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Familia, Iglesia Cristiana, Interés General, Todos los Artículos, Vida Cristiana

8 – [9] ¿Podemos saber que somos salvos?

Escogidos por Dios

R.C. Sproul

Capítulo 8

¿Podemos saber que somos salvos?

El ministerio de Evangelismo Explosivo tiene como clave para la presentación del Evangelio dos preguntas cruciales. La primera es: “¿Has alcanzado una posición en tu vida espiritual en la que sepas con seguridad que cuando mueras irás al cielo?” Los obreros con experiencia dicen que la inmensa mayoría de las personas responden a esta pregunta negativamente. La mayoría de la gente no está segura de su salvación futura. Muchos, si no la mayoría, expresan serias dudas acerca de si tal seguridad es inclusive posible. Cuando yo estaba en el seminario, se hizo una estadística entre mis compañeros de clase. Entre aquel grupo de seminaristas, aproximadamente el 90% de ellos dijeron que no estaban seguros de su salvación. Muchos expresaron enojo ante la pregunta, viendo en ella una especie de presunción implícita. Parece arrogante a algunos aun hablar acerca de la seguridad de la salvación.

Sin duda, afirmar nuestra seguridad de salvación puede ser un acto de arrogancia. Si nuestra confianza en nuestra salvación se apoya en una confianza en nosotros mismos, es un acto de arrogancia. Si estamos seguros de ir al cielo porque pensamos merecer ir al cielo, entonces nuestra actitud es increíblemente arrogante.

Con respecto a la seguridad de la salvación, hay básicamente cuatro clases de personas en el mundo. (1) Hay quienes no son salvos y saben que no son salvos. (2) Hay quienes son salvos y no saben que son salvos. (3) Hay quienes son salvos y saben que son salvos. (4) Hay quienes no son salvos y “saben” que son salvos.

Si hay quienes no son salvos que “saben” que son salvos, ¿cómo pueden saber los que son salvos que son realmente salvos?

Para responder a esa pregunta, debemos hacer primero otra pregunta. ¿Por qué tienen algunos una falsa seguridad de su salvación? En realidad, es relativamente fácil. La falsa seguridad se deriva principalmente de un falso entendimiento de lo que la salvación requiere o implica.

Supongamos, por ejemplo, que alguien es universalista. Cree que todas las personas son salvas. Si esa premisa es correcta, entonces el resto de su deducción lógica es fácil. Su razonamiento es el siguiente:

Todas las personas son salvas.

Yo soy una persona.

Por tanto, soy salvo.

El universalismo es mucho más prevaleciente de lo que muchos de nosotros nos damos cuenta. Cuando mi hijo tenía cinco años, le hice las dos preguntas de Evangelismo Explosivo. Respondió a la primera pregunta afirmativamente. Estaba seguro de que cuando muriera, iría al cielo. Procedí entonces a hacerle la segunda pregunta: “Si murieras esta noche y Dios te dijera, ‘¿Por qué debería dejarte entrar en mi cielo?’, ¿Qué responderías?” Mi hijo no dudó. Respondió inmediatamente: “¡Porque estoy muerto!”

Por el tiempo en que mi hijo tenía cinco años, ya había percibido un mensaje muy claro. El mensaje era que todos los que mueren van al cielo. Su doctrina de la justificación no era justificación por la fe sola. No era siquiera justificación por obras o una combinación de fe y obras. Su doctrina era mucho más simple: creía en la justificación por la muerte. Tenía una falsa seguridad de su salvación.

Si el universalismo está extendido en nuestra cultura, así lo está el concepto de la justificación por obras. En un sentido estadístico, entre más de mil personas a quienes se hizo la misma pregunta que yo le hice a mi hijo, más del 80% dieron una respuesta que implicaba alguna clase de “obras de justicia”. La gente decía cosas como: “He ido a la iglesia durante treinta años”, “he asistido regularmente a la escuela dominical”, o “nunca he hecho ningún daño grave a nadie”.

Aprendí algo claramente en mi experiencia en la evangelización: el mensaje de la justificación por la fe sola, no ha penetrado en nuestra cultura. Multitudes de personas están basando sus esperanzas en cuanto al cielo en sus propias buenas obras. Están bastante dispuestos a admitir que no son perfectos, pero dan por supuesto que son lo suficientemente buenos. Han hecho “lo mejor posible” y eso suponen trágicamente, es suficientemente bueno para Dios.

Recuerdo a un estudiante protestando a John Gerstner acerca de una puntuación que recibió en un examen trimestral. Puntualizó su queja diciendo: “Dr. Gerstner, hice lo mejor que pude.” Profesor Gerstner le miró y dijo suavemente: “Joven, tú nunca has hecho lo mejor que has podido.”

