracia, es difícil tener una seguridad de nuestra salvación que sea duradera o fuerte.

Un teólogo reformado, A.A. Hodge, ofrece la siguiente lista de distinciones entre la verdadera y la falsa seguridad:

Verdadera seguridad

Falsa seguridad

Engendra una humildad genuina

Engendra orgullo espiritual

Conduce a la diligencia en la santidad

Conduce a una indulgencia indolente

Conduce a un autoexamen sincero

Evita una evaluación exacta

Conduce a desear una comunión más íntima con Dios

Es fría en cuanto a la comunión con Dios

La seguridad de la salvación puede aumentar o disminuir. Podemos incrementar nuestra seguridad o podemos reducirla. Podemos inclusive perderla totalmente, al menos por un tiempo. Hay muchas cosas que pueden hacer que se nos escape nuestra seguridad. Podemos volvernos descuidados en preservarla. La diligencia a la que somos llamados para hacer firme nuestra elección es una diligencia continua. Si nos volvemos indolentes en nuestra seguridad y comenzamos a darla por supuesto, corremos el riesgo de perder esa seguridad.

El mayor peligro para nuestra seguridad continua es una caída en algún pecado grave e indecoroso. Conocemos el amor que cubre una multitud de pecados. Sabemos que no tenemos que ser perfectos para tener seguridad de salvación. Pero cuando caemos en unos tipos especiales de pecados, nuestra seguridad es brutalmente sacudida. El pecado de adulterio de David le hizo temblar de terror delante de Dios. Si leemos su oración de confesión en el Salmo 51, podemos oír el lamento de un hombre que está luchando por conseguir de nuevo su seguridad. Después que Pedro maldijo y negó a Cristo y los ojos de Cristo se fijaron en él, ¿en qué estado se hallaría la seguridad de Pedro?

Todos experimentamos períodos de frialdad espiritual en los cuales nos sentimos como si Dios hubiera quitado totalmente de nosotros la luz de su rostro. Los santos lo han llamado la “noche oscura del alma”. Hay tiempos en que nos sentimos como si Dios nos hubiera abandonado. Pensamos que ya no oye nuestras oraciones. No sentimos la dulzura de su presencia. En tiempos como éstos, cuando nuestra seguridad ha decaído, debemos inclinamos hacia El con toda nuestra fuerza. El nos promete que si nos acercamos a El, El a su vez se acercará a nosotros. Finalmente, podemos ser sacudidos en nuestra seguridad si nos vemos expuestos a un gran sufrimiento. Una enfermedad grave, un doloroso accidente, la pérdida de un ser querido, pueden perturbar nuestra seguridad. Sabemos que Job clamó “Aunque él me matare, en él esperaré”. Ese fue el clamor de un hombre dolorido. Dijo estar seguro de que su Redentor vivía, pero estoy seguro que Job tuvo momentos en que las dudas le asaltaron.

Una vez más, es la Palabra de Dios la que nos conforta en tiempos de prueba. Nuestras tribulaciones no tienen, en última instancia, el efecto de destruir nuestra esperanza, sino de establecerla. Pedro escribió:

Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría. (1 Pedro 4:12–13)

Cuando estamos atentos a las promesas de Dios, nuestro sufrimiento puede ser utilizado para incrementar nuestra seguridad en vez de disminuirla. No es necesario que tengamos una crisis de fe. Nuestra fe puede ser fortalecida a través del sufrimiento. Dios promete que nuestro sufrimiento en última instancia, no tendrá meramente como resultado el gozo, sino un gozo más puro.

¿Podemos perder nuestra salvación?

Ya hemos afirmado que es posible perder nuestra seguridad de salvación. Eso no significa, sin embargo, que perdamos la salvación misma. Estamos considerando ahora la cuestión de la seguridad eterna: ¿Puede una persona justificada perder su justificación?

Sabemos cómo ha respondido a la pregunta la Iglesia Católica Romana. Roma insiste en que la gracia de la justificación puede, de hecho, perderse. El sacramento de la penitencia, que exige la confesión, fue establecido por esta misma razón. Roma llama al sacramento de la penitencia la “segunda tabla de justificación para los que han naufragado en cuanto a sus almas”.

Según la Iglesia Romana, la gracia salvadora se destruye en el alma cuando una persona comete un pecado “mortal”. El pecado mortal se llama así porque tiene el poder de matar la gracia. La gracia puede morir. Si es destruida por el pecado mortal, debe ser restaurada mediante el sacramento de la penitencia o el pecador mismo perecerá finalmente.

La fe reformada no cree en el pecado mortal a la manera en que lo hace Roma. Nosotros creemos que todos los pecados son mortales en el sentido de merecer la muerte, pero que ningún pecado es mortal en el sentido de que destruya la gracia de la salvación en los elegidos. (Posteriormente consideraremos el “pecado imperdonable” acerca del cual nos advirtió Jesús.)

La doctrina reformada de la seguridad eterna recibe el nombre de “perseverancia de los santos”, la P en TULIP. La idea aquí es: “Una vez en la gracia, siempre en la gracia.” Otra forma de afirmarlo es: “Si la tienes, nunca la perderás; si la pierdes, nunca la tuviste.”

Nuestra confianza en la perseverancia de los santos no se apoya en la capacidad de los santos de perseverar por sí mismos. Una vez más, me gustaría modificar el acróstico TULIP ligeramente. La misma letra, pero nueva palabra: prefiero hablar de la preservación de los santos.

La razón por la cual los verdaderos cristianos no caen de la gracia es que Dios benévolamente los guarda de caer. La perseverancia es lo que nosotros hacemos. La preservación es lo que Dios hace. Nosotros perseveramos porque Dios preserva.

La doctrina de la seguridad eterna o perseverancia se basa en las promesas de Dios. Algunos de los pasajes bíblicos clave se mencionan a continuación:

Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo. (Filipenses 1:6)

Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. (Juan 10:27–29)

Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero. (1 Pedro 1:3–5)

Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. (Hebreos 10:14)

¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro. (Romanos 8:33–39)

Vemos por estos pasajes que el fundamento de nuestra confianza en la perseverancia es el poder de Dios. Dios promete acabar lo que comienza. Nuestra confianza no se apoya en la voluntad del hombre. Esta diferencia entre la voluntad del hombre y el poder de Dios separa a los calvinistas de los arminianos. El arminiano sostiene que Dios elige personas para vida eterna sólo bajo la condición de su cooperación voluntaria con la gracia y la perseverancia en la gracia hasta la muerte, tal y como El las ha previsto. La Iglesia Católica Romana, por ejemplo, ha decretado lo siguiente: “Si alguien dice que un hombre una vez justificado no puede perder la gracia y por tanto, que el que cae y peca nunca fue verdaderamente justificado, sea anatema” (Concilio de Trento: 6/23).

Los protestantes arminianos hicieron una declaración similar: “Hay personas verdaderamente regeneradas que, al descuidar la gracia y contristar al Espíritu Santo con el pecado, se apartan totalmente y a la larga, finalmente, caen de la gracia a la reprobación eterna” (ver Conferencia de los Remonstrantes 11/7).

Un argumento principal ofrecido por los arminianos es que es inconsecuente con el libre albedrío del hombre que Dios “fuerce” su perseverancia. Sin embargo, los arminianos mismos creen que los creyentes no caerán de la gracia en el cielo. En nuestro estado de glorificación, Dios nos hará incapaces de pecar. Sin embargo, los santos glorificados en el cielo son aún libres. Si la preservación y la libre voluntad son condiciones consecuentes en el cielo, es imposible que sean condiciones inconsecuentes aquí en la Tierra. Los arminianos, una vez más, intentan probar demasiado con su idea de la libertad humana. Si Dios puede preservarnos en el cielo sin destruir nuestra libre voluntad, puede preservamos en la Tierra sin destruir esa libertad.

Podemos perseverar sólo porque Dios obra dentro de nosotros, con nuestra libre voluntad. Y porque Dios actúa en nosotros, es seguro que perseveraremos. Los decretos de Dios con respecto a la elección son inmutables. Estos no cambian porque El no cambia. A todos los que justifica, los glorifica. Ninguno de los elegidos se pierde jamás.

¿Por qué, pues, nos parece que muchos caen de la gracia? Todos hemos conocido a personas que han comenzado con la fe cristiana celosamente, sólo para repudiar su fe posteriormente. Hemos oído acerca de grandes dirigentes cristianos que han cometido graves pecados y traicionado su profesión de fe.

La fe reformada y bíblica reconoce prontamente que las personas hacen profesiones de fe y luego las repudian. Sabemos que los cristianos se “enfrían”. Sabemos que los cristianos pueden cometer, y de hecho cometen, pecados graves y detestables.

Creemos que los verdaderos cristianos pueden caer grave y radicalmente. No creemos que puedan caer total y finalmente. Observamos el caso del rey David, que fue culpable no sólo de adulterio, sino de conspiración en la muerte de Urías, el marido de Betsabé. David utilizó su poder y autoridad para asegurarse de que Urías muriese en la batalla. Esencialmente, David fue culpable de asesinato en primer grado, premeditado y con malicia preconcebida.

La conciencia de David estaba tan cauterizada, su corazón tan endurecido, que requirió nada menos que una confrontación directa con un profeta de Dios el volverle a su sentido. Su arrepentimiento subsiguiente fue tan profundo como su pecado. David pecó radicalmente, pero no total y finalmente. Fue restaurado.

Consideremos la historia de dos personajes famosos en el Nuevo Testamento. Ambos fueron llamados por Jesús para ser discípulos. Ambos caminaron al lado de Jesús durante su ministerio terrenal. Ambos traicionaron a Jesús. Sus nombres son Pedro y Judas.

Después de traicionar Judas a Cristo, salió y cometió suicidio. Después de traicionar Pedro a Cristo, se arrepintió y fue restaurado, surgiendo como un pilar de la Iglesia primitiva. ¿Cuál era la diferencia entre estos dos hombres? Jesús predijo que ambos le traicionarían. Cuando terminó de hablar con Judas, le dijo: “Lo que vas ha hacer, hazlo más pronto.” Jesús habló de forma diferente a Pedro. Le dijo: “Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo, pero yo he rogado por ti que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Lucas 22:31–32).

Notemos cuidadosamente lo que dijo Jesús. No dijo si, sino una vez. Jesús estaba confiado en que Pedro volvería. Su caída sería radical y grave, pero no total y final.

Está claro que la confianza de Jesús en la vuelta de Pedro no se basaba en la fuerza de Pedro. Jesús sabía que Satanás zarandearía a Pedro como a trigo. Esto es como decir que Pedro era “pan comido” para Satanás. La confianza de Jesús se basaba en el poder de la intercesión de Jesús. Es por la promesa de Cristo de que El sería nuestro Gran Sumo Sacerdote, nuestro Abogado para con el Padre, nuestro Justo Intercesor, por lo que creemos que perseveraremos. Nuestra confianza es en nuestro Salvador y nuestro Sacerdote que ora por nosotros.

La Biblia registra una oración que Jesús ofreció por nosotros en Juan 17. Debemos leer esta gran oración sumosacerdotal frecuentemente. Examinemos una porción de la misma:

… guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros. Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese (Juan 17:11–12).

Una vez más leemos:

Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo (v. 24).

Nuestra preservación es una obra trinitaria. Dios el Padre nos guarda y preserva. Dios el Hijo intercede por nosotros. Dios el Espíritu Santo habita en nosotros y nos asiste. Se nos ha dado el “sello” y las “arras” del Espíritu Santo (2 Tim. 2:19; Ef. 1:14; Rom. 8:23). Estas figuras son figuras de una garantía divina. El sello del Espíritu es una marca indeleble, como la impresión en cera del anillo de sellar de un monarca. Indica que somos su posesión. Las arras del Espíritu no son idénticas al depósito que se paga en las transacciones modernas de fincas. Tal depósito puede perderse. En términos bíblicos, las arras del Espíritu son un depósito con una promesa de pagar el resto. Dios no pierde sus arras. No deja sin acabar los pagos que comenzó. Las primicias del Espíritu garantizan que los últimos frutos vendrán.

Una analogía de la obra preservadora de Dios puede verse en la imagen de un Padre tomando la mano de su hijo pequeño al caminar juntos. En la idea arminiana, la seguridad del hijo se apoya en la fuerza con que el hijo se aferra a la mano del padre. Si el hijo se suelta, perecerá. En la idea calvinista, la seguridad del hijo se apoya en la fuerza con que el padre agarra al hijo. Si el hijo deja de agarrarse, el padre le agarra firmemente. El brazo del Señor no se ha acortado.

Nos preguntamos aún por qué parece que algunos, en efecto, se apartan total y finalmente. Aquí debemos hacernos eco de las palabras del apóstol Juan: “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros” (1 Juan 2:19).

Repetimos nuestro aforismo: Si la tenemos, nunca la perdemos; si la perdemos, nunca la tuvimos. Reconocemos que la Iglesia de Jesucristo es un cuerpo mixto. Hay cizaña que crece al lado del trigo; cabritos que viven al lado de las ovejas. La parábola del sembrador deja claro que las personas pueden experimentar una falsa conversión. Pueden tener una fe aparente, pero esa fe puede no ser genuina.

Conocemos a personas que han sido “convertidas” muchas veces. Cada vez que hay un avivamiento en la iglesia, pasan al frente y “se salvan”. Un ministro habló de un hombre en su congregación que había sido “salvado” diecisiete veces. Durante una reunión de avivamiento, el evangelista hizo un llamamiento para pasar al frente a todos los que quisieran ser llenos del Espíritu. El hombre que había sido convertido con tanta frecuencia avanzó hacia el frente de nuevo. Una mujer en la congregación gritó: “¡No lo llenes, Señor. Tiene un escape!”

Todos tenemos un escape hasta cierto punto. Pero ningún cristiano está total y finalmente vacío del Espíritu de Dios. Los que se vuelven “inconversos” nunca fueron convertidos en un principio. Judas era un hijo de perdición desde el principio. Su conversión fue falsa. Jesús no oró por su restauración. Judas no perdió al Espíritu Santo, pues éste nunca habitó en él.

