9/27 – La tentación de Cristo

Aviva Nuestros Corazones

Serie: El Cristo incomparable

9/27 – La tentación de Cristo

Nancy Leigh DeMoss

https://www.avivanuestroscorazones.com/podcast/aviva-nuestros-corazones/la-tentacion-de-cristo/

Leslie Basham: Está con nosotros Nancy Leigh DeMoss.

Nancy Leigh DeMoss: Pienso que todas nosotras estamos familiarizas con “Las Crónicas de Narnia” del autor C. S. Lewis. De estas historias mi favorita es la de  «El León, la Bruja y el Ropero» (The Lion, the Witch, and the Wardrobe.)  Es posible que ustedes hayan leído estos libros y que también hayan  visto la película.

¿Recuerdan la escena donde Edmund cae dentro la ciudad de Narnia desde el ropero,  quedando solo y perdido en un frío y nevado bosque?  Repentinamente, de la nada, Edmund  oye el  sonido distante de unas campanas y de pronto, a la vuelta de la esquina, ve venir un trineo; y sentada en lo alto del trineo ¿a quién vemos? A la Bruja Blanca. Ella detiene el trineo, se baja para hablar con Edmund y al hacerlo, recuerda la antigua profecía, de que su vida y su reino terminarían cuando dos hijos de Adán y  dos hijas de Eva se sentaran en el trono de Cair Paravel.

Así que, pretendiendo ser su amiga, la Bruja invita a Edmund a que suba al trineo con ella y le pregunta si quiere algo de comer. Edmund le pide un delicioso postre turco, y por arte de magia ella produce uno. Lo que Edmund no sabe, es que este dulce está embrujado, y quienes lo prueban siempre va a querer más y nunca estarán satisfechos con solo una probadita.

La Bruja le promete a Edmund darle más de este dulce si él le trae a sus hermanos y hermanas a su casa; también le promete convertirlo en príncipe y le dice que cuando ella ya no esté él será el rey. Este deseo por el poder y los placeres llevaron a Edmund a ceder a la tentación y al final, termina traicionando a sus hermanos y hermanas. 

Leslie: Este es el programa Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss – en la voz de Patricia Saladín.

Hemos estado llevando a cabo un estudio profundo sobre El  Cristo incomparable, basado en el libro de  Oswald Sanders.

Esta pequeña reseña que Nancy hace  sobre Las Crónicas de Narnia nos lleva a una importante discusión.   

Nancy: Cuando pienso en esta historia, viene a mi mente una escena muy importante de la vida del Señor Jesús.

La tentación de Cristo tiene algunos paralelismos con la tentación de la Bruja a Edmund, pero damos las gracias que la tentación de Cristo tuvo un final muy diferente. Si tienen sus Biblias abiertas por favor vayan conmigo al Evangelio de Mateo, al capítulo 4.

La tentación de  Cristo se relata en tres de los cuatro evangelios—en Mateo, Marcos y Lucas—los cuales son llamados «evangelios sinópticos». En esta ocasión estaremos saltando de uno a otro, pero básicamente seguiremos el relato que se encuentra en Mateo  capítulo 4 comenzando en el versículo 1.

«Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, entonces tuvo hambre. Y acercándose el tentador, le dijo: si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan.” (vv. 1-3).

Vamos a detenernos aquí por un momento para hacer algunos comentarios. «entonces, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto»—cuando leemos el relato de Marcos él nos dice: «inmediatamente»- ¿inmediatamente después de qué? ¿Qué ocurrió antes de esto?

Como vimos en nuestra última sesión,  el evento que antecedió a la tentación de Cristo fue Su bautismo. Él había estado en el río Jordán para ser bautizado por Juan, donde Él pasó por la increíble experiencia de ser señalado por Juan el Bautista como «El Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Jesús había sido bautizado por Juan y  había escuchado la voz desde el cielo diciendo: «Este es mi Hijo amado en quien me he complacido» (Mateo 3:17).