Sin duda, no creemos haber hecho lo mejor que hemos podido. Si revisamos nuestra actuación durante las últimas veinticuatro horas, sabremos que no hemos hecho lo mejor que hemos podido. No es necesario revisar nuestra vida entera para ver cuán plausible es dicha afirmación.

Sin embargo, aun si concedemos lo que de hecho nunca concederíamos, que la gente hace lo mejor que puede, sabemos que aun eso no es lo suficientemente bueno. Dios requiere la perfección para dejamos entrar en su cielo. O bien encontramos esa perfección en nosotros mismos, o la encontramos en algún otro lugar, en alguna otra persona. Si pensamos que podemos encontrarla en nosotros mismos, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros.

Vemos pues, que es bastante fácil tener un falso sentir de seguridad acerca de nuestra salvación. Pero ¿y si entendemos correctamente lo que requiere la salvación? ¿Garantiza eso que evitaremos una falsa seguridad de salvación?

De ninguna manera. El diablo mismo sabe lo que se requiere para la salvación. Sabe quien es el Salvador. Entiende la parte intelectual de la salvación mejor que nosotros. Pero no pone su confianza personal en Cristo para su salvación. Odia al Jesús que es el Salvador.

Podemos entender correctamente lo que es la salvación y sin embargo engañarnos a nosotros mismos acerca de si cumplimos o no los requisitos de la salvación. Podemos pensar que tenemos fe cuando de hecho, no la tenemos. Podemos pensar que estamos creyendo en Cristo, pero el Cristo que abrazamos no es el Cristo bíblico. Podemos pensar que amamos a Dios, pero éste bien puede ser solo un ídolo.

¿Amamos a un Dios que es soberano? ¿Amamos a un Dios que envía a la gente al infierno? ¿Amamos a un Dios que demanda obediencia absoluta? ¿Amamos a un Cristo que dirá a algunos en el último día: “Apartaos de mí, nunca os conocí”. No estoy preguntando si amamos a este Dios y a este Cristo perfectamente; estoy preguntando si amamos a este Dios y a este Cristo en absoluto.

Una de mis anécdotas favoritas de todos los tiempos la relata el Dr. James Montgomery Boice. El Dr. Boice habla de un escalador que se soltó de su cuerda y estaba a punto de caer miles de metros y morir. Presa del pánico, agarró un endeble arbusto que crecía en una roca en la ladera de la montaña. Este detuvo momentáneamente su caída, pero comenzó a desprenderse lentamente por las raíces. El escalador miró al cielo y gritó: “¿Hay alguien allí que me pueda ayudar?” Desde el cielo se oyó una profunda voz de abajo: “Sí te ayudaré. Confía en mí. Suelta el arbusto.” El escalador miró la caverna que tenía debajo y gritó una vez más: “¿Hay alguien más allí que pueda ayudarme?”

Es posible que el Dios en quien creemos es “alguien más”. He hablado con frecuencia a un grupo de personas asociadas con Young Life (Vida Joven), el ministerio que lleva a cabo una importante misión entre los adolescentes. La fuerza de Young Life es al mismo tiempo su mayor peligro. Young Life tiene un índice terriblemente elevado de jóvenes que hacen profesiones de fe que posteriormente repudian.

Young Life ha llevado a cabo una obra destacada para alcanzar a los adolescentes. Son maestros en hacer atractivo el evangelio. El peligro es sin embargo, que Young Life es tan atractivo, tan primoroso, que los jóvenes pueden ser convertidos a Young Life y no a la fe bíblica, nunca relacionándose con el Cristo bíblico. En ninguna manera busca ser esto una crítica de Young Life. No estoy sugiriendo que por tanto, deberíamos hacer el Evangelio repulsivo. Ya hacemos eso suficientemente. Es sólo para indicar que a todos se nos debe recordar que la gente puede responder a nosotros o a nuestro grupo, como un sustituto de Cristo y de esa manera, obtener una falsa seguridad de salvación.

Bajo un punto de vista bíblico, debemos darnos cuenta que no solo nos es posible tener una auténtica seguridad de nuestra salvación, sino que es nuestro deber buscar tal seguridad. Si la seguridad es posible, y si se nos manda tenerla, no es arrogante buscarla. Es arrogante no buscarla.