Advertencias bíblicas acerca de la apostasía

Probablemente, los argumentos más fuertes que ofrecen los arminianos contra la doctrina de la perseverancia de los santos proceden de las múltiples advertencias en la Escritura contra la apostasía. Pablo, por ejemplo, escribe:

“Sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Corintios 9:27).

Pablo habla en otra parte acerca de hombres que han sido apóstatas:

“Y su palabra carcomerá como gangrena; de los cuales son Himeneo y Fileto, que se desviaron de la verdad, diciendo que la resurrección ya se efectuó, y trastornan la fe de algunos” (2 Timoteo 2:17, 18).

Estos pasajes sugieren que es posible que los creyentes sean “eliminados” o que su fe sea “trastornada”. Es importante, sin embargo, ver cómo Pablo concluye su declaración a Timoteo:

“Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (v. 19).

Pedro habla también de puercas lavadas revolcándose de nuevo en el cieno y de perros que vuelven a su vómito, comparándolos con personas que se han apartado tras ser instruidos en el camino de la justicia. Estos son falsos convertidos cuyas naturalezas nunca han sido cambiadas (2 Pedro 2:22).

Hebreos 6

El texto que contiene la más solemne advertencia contra la apostasía es también el más controversial con respecto a la doctrina de la perseverancia. Se encuentra en Hebreos 6:

Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio (vv. 4–6).

Ese pasaje sugiere fuertemente que los creyentes pueden apostatar y lo hacen, total y finalmente. ¿Cómo hemos de entenderlo? El significado pleno del pasaje es difícil por varias razones. La primera es que no sabemos con seguridad qué caso de apostasía está implicado en este texto, pues no estamos seguros acerca del autor o los destinatarios de Hebreos. Había dos asuntos candentes en la Iglesia primitiva que podían haber provocado esta terrible advertencia.

El primer asunto era el problema de los así llamados relapsos. Los relapsos eran aquellos que durante una severa persecución no guardaron la fe. No todos los miembros de la Iglesia fueron a los leones cantando himnos. Algunos se vinieron abajo y se retractaron de su fe. Algunos traicionaron inclusive a sus camaradas y colaboraron con los romanos. Cuando acababan las persecuciones algunos de los que habían sido traidores se arrepentían y buscaban la readmisión en la Iglesia. Cómo habían de ser recibidos fue un tema muy controversial.

El otro asunto candente estaba provocado por los judaizantes. La influencia destructora de este grupo se trata en varias partes del Nuevo Testamento, muy especialmente en el libro de Gálatas. Los judaizantes querían profesar a Cristo y al mismo tiempo, propugnaban las ceremonias de culto del Antiguo Testamento. Insistían, por ejemplo, en la circuncisión ceremonial. Creo que era la herejía judaizante la que preocupaba al autor de Hebreos.

Un segundo problema es identificar la naturaleza de aquellos que están siendo advertidos contra la apostasía en Hebreos. ¿Son verdaderos creyentes o son cizaña creciendo entre el trigo? Debemos recordar que hay tres clases de personas que nos interesan aquí. Hay (1) creyentes, (2) incrédulos en la Iglesia, y (3) incrédulos fuera de la Iglesia.

El libro de Hebreos traza varios paralelos con el Israel del Antiguo Testamento, especialmente con aquellos en el campamento que eran apóstatas. ¿Quiénes son estas personas en Hebreos? ¿Cómo se les describe? Hagamos una lista de sus atributos:

1. Una vez iluminados

2. Gustaron del don celestial.

3. Partícipes del Espíritu Santo

4. Gustaron de la buena Palabra de Dios.

5. No pueden ser renovados otra vez para arrepentimiento.

A primera vista, esta lista ciertamente parece describir a verdaderos creyentes. Sin embargo, puede también estar describiendo a miembros de iglesia que no son creyentes, personas que han hecho una falsa profesión de fe. Todos estos atributos pueden ser poseídos por no creyentes. La cizaña que viene a la iglesia cada semana oye la Palabra de Dios enseñada y predicada, y de esta manera es “iluminada”. Participan de todos los medios de gracia. Se unen a los demás en la Cena de Señor. Participan del Espíritu Santo en el sentido de gozar la cercanía de su presencia. Han realizado inclusive alguna clase de arrepentimiento, al menos externamente.

Muchos calvinistas encuentran así una solución a este pasaje, relacionándolo con los no creyentes en la Iglesia que repudian a Cristo. No estoy totalmente satisfecho con esa interpretación. Pienso que este pasaje bien puede estar describiendo a verdaderos cristianos. La frase más importante para mí es “otra vez renovados para arrepentimiento”. Sé que hay una falsa clase de arrepentimiento que el autor en otro lugar llama el arrepentimiento de Esaú. Pero aquí habla de renovación. El nuevo arrepentimiento, si es renovado, debe ser como el antiguo arrepentimiento. El arrepentimiento renovado del cual habla es ciertamente de tipo genuino. Doy por supuesto, por tanto, que el antiguo era igualmente genuino.

Creo que el autor está argumentando en un estilo que llamamos ad hominem. Un argumento ad hominem se lleva a cabo tomando la posición de nuestro oponente y llevándola a su conclusión lógica. La conclusión lógica de la herejía judaizante es destruir cualquier esperanza de salvación.

La lógica es la siguiente. Si una persona abrazaba a Cristo y confiaba en su expiación por el pecado, ¿qué tendría esa persona si volviera al pacto de Moisés? En efecto, estaría repudiando la obra consumada de Cristo. Sería una vez más un deudor a la ley. Si ese fuera el caso, ¿a dónde se volvería para la salvación? Ha repudiado la cruz, no podría volverse a ella. No tendría esperanza de salvación, porque no tendría Salvador. Su teología no permite una obra consumada de Cristo. La clave de Hebreos seis se encuentra en el versículo nueve: “Pero en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que pertenecen a la salvación, aunque hablamos así.”

Aquí el autor mismo nota que está hablando de forma inusual. Su conclusión difiere de los que encuentran aquí un texto para la apostasía. Concluye con una confianza en cosas mejores por parte de los amados, cosas que pertenecen a la salvación. El autor no dice que algún creyente realmente apostate. De hecho dice lo contrario, que está confiado en que no apostatarán.

Pero si nadie apostata, ¿por qué molestarse aún en advertir a la gente contra ello? Parece frívolo exhortar a la gente a que evite lo imposible. Aquí es donde debemos entender la relación entre la perseverancia y la preservación. La perseverancia es tanto una gracia como un deber. Hemos de luchar con todas nuestras fuerzas en nuestro caminar espiritual. Humanamente hablando, es posible apostatar. Sin embargo, al luchar hemos de mirar a Dios que nos está preservando. Es imposible que El deje de guardamos. Consideremos de nuevo la analogía del hijo caminando con su padre. Es posible que el hijo se suelte. Si el padre es Dios, no es posible que lo suelte. Aun dada la promesa del padre de no soltarle, es todavía el deber del hijo aferrarse fuertemente. De esta manera, el autor de Hebreos advierte a los creyentes contra la apostasía. Lutero llamaba a esto el “uso evangélico de la exhortación”. Nos recuerda nuestro deber de ser diligentes en nuestro caminar con Dios.

Finalmente, con respecto a la perseverancia y la preservación, debemos mirar la promesa de Dios en el Antiguo Testamento. A través del profeta Jeremías, Dios promete hacer un nuevo pacto con su pueblo, un pacto que es eterno. Dice:

Y haré con ellos pacto eterno, que no me volveré atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí. (Jeremías 32:40)

Resumen del capítulo 8

1. Concluimos que la seguridad de nuestra salvación es vital para nuestras vidas espirituales. Sin ella, nuestro crecimiento se retrasa y nos asaltan dudas atormentantes.

2. Dios nos llama a hacer firme nuestra elección para encontrar el consuelo y la fuerza que Dios ofrece en la seguridad. En Romanos 15 Pablo declara que es Dios la fuente y el origen de nuestra perseverancia y ánimo (v. 5) y de nuestra esperanza (v. 13). Encontrar nuestra seguridad es tanto un deber como un privilegio.

3. Ningún verdadero creyente pierde jamás su salvación. Sin duda, los cristianos caen a veces seria y radicalmente, pero nunca plena y finalmente. Perseveramos no por nuestra fuerza, sino por la gracia de Dios que nos preserva.

Sproul, R. C. (2002). Escogidos por Dios (pp. 112–130). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

7 – [9] ¿Existe la doble predestinación?

Escogidos por Dios

R.C. Sproul

Capítulo 7

¿Existe la doble predestinación?

Doble predestinación. Las palabras mismas suenan ominosas. Una cosa es contemplar el benévolo plan de Dios para la salvación de los elegidos. Pero ¿qué de aquellos que no son elegidos? ¿Están también predestinados? ¿Existe un horrible decreto de reprobación? ¿Destina Dios a algunos desgraciados al infierno?

Estas cuestiones salen a colación inmediatamente tan pronto como se menciona la doble predestinación. Tales cuestiones hacen que algunos consideren el concepto de la doble predestinación terreno prohibido. Otros, si bien creen en la predestinación, declaran enfáticamente que creen en una predestinación simple. Esto es, si bien creen que algunos son predestinados para salvación, no ven la necesidad de suponer que otros sean igualmente predestinados para condenación. En resumen, la idea es que algunos son predestinados para salvación, pero todos tienen la oportunidad de ser salvos. Dios se asegura que algunos la alcancen proveyendo ayuda adicional, pero el resto de la humanidad aún tiene una oportunidad.

Aunque hay un fuerte sentimiento para hablar solamente de la predestinación simple y evitar cualquier discusión sobre la doble predestinación, aún debemos afrontar las cuestiones sobre la mesa. A menos que concluyamos que todo ser humano está predestinado para salvación, debemos afrontar la otra cara de la elección. Si existe en absoluto tal cosa como la predestinación, y si esa predestinación no incluye a todos, entonces no debemos rehuir la necesaria inferencia de que la predestinación tiene dos lados. No es suficiente hablar acerca de Jacob; debemos también considerar a Esaú.

Igualdad final

Existen ideas diferentes acerca de la doble predestinación. Una de ellas es tan aterradora que muchos rehuyen totalmente el término, de forma que su idea de la doctrina no se confunda con la idea temible. Esta idea se llama la igualdad final. La igualdad final se basa en un concepto de simetría. Procura un equilibrio completo entre la elección y la reprobación. La idea clave es ésta: al igual que Dios interviene en las vidas de los elegidos para crear fe en sus corazones, así también Dios interviene igualmente en las vidas de los réprobos para crear u obrar incredulidad en sus corazones. La idea de que Dios obre activamente la incredulidad en los corazones de los réprobos se deduce de afirmaciones bíblicas acerca del hecho de que Dios endurece los corazones de las personas.

La igualdad final no es la idea reformada o calvinista de la predestinación. Algunos la han llamado “hiper-calvinismo”. Yo prefiero llamarla “sub-calvinismo o mejor aún, “anti-calvinismo”. Aunque el calvinismo ciertamente tiene una idea de la doble predestinación, la doble predestinación que sostiene no es la de la igualdad final.

Para entender la idea reformada acerca del asunto, debemos prestar estrecha atención a la crucial distinción entre los decretos positivos y negativos de Dios. Lo positivo tiene que ver con la interacción activa de Dios en los corazones de los elegidos. Lo negativa tiene que ver con el hecho de que Dios pasa por alto a los no elegidos.

La idea reformada enseña que Dios interviene positiva o activamente, en las vidas de los elegidos para asegurar su salvación. A los restantes seres humanos Dios los abandona a su libre albedrío. No crea incredulidad en sus corazones. Esa incredulidad está ya allí. No los fuerza a pecar. Pecan por elección propia. Según la doctrina calvinista, el decreto de elección es positivo; el decreto de reprobación es negativo.

La idea del hiper-calvinismo acerca de la doble predestinación puede llamarse predestinación positiva-positiva. La idea del calvinismo ortodoxo puede llamarse predestinación positiva-negativa. Observémosla en forma de diagrama.

Calvinismo

Hipercalvnismo

Positiva-negativa

Positiva-positiva

Idea asimétrica

Idea simétrica

Desigualdad final

Igualdad final

Dios pasa por alto los réprobos

Dios obra incredulidad en los corazones de los réprobos

El terrible error del hiper-calvinismo es que implica a Dios en forzar el pecado. Esto hace una violencia radical a la integridad del carácter de Dios. El ejemplo bíblico primario que pudiera tentarnos al hiper-calvinismo es el caso de Faraón. Repetidamente leemos en el relato del Exodo que Dios endureció el corazón de Faraón. Dios dijo a Moisés de antemano que haría esto:

Tu dirás todas las cosas que yo te mande, y Aarón tu hermano hablará a Faraón, para que deje ir de su tierra a los hijos de Israel. Y yo endureceré el corazón de Faraón y multiplicare en la tierra de Egipto mis señales y mis maravillas. Y Faraón no os oirá más yo pondré mi mano sobre Egipto, y sacare a mis ejércitos, mi pueblo, los hijos de Israel, de la tierra de Egipto, con grandes juicios. Y sabrán los egipcios que yo soy el Senor, cuando extienda mi mano sobre Egipto, y saque a los hijos de Israel de en medio de ellos. (Exodo 7:2–5)

La Biblia enseña claramente que Dios endureció efectivamente el corazón de Faraón. Ahora bien, sabemos que Dios hizo esto para su propia gloria y como señal tanto a Israel como a Egipto. Sabemos que el propósito de Dios en todo esto era un propósito redentor. Pero nos queda aún un difícil problema. Dios endureció el corazón de Faraón y después juzgó a Faraón por su pecado. ¿Cómo puede hacer Dios responsable a Faraón o a cualquier otro de un pecado que fluye de un corazón que Dios mismo ha endurecido?

Nuestra respuesta a esa pregunta depende de cómo entendemos el acto de endurecimiento por parte de Dios. ¿Cómo endureció el corazón de Faraón? La Biblia no responde a esa pregunta explícitamente. Al pensar acerca de ello, nos damos cuenta que básicamente sólo hay dos maneras en que podía haber endurecido el corazón de Faraón: activa o pasivamente.