Esta fue una experiencia maravillosa y única, pero inmediatamente después de ser bautizado Cristo experimentó la tentación en el desierto.

Hace un tiempo atrás leí una frase de un escritor que nunca he podido borrar de mi mente: «después de la bendición viene la batalla”. Después de la bendición de Su bautismo, Cristo enfrentó la tentación en el desierto.  ¿No es así como ocurre con frecuencia en nuestra vida espiritual?

Pasamos por una maravillosa experiencia con Dios, por una increíble victoria espiritual y por una experiencia íntima con Cristo; experimentamos una «marea alta» en nuestro caminar con Cristo, pero sucede que al día siguiente, en la próxima hora, en el próximo minuto o en la siguiente etapa de nuestras vidas; nos encontramos en el desierto, siendo tentadas, atacadas por Satanás y luchando para no caer. La tentación nos sobreviene repentinamente.

No debería  sorprendernos el hecho de que esto ocurra así, estas experiencias suceden y debemos estar preparadas para enfrentarlas; así como tampoco debería  sorprendernos el hecho de que el Diablo esté involucrado en estas tentaciones.

“Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo». Marcos nos dice en su relato  de la tentación, que el diablo es también llamado «Satanás», él es el enemigo personal de Cristo y el incansable enemigo de Dios y de todos los que siguen a Cristo.

Notemos que desde el Huerto del Edén—cuando Satanás logró que  Adán y Eva se rebelaran contra la autoridad de Dios —Dios le había permitido a Satanás ejercer cierto tipo de control en la tierra. Satanás está totalmente consciente de que él no es omnisciente —es decir, que no lo sabe todo—pero en ese momento a él no le quedaba la menor duda de que el Hijo de Dios había venido al mundo 30 años atrás, tomando forma humana para redimir y reconciliar el hombre caído con Dios.

Probablemente Satanás escuchó a los ángeles cantar en los cielos cuando los pastores estaban en el campo la noche que Cristo nació en Belén.  “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres» (Lucas 2:14). Imagino que Satanás no solo escuchó a los ángeles,  sino que  sospecho que también escuchó la voz del Padre desde los cielos el día que Jesús fue bautizado cuando dijo: «Este es mi Hijo amado»; él sabía muy bien lo que estaba sucediendo.

Satanás estaba consciente de que su poder en el corazón de los hombres y en los reinos de este mundo sería puesto a prueba, sabía que si Cristo tenía éxito en Su misión, él sería vencido; también se acordaba de la maldición que miles de años atrás Dios pronunció contra la serpiente en el Huerto cuando dijo: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; él te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañal».  (Génesis 3:15). ¡Él sabía que estaba vencido!

Satanás se sentía amenazado, no podía quedarse tranquilo y dejar que Jesús comenzara Su ministerio, que pisoteara su poder y él se quedara sin hacer nada para tratar de  impedirlo.  Por lo tanto esta tentación no debería sorprendernos, como tampoco  debería sorprendernos que las tentaciones vengan a nuestras vidas.

Si eres una seguidora de Cristo, Satanás sabe que te está perdiendo; y no solo esto, si no también que vas a influenciar a otros para que no lo sigan. No te sorprendas si después de comprender esta gran realidad sobre quién es Cristo—quizás después de un día tan especial como es ese—que lleguen diversas pruebas y tentaciones a tu vida. Sin embargo, si tienes presente quién está detrás de todas ellas, y quién es tu enemigo, no tendrás por qué ceder a ellas. Veamos ahora cómo se enfrentó Cristo al tentador.

El relato nos dice que Cristo fue tentado por Satanás, por el maligno, aunque también nos dice en el versículo 1 que “Él fue guiado por el Espíritu al desierto».  Aquí vemos a Jesús, el Hijo Amado de Dios, siendo guiado al desierto para ser tentado por el maligno, y ¿quién lo está guiando? El Espíritu Santo. El hecho de que él era el Hijo de Dios, de que era completamente obediente al Padre, de que nunca había pecado y de que nunca  había  hecho nada malo, no lo eximió de ser tentado. No lo eximió de experimentar una tentación muy, pero muy difícil.