El apóstol Pedro escribe:

Por lo cual hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; por que haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Por que de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. (2 Pedro 1:10–11)

Aquí vemos el mandato de hacer firme nuestra elección. Hacer esto requiere diligencia. Tenemos aquí una preocupación pastoral. Pedro vincula la seguridad con estar libres de tropiezo. Uno de los factores más importantes que contribuyen al crecimiento espiritual del cristiano, un crecimiento espiritual consecuente, es la seguridad de la salvación. Hay muchos cristianos que están, ciertamente, en un estado de salvación que carece de seguridad. Carecer de seguridad es un grave obstáculo al crecimiento espiritual. La persona que no está segura de su estado de gracia se expone a dudas y temores en su alma. Carece de ancla para su vida espiritual. Su incertidumbre le hace andar con Cristo en forma incierta.

No sólo es importante que alcancemos una auténtica seguridad, sino que es importante que la alcancemos al principio de nuestra experiencia cristiana. Es un elemento clave en nuestro crecimiento hacia la madurez. Los pastores necesitan ser conscientes de eso y ayudar a sus rebaños en la búsqueda diligente de la seguridad.

Nunca sé con seguridad si las personas que encuentro son elegidas o no. No puedo penetrar en las almas de los demás. Como seres humanos, nuestra idea acerca de los demás está restringida a las apariencias externas. No podemos ver el corazón. La única persona que puede, saber con seguridad que eres un elegido eres tú.

¿Quién puede saber con seguridad que no es un elegido? Nadie. Puedes estar seguro que en este momento no te halles en un estado de gracia. No puedes saber con seguridad que mañana seguirás así. Hay multitudes de elegidos a nuestro alrededor que no están aún convertidos.

Una persona así podría decir: “No sé si soy un elegido o no, y no me preocupa lo más mínimo. Apenas puede haber mayor necedad. Si no sabes aún si eres un elegido, no puedo pensar en una cuestión más urgente que esa.

Si no estás seguro, el mejor consejo sería que te aseguraras. Nunca des por supuesto que no eres un elegido. Haz de tu elección objeto de certeza.

El apóstol Pablo estaba seguro de su elección. Frecuentemente utilizaba el término nosotros cuando hablaba de los elegidos. Dijo hacia el final de su vida:

Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida. (2 Timoteo 4:6–8)

Anteriormente en la misma epístola declaró:

Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día.

(2 Timoteo 1:12)

¿Cómo podemos nosotros, al igual que Pablo, tener verdadera seguridad, una seguridad que no sea falsa? La verdadera seguridad se fundamenta en las promesas de Dios para nuestra salvación. Nuestra seguridad procede, ante todo, de nuestra confianza en el Dios que hace estas promesas. En segundo lugar, nuestra seguridad es realzada por la evidencia interna de nuestra propia fe. Sabemos que jamás podríamos tener un verdadero afecto por Cristo si no hubiéramos nacido de nuevo. Sabemos que no podríamos nacer de nuevo si no fuéramos elegidos. Un conocimiento de la sana teología es vital para nuestra seguridad. Si tenemos un entendimiento correcto de la elección, ese entendimiento nos ayudará a interpretar estas evidencias internas.

Sé internamente que no amo totalmente a Cristo. Pero al mismo tiempo sí sé que le amo. Me regocijo interiormente al pensar en su triunfo. Me regocijo interiormente al pensar en su venida. Deseo su exaltación. Sé que ninguno de estos sentimientos que encuentro en mí podrían jamás estar ahí si no fuera por la gracia.

Cuando un hombre y una mujer están enamorados, damos por supuesto que son conscientes de ello. Una persona es generalmente capaz de discernir si está o no enamorada de otra persona. Esto procede de una seguridad interna.

Además de la evidencia interna de la gracia, hay también una evidencia externa. Deberíamos poder ver fruto visible de nuestra conversión. La evidencia externa, sin embargo, puede también ser causa de nuestra falta de seguridad. Podemos ver el pecado que permanece en nuestras vidas. Tal pecado no contribuye a nuestra seguridad. Nos vemos a nosotros mismos pecando y nos preguntamos: “¿Cómo puedo hacer estas cosas si realmente amo a Cristo?”

Para tener seguridad debemos hacer un sobrio análisis de nuestras vidas. No sirve de mucho comparamos con los demás. Siempre podremos encontrar a otros que hayan avanzado más en su santificación que nosotros. Podemos también encontrar a otros que hayan avanzado menos. No hay dos personas que se encuentren jamás en el mismo grado de crecimiento espiritual.

Debemos preguntarnos si vemos un cambio real en nuestra conducta, una evidencia externa real de la gracia. Esto es un proceso precario, porque podemos mentirnos a nosotros mismos. Es una tarea difícil de realizar, pero de ninguna manera imposible.

Tenemos un método más que es vital para alcanzar la seguridad. Se nos habla en la Escritura acerca del testimonio interno del Espíritu Santo. Pablo afirma que “el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Rom. 8:16).