Un endurecimiento activo implicaría la intervención directa de Dios en el interior del corazón de Faraón. Dios se entremetería en el corazón de Faraón y crearía nueva maldad en él. Esto ciertamente garantizaría que Faraón produciría el resultado deseado por Dios. También garantizaría que Dios es el autor del pecado.

El endurecimiento pasivo es totalmente otra cosa. El endurecimiento pasivo implica un juicio divino sobre el pecado que ya está presente. Lo único que Dios necesita hacer para endurecer el corazón de una persona cuyo corazón ya es perverso, es “entregarle a su pecado”. Encontramos este concepto del juicio divino repetidamente en la Escritura.

¿Cómo funciona esto? Para entenderlo adecuadamente debemos considerar primero brevemente otro concepto, el de la gracia común de Dios. Esto se refiere a esa gracia de Dios que todos los hombres gozan en común. La lluvia que refresca la tierra y riega nuestras cosechas cae igualmente sobre justos e injustos. Los injustos ciertamente no merecen tales beneficios, pero gozan de ellos igualmente. Así ocurre con el sol y los arco iris. Nuestro mundo es un escenario de gracia común.

Uno de los elementos más importantes de la gracia común que gozamos es el refrenamiento del mal en el mundo. Ese refrenamiento fluye de muchas fuentes. El mal es refrenado por los policías, las leyes, la opinión pública, el equilibrio de poder, etc. Aunque el mundo en que vivimos está lleno de iniquidad, no es tan inicuo como podría ser. Dios utiliza los medios mencionados anteriormente, al igual que otros medios para mantener controlado el mal. Por su gracia, controla y refrena la cantidad de maldad en este mundo. Si se dejase al mal totalmente descontrolado, entonces la vida en este planeta sería imposible.

Lo único que Dios tiene que hacer para endurecer los corazones de las personas es quitar los frenos. Les da más libertad de acción. En lugar de refrenar su libertad humana, la incrementa. Les deja seguir su propio camino. En un sentido, les da la soga con que ahorcarse. No es que Dios ponga su mano en ellos para crear nueva maldad en sus corazones; meramente su santa mano deja de refrenarlos y les permite hacer su propia voluntad.

Si hubiéramos de determinar cuáles son los hombres más inicuos y diabólicos de la historia humana, ciertos nombres aparecerían en la lista de casi todos. Veríamos los nombres de Hitler, Nerón, Stalin y otros que han sido culpables de masacres y otras atrocidades. ¿Qué tienen esas personas en común? Fueron todos dictadores. Todos tenían, virtualmente, un poder y autoridad ilimitados dentro de la esfera de sus dominios.

¿Por qué decimos que el poder corrompe y que el poder absoluto corrompe absolutamente? (Sabemos que esto no se refiere a Dios, sino sólo al poder y la corrupción de los hombres.) El poder corrompe precisamente porque eleva a una persona por encima de los frenos normales que restringen al resto de nosotros. Yo soy refrenado por los conflictos de interés con personas que son tan o más poderosas que yo. Aprendemos pronto en la vida a restringir nuestra beligerancia hacia aquellos que son mayores que nosotros. Tendemos a entrar en conflictos de forma selectiva. La discreción tiende a prevalecer sobre el valor cuando nuestros oponentes son más poderosos que nosotros.

Faraón era el hombre más poderoso del mundo cuando Moisés fue a verle. Casi el único freno que había contra la iniquidad de Faraón era el santo brazo de Dios. Lo único que Dios tenía que hacer para endurecer más a Faraón era quitar su brazo. Las malvadas tendencias de Faraón hicieron el resto. En el acto del endurecimiento pasivo, Dios toma la decisión de quitar los frenos; la parte inicua del proceso es realizada por Faraón mismo. Dios no crea conflicto en la voluntad de Faraón. Como hemos dicho, simplemente le da a éste más libertad.

Vemos la misma clase de cosa en el caso de Judas, y de los inicuos que Dios y Satanás utilizaron para afligir a Job. Judas no fue una pobre víctima inocente de la manipulación divina. No era un hombre justo a quien Dios forzó a traicionar a Cristo y después lo castigó por la traición. Judas traicionó a Cristo porque quería treinta monedas de plata. Como declara la Escritura, Judas era el hijo de perdición desde el principio. Sin duda, Dios utiliza las malvadas tendencias y las malvadas intenciones de los hombres caídos para llevar a cabo sus propósitos redentores. Sin Judas no hay cruz. Sin la cruz no hay redención. Este no es un caso en que Dios fuerza la maldad. Por el contrario, es un caso glorioso del triunfo redentor de Dios sobre la maldad. Los deseos malvados de los corazones de los hombres no pueden frustrar la soberanía de Dios. En realidad, están sujetos a la misma.

Cuando estudiamos el modelo del castigo divino de los inicuos, vemos emerger una especie de justicia poética. En la escena del juicio final del libro de Apocalipsis leemos lo siguiente:

El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía. (Apo. 22:11).

En su acto final de juicio, Dios entrega a los pecadores a sus pecados. En efecto, los abandona a sus propios deseos. Así ocurrió con Faraón. Mediante este acto de juicio, Dios no manchó su propia justicia creando nueva maldad en el corazón de Faraón. El estableció su propia justicia castigando la maldad que ya habitaba en él.

Así es como debemos entender la doble predestinación. Dios muestra misericordia a los elegidos obrando la fe en sus corazones. El administra justicia a los réprobos dejándolos en sus propios pecados. No hay simetría aquí. Un grupo recibe misericordia. El otro grupo recibe justicia. Nadie es víctima de injusticia. Nadie puede quejarse de que haya injusticia en Dios.

Romanos 9

El pasaje más significativo en el Nuevo Testamento que tiene que ver con la doble predestinación se encuentra en Romanos 9.

Porque la palabra de la promesa es esta: Por este tiempo vendré, y Sara tendrá un hijo. Y no sólo esto, sino también cuando Rebeca concibió de uno, de lsaac nuestro padre (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo.’ El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob ame mas a Esaú aborrecí. ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Pues a Moisés dice.’ Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece (Rom. 9:9–18).

En este pasaje tenemos la expresión bíblica más clara que podemos encontrar para el concepto de la doble predestinación. Se expresa sin reservas y sin ambigüedad: “De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece.” Algunos reciben misericordia, otros reciben justicia. La decisión en cuanto a esto está en la mano de Dios.

Pablo ilustra el carácter doble de la predestinación mediante su referencia a Jacob y Esaú. Estos dos hombres eran hermanos gemelos. Estuvieron en el mismo vientre al mismo tiempo. Uno recibió la bendición de Dios, y el otro no. Uno recibió una porción especial del amor de Dios, el otro no. Esaú fue “aborrecido” por Dios.

El odio divino que aquí se menciona no es expresión de una actitud insidiosa de malicia. El odio divino no es malicioso. Implica una retención de favor. Dios está “por” aquellos a quienes ama. Vuelve su rostro contra aquellos inicuos que no son objeto de su gracia redentora y especial. Aquellos a quienes ama reciben su misericordia. Aquellos a quienes “aborrece” reciben su justicia. Una vez más, nadie es tratado injustamente.

¿Por qué escogió Dios a Jacob y no a Esaú? ¿Previó Dios en Jacob algún acto justo que justificaría este favor especial? ¿Observó Dios los corredores del tiempo y vio a Jacob haciendo la elección acertada y a Esaú haciendo la elección equivocada?

Si esto era lo que el apóstol se proponía enseñar, no hubiera sido difícil aclarar este punto. Aquí tenía Pablo una magnífica oportunidad de enseñar una idea de presciencia en cuanto a la predestinación, si hubiese querido. Parece extraño ciertamente que no aproveche tal oportunidad. Pero esto no es un argumento de silencio. Pablo no guarda silencio sobre el tema. El elabora lo contrario. Enfatiza el hecho de que la decisión de Dios se tomó antes del nacimiento de estos gemelos y sin tomar en consideración sus acciones futuras.

La frase de Pablo en el versículo 11 es crucial: “Pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama.” ¿Por qué dice esto el apóstol? El acento aquí se pone claramente en la obra de Dios. Niega enfáticamente que la elección sea resultado de la obra del hombre, prevista o de cualquier otra forma. Es el propósito de Dios conforme a su elección lo que aquí se considera.

Si Pablo quería decir que la elección se basa en alguna decisión humana prevista, ¿por qué no lo dijo así? Por el contrario, declara que el decreto se hizo antes que los hijos nacieran y antes que hubieran hecho algún bien o mal. Ahora bien, concedemos que una idea de la presciencia en cuanto a la predestinación es consciente de que el decreto divino se hizo anteriormente al nacimiento. Pero esa idea insiste en que la decisión de Dios se basó en su conocimiento de elecciones futuras, ¿Por qué no afirma esto Pablo aquí? Lo único que dice es que el decreto se hizo antes del nacimiento y antes que Jacob y Esaú hubieran hecho algún bien o mal.

Concedemos que en este pasaje Pablo no dice expresamente que la decisión de Dios no se basó en el futuro bien o mal de ellos. Pero no necesitaba decir eso. La implicación está clara a la luz de lo que se dice. Pone el acento donde corresponde, en el propósito de Dios y no en la obra del hombre. La carga aquí está sobre aquellos que quieren añadir la noción modificadora crucial de elecciones previstas. La Biblia no la añade aquí ni en lugar alguno.

La cuestión es ésta: Si Pablo creía que la predestinación de Dios se basaba en elecciones humanas previstas, éste era el contexto en que podía expresarlo. Debemos dar un paso más. Aunque Pablo guarda silencio acerca de la cuestión de elecciones futuras aquí, no continúa haciéndolo. En el versículo 16 lo deja claro. “Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.” Este es el golpe de gracia al arminianismo y a todas las demás ideas no reformadas de la predestinación. Esta es la Palabra de Dios que requiere que todos los cristianos desistan de las ideas acerca de la predestinación que hacen que la decisión final para la salvación dependa de la voluntad del hombre. El apóstol declara claramente: “No depende del que quiere”. Las ideas no reformadas deben de decir que sí depende del que quiere. Esto es una contradicción violenta de la enseñanza de la Escritura. Este versículo solo es absolutamente fatal para el arminianismo.

Es nuestro deber honrar a Dios. Debemos confesar con el apóstol que nuestra elección no se basa en nuestras voluntades, sino en los propósitos de la voluntad de Dios.

Pablo suscita dos preguntas retóricas en este pasaje que debemos considerar. La primera es: “¿Qué, pues, diremos?, ¿Que hay injusticia en Dios?” (v. 14) Pues, ¿por qué anticipa Pablo esta pregunta? Nadie suscita esa pregunta a un arminiano. Si nuestra elección se basa en última instancia en decisiones humanas, no hay necesidad de suscitar tal objeción.

Sin embargo, acerca de la doctrina bíblica de la predestinación sí se suscita esta pregunta. Es la predestinación basada en el propósito soberano de Dios, en su decisión sin tener en cuenta las elecciones de Jacob o Esaú, la que incita el clamor: “¡Dios no es justo!” Pero el clamor se basa en un entendimiento superficial del asunto. Es la protesta del hombre caído quejándose de que Dios no es lo suficientemente benévolo.

¿Cómo responde Pablo a la pregunta? No se da por satisfecho con decir meramente: “No, no hay injusticia en Dios.” Por el contrario, su respuesta es tan enfática como le es posible hacerla. Dice: “¡En ninguna manera!”

La segunda objeción que Pablo anticipa es ésta: “Me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad?” (v. 19) Una vez más nos preguntamos por qué anticipa el apóstol esta objeción. Esta es otra objeción que nunca se suscita contra el arminianismo. Las ideas no reformadas de la predestinación no tienen que preocuparse acerca de afrontar preguntas como ésta. Dios, evidentemente, inculparía a aquellos que sabrá que no escogerían a Cristo. Si la base final para la salvación depende del poder de la elección humana, entonces se puede achacar la culpa fácilmente, y Pablo no tendría que enfrentarse con esta objeción anticipada. Pero se enfrenta con ella porque la doctrina bíblica de la predestinación exige que la confronte.

¿Cómo responde Pablo a esta pregunta? Examinemos su respuesta:

Más antes, oh hombre, y ¿quién eres tú para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los gentiles? (Rom. 9:20–24).

Esta es una respuesta de peso. Debo confesar que tengo un consuelo con ella. Mi conflicto, sin embargo, no es acerca de si este pasaje enseña la doble predestinación. Esta claro que lo hace. Mi conflicto tiene que ver con el hecho de que este texto suministra municiones a los defensores de la igualdad final. Suena a que Dios está haciendo pecadores a los hombres activamente. Pero el texto no requiere eso. El hace vasos de ira y vasos de honra de la misma masa de barro. Pero si observamos atentamente el texto, veremos que el barro con que trabaja el alfarero es un barro “caído”. Una porción de barro recibe misericordia con objeto de llegar a ser vasos de honra. Esa misericordia presupone un barro que es ya culpable. De la misma manera, Dios tiene que “soportar” los vasos hechos para la ira, preparadas para destrucción porque son vasos culpables, dignos de ira.

Una vez más, el acento en este pasaje recae en el propósito soberano de Dios, y no sobre las elecciones libres y buenas del hombre. Aquí vienen al caso las mismas suposiciones que en la primera pregunta.

La respuesta arminiana

Algunos arminianos responderán indignadamente a mi tratamiento de este texto. Están de acuerdo en que el pasaje enseña una firme idea de la soberanía divina. Su objeción tiene que ver con otro punto. Insisten en que Pablo no está ni siquiera hablando acerca de la predestinación de individuos en Romanos nueve. Romanos nueve no tiene que ver con individuos sino con la elección de naciones por parte de Dios. Pablo está hablando aquí acerca de Israel como pueblo escogido de Dios. Jacob representa meramente a la nación de Israel. Su nombre mismo fue cambiado a Israel, y sus hijos llegaron a ser los padres de las doce tribus de Israel.

El hecho de que Dios favoreciera a Israel por encima de las demás naciones no se disputa. Jesús procedía de Israel. Fue de Israel de quien recibimos los Diez Mandamientos y las promesas del pacto con Abraham. Sabemos que la salvación es de los judíos.