El principal medio por el cual el Espíritu nos testifica es a través de su Palabra. Nunca tengo mayor seguridad que cuando estoy meditando en la Palabra de Dios. Si descuidamos este medio de gracia, es difícil tener una seguridad de nuestra salvación que sea duradera o fuerte.

Un teólogo reformado, A.A. Hodge, ofrece la siguiente lista de distinciones entre la verdadera y la falsa seguridad:

Verdadera seguridad

Falsa seguridad

Engendra una humildad genuina

Engendra orgullo espiritual

Conduce a la diligencia en la santidad

Conduce a una indulgencia indolente

Conduce a un autoexamen sincero

Evita una evaluación exacta

Conduce a desear una comunión más íntima con Dios

Es fría en cuanto a la comunión con Dios

La seguridad de la salvación puede aumentar o disminuir. Podemos incrementar nuestra seguridad o podemos reducirla. Podemos inclusive perderla totalmente, al menos por un tiempo. Hay muchas cosas que pueden hacer que se nos escape nuestra seguridad. Podemos volvernos descuidados en preservarla. La diligencia a la que somos llamados para hacer firme nuestra elección es una diligencia continua. Si nos volvemos indolentes en nuestra seguridad y comenzamos a darla por supuesto, corremos el riesgo de perder esa seguridad.

El mayor peligro para nuestra seguridad continua es una caída en algún pecado grave e indecoroso. Conocemos el amor que cubre una multitud de pecados. Sabemos que no tenemos que ser perfectos para tener seguridad de salvación. Pero cuando caemos en unos tipos especiales de pecados, nuestra seguridad es brutalmente sacudida. El pecado de adulterio de David le hizo temblar de terror delante de Dios. Si leemos su oración de confesión en el Salmo 51, podemos oír el lamento de un hombre que está luchando por conseguir de nuevo su seguridad. Después que Pedro maldijo y negó a Cristo y los ojos de Cristo se fijaron en él, ¿en qué estado se hallaría la seguridad de Pedro?

Todos experimentamos períodos de frialdad espiritual en los cuales nos sentimos como si Dios hubiera quitado totalmente de nosotros la luz de su rostro. Los santos lo han llamado la “noche oscura del alma”. Hay tiempos en que nos sentimos como si Dios nos hubiera abandonado. Pensamos que ya no oye nuestras oraciones. No sentimos la dulzura de su presencia. En tiempos como éstos, cuando nuestra seguridad ha decaído, debemos inclinamos hacia El con toda nuestra fuerza. El nos promete que si nos acercamos a El, El a su vez se acercará a nosotros. Finalmente, podemos ser sacudidos en nuestra seguridad si nos vemos expuestos a un gran sufrimiento. Una enfermedad grave, un doloroso accidente, la pérdida de un ser querido, pueden perturbar nuestra seguridad. Sabemos que Job clamó “Aunque él me matare, en él esperaré”. Ese fue el clamor de un hombre dolorido. Dijo estar seguro de que su Redentor vivía, pero estoy seguro que Job tuvo momentos en que las dudas le asaltaron.

Una vez más, es la Palabra de Dios la que nos conforta en tiempos de prueba. Nuestras tribulaciones no tienen, en última instancia, el efecto de destruir nuestra esperanza, sino de establecerla. Pedro escribió:

Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría. (1 Pedro 4:12–13)

Cuando estamos atentos a las promesas de Dios, nuestro sufrimiento puede ser utilizado para incrementar nuestra seguridad en vez de disminuirla. No es necesario que tengamos una crisis de fe. Nuestra fe puede ser fortalecida a través del sufrimiento. Dios promete que nuestro sufrimiento en última instancia, no tendrá meramente como resultado el gozo, sino un gozo más puro.

¿Podemos perder nuestra salvación?

Ya hemos afirmado que es posible perder nuestra seguridad de salvación. Eso no significa, sin embargo, que perdamos la salvación misma. Estamos considerando ahora la cuestión de la seguridad eterna: ¿Puede una persona justificada perder su justificación?

Sabemos cómo ha respondido a la pregunta la Iglesia Católica Romana. Roma insiste en que la gracia de la justificación puede, de hecho, perderse. El sacramento de la penitencia, que exige la confesión, fue establecido por esta misma razón. Roma llama al sacramento de la penitencia la “segunda tabla de justificación para los que han naufragado en cuanto a sus almas”.

Según la Iglesia Romana, la gracia salvadora se destruye en el alma cuando una persona comete un pecado “mortal”. El pecado mortal se llama así porque tiene el poder de matar la gracia. La gracia puede morir. Si es destruida por el pecado mortal, debe ser restaurada mediante el sacramento de la penitencia o el pecador mismo perecerá finalmente.