Todo eso es cierto de Romanos nueve. Debemos considerar, sin embargo, que al elegir a una nación, Dios eligió a individuos. Las naciones están formadas por individuos. Jacob era un individuo. Esaú era un individuo. Aquí vemos claramente que Dios eligió en su soberanía a individuos al igual que a una nación. Pero pronto tenemos que añadir que Pablo amplía este tratamiento de la elección más allá de Israel en el versículo 24, cuando declara: “A los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los gentiles.”

Elección incondicional

Volvamos por un momento a nuestro famoso acróstico, TULIP. Ya hemos altercado con la T y la I y lo hemos cambiado a RULEP. Si bien prefiero el término elección soberana a elección incondicional, no dañaré más el acróstico. Si lo cambiásemos a RSLEP ni siquiera rimaría con TULIP.

La elección incondicional quiere decir que nuestra elección es decidida por Dios conforme a su propósito, conforme a su voluntad soberana. No se basa en alguna condición prevista que algunos de nosotros cumpliríamos y otros no. No se basa en nuestro querer o en nuestro hacer, sino en el propósito soberano de Dios.

El término elección incondicional puede despistar y ser utilizado erróneamente. En cierta ocasión conocí a un hombre que nunca había cruzado la puerta de una iglesia y que no mostraba evidencia alguna de ser cristiano. No hacía profesión de fe ni estaba implicado en actividad cristiana alguna. Me dijo que creía en la elección incondicional. Estaba confiado en que era elegido. No tenía que confiar en Cristo, no tenía que arrepentirse, no tenía que obedecerle. Declaraba ser un elegido y que eso era suficiente. No necesitaba más condiciones de salvación. En su opinión, estaba salvado, santificado y satisfecho.

Debemos tener cuidado de distinguir entre las condicionas que son necesarias para la salvación y las condiciones que son necesarias para la elección. Con frecuencia hablamos de la elección y la salvación como si fueran sinónimas, más no lo son. La elección es para salvación. La salvación es, en su sentido más pleno, la obra completa de la redención que Dios realiza en nosotros.

Hay toda clase de condiciones que deben ser cumplidas por alguien para ser salvo, la principal entre ellas es que debe tener fe en Cristo. La justificación es por la fe. La fe es un requisito necesario. Sin duda, la doctrina reformada de la predestinación enseña que todos los elegidos son ciertamente llevados a la fe. Dios se encarga de que se cumplan las condiciones necesarias para la salvación.

Cuando decimos que la elección es incondicional, queremos decir que el decreto original de Dios por el cual escoge a algunos para ser salvos no depende de alguna condición futura en nosotros que Dios prevé. Nada hay en nosotros que Dios pudiera prever y que le indujera a escogemos. Lo único que prevería en las vidas de criaturas caídas abandonadas a su propia suerte, sería el pecado. Dios nos escoge simplemente conforme al beneplácito de su voluntad.

¿Es Dios arbitrario?

Que Dios nos escoja no por lo que encuentre en nosotros sino conforme a su beneplácito, suscita la acusación de que esto hace a Dios arbitrario. Sugiere que Dios hace su selección de manera antojadiza o caprichosa. Parece como si nuestra elección fuese el resultado de un sorteo ciego y frívolo. Si somos elegidos, ello se debe solamente a que tenemos suerte. Dios sacó nuestros nombres de un sombrero celestial.

Ser arbitrario es hacer algo por ninguna razón. Ahora bien, está claro que no hay en nosotros razón alguna para que Dios nos escoja. Pero ese no es lo mismo que decir que Dios no tiene alguna razón en sí mismo. Dios no hace nada sin tener alguna razón para ello. No es caprichoso o antojadizo. Dios es tan sobrio como soberano.

Un sorteo depende intencionadamente del azar. Dios no obra por azar. El sabía a quienes seleccionaría. Conocía y amaba de antemano a sus elegidos. No fue una suerte ciega porque Dios no es ciego. Sin embargo, debemos aún insistir en que la razón decisiva para su elección no fue algo que conociera, viera o amara de antemano en nosotros.

A los calvinistas no nos gusta, en general, hablar de suerte. En lugar de desear a la gente “buena suerte”, preferimos decir: “bendiciones providenciales”. Sin embargo, si hubiésemos de hablar de nuestro “día de suerte”, señalaríamos aquel día en la eternidad cuando Dios decidió escogernos.

Volvamos nuestra atención a la enseñanza de Pablo sobre este asunto en Efesios:

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado. (Efesios 1:3–6)

Según el puro afecto de su voluntad. Esta es la afirmación apostólica que parece sugerir arbitrariedad divina. Pero cuando la Biblia habla del afecto de Dios, el término no se usa con frivolidad. Aquí afecto significa simplemente “lo que agrada”. Dios nos predestina según lo que le agrada. La Biblia habla del puro afecto de Dios. El puro afecto de Dios nunca debe confundirse con un afecto erróneo. Lo que agrada a Dios es la bondad. Lo que nos agrada a nosotros no siempre es la bondad. Dios nunca se deleita en la iniquidad. Nada hay de inicuo acerca del puro afecto de su voluntad. Aunque la razón para escogernos no reside en nosotros sino en el afecto soberano de Dios, podemos estar seguros de que el afecto soberano de Dios es un afecto bueno.

Recordamos también cómo instruyó el apóstol a los cristianos filipenses. Les dijo: “… ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:12–13).

En este pasaje, Pablo no esta enseñando que la elección es una empresa conjunta entre Dios y el hombre. La elección es exclusivamente la obra de Dios. Es, como hemos visto, monergista. Pablo está hablando aquí acerca de la puesta en práctica de nuestra salvación que sigue a nuestra elección. Se esta refiriendo especificamente aquí al proceso de nuestra santificación. La santificación no es monergista es sinergista. Esto es, demanda la cooperación del creyente regenerado. Somos llamados a trabajar para crecer en la gracia. Hemos de trabajar duramente, combatiendo contra el pecado hasta la sangre si es necesario, golpeando nuestros cuerpos si eso es lo que se requiere para subyugarlos.

Somos llamados a esta obra seria de la santificación por exhortación divina. La obra ha de ser llevada a cabo en un espíritu de temor y temblor. Nuestra santificación no es un asunto ocasional. No lo enfocamos de forma caballeresca, diciendo simplemente: “Eso es cosa de Dios.” Dios no lo hace todo por nosotros. Tampoco, sin embargo, nos deja Dios ocupamos de nuestra salvación por nosotros mismos, apoyados en nuestra fuerza. Somos consolados por su segura promesa de producir en nosotros así el querer como el hacer lo que a El le agrada.

Recientemente oí un sermón del gran predicador escocés, Eric Alexander, en el cual enfatizaba que Dios está obrando en nosotros por su buena voluntad. Pablo no dice que Dios está obrando en nosotros por nuestra buena voluntad. No siempre estamos completamente a gusto con lo que Dios está haciendo en nuestras vidas. A veces, experimentamos un conflicto entre el propósito de Dios y nuestro propio propósito. Yo nunca escojo sufrir a propósito. Sin embargo, puede estar dentro del propósito soberano de Dios que yo sufra. El nos promete que, por su soberanía, todas las cosas obran para el bien de los que le aman y son llamados conforme a su propósito.

Mis propósitos no siempre incluyen el bien de Dios. Yo soy pecador. Afortunadamente para nosotros, Dios no es pecador. El es totalmente justo. Sus propósitos son siempre y en todo lugar justos. Sus propósitos obran para mi bien, aun cuando sus propósitos estén en conflicto con mis propósitos. Quizá se debería decir, especialmente cuando sus propósitos están en conflicto con mis propósitos. Lo que le agrada a El es bueno para mí. Esa es una de las lecciones más difíciles que los cristianos deben aprender.

Nuestra elección es incondicional excepto por una cosa. Hay un requisito que debemos cumplir antes que Dios nos elija jamás. Para ser elegidos, debemos primero ser pecadores.

Dios no elige a los justos para salvación. No necesita elegirlos. Los justos no necesitan ser salvados. Sólo los pecadores necesitan un Salvador. Los que están sanos no tienen necesidad de médico.

Cristo vino a buscar y a salvar a los que estaban realmente perdidos. Dios le envió al mundo no sólo para hacer posible nuestra salvación, sino para hacerla segura. Cristo no ha muerto en vano. Sus ovejas son salvadas a través de su vida impecable y su muerte expiatoria. Nada hay de arbitrario en eso.

Resumen del capítulo 7

1. No todos los hombres son predestinados para salvación.

2. Hay dos aspectos o lados de la cuestión. Hay aquellos que son elegidos y aquellos que no son elegidos.

3. La predestinación es “doble”.

4. Debemos tener cuidado de no pensar en términos de igualdad final.

5. Dios no crea el pecado en los corazones de los pecadores.

6. Los elegidos reciben misericordia. Los no elegidos reciben justicia.

7. Nadie recibe injusticia por parte de Dios.

8. El “endurecimiento de los corazones” por parte de Dios es en sí mismo un justo castigo por el pecado que ya está presente.

9. La elección que Dios hace de los elegidos es soberana, pero no arbitraria.

10. Todas las decisiones de Dios fluyen de su santo carácter.

Sproul, R. C. (2002). Escogidos por Dios (pp. 97–112). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

6 – [9] Presciencia y predestinación

Escogidos por Dios

R.C. Sproul

Capítulo 6

Presciencia y predestinación

La inmensa mayoría de los cristianos que rechazan la idea reformada de la predestinación adoptan lo que a veces se llama la idea de la presciencia (pre-sciencia, conocimiento previo) acerca de la predestinación. Brevemente expresada, esta idea enseña que desde toda la eternidad Dios sabía cómo viviríamos. Sabía de antemano si recibiríamos a Cristo o le rechazaríamos. Sabía nuestras elecciones libres antes de que las hiciéramos. La elección de Dios en cuanto a nuestro destino eterno se hizo pues, sobre la base de lo que El sabía que escogeríamos. El nos escoge porque sabe de antemano que nosotros le escogieramos a El. Los elegidos pues, son aquellos que Dios sabía que escogerían libremente a Cristo.

En este concepto, tanto el decreto eterno de Dios como la libre elección del hombre quedan intactos. Según esta idea, nada hay de arbitrario acerca de las decisiones de Dios. No se habla aquí de ser reducidos a marionetas o de que se fuerce nuestro libre albedrío. Dios es claramente absuelto de cualquier indicio de mala acción. La base para nuestro juicio final se apoya en última instancia, sobre nuestra decisión a favor o en contra de Cristo.

Hay mucho de loable en esta idea de la predestinación. Es bastante satisfactoria y tiene los beneficios mencionados anteriormente. Además de esto, parece tener al menos una fuerte garantía bíblica. Si dirigimos nuestra atención de nuevo a la carta de Pablo a los Romanos, leemos:

Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogenito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó a éstos también llamó los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a estos tambien glorificó (Romanos 8:29–30).

Este pasaje tan bien conocido de Romanos ha sido llamado la “Cadena de Oro de la Salvación”. Notamos una especie de orden aquí que comienza con la presciencia de Dios y continúa hasta la glorificación del creyente. Es crucial para la doctrina de la presciencia de Dios, que en este texto venga tal antes que la predestinación de Dios.

Siento un gran aprecio por la idea de la presciencia en cuanto a la predestinación. En tiempos la sostuve antes de rendirme a la idea reformada. Pero abandoné esta idea por varias razones. Entre éstas no es la menos importante, el haber llegado al convencimiento de que la idea de la presciencia no es tanto una explicación de la doctrina bíblica de la predestinación como una negación de la doctrina bíblica. No incluye todo el consejo de Dios en el asunto.

Quizá la mayor debilidad de la idea de la presciencia es el texto que más le apoya. Tras un análisis más minucioso, el pasaje de Romanos citado anteriormente viene a ser un grave problema para la idea de la presciencia. Por un lado, los que apelan al mismo para apoyar la idea de la presciencia encuentran demasiado poco. Esto es, el pasaje enseña menos de lo que los defensores de la presciencia quisieran que enseñase y sin embargo, enseña más de lo que ellos quisieran.

¿Cómo puede ser esto? En primer lugar, la conclusión de que la predestinación de Dios esta determinada por Su presencia, no se enseña en el pasaje. Pablo no sale diciendo que Dios escoge a la gente sobre la base de su conocimiento previo de las elecciones de ellos. Esa idea ni se afirma ni se implica en el texto. Lo único que el texto declara es que Dios predestina a los que conoce antes. Nadie disputa en este debate que Dios tiene presciencia. Aun Dios no podría escoger a personas de las cuales nada supiera. Antes de poder escoger a Jacob, tuvo que tener alguna idea en su mente acerca de Jacob. Pero el texto no enseña que Dios escogió a Jacob sobre la base de la elección que este hiciese.

En justicia, debe decirse que al menos el orden de presciencia y predestinación que encontramos en Romanos 8 es compatible con la idea de la presciencia. Es el resto del pasaje lo que crea dificultades. Nótese el orden de los acontecimientos en el pasaje. Presciencia—predestinación—llamamiento—justificación—glorificación.

El problema crucial aquí tiene que ver con la relación entre el llamamiento y la justificación. ¿Qué quiere decir Pablo con “llamamiento”? El Nuevo Testamento habla del llamamiento divino en más de una manera. En teología distinguimos entre el llamamiento externo de Dios y el llamamiento interno de Dios.

Encontramos el llamamiento externo de Dios en la predicación del Evangelio. Cuando se predica el Evangelio, todos los que lo oyen son llamados o invitados a Cristo. Pero no todos responden positivamente. No todos los que oyen el llamamiento externo del Evangelio llegan a ser creyentes. A veces, el llamamiento del Evangelio cae en oídos sordos.

Ahora bien, sabemos que sólo aquellos que responden con fe al llamamiento externo del Evangelio son justificados. La justificación es por la fe. Pero una vez más, no todos cuyos oídos oyen la predicación externa del Evangelio responden con fe. Por tanto, debemos concluir que no todos los que son llamados externamente son justificados.