La fe reformada no cree en el pecado mortal a la manera en que lo hace Roma. Nosotros creemos que todos los pecados son mortales en el sentido de merecer la muerte, pero que ningún pecado es mortal en el sentido de que destruya la gracia de la salvación en los elegidos. (Posteriormente consideraremos el “pecado imperdonable” acerca del cual nos advirtió Jesús.)

La doctrina reformada de la seguridad eterna recibe el nombre de “perseverancia de los santos”, la P en TULIP. La idea aquí es: “Una vez en la gracia, siempre en la gracia.” Otra forma de afirmarlo es: “Si la tienes, nunca la perderás; si la pierdes, nunca la tuviste.”

Nuestra confianza en la perseverancia de los santos no se apoya en la capacidad de los santos de perseverar por sí mismos. Una vez más, me gustaría modificar el acróstico TULIP ligeramente. La misma letra, pero nueva palabra: prefiero hablar de la preservación de los santos.

La razón por la cual los verdaderos cristianos no caen de la gracia es que Dios benévolamente los guarda de caer. La perseverancia es lo que nosotros hacemos. La preservación es lo que Dios hace. Nosotros perseveramos porque Dios preserva.

La doctrina de la seguridad eterna o perseverancia se basa en las promesas de Dios. Algunos de los pasajes bíblicos clave se mencionan a continuación:

Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo. (Filipenses 1:6)

Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. (Juan 10:27–29)

Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero. (1 Pedro 1:3–5)

Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. (Hebreos 10:14)

¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro. (Romanos 8:33–39)

Vemos por estos pasajes que el fundamento de nuestra confianza en la perseverancia es el poder de Dios. Dios promete acabar lo que comienza. Nuestra confianza no se apoya en la voluntad del hombre. Esta diferencia entre la voluntad del hombre y el poder de Dios separa a los calvinistas de los arminianos. El arminiano sostiene que Dios elige personas para vida eterna sólo bajo la condición de su cooperación voluntaria con la gracia y la perseverancia en la gracia hasta la muerte, tal y como El las ha previsto. La Iglesia Católica Romana, por ejemplo, ha decretado lo siguiente: “Si alguien dice que un hombre una vez justificado no puede perder la gracia y por tanto, que el que cae y peca nunca fue verdaderamente justificado, sea anatema” (Concilio de Trento: 6/23).

Los protestantes arminianos hicieron una declaración similar: “Hay personas verdaderamente regeneradas que, al descuidar la gracia y contristar al Espíritu Santo con el pecado, se apartan totalmente y a la larga, finalmente, caen de la gracia a la reprobación eterna” (ver Conferencia de los Remonstrantes 11/7).

Un argumento principal ofrecido por los arminianos es que es inconsecuente con el libre albedrío del hombre que Dios “fuerce” su perseverancia. Sin embargo, los arminianos mismos creen que los creyentes no caerán de la gracia en el cielo. En nuestro estado de glorificación, Dios nos hará incapaces de pecar. Sin embargo, los santos glorificados en el cielo son aún libres. Si la preservación y la libre voluntad son condiciones consecuentes en el cielo, es imposible que sean condiciones inconsecuentes aquí en la Tierra. Los arminianos, una vez más, intentan probar demasiado con su idea de la libertad humana. Si Dios puede preservarnos en el cielo sin destruir nuestra libre voluntad, puede preservamos en la Tierra sin destruir esa libertad.

Podemos perseverar sólo porque Dios obra dentro de nosotros, con nuestra libre voluntad. Y porque Dios actúa en nosotros, es seguro que perseveraremos. Los decretos de Dios con respecto a la elección son inmutables. Estos no cambian porque El no cambia. A todos los que justifica, los glorifica. Ninguno de los elegidos se pierde jamás.

¿Por qué, pues, nos parece que muchos caen de la gracia? Todos hemos conocido a personas que han comenzado con la fe cristiana celosamente, sólo para repudiar su fe posteriormente. Hemos oído acerca de grandes dirigentes cristianos que han cometido graves pecados y traicionado su profesión de fe.

La fe reformada y bíblica reconoce prontamente que las personas hacen profesiones de fe y luego las repudian. Sabemos que los cristianos se “enfrían”. Sabemos que los cristianos pueden cometer, y de hecho cometen, pecados graves y detestables.

Creemos que los verdaderos cristianos pueden caer grave y radicalmente. No creemos que puedan caer total y finalmente. Observamos el caso del rey David, que fue culpable no sólo de adulterio, sino de conspiración en la muerte de Urías, el marido de Betsabé. David utilizó su poder y autoridad para asegurarse de que Urías muriese en la batalla. Esencialmente, David fue culpable de asesinato en primer grado, premeditado y con malicia preconcebida.

La conciencia de David estaba tan cauterizada, su corazón tan endurecido, que requirió nada menos que una confrontación directa con un profeta de Dios el volverle a su sentido. Su arrepentimiento subsiguiente fue tan profundo como su pecado. David pecó radicalmente, pero no total y finalmente. Fue restaurado.

Consideremos la historia de dos personajes famosos en el Nuevo Testamento. Ambos fueron llamados por Jesús para ser discípulos. Ambos caminaron al lado de Jesús durante su ministerio terrenal. Ambos traicionaron a Jesús. Sus nombres son Pedro y Judas.

Después de traicionar Judas a Cristo, salió y cometió suicidio. Después de traicionar Pedro a Cristo, se arrepintió y fue restaurado, surgiendo como un pilar de la Iglesia primitiva. ¿Cuál era la diferencia entre estos dos hombres? Jesús predijo que ambos le traicionarían. Cuando terminó de hablar con Judas, le dijo: “Lo que vas ha hacer, hazlo más pronto.” Jesús habló de forma diferente a Pedro. Le dijo: “Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo, pero yo he rogado por ti que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Lucas 22:31–32).

Notemos cuidadosamente lo que dijo Jesús. No dijo si, sino una vez. Jesús estaba confiado en que Pedro volvería. Su caída sería radical y grave, pero no total y final.

Está claro que la confianza de Jesús en la vuelta de Pedro no se basaba en la fuerza de Pedro. Jesús sabía que Satanás zarandearía a Pedro como a trigo. Esto es como decir que Pedro era “pan comido” para Satanás. La confianza de Jesús se basaba en el poder de la intercesión de Jesús. Es por la promesa de Cristo de que El sería nuestro Gran Sumo Sacerdote, nuestro Abogado para con el Padre, nuestro Justo Intercesor, por lo que creemos que perseveraremos. Nuestra confianza es en nuestro Salvador y nuestro Sacerdote que ora por nosotros.

La Biblia registra una oración que Jesús ofreció por nosotros en Juan 17. Debemos leer esta gran oración sumosacerdotal frecuentemente. Examinemos una porción de la misma:

… guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros. Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese (Juan 17:11–12).

Una vez más leemos:

Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo (v. 24).

Nuestra preservación es una obra trinitaria. Dios el Padre nos guarda y preserva. Dios el Hijo intercede por nosotros. Dios el Espíritu Santo habita en nosotros y nos asiste. Se nos ha dado el “sello” y las “arras” del Espíritu Santo (2 Tim. 2:19; Ef. 1:14; Rom. 8:23). Estas figuras son figuras de una garantía divina. El sello del Espíritu es una marca indeleble, como la impresión en cera del anillo de sellar de un monarca. Indica que somos su posesión. Las arras del Espíritu no son idénticas al depósito que se paga en las transacciones modernas de fincas. Tal depósito puede perderse. En términos bíblicos, las arras del Espíritu son un depósito con una promesa de pagar el resto. Dios no pierde sus arras. No deja sin acabar los pagos que comenzó. Las primicias del Espíritu garantizan que los últimos frutos vendrán.

Una analogía de la obra preservadora de Dios puede verse en la imagen de un Padre tomando la mano de su hijo pequeño al caminar juntos. En la idea arminiana, la seguridad del hijo se apoya en la fuerza con que el hijo se aferra a la mano del padre. Si el hijo se suelta, perecerá. En la idea calvinista, la seguridad del hijo se apoya en la fuerza con que el padre agarra al hijo. Si el hijo deja de agarrarse, el padre le agarra firmemente. El brazo del Señor no se ha acortado.

Nos preguntamos aún por qué parece que algunos, en efecto, se apartan total y finalmente. Aquí debemos hacernos eco de las palabras del apóstol Juan: “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros” (1 Juan 2:19).

Repetimos nuestro aforismo: Si la tenemos, nunca la perdemos; si la perdemos, nunca la tuvimos. Reconocemos que la Iglesia de Jesucristo es un cuerpo mixto. Hay cizaña que crece al lado del trigo; cabritos que viven al lado de las ovejas. La parábola del sembrador deja claro que las personas pueden experimentar una falsa conversión. Pueden tener una fe aparente, pero esa fe puede no ser genuina.