Pero Pablo dice en Romanos que los que Dios llama, a éstos también justifica. Ahora bien, concedemos que la Biblia no dice explícitamente que El justifica a todos los que llama. Estamos supliendo la palabra todos. Quizá seamos tan culpables de leer algo en el texto que no esta allí como aquellos que abogan por la idea de la presciencia.

Cuando suplimos la palabra todos aquí, estamos respondiendo a una implicación del texto. Estamos haciendo una inferencia. ¿Es ésta una inferencia legitima? Pienso que lo es. Si Pablo no quiere decir que todos los que son llamados son justificados, la única alternativa sería que algunos de los que son llamados son justificados. Si suplimos la palabra algunos en lugar de la palabra todos aquí, entonces debemos suplirla a todo lo largo de la Cadena de Oro. Entonces se leería de la siguiente manera:

A algunos de los que antes conoció, también los predestinó. A algunos de los que predestinó, a éstos también llamó. A algunos de los que llamó, a éstos también justificó. A algunos de los que justificó, a éstos también glorificó.

Esta lectura del texto nos deja con una monstruosidad teológica, una pesadilla. Significaría que sólo algunos de los predestinados oyen jamás el Evangelio, y que sólo algunos de los justificados son finalmente salvados. Estas nociones están totalmente en conflicto con lo que enseña el resto de la Biblia sobre estos temas. Además, la idea de la presciencia sufre un problema aun mayor al suplir la palabra algunos. Si la predestinación de Dios se basa en su presciencia de cómo la gente responderá al llamamiento externo del Evangelio, ¿cómo es que sólo algunos de los predestinados son siquiera llamados? Ello demandaría que Dios predestinase a algunos que no son llamados. Si algunos de los predestinados son predestinados sin ser llamados, entonces Dios no estaría basando su predestinación en un conocimiento previo a la respuesta de ellos a su llamamiento, ¡no podrían dar respuesta alguna a un llamamiento que nunca recibieron! Dios no puede tener presciencia de la no respuesta de una persona a un no llamamiento.

Si seguimos todo eso, entonces veremos la conclusión. Pablo no puede estar implicando la palabra algunos. Por el contrario, la Cadena de Oro necesariamente implica la palabra todos. Revisemos la propuesta. Si suplimos la palabra algunos en la Cadena de Oro, el resultado es fatal para la idea de la presciencia en cuanto a la predestinación, porque haría que Dios predestinase a algunos que no son llamados. Puesto que la idea enseña que la predestinación de Dios se basa en la presciencia de Dios en cuanto a las respuestas positivas de la gente al llamamiento del Evangelio, entonces la idea se hunde claramente si algunos son predestinados sin un llamamiento.

Suplir la palabra todos es igualmente fatal para la idea de la presciencia. Esta dificultad se centra en la relación entre el llamamiento y la justificación. Si todos los que son llamados son justificados, entonces el pasaje podría significar una de dos cosas: (A) Todos los que oyen el Evangelio externamente son justificados; o (B) Todos los que son llamados por Dios internamente son justificados.

Si respondemos con la opción A, entonces la conclusión a la que debemos llegar es que todos los que oyen el Evangelio son predestinados para ser salvos. Por supuesto, la inmensa mayoría de los que sostienen la idea de la presciencia en cuanto a la predestinación también sostienen que no todos los que oyen el Evangelio son salvos. Algunos son universalistas. Creen que todos serán salvos, tanto si oyen el Evangelio como si no. Pero debemos recordar que el principal debate entre los evangélicos acerca de la predestinación no es acerca de la cuestión del universalismo. Tanto los defensores de la doctrina reformada de la predestinación como los defensores de la idea de la presciencia están de acuerdo en que no todos son salvos. Están de acuerdo en el hecho de que hay personas que oyen el Evangelio externamente (el llamamiento externo de Dios) que no responden con fe y que por tanto, no son justificados. La opción A repugna tanto a los defensores de la idea de la presciencia como a los defensores de la doctrina reformada.

Eso nos deja con la opción B. Todos los que son llamados internamente por Dios son justificados. ¿Cuál es el llamamiento interno de Dios? El llamamiento externo se refiere a la predicación del Evangelio. La predicación es algo que hacemos como seres humanos. El llamamiento externo puede también ser “oído” leyendo la Biblia. La Biblia es la Palabra de Dios, pero nos llega mediante documentos escritos por seres humanos. En ese sentido es externa. Ningún ser humano tiene poder para obrar internamente en otro ser humano. No puedo llegar al interior del corazón de una persona para obrar en él una influencia inmediata. Puedo hablar palabras que son externas. Esas palabras pueden penetrar en el corazón, pero no puedo hacer que ocurra eso por mi propio poder. Sólo Dios puede llamar a una persona internamente. Sólo Dios puede obrar inmediatamente en lo mis recóndito del corazón humano para influir una respuesta positiva de fe.

Así pues, si la opción B es lo que quiere decir el apóstol, entonces las implicaciones son claras. Si todos los que Dios llama internamente son justificados, y todos los que Dios predestina son llamados internamente, entonces se sigue que la presciencia de Dios tiene que ver con algo más que una mera consciencia previa de las decisiones libres que los seres humanos tomen. Sin duda, Dios conoce desde toda la eternidad quiénes responderían al Evangelio y quiénes no. Pero tal conocimiento no es él de un mero observador pasivo. Dios conoce desde la eternidad a quienes llamará internamente. El justifica a todos los que llama internamente.

Dije anteriormente que la Cadena de Ore enseña algo más de lo que la idea de la presciencia quiere que enseñe. Enseña que Dios predestina un llamamiento interno. Todos los que Dios predestina a ser llamados internamente serán justificados. Dios está aquí haciendo algo en los corazones de los elegidos para asegurar su respuesta positiva.

Si la opción B constituye el entendimiento correcto de la Cadena de Oro, entonces está claro que Dios hace una clase de llamamiento a algunos que no hace a todos. Puesto que todos los que son llamados son justificados, y puesto que no todos son justificados, entonces se sigue que el llamamiento es una actividad divina bastante significativa que algunos seres humanos reciben y otros no. Ahora nos vemos forzados a tratar de nuevo una importante cuestión no muy diferente de nuestra cuestión original. ¿A qué se debe que algunos sean predestinados para recibir este llamamiento de Dios y otros no? ¿Reside la respuesta en el hombre o en los propósitos de Dios? Un defensor de la idea de la presciencia tendría que responder que la razón por la que Dios llama sólo a algunos internamente es que sabe de antemano quiénes responderán positivamente al llamamiento interno y quienes no. Por tanto, no malgasta el llamamiento interne, sólo lo hace a aquellos que El sabe que responderán favorablemente al mismo.

¿Cuánto poder hay en el llamamiento interno de Dios? ¿Tiene alguna ventaja recibirlo? Si sólo es dado a aquellos que Dios conoce que responderán a El por su propio poder, parecería ser una influencia interna sin una influencia real. Si no tiene influencia alguna en la persona que oye el llamamiento externo, entonces Dios está predestinando una ventaja para algunos de que está privando a otros. Si no tiene influencia alguna sobre la decisión humana, entonces simplemente no es una influencia en absoluto. Si no es una influencia en absoluto, entonces nada significa en cuanto a la salvación y constituye una parte absurda de la Cadena de Oro.

Es crucial recordar que el llamamiento interno de Dios se hace a las personas antes que crean, antes que respondan con fe. Si influye en la respuesta de alguna manera, entonces Dios está predestinando una ventaja para los elegidos. Si no influye en la decisión humana, ¿entonces qué hace? Este dilema es penoso para la idea de la presciencia, penoso y sin alivio.

La doctrina reformada de la predestinación

En contraste con la idea de la presciencia en cuanto a la predestinación, la doctrina reformada asevera que la decisión final en cuanto a la salvación descansa en Dios y no en el hombre. Enseña que desde toda la eternidad Dios ha escogido intervenir en las vidas de algunos y llevarles a la fe salvadora, y a su vez, ha escogido no hacer eso por otros. Desde toda la eternidad, sin tener en cuenta previamente nuestra conducta humana, Dios ha escogido a algunos para elección y a otros para reprobación. El destino final de la persona está decidido por Dios antes que la persona haya siquiera nacido y sin depender finalmente de la elección humana. Sin duda, existe una elección humana, una elección humana libre, pero la elección se hace porque en primer lugar, Dios escoge influir en los elegidos para que hagan la elección correcta. La base de la elección de Dios no se apoya en el hombre, sino únicamente en el beneplácito de la voluntad divina.

En la doctrina reformada de la predestinación, la elección de Dios precede a la elección del hombre. Nosotros le escogemos a El solamente porque El nos ha escogido primero a nosotros. Sin la predestinación divina y sin el llamamiento interno divino, la doctrina reformada sostiene que nadie escogería jamás a Cristo.

Esta es la doctrina de la predestinación que irrita a tantos cristianos. Esta es la perspectiva que suscita importantes cuestiones acerca del libre albedrío del hombre y acerca de la equidad de Dios. Esta es la idea que provoca tanta polémica y acusaciones de fatalismo, determinismo, etc.

La doctrina reformada de la predestinación entiende la Cadena de Oro como sigue: Desde toda la eternidad, Dios conoció de antemano a sus elegidos. El tenía el concepto de su identidad en Su mente antes de crearlos. No sólo los conoció desde siempre en el sentido de tener el concepto previo de su identidad personal, sino que también los conoció en el sentido de amarlos. Debemos recordar que cuando la Biblia habla de “conocer”, distingue a menudo entre una simple consciencia mental de una persona y un profundo e íntimo amor de la persona.

La doctrina reformada cree que todos aquellos a quienes Dios ha conocido así de antemano, también los ha predestinado para ser llamados internamente, para ser justificados y para ser glorificados. Dios en su soberanía, hace que se lleve a cabo la salvación de sus elegidos y sólo de sus elegidos.

Resumen del capitulo 6

1. La presciencia no es una explicación válida de la predestinación.

2. Hace que la redención sea en última instancia, una obra humana.

3. La predestinación es soslayada y virtualmente vaciada de significado.

4. La cadena de oro muestra que nuestra justificación depende del llamamiento de Dios.

5. El llamamiento de Dios se apoya en una predestinación previa.

6. Sin predestinación, no hay justificación.

7. No son nuestras elecciones futuras, sin embargo, las que inducen a Dios a escogernos.

8. Es la decisión soberana de Dios a nuestro favor.

Sproul, R. C. (2002). Escogidos por Dios (pp. 89–96). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

Una introducción a la doctrina de la elección

Coalición por el Evangelio

Una introducción a la doctrina de la elección

SUGEL MICHELÉN 

En los diversos momentos que me ha tocado enseñar sobre Teología Propia (la Doctrina de Dios), uno de los temas que más frecuentemente sale a colación en el tiempo de preguntas y respuestas es el de la elección divina. ¿Ha elegido Dios a todos aquellos que se han de salvar? ¿O, a final de cuentas, la salvación depende de la elección del pecador?

DESDE ANTES DE LA FUNDACIÓN DEL MUNDO

La doctrina de la elección es una que lleva a muchos a crujir los dientes. Hay algo en el hombre que hace que se sienta profundamente molesto al escuchar hablar de un Dios soberano que hace todas las cosas según el designio de Su voluntad. En otras palabras, a muchos parece ofenderles que Dios ejerza Su prerrogativa de ser Dios. Y es que pocas doctrinas de la Biblia aplastan tan rotundamente nuestro  orgullo y soberbia.

Uno de los textos clave del NT con respecto a la doctrina de la elección es Efesios 1:3-6. Pablo nos dice allí que todas las bendiciones espirituales que hemos recibido de la mano de Dios han venido a nosotros de acuerdo a Su plan eterno de salvación:

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado”, Efesios 1:3-6.

Es obvio que Pablo no pensaba que esta doctrina solo debía ser estudiada en un seminario teológico. Esta carta fue escrita a una iglesia, compuesta por hermanos comunes y corrientes, quienes debían unirse a Pablo bendiciendo y alabando a Dios por haberlos escogido, predestinados para salvación desde antes de la fundación del mundo.

Él texto inicia diciendo Dios nos bendijo con toda bendición espiritual “según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo”. Él nos bendijo “en conformidad con el hecho” (esa es la idea de la palabra que Reina Valera traduce como “según” en el Ef. 1:4) de que nos escogió conforme a un plan que Él trazó en la eternidad. “Escoger” (v.4) significa “hacer una selección”. Esta palabra se usa en Lc. 6:13 para hablar de la selección que hace Cristo de los doce apóstoles. Ellos no decidieron ser apóstoles de Cristo: Cristo los seleccionó soberanamente de entre la multitud que lo seguía para ser Sus apóstoles (cp. Jn. 15:16).

En cuanto a la palabra “predestinación” (v.5), es la traducción del vocablo griego “proorizo”, palabra compuesta de “pro” que significa “de antemano”, y “horizo” de donde proviene nuestra palabra “horizonte”. El horizonte es la línea que divide el cielo de la tierra. De manera que la idea de esta palabra es “trazar un límite de antemano”.

Soberanamente Dios trazó una línea demarcadora en la raza humana, y a muchos, que no lo merecían, los destinó de antemano para ir al cielo. Podemos revelarnos contra esta verdad de las Escrituras, pero es imposible evadir el hecho de que la Biblia la enseña una y otra vez (cp. Rom. 8:28-30; Rom. 9:16; Rom. 11:32-36).

El punto que debemos determinar aquí es ¿quién está en las manos de quién? ¿Es Dios quién está en las manos del pecador, o es el pecador que está en las manos de Dios? La Biblia enseña con toda claridad que es el pecador quien está en las manos de Dios, y no al revés. Veamos lo que Pablo nos enseña en este pasaje con respecto a la elección.

LA BASE DE LA ELECCIÓN

“Según nos escogió en Él”. Cuando Dios nos incluyó en Su plan soberano, Él sabía que no merecíamos ser incluidos. Pero Cristo se comprometió de antemano a pagar completamente nuestra deuda. De no haber sido por la segunda Persona de la Trinidad nunca habríamos sido parte del plan redentor de Dios.