Conocemos a personas que han sido “convertidas” muchas veces. Cada vez que hay un avivamiento en la iglesia, pasan al frente y “se salvan”. Un ministro habló de un hombre en su congregación que había sido “salvado” diecisiete veces. Durante una reunión de avivamiento, el evangelista hizo un llamamiento para pasar al frente a todos los que quisieran ser llenos del Espíritu. El hombre que había sido convertido con tanta frecuencia avanzó hacia el frente de nuevo. Una mujer en la congregación gritó: “¡No lo llenes, Señor. Tiene un escape!”

Todos tenemos un escape hasta cierto punto. Pero ningún cristiano está total y finalmente vacío del Espíritu de Dios. Los que se vuelven “inconversos” nunca fueron convertidos en un principio. Judas era un hijo de perdición desde el principio. Su conversión fue falsa. Jesús no oró por su restauración. Judas no perdió al Espíritu Santo, pues éste nunca habitó en él.

Advertencias bíblicas acerca de la apostasía

Probablemente, los argumentos más fuertes que ofrecen los arminianos contra la doctrina de la perseverancia de los santos proceden de las múltiples advertencias en la Escritura contra la apostasía. Pablo, por ejemplo, escribe:

“Sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Corintios 9:27).

Pablo habla en otra parte acerca de hombres que han sido apóstatas:

“Y su palabra carcomerá como gangrena; de los cuales son Himeneo y Fileto, que se desviaron de la verdad, diciendo que la resurrección ya se efectuó, y trastornan la fe de algunos” (2 Timoteo 2:17, 18).

Estos pasajes sugieren que es posible que los creyentes sean “eliminados” o que su fe sea “trastornada”. Es importante, sin embargo, ver cómo Pablo concluye su declaración a Timoteo:

“Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (v. 19).

Pedro habla también de puercas lavadas revolcándose de nuevo en el cieno y de perros que vuelven a su vómito, comparándolos con personas que se han apartado tras ser instruidos en el camino de la justicia. Estos son falsos convertidos cuyas naturalezas nunca han sido cambiadas (2 Pedro 2:22).

Hebreos 6

El texto que contiene la más solemne advertencia contra la apostasía es también el más controversial con respecto a la doctrina de la perseverancia. Se encuentra en Hebreos 6:

Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio (vv. 4–6).

Ese pasaje sugiere fuertemente que los creyentes pueden apostatar y lo hacen, total y finalmente. ¿Cómo hemos de entenderlo? El significado pleno del pasaje es difícil por varias razones. La primera es que no sabemos con seguridad qué caso de apostasía está implicado en este texto, pues no estamos seguros acerca del autor o los destinatarios de Hebreos. Había dos asuntos candentes en la Iglesia primitiva que podían haber provocado esta terrible advertencia.

El primer asunto era el problema de los así llamados relapsos. Los relapsos eran aquellos que durante una severa persecución no guardaron la fe. No todos los miembros de la Iglesia fueron a los leones cantando himnos. Algunos se vinieron abajo y se retractaron de su fe. Algunos traicionaron inclusive a sus camaradas y colaboraron con los romanos. Cuando acababan las persecuciones algunos de los que habían sido traidores se arrepentían y buscaban la readmisión en la Iglesia. Cómo habían de ser recibidos fue un tema muy controversial.

El otro asunto candente estaba provocado por los judaizantes. La influencia destructora de este grupo se trata en varias partes del Nuevo Testamento, muy especialmente en el libro de Gálatas. Los judaizantes querían profesar a Cristo y al mismo tiempo, propugnaban las ceremonias de culto del Antiguo Testamento. Insistían, por ejemplo, en la circuncisión ceremonial. Creo que era la herejía judaizante la que preocupaba al autor de Hebreos.

Un segundo problema es identificar la naturaleza de aquellos que están siendo advertidos contra la apostasía en Hebreos. ¿Son verdaderos creyentes o son cizaña creciendo entre el trigo? Debemos recordar que hay tres clases de personas que nos interesan aquí. Hay (1) creyentes, (2) incrédulos en la Iglesia, y (3) incrédulos fuera de la Iglesia.

El libro de Hebreos traza varios paralelos con el Israel del Antiguo Testamento, especialmente con aquellos en el campamento que eran apóstatas. ¿Quiénes son estas personas en Hebreos? ¿Cómo se les describe? Hagamos una lista de sus atributos:

1. Una vez iluminados

2. Gustaron del don celestial.

3. Partícipes del Espíritu Santo

4. Gustaron de la buena Palabra de Dios.

5. No pueden ser renovados otra vez para arrepentimiento.

A primera vista, esta lista ciertamente parece describir a verdaderos creyentes. Sin embargo, puede también estar describiendo a miembros de iglesia que no son creyentes, personas que han hecho una falsa profesión de fe. Todos estos atributos pueden ser poseídos por no creyentes. La cizaña que viene a la iglesia cada semana oye la Palabra de Dios enseñada y predicada, y de esta manera es “iluminada”. Participan de todos los medios de gracia. Se unen a los demás en la Cena de Señor. Participan del Espíritu Santo en el sentido de gozar la cercanía de su presencia. Han realizado inclusive alguna clase de arrepentimiento, al menos externamente.