EL MOMENTO DE LA ELECCIÓN

“Desde antes de la fundación del mundo”. En otras palabras, esta selección se hizo en la eternidad. Antes del inicio del tiempo, antes de la creación de todas las cosas, Dios nos incluyó soberanamente en Su plan de redención.

EL PROPÓSITO DE LA ELECCIÓN

¿Para qué nos escogió Dios? Pablo responde dos cosas: por un lado nos dice que Dios nos escogió “para ser santos y sin mancha delante de Él”. No fue que Él vio algo bueno en nosotros y por eso nos escogió. Él nos vio más bien en nuestro pecado, en nuestra impiedad, y nos escogió para hacernos santos (cp. Ef. 2:1-3 y 1 P. 1:1-2). La santidad es un fruto de la elección, no su causa.

El mejor comentario de este texto es el que encontramos en la carta de Pablo a Tito (Tito 2:11-14). Dios el Padre nos escogió, y Dios el Hijo murió en una cruz, para que fuésemos un pueblo santo, un pueblo de hombres y mujeres apartados para Dios, viviendo bajo los principios de Su voluntad revelada.

Pero Pablo nos dice también que fuimos escogidos, predestinados en amor, “para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo”. Hoy día, cuando hablamos de adopción pensamos de inmediato en niños pequeños, pero en el tiempo de Pablo no se solían adoptar bebés, sino personas adultas. Si un hombre rico no tenía herederos, buscaba una persona que fuese digna a quien dejarle toda su herencia, y lo adoptaba como su hijo. De inmediato esa persona tenía derecho sobre todos los bienes del hombre rico.

Y eso es lo que Pablo tiene en mente cuando habla aquí de adopción. Ahora somos hijos de Dios, con todos los derechos filiares de un hijo, porque Dios nos adoptó. Solo que cuando Dios decidió hacer eso, nosotros no éramos dignos herederos Suyos. Por eso primero nos justificó, poniendo en nuestra cuenta la justicia perfecta de Cristo, y luego nos adoptó ahora que hemos sido perdonados.

Y una vez más Pablo nos dice que todo eso ocurrió en Jesucristo. En virtud de la obra redentora de Su Hijo, que nos es aplicada por medio de la fe, el Juez de toda la tierra nos declara “sin culpa”, y luego nos recibe como hijos en Su familia y nos concede liberalmente un sinnúmero de beneficios, porque ahora Él es nuestro Padre y nosotros somos Sus hijos.

LA RAZÓN DE LA ELECCIÓN

“Según el puro afecto de Su voluntad” (v. 5). La elección de Dios no fue arbitraria o caprichosa. Una decisión arbitraria es aquella que se toma sin razón alguna. Pero en el caso de Dios, Él sí tenía una razón para escogernos, solo que esa razón se encuentra en Él, no en nosotros.

Él nos escogió conforme a Su benevolente soberanía, por Su bondad que es santa y que no posee motivos impuros en ella. Eso es todo lo que nos ha sido revelado al respecto y, por lo tanto, es todo lo que debemos decir por ahora. Dios se deleitó en amarnos desde antes de la fundación del mundo, y conforme a ese amor soberano nos eligió. Por eso dice en el vers. 5 que fuimos predestinados en amor.

EL PROPÓSITO FINAL DE LA ELECCIÓN

“Para alabanza de la gloria de su gracia” (v.6). La meta final hacia la cual se mueve todo lo antes dicho es el reconocimiento en adoración (eso es alabanza) de la excelencia divina (eso es gloria) manifestada en favor de los indignos (eso es gracia). Como bien señala Hodge: “El propósito de la redención es exhibir la gracia de Dios de una manera tan eminente que llene todos los corazones de sobrecogimiento y todos los labios de alabanza”.

Y una vez más, Pablo conecta todo esto con la persona de Cristo: “con la cual nos hizo aceptos en el amado” (v. 6b); literalmente el texto dice que esa gracia nos fue bondadosamente conferida, gratuitamente impartida sobre nosotros “en el Amado”. Dios el Padre ama a Su Hijo con un amor eterno e inalterable, y nosotros estamos en Él. En virtud de esa unión, nosotros somos ahora el objeto del amor del Padre y beneficiarios de todas Sus bendiciones.

A la luz de todo esto yo me pregunto, ¿acaso existe un privilegio más grande que ser cristiano? ¿Es que acaso hay algo que sea más glorioso que conocer a nuestro Señor Jesucristo, y tener nuestra vida escondida en Él? Nuestro Dios nos ha bendecido “con toda bendición espiritual”; nosotros somos ahora los beneficiarios de las riquezas de Su gracia, somos coherederos de Dios juntamente con Cristo, y algún día entraremos en el disfrute pleno y eterno de esa herencia. Y todo eso porque Dios, de pura gracia, nos amó cuando no había nada digno en nosotros que nos hiciera merecedores de ese amor. ¡Que a Él, y solo a Él, sea toda la gloria, la alabanza y el honor por los siglos de los siglos!

Sugel Michelén (MTS) es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Ha sido por más 30 años uno de los pastores de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, en República Dominicana, donde tiene la responsabilidad de predicar regularmente la Palabra de Dios en el día del Señor. Es autor de Palabras al Cansado, Hacia una Educación Auténticamente Cristiana y un libro ilustrado para niños titulado La más Extraordinaria Historia Jamás Contada. El pastor Michelén y su esposa Gloria tienen 3 hijos y 4 nietos. Puedes encontrarlo en twitter.

 

5 – [9] Muerte espiritual y vida espiritual: nuevo nacimiento y fe

Escogidos por Dios

R.C. Sproul

Capítulo 5

Muerte espiritual y vida espiritual: nuevo nacimiento y fe

La teología reformada es famosa en el mundo anglosajón por un simple acróstico que fue designado para resumir los así llamados “cinco puntos del calvinismo”. Está formado por la palabra TULIP.

T – Total depravity (depravación total)

U – Unconditional Election (elección incondicional)

L – Limited Atonement (expiación limitada)

I – Irresistlble Grace (gracia irresistible)

P – Perseverance of the Saints (perseverancia de los santos)

Este acróstico ha ayudado a muchas personas a recordar las características distintivas de la teología reformada. Desafortunadamente, ha causado también mucha confusión y muchos malentendidos. El problema de los acrósticos es que los mejores términos que tenemos para las ideas no siempre comienzan con letras que formen palabras pequeñas y hermosas. El acróstico sirve bien como un recurso para la memoria, pero poco más que eso.

Mi primer problema con el acróstico TULIP tiene que ver con la primera letra. Depravación total puede ser un término muy confuso. El concepto de depravación total se confunde a menudo con la idea de depravación extrema. En la teología reformada, la depravación total se refiere a la idea de que toda nuestra humanidad está caída. Esto es, no hay parte mía alguna que no haya sido afectada en alguna manera por la Caída. El pecado afecta mi voluntad, mi corazón, mi mente y mi cuerpo. Si Adán nunca hubiera pecado, supongo que nunca había tenido la necesidad de llevar lentes bifocales al alcanzar una edad mediana. De hecho, el término mismo edad mediana no habría tenido sentido para él. Si Adán no hubiera pecado, nunca habría muerto. Cuando alguien vive para siempre, ¿dónde está la edad mediana?

La depravación total también enfatiza el hecho de que el pecado llega hasta el centro de nuestro ser. El pecado no es algo periódico, un pequeño defecto que estropea lo que de otra manera sería un espécimen perfecto. El pecado es radical en el sentido que afecta la raíz (radix) de nuestras vidas.

La depravación total no es depravación extrema. La depravación extrema significaría que somos tan pecadores como nos sería posible ser. Sabemos que no es este el caso. No importa cuanto hayamos pecado cada uno, somos capaces de pensar en pecados peores que podríamos haber cometido. Aun Adolfo Hitler se refrenó de asesinar a su madre.

Puesto que la depravación total se confunde a menudo con la depravación extrema, prefiero hablar de la “corrupción radical” del hombre. El concepto del carácter radical del pecado es quizá el concepto más importante que hemos de entender si vamos a sacarle algún sentido a la doctrina bíblica de la predestinación. Como mencioné durante nuestra discusión de la incapacidad moral del hombre, éste es el punto central de todo el debate.

Recuerdo haber enseñado en una clase de teología. La clase estaba formada por un grupo interdenominacional de unos veinticinco estudiantes. Pregunte al comienzo del estudio sobre la predestinación, cuántos estudiantes se consideraban calvinistas en este asunto. Sólo un estudiante levantó la mano.

Comenzamos con un estudio de la pecaminosidad del hombre. Tras haber dado clases durante varios días sobre el tema de la corrupción del hombre, hice otra encuesta. Pregunté “¿Cuántos de vosotros estáis persuadidos de que lo que acabáis de aprender es en efecto, la doctrina bíblica de la pecaminosidad humana?” Se levantaron todas las manos. Yo dije: “¿Estáis seguros?”. Ellos insistieron que estaban verdaderamente seguros. Les di una advertencia más. “Tened cuidado ahora. Esto puede volver a rondaros más adelante en el curso.” No les importó, e insistieron que estaban convencidos.

En este momento de la clase, fui a una esquina de la pizarra y escribí la fecha. Al lado de la fecha escribí el número veinticinco. Lo rodee con un círculo y añadí una nota para el maestro en turno diciendo que, por favor, se abstuviera de borrar esta porción de la pizarra.

Varias semanas después comencé un estudio de la predestinación. Cuando llegué al punto que trata de la incapacidad moral del hombre, hubo aullidos de protesta. Entonces fui a la pizarra y les recordé la encuesta anterior. Me llevó otras dos semanas convencerles de que, si realmente aceptaban la idea bíblica de la corrupción humana, el debate acerca de la predestinación a todos los efectos, había ya terminado. Intentaré en resumen, hacer lo mismo aquí. Procedo con el mismo cuidado.

La doctrina bíblica de la corrupción humana

Comencemos nuestro estudio acerca del grado de la caída del hombre mirando Romanos tres. Aquí escribe el apóstol Pablo:

No hay justo, ni aun uno;

No hay quien entienda,

No hay quien busque a Dios.

Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles;

No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.

(Romanos 3:10–12).

Aquí encontramos un breve resumen de la universalidad de la corrupción humana. El pecado está tan extendido que captura a todos en su red. Pablo utiliza palabras enfáticas para mostrar que no hay excepciones en este proceso entre los hombres caídos. No hay justo alguno: nadie hay que haga el bien.

La afirmación “no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” se opone a nuestras suposiciones culturales. Crecemos oyendo que nadie es perfecto y que de humanos es errar. Estamos bastante dispuestos a reconocer que ninguno de nosotros es perfecto. Es fácil admitir que somos pecadores; pues, que ninguno de nosotros ni siquiera hace el bien es ya demasiado. Ninguna persona entre mil estaría dispuesta a admitir que el pecado sea tan grave.

¿Nadie hace el bien? ¿Cómo puede ser eso? Cada día vemos a simples paganos haciendo algún bien. Los vemos llevando a cabo actos heroicos de sacrificio, obras industriosas, prudentes y honestas. Vemos a incrédulos obedeciendo escrupulosamente los límites de velocidad mientras que otros coches pasan zumbando a su lado con símbolos cristianos pegados por atrás.

Pablo debe de estar utilizando una hipérbole aquí. Debe de estar exagerando intencionadamente con objeto de enfatizar un principio. Sin duda, hay personas que hacen el bien. ¡No! El sobrio juicio de Dios es que nadie hace el bien, ni siquiera uno.

Tropezamos aquí porque tenemos un entendimiento relativo de lo que es el bien. El bien es, ciertamente, un término relativo. Una cosa sólo puede ser juzgada como buena según alguna clase de norma. Utilizamos el término como una comparación entre los hombres. Cuando decimos que un hombre es bueno, queremos decir que es bueno comparado con otros hombres. Pero la norma final para la bondad, la norma por la cual seremos todos juzgados, es la ley de Dios. Esa ley no es Dios, pero procede de Dios y refleja su carácter perfecto. Juzgados conforme a esa norma, nadie es bueno.

Según las categorías bíblicas, una buena acción se mide por dos partes. La primera es por su conformidad externa a la ley de Dios. Esto significa que si Dios prohibe robar, entonces es bueno no robar. Es bueno decir la verdad. Es bueno pagar nuestras deudas a tiempo. Es bueno asistir a las personas necesitadas. Externamente, estas virtudes se realizan cada día. Cuando las vemos, concluimos rápidamente que los hombres en efecto, hacen buenas cosas.

Es la segunda parte de la medida lo que nos causa problemas. Antes que Dios pronuncie como “buena” una acción, El considera no sólo la conformidad externa o exterior a su ley, sino también la motivación. Nosotros observamos sólo las apariencias externas; Dios lee el corazón. Para que una obra se considere buena, ésta debe no sólo conformarse externamente a la ley de Dios, sino que debe estar motivada internamente por un sincero amor a Dios.

Recordamos el Gran Mandamiento de amar al Señor nuestro Dios con todos nuestros corazones, toda nuestra fuerza, y todas nuestras mentes y amar a nuestro prójimo tanto como a nosotros mismos. Toda acción que realizamos debiera proceder de un corazón que ama a Dios totalmente.

Desde esta perspectiva es fácil ver que nadie hace el bien. Nuestras mejores obras están manchadas por nuestros motivos, que son menos que puros. Nadie entre nosotros ha amado jamás a Dios con todo su corazón o con toda su mente. Hay medio kilo de carne mezclado con todas nuestras acciones, haciéndolas menos que perfectas.

Jonathan Edwards hablaba del concepto de interés propio iluminado. El interés propio iluminado se refiere a esa motivación que sentimos para realizar actos externos de justicia y refrenamos de los impulsos malvados que hay dentro de nosotros. Hay ciertos momentos y lugares en que el crimen no compensa. Cuando el riesgo del castigo sobrepasa la posible recompensa de nuestra mala acción, podemos inclinamos a refrenamos de la misma. Por otro lado, podemos ganar el aplauso de los hombres por nuestros actos virtuosos. Podemos ganarnos una palmadita en la cabeza por parte de nuestro maestro o el respeto de nuestros iguales si hacemos ciertas buenas acciones.

El mundo entero aplaude a los artistas cuando se juntan para grabar un álbum especial con objeto de utilizar las ganancias para aliviar el hambre en Etiopía. El aplauso raramente daña la carrera de un actor de teatro, a pesar de las cínicas afirmaciones de que la ética y los negocios no van juntos. Por el contrario, la mayoría de nosotros hemos aprendido que la ética realza nuestra reputación en los negocios.

No soy tan cínico como para pensar que el gesto hacia Etiopía por parte de los cantantes se hizo meramente por el aplauso personal o como un reclamo publicitario. Sin duda, hubo fuertes motivos de compasión y preocupación hacia la gente que se muere de hambre. Por otro lado, no soy tan ingenuo como para pensar que los motivos estuviesen totalmente libres de interés propio. La compasión puede sobrepasar con mucho el interés propio, pero no importa cuán minúsculo, había al menos un grano de interés propio mezclado en ello. Siempre lo hay, en todos nosotros. Si negamos esto, sospecho que nuestras mismas negaciones están motivadas en parte por dichos intereses.

Deseamos negar esta alegación. Sentimos a veces en nuestros propios corazones un sentimiento abrumador de actuar sólo por causa del deber. Nos agrada pensar que somos verdaderamente altruistas. Pero nadie nos adula más que nosotros mismos. El peso de nuestros motivos puede a veces, inclinarse grandemente en la dirección del altruismo, pero nunca está perfectamente allí.

Dios no califica por una curva. El demanda la perfección. Ninguno de nosotros alcanza ese nivel. No hacemos lo que Dios manda. Jamás. Por tanto, el apóstol no se está gratificando así mismo con la hipérbole. Su juicio es exacto. No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Jesús mismo reafirmó esta idea en su discusión con el joven rico. “Ninguno hay bueno, sino sólo Dios” (Lucas 18:19).

Aunque ya de por sí esta acusación resulta problemática, hay otro elemento en el pasaje de Romanos que puede producirnos aún más consternación, especialmente a los cristianos evangélicos que hablan y piensan lo contrario. Pablo dice: “No hay quien busque a Dios”.

¿Cuántas veces has oído a los cristianos decir, o has oído las palabras de tu propia boca: “Fulano de tal no es cristiano, pero está buscando.”? Es una afirmación común entre los cristianos. La idea es que hay personas por todas partes que están buscando a Dios. Su problema es que simplemente no han sido capaces de encontrarle. Está jugando al escondite. Es evasivo.

En el huerto del Edén, cuando el pecado entró en el mundo, ¿quién se escondió? Jesús vino al mundo para buscar y salvar a los perdidos. No fue Jesús quien se estaba escondiendo. Dios no es un fugitivo. Somos nosotros los que estamos huyendo. La Escritura declara que el inicuo huye cuando nadie le persigue. Como observó Lutero: “El pagano tiembla ante el susurro de una hoja.” La enseñanza uniforme de la Escritura es que los hombres caídos están huyendo de Dios. Nadie busca a Dios.

¿Por qué pues, a pesar de una enseñanza bíblica tan clara en sentido contrario, los cristianos persisten en pretender que conocen a personas que están buscando a Dios, pero que aún no le han encontrado? San Tomás de Aquino arrojó alguna luz sobre esto. Aquino dijo que confundimos dos acciones humanas que son similares pero diferentes. Vemos personas buscando desesperadamente paz mental, liberación de la culpa, significado y propósito para sus vida, aceptación, etc. Sabemos que, en última instancia, estas cosas sólo pueden encontrarse en Dios. Por tanto, llegamos a la conclusión de que por buscar estas cosas dicha gente debe de estar buscando a Dios.

Las personas no buscan a Dios. Buscan los beneficios que sólo Dios les puede dar. El pecado del hombre caído es éste: el hombre busca los beneficios de Dios mientras que al mismo tiempo, huye de Dios mismo. Somos, por naturaleza, fugitivos.

La Biblia nos dice repetidamente que busquemos a Dios. El Antiguo Testamento clama: “Buscad al Señor mientras puede ser hallado” (Isa. 55:6). Jesús dijo: “Buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá” (Mat. 7:7). La conclusión que sacamos de estos textos es que, puesto que se nos llama a buscar a Dios, ello debe de significar que aun en nuestro estado caído, tenemos la capacidad moral de efectuar esa búsqueda. ¿Pero a quiénes van dirigidos estos textos? En el caso del Antiguo Testamento, es el pueblo de Israel quien es llamado a buscar al Señor. En el Nuevo Testamento, son los creyentes quienes son llamados a buscar el reino.

Todos hemos oído a los evangelistas citando de Apocalipsis. “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y el conmigo” (Apo. 3:20). Generalmente, el evangelista aplica este texto como una apelación a los inconversos diciendo: “Jesús está llamando a la puerta de tu corazón. Si abres la puerta, El entrará.” En el texto original, sin embargo, Jesús dirigió sus observaciones a la iglesia. No fue una apelación evangelística.

¿Entonces, que? La cuestión es que el buscar es algo que los incrédulos no hacen por sí mismos. El incredulo no busca. El incrédulo no llama. Buscar es un asunto de creyentes. Edwards dijo: “La búsqueda del reino de Dios es el principal asunto de la vida cristiana.” Buscar es el resultado de la fe, no la causa de la misma.

Cuando somos convertidos a Cristo, utilizamos un lenguaje de descubrimiento para expresar nuestra conversión. Hablamos de encontrar a Cristo. Quizá tengamos una lema que dice, LO ENCONTRÉ. Estas afirmaciones son ciertamente verdaderas. La ironía es ésta: una vez que hemos encontrado a Cristo, ello no es el fin de nuestra búsqueda, sino el principio. Generalmente, cuando encontramos lo que estamos buscando, ello marca el fin de nuestra búsqueda. Pero cuando “encontramos” a Cristo, ello es el comienzo de nuestra búsqueda. La vida cristiana comienza en la conversión; no termina donde comienza. Crece; avanza de fe a fe, de gracia a gracia, de vida a vida. Este avance en el crecimiento es fomentado por una búsqueda continua de Dios.

Hay algo más que percibimos en Romanos 3 y que necesitamos considerar brevemente. No sólo declara el apóstol que nadie busca a Dios, sino que añade el pensamiento: “A una se hicieron inútiles”. Debemos recordar que Pablo está aquí hablando de los hombres caídos, los hombres naturales, los hombres inconversos. Esta es una descripción de personas que están aún en la carne.

¿Qué quiere decir Pablo con inútiles? Jesús habló anteriormente acerca de siervos inútiles. La utilidad tiene que ver con valores positivos. El inconverso obrando en la carne, nada consigue de valor permanente. En la carne puede ganar el mundo entero, pero pierde lo que tiene más valor para él, su propia alma. La más valiosa posesión que una persona puede tener jamás es Cristo. El es la perla de gran precio. Tenerle a El es tener el máximo beneficio posible.

La persona espiritualmente muerta no puede en su propia carne, ganar el beneficio de Cristo. Se la describe como alguien que no tiene temor de Dios ante sus ojos (Rom. 3:18). Los que no son justos, que no hacen bien, que nunca buscan a Dios, que son totalmente inútiles y que no tienen temor de Dios ante sus ojos, nunca inclinan sus propios corazones a Cristo.

Vivificación a partir de la muerte espiritual

La cura para la muerte espiritual es la creación de vida espiritual en nuestras almas por Dios el Espíritu Santo. Un resumen de esta obra se nos da en Efesios dos:

Y Dios dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. (Efesios 2:1–10)

Aquí encontramos un pasaje por excelencia sobre la predestinación. Notemos que a lo largo de este pasaje, Pablo acentúa grandemente las riquezas de la gracia de Dios. Nunca debemos minimizar esta gracia. El pasaje celebra la novedad de vida que el Espíritu Santo ha creado en nosotros

Esta obra del Espíritu es llamada a veces vivificación. Lo que aquí se llama vivificar o dar vida es lo que en otros lugares se llama nuevo nacimiento o regeneración. El término regeneración, como sugiere la palabra, indica un “generar de nuevo”. Generar significa hacer ocurrir o comenzar. Nos hace pensar en el primer libro de la Biblia llamado Génesis, el libro de los principios. El prefijo re significa simplemente “de nuevo”. Por tanto, la palabra regeneración significa comenzar algo de nuevo. Es el nuevo principio de vida lo que nos interesa aquí, el principio de la vida espiritual. Notamos que esta imagen de la vida se contrasta con una imagen de la muerte. El hombre caído es descrito aquí como estando “muerto en pecado”. Para que alguien que esta muerto a las cosas de Dios viva para Dios, se debe hacer algo por y para él. Los muertos no pueden vivir por sí mismos. Los muertos no pueden crear vida espiritual dentro de sí mismos. Pablo deja completamente claro aquí que es Dios quien hace vivir. Es Dios quien nos vivifica de la muerte espiritual.

El hombre caído está muerto en pecado. Se le describe aquí como siendo “por naturaleza hijo de ira”. Su norma caída es andar “siguiendo la corriente de este mundo”. Su lealtad no esta dirigida a Dios sino “al príncipe de la potestad del aire”. Pablo afirma que éste no es meramente el estado de los peores pecadores, sino el estado anterior de sí mismo y de sus hermanos y hermanas en Cristo. (“Entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne …”)

La mayoría de las enseñanzas no reformadas acerca de la predestinación no toman en serio el hecho de que el hombre caído está espiritualmente muerto. Otras posiciones evangélicas reconocen que el hombre está caído y que su caída es un asunto grave. Conceden aun que el pecado es un problema radical. Conceden con prontitud que el hombre no está meramente enfermo, sino moralmente enfermo, enfermo de muerte. Pero no ha muerto del todo aún. Aún le queda un pequeño aliento de vida espiritual en el cuerpo. Aún le queda una pequeña isla de justicia en su corazón, una pequeña y débil capacidad moral que permanece en su caída.

He oído dos ilustraciones por parte de evangelistas que suplican el arrepentimiento y la conversión de sus oyentes. La primera es una analogía de una persona que sufre de una enfermedad terminal. Se dice que el pecador está gravemente enfermo, al borde de la muerte. No está dentro de su propio poder el curarse de la enfermedad. Está tendido en su lecho de muerte casi totalmente paralizado. No puede recuperarse a menos que Dios provea la medicina sanadora. El hombre está tan mal que no puede ni aun estirar el brazo para recibir la medicina. Se halla en un estado casi comatoso. Dios debe no sólo ofrecerle la medicina, sino que debe ponerla en una cuchara y colocarla en los labios del hombre moribundo. A menos que Dios haga todo eso, el hombre perecerá sin duda. Pero aunque Dios haga el 99% de lo necesario, al hombre le queda aún el 1%. Debe abrir la boca para recibir la medicina. Este es el ejercicio necesario del libre albedrío que hace la diferencia entre el cielo y el infierno. El hombre que abre la boca para recibir el don benévolo de la medicina será salvo. El hombre que mantiene los labios fuertemente apretados perecerá.

Esta analogía hace casi justicia a la Biblia y a la enseñanza de Pablo acerca de la gracia de la regeneración. Pero no totalmente. La Biblia no habla de pecadores mortalmente enfermos. Según Pablo, están muertos. No les queda ni un gramo de vida espiritual. Si han de vivir, Dios debe hacer algo más que ofrecerles medicina. Los muertos no abren la boca para recibir algo. Sus mandíbulas están cerradas por la muerte. La rigidez de la muerte se ha apoderado de ellos. Deben ser resucitados de los muertos. Deben ser nuevas creaciones, elaborados por Cristo y nacidos de nuevo por su espíritu.

Una segunda ilustración es igualmente popular entre los que se dedican a evangelizar. Según esta idea, al hombre caído se le ve como un hombre que se esta ahogando y que es incapaz de nadar. Se ha hundido dos veces y ha salido a la superficie por última vez. Si se hunde de nuevo, morirá. Su única esperanza es que Dios le arroje un salvavidas. Dios arroja el salvavidas y lo hace llegar precisamente al alcance de los dedos estirados del hombre. Lo único que el hombre tiene que hacer para salvarse es agarrarse. Si solamente agarra el salvavidas, Dios tirará de él. Si rehusa el salvavidas ciertamente perecerá.

Una vez más, en esta ilustración se enfatiza el extremo desamparo del pecador sin la asistencia de Dios. El hombre que se está ahogando está en una condición grave. No puede salvarse así mismo. Sin embargo, aún está vivo; puede estirar sus dedos. Éstos son el vínculo crucial para la salvación. Su destino eterno depende de lo que haga con los dedos. Pablo dice que el hombre está muerto. No está meramente ahogándose, se ha hundido ya en el fondo del mar. Es inútil arrojar un salvavidas a un hombre que se ha ahogado ya. Si entiendo a Pablo, le oigo decir que Dios bucea en el agua y saca al muerto del fondo del mar y entonces realiza un acto divino de resucitación boca a boca. Sopla aliento de vida en el hombre muerto.

Es importante recordar que la regeneración tiene que ver con la nueva vida. Se le llama el nuevo nacimiento o nacer de nuevo. Existe mucha confusión acerca de este asunto. El nuevo nacimiento está estrechamente vinculado en la Biblia a la nueva vida que es nuestra en Cristo. Al igual que en biología natural no puede haber vida sin nacimiento, así también en términos sobrenaturales no puede haber nueva vida sin un nuevo nacimiento.

El nacimiento y la vida están estrechamente relacionados, pero no son exactamente lo mismo. El nacimiento es el comienzo de la nueva vida. Es un momento decisivo. Entendemos esto en términos biológicos naturales. Cada año celebramos nuestros cumpleaños. No somos como la reina en Alicia en el País de las Maravillas, que celebraba todos sus “incumpleaños”. El nacimiento es una experiencia única. Puede celebrarse pero no repetirse. Es un momento decisivo de transición. Una persona o bien ha nacido, o bien no ha nacido aún.

Así es con el nuevo nacimiento espiritual. El nuevo nacimiento produce nueva vida. Es el comienzo de una nueva vida, pero no constituye la totalidad de la nueva vida. Es el punto crucial de transición desde la muerte espiritual a la vida espiritual. Una persona nunca nace de nuevo parcialmente. Está regenerada o no lo está.