Muchos calvinistas encuentran así una solución a este pasaje, relacionándolo con los no creyentes en la Iglesia que repudian a Cristo. No estoy totalmente satisfecho con esa interpretación. Pienso que este pasaje bien puede estar describiendo a verdaderos cristianos. La frase más importante para mí es “otra vez renovados para arrepentimiento”. Sé que hay una falsa clase de arrepentimiento que el autor en otro lugar llama el arrepentimiento de Esaú. Pero aquí habla de renovación. El nuevo arrepentimiento, si es renovado, debe ser como el antiguo arrepentimiento. El arrepentimiento renovado del cual habla es ciertamente de tipo genuino. Doy por supuesto, por tanto, que el antiguo era igualmente genuino.

Creo que el autor está argumentando en un estilo que llamamos ad hominem. Un argumento ad hominem se lleva a cabo tomando la posición de nuestro oponente y llevándola a su conclusión lógica. La conclusión lógica de la herejía judaizante es destruir cualquier esperanza de salvación.

La lógica es la siguiente. Si una persona abrazaba a Cristo y confiaba en su expiación por el pecado, ¿qué tendría esa persona si volviera al pacto de Moisés? En efecto, estaría repudiando la obra consumada de Cristo. Sería una vez más un deudor a la ley. Si ese fuera el caso, ¿a dónde se volvería para la salvación? Ha repudiado la cruz, no podría volverse a ella. No tendría esperanza de salvación, porque no tendría Salvador. Su teología no permite una obra consumada de Cristo. La clave de Hebreos seis se encuentra en el versículo nueve: “Pero en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que pertenecen a la salvación, aunque hablamos así.”

Aquí el autor mismo nota que está hablando de forma inusual. Su conclusión difiere de los que encuentran aquí un texto para la apostasía. Concluye con una confianza en cosas mejores por parte de los amados, cosas que pertenecen a la salvación. El autor no dice que algún creyente realmente apostate. De hecho dice lo contrario, que está confiado en que no apostatarán.

Pero si nadie apostata, ¿por qué molestarse aún en advertir a la gente contra ello? Parece frívolo exhortar a la gente a que evite lo imposible. Aquí es donde debemos entender la relación entre la perseverancia y la preservación. La perseverancia es tanto una gracia como un deber. Hemos de luchar con todas nuestras fuerzas en nuestro caminar espiritual. Humanamente hablando, es posible apostatar. Sin embargo, al luchar hemos de mirar a Dios que nos está preservando. Es imposible que El deje de guardamos. Consideremos de nuevo la analogía del hijo caminando con su padre. Es posible que el hijo se suelte. Si el padre es Dios, no es posible que lo suelte. Aun dada la promesa del padre de no soltarle, es todavía el deber del hijo aferrarse fuertemente. De esta manera, el autor de Hebreos advierte a los creyentes contra la apostasía. Lutero llamaba a esto el “uso evangélico de la exhortación”. Nos recuerda nuestro deber de ser diligentes en nuestro caminar con Dios.

Finalmente, con respecto a la perseverancia y la preservación, debemos mirar la promesa de Dios en el Antiguo Testamento. A través del profeta Jeremías, Dios promete hacer un nuevo pacto con su pueblo, un pacto que es eterno. Dice:

Y haré con ellos pacto eterno, que no me volveré atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí. (Jeremías 32:40)

Resumen del capítulo 8

1. Concluimos que la seguridad de nuestra salvación es vital para nuestras vidas espirituales. Sin ella, nuestro crecimiento se retrasa y nos asaltan dudas atormentantes.

2. Dios nos llama a hacer firme nuestra elección para encontrar el consuelo y la fuerza que Dios ofrece en la seguridad. En Romanos 15 Pablo declara que es Dios la fuente y el origen de nuestra perseverancia y ánimo (v. 5) y de nuestra esperanza (v. 13). Encontrar nuestra seguridad es tanto un deber como un privilegio.

3. Ningún verdadero creyente pierde jamás su salvación. Sin duda, los cristianos caen a veces seria y radicalmente, pero nunca plena y finalmente. Perseveramos no por nuestra fuerza, sino por la gracia de Dios que nos preserva.

Sproul, R. C. (2002). Escogidos por Dios (pp. 112–130). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

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