La clara enseñanza bíblica acerca de la regeneración es que se trata de la obra de Dios y la obra de Dios solamente. No podemos hacernos nacer de nuevo. La carne no puede producir espíritu. La regeneración es un acto de creación. Dios realiza la creación.

En teología tenemos un término técnico que puede ser de ayuda, monergismo. Precede de dos frases. Mono significa “uno”. Un monopolio es un negocio que tiene el mercado para sí. Un monoplano es un avión con alas sencillas. Erg, puede que lo recuerdes de la escuela, se refiere a una unidad de trabajo. De este termino se deriva nuestra palabra de uso común, energía.

Juntando las dos partes, obtenemos el significado de “uno trabajando”. Cuando decimos que la regeneración es monergista, queremos decir que sólo uno está haciendo la obra. Ese uno es Dios el Espíritu Santo. El nos regenera; nosotros no podemos hacerlo por nosotros mismos o aun ayudarle en la tarea.

Puede sonar como si tratásemos a los seres humanos como marionetas. Las marionetas se hacen de madera. No pueden responder. Están inertes, sin vida. Se las mueve mediante cuerdas. Pero no estamos hablando de marionetas. Estamos hablando de seres humanos que son cadáveres espirituales. Estos seres humanos no tienen corazones de aserrín; están hechos de piedra. No son manipulados mediante cuerdas. Están biológicamente vivos. Actúan, toman decisiones, pero nunca decisiones hacia Dios.

Cuando Dios regenera un alma humana, cuando nos hace vivir espiritualmente, hacemos elecciones. Creemos. Tenemos fe. Nos apegamos a Cristo. Dios no cree por nosotros. La fe no es monergista. Anteriormente hablamos acerca de la condición del hombre caído y el estado de su voluntad humana. Afirmamos que si bien está caído, aún tiene una voluntad libre en el sentido de que aún puede hacer elecciones. Su problema, que definimos como incapacidad moral, es que carece de un deseo por Cristo. Está indispuesto y desinclinado hacia Cristo. A menos o hasta que el hombre se incline hacia Cristo, nunca escogerá a Cristo. A menos que primero desee a Cristo, nunca recibirá a Cristo.

En la regeneración, Dios cambia nuestros corazones. Nos da una nueva disposición, una nueva inclinación. Planta un deseo por Cristo en nuestros corazones. Jamás podremos confiar en Cristo para nuestra salvación, a menos que primero le deseemos. Esta es la razón por la que dijimos anteriormente que la regeneración precede a la fe. Sin el nuevo nacimiento, no sentimos deseo alguno por Cristo. Sin un deseo por Cristo, nunca le escogeremos. Por tanto, concluimos que antes que alguien crea jamás, antes que alguien pueda creer, Dios debe cambiar primero la disposición de su corazón.

Cuando Dios nos regenera, se trata de un acto de gracia. Miremos de nuevo Efesios 2: “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida …”

Tengo un rótulo sobre mi mesa que me bordó una mujer en una iglesia donde estuve ministrando. El rótulo dice simplemente: “Pero”. Cuando Pablo relata la condición espiritual del hombre caído, ello es suficiente para conducimos a la desesperación. Finalmente, llega a la palabra mágica que nos hace dar un suspiro de alivio. Pero. Sin ella estamos destinados a perecer. El “pero” encierra la esencia de la buena noticia.

Pablo dice: “Pero Dios, que es rico en misericordia …” Nótese que no dice: “Pero el hombre, que es rico en buena voluntad”. Es Dios solamente quien nos da la vida. ¿Cuándo lo hace? Pablo no lo deja para que lo adivinemos. Dice, “… estando nosotros muertos en pecados.” Este es el aspecto asombroso de la gracia, que nos es dada cuando estamos espiritualmente muertos.

Pablo concluye que es cuestión de gracia y no de obras. Su genuino resumen es, “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios”. Este pasaje debería sellar el asunto para siempre. La fe por la que somos salvados es un don. Cuando el apóstol dice que no es de nosotros, no quiere decir que no sea nuestra fe. Una vez más, Dios no cree por nosotros. Es nuestra propia fe, pero no se origina en nosotros. Nos es dada. El don no se gana o se merece. Es un don de pura gracia.

Durante la Reforma protestante hubo tres lemas que se hicieron famosos. Son frases latinas: sola fide, sola gratia, y soli Deo gloria. Los tres lemas van juntos. Nunca se les debe separar. Significan “por fe sola”, “por gracia sola” y “sólo a Dios la gloria”.

¿Gracia irresistible?

La mayoría de los cristianos están de acuerdo en que la obra de Dios en la regeneración es una obra de gracia. La cuestión que nos divide es si esta gracia es o no irresistible. ¿Es posible que una persona reciba la gracia de la regeneración y aún no llegue a tener fe? El calvinista responde con un enfático “¡no!”, pero no porque crea que la gracia salvadora de Dios es literalmente irresistible. Una vez más se nos crea un problema con el antiguo acróstico TULIP. Ya hemos cambiado el tulip a rulip, y ahora vamos a cambiarlo aún más. Ahora lo llamaremos “rulep”.

El término gracia irresistible puede confundir. Todos los calvinistas creen que los hombres pueden resistir y de hecho resisten la gracia de Dios. La cuestión es: “¿Puede la gracia de la regeneración dejar de cumplir su propósito?” Recordemos que los muertos espirituales están aún biológicamente vivos. Tienen una voluntad que está desinclinada hacia Dios. Harán todo lo que este de su parte para resistir la gracia. La historia de Israel es la historia de un pueblo duro de corazón, que resistía la gracia de Dios repetidamente. Dicha gracia es resistible en el sentido de que podemos resistirla y de hecho la resistimos. Es irresistible en el sentido de que consigue su propósito. Lleva a cabo el efecto deseado por Dios. Así pues, prefiero el término gracia eficaz.

Estamos hablando de la gracia de la regeneración. Recordamos que en la regeneración Dios crea en nosotros un deseo hacia El. Pero cuando tenemos ese deseo plantado en nosotros, continuamos funcionando como siempre hemos funcionado, haciendo nuestras elecciones según la motivación más fuerte en el momento. Si Dios nos da un deseo por Cristo, actuaremos según este deseo. Con toda seguridad, escogeremos el objeto de este deseo; escogeremos a Cristo. Cuando Dios nos hace vivir espiritualmente, llegamos a vivir espiritualmente. No es meramente la posibilidad de llegar a vivir espiritualmente lo que Dios crea. El crea vida espiritual dentro de nosotros. Cuando Dios llama algo para que sea, llega a ser.

Hablamos del llamamiento interno de Dios. El llamamiento interno de Dios es tan poderoso y eficaz como su llamamiento para crear el mundo. Dios no invitó al mundo a que existiese. Mediante su divino mandato, clamó: “Sea la luz”. Y hubo luz. No podía haber sido de otra manera. La luz tenia que comenzar a brillar. ¿Podía haber permanecido Lázaro en la tumba cuando Jesús le llamó? Jesús clamó: “¡Lázaro, ven fuera!” El hombre rompió su mortaja y salió de la tumba. Cuando Dios crea, ejerce un poder que sólo Dios tiene. Sólo El tiene el poder de sacar algo de la nada y vida de la muerte.

Existe mucha confusión acerca de este punto. Recuerdo la primera lección que oí jamás de John Gerstner. Era acerca del tema de la predestinación. Poco después de comenzar su lección, el Dr. Gerstner fue interrumpido por un estudiante que estaba agitando la mano en el aire. Gerstner se detuvo y reconoció al estudiante. El estudiante preguntó: “Dr. Gerstner, ¿se puede asumir con seguridad que usted es calvinista? Gerstner respondió: “Sí,” y continuó de nuevo con la lección. Unos momentos después apareció en los ojos de Gerstner un destello de reconocimiento y dejó de hablar en mitad de una frase y preguntó al estudiante: “¿Cuál es tu definición de un calvinista?”

El estudiante respondió: “Un calvinista es alguien que cree que Dios fuerza a algunas personas a escoger a Cristo e impide que otras personas escojan a Cristo.” Gerstner quedó horrorizado y dijo: “Si eso es ser calvinista, entonces puedes estar seguro que no lo soy”.

El concepto erróneo del estudiante acerca de la gracia irresistible está muy extendido. Una vez oí al presidente de un seminario presbiteriano declarar: “No soy calvinista porque no creo que Dios lleve a algunas personas, pataleando y gritando contra sus voluntades, al reino, mientras que excluye a otros que desesperadamente quieren estar allí.” Me quedé asombrado cuando oí estas palabras. No creía posible que el presidente de un seminario presbiteriano pudiera tener un concepto tan crasamente erróneo de la teología de su propia iglesia. Estaba recitando una caricatura que estaba tan lejos del calvinismo como sería posible.

El calvinismo no enseña y nunca ha enseñado que Dios lleve a la gente pataleando y gritando al reino, o que haya excluido jamás a alguien que quisiera estar allí. Recordemos que el punto cardinal de la doctrina reformada de la predestinación se apoya en la enseñanza bíblica de la muerte espiritual del hombre. El hombre natural no quiere a Cristo. Solamente querrá a Cristo si Dios planta un deseo por Cristo en su corazón. Una vez que está plantado el deseo, los que vienen a Cristo no vienen pataleando y gritando contra sus voluntades. Vienen porque quieren venir. Ahora desean a Jesús. Se lanzan al Salvador. El significado de la gracia irresistible es que el renacimiento vivifica a alguien a la vida espiritual de tal manera que ahora se ve a Jesús en su belleza irrestistible. Jesús es irresistible para aquellos que han recibido vida para apreciar las cosas de Dios. Toda alma cuyo corazón late con la vida de Dios dentro de sí anhela al Cristo viviente. Todos aquellos a quienes el Padre dé a Cristo, vienen a Cristo (Juan 6:37).

El término “gracia eficaz” puede ayudar a evitar alguna confusión. La gracia eficaz es una gracia que efectúa lo que Dios desea. ¿En qué difiere esta idea de otras ideas no reformadas acerca de la regeneración? La idea alternativa más popular se apoya en el concepto de gracia precedente.

Gracia precedente

Como el nombre sugiere, la gracia precedente es una gracia que “precede” a algo. Se la define normalmente como una obra que Dios hace para todos. El da a todos suficiente gracia para responder a Jesús. Es decir, es suficiente gracia para hacer posible que la gente escoja a Cristo. Los que cooperan con esta gracia y asienten a la misma son “elegidos”. Los que rehusan cooperar están perdidos.

La fuerza de esta idea es que reconoce que la condición espiritual del hombre caído es lo suficientemente severa como para requerir que la gracia de Dios le salve. La debilidad de la posición puede verse de dos maneras. Si esta gracia precedente es meramente externa al hombre, entonces falla de la misma manera que las analogías de la medicina y el salvavidas. ¿Qué bien procura la gracia precedente si se ofrece extremadamente a criaturas espiritualmente muertas? Por otro lado, si la gracia precedente se refiere a algo que Dios hace dentro del corazón del hombre caído, entonces debemos preguntar por qué no es siempre eficaz. ¿A qué se debe que algunas criaturas caídas escojan cooperar con la gracia precedente y otras escojan no hacerlo? ¿Obtienen todos la misma cantidad?

Pensemos acerca de ello de esta manera en términos personales. Si eres cristiano, sin duda serás consciente de otras personas que no son cristianas. ¿A qué se debe que tú hayas escogido a Cristo y ellos no? ¿Por qué dijiste tú, “sí,” a la gracia precedente mientras que ellos no lo hicieron? ¿Fue porque tú eras más justo que ellos? Si es así, entonces ciertamente tienes algo de lo que jactarte. ¿Fue aquella mayor justicia algo que conseguiste por ti mismo o fue don de Dios? Si fue algo que tú conseguiste, entonces en el fondo tu salvación depende de tu propia justicia. Si la justicia fue un don, ¿entonces por qué no le dio Dios el mismo don a todos? Quizá no fue porque fueses más justo. Quizá fue porque eras más inteligente. ¿Por que eres más inteligente? ¿Porque estudias más (lo que realmente significa que eres más justo)? ¿O eres más inteligente porque Dios te dio un don de inteligencia que no dio a otros?

Sin duda, la mayoría de los cristianos que sostienen la idea de la gracia precedente rehusarían dar tales respuestas. Ven la arrogancia implícita en ellas. Por el contrario, es más probable que digan: “No, yo escogí a Cristo porque reconocí la apremiante necesidad que tenía de El.”

Eso ciertamente suena más humilde. Pero debo insistir en la pregunta. ¿Por que reconociste tu apremiante necesidad de Cristo mientras que tu prójimo no lo hizo? ¿Fue porque tú eras más justo que tu prójimo, o más inteligente?

La cuestión fundamental para los defensores de la gracia precedente es por que algunos cooperan con ella y otros no. La manera en que respondamos revelará cuán misericordiosa creemos que es nuestra salvación realmente.

La cuestión vital es: “¿Enseña la Biblia una doctrina tal como la de la gracia precedente? Si así es, ¿dónde?”

Concluimos que nuestra salvación es del Señor. El es quien nos regenera. Aquellos a quienes El regenera van a Cristo. Sin regeneración, nadie irá jamás a Cristo. Con la regeneración, nadie le rechazará jamás. La gracia salvadora de Dios efectúa lo que El se propone efectuar mediante ella.

Resumen del capítulo 5

Nuestra salvación fluye de una iniciativa divina. Es Dios el Espíritu Santo quien libera a los cautivos. Es El quien sopla dentro de nosotros la vida espiritual y nos resucita de la muerte espiritual.

Nuestra condición antes de ser vivificados es de muerte espiritual. Es más grave que una mera enfermedad mortal. No hay ni un gramo de vida espiritual en nosotros hasta que Dios nos da la vida.

Sin el nuevo nacimiento, nadie irá a Cristo. Todos los que nacen de nuevo van a Cristo. Los que están muertos a las cosas de Dios permanecerán muertos, a menos que Dios les haga vivir. Aquellos a quienes Dios hace vivir viven. La salvación es del Señor.

Sproul, R. C. (2002). Escogidos por Dios (pp. 71–88). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.