Les diré que aunque esta tentación fue parte del plan de Dios, fue Satanás quien trajo la tentación, Cristo fue tentado por el mismo diablo. Porque Dios no tienta a ninguna persona, pero Dios puso a Cristo en el lugar donde iba a ser tentado por el maligno. Era necesario que Cristo enfrentara esta tentación, que pasara por ella, la soportara y la venciera para poder representarnos como nuestro Salvador.

Al momento de la tentación recuerda el hecho de que aunque Satanás esté involucrado en este proceso, es el Espíritu Santo quien te está guiando a ese lugar donde serás tentada, y Aquél que te guía a ese lugar también te guardará y te protegerá en esa situación.

Pensemos ahora en el lugar donde ocurre la tentación de Cristo,  en un desierto seco y desolado, donde además de Cristo estar cuarenta días sin comer, el relato de Marcos nos dice que Él estaba rodeado de fieras.  Esta es una referencia interesante, sobre todo esta pequeña frase, «y estaba entre las fieras» (1:13).  Particularmente a mí no me gustan los animales salvajes, es más, ¡ni siquiera me gustan los mansos!

Este era un lugar peligroso, desolado. Esta fue una tentación  larga, extensa y que se prolongó por muchos días. Cristo estaba solo, sin ninguna compañía humana, sin amigos y sin nadie que le diera ánimo. Fue bombardeado por la tentación, bombardeado por el maligno durante 40 largos días.

Es importante que recordemos el contexto cósmico y el trasfondo de la tentación de Jesús en el desierto. Satanás siempre ha querido ocupar el trono de Dios, esta lucha por el poder se remonta a la primera vez que lo intentó y fue arrojado del cielo.

En el contexto de la tentación en el desierto, Satanás está tratando de usurpar la autoridad de Cristo al incitarlo a que se someta a su voluntad—a la de Satanás. Sin embargo, Cristo no se somete a ninguna otra autoridad que no sea la del Padre, Cristo vence a Satanás invocando una autoridad superior, la autoridad de la Palabra de Dios. Veremos esto al considerar la primera tentación en el versículo tres:

«Y acercándose el tentador, le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. Pero Él respondiendo, dijo: Escrito está: No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.» (vv. 3-4).

¿Cuál es la tentación aquí?  La tentación es que Cristo ceda a sus necesidades temporales, físicas e inmediatas independientemente de Dios.  Es la tentación de elevar nuestras necesidades físicas y materiales sobre las espirituales, la de vivir para lo temporal, para el aquí y el ahora, en vez de vivir para las cosas eternas.

Es la tentación de querer suplir nuestras necesidades a nuestra manera, en lugar de a la manera de Dios. Esta fue la tentación de que Jesús supliera sus necesidades a su manera, en lugar de a la manera de Dios. Nosotros como seres humanos tenemos una gran cantidad de necesidades, tenemos deseos sexuales, tenemos necesidad de compañía y tenemos necesidades materiales; estas necesidades en sí mismas no son pecaminosas. No es pecado querer satisfacer nuestras necesidades, la tentación ocurre cuando tratamos de hacerlo a nuestra manera y no a la manera de Dios;  es cuando queremos tomar las cosas en nuestras propias manos, cuando queremos resolver los problemas por nosotras mismas, y en nuestro propio tiempo, en vez de esperar en Dios para que sean suplidas.  

Veamos ahora  la segunda tentación en el versículo 5:

«Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, lánzate abajo, pues escrito está: ‘a sus ángeles te encomendará’ y: ‘En las manos  te  llevarán no sea que tu pie tropiece en piedra.» (vv. 5-6).

En esencia lo que Satanás está diciendo es: “¿Estás seguro de que puedes confiar en Dios?» Esta es la tentación en que tendemos a demandar de Dios que nos pruebe si sus promesas son realmente verdaderas.  Satanás inclusive utiliza la Palabra de Dios para ello;  de hecho las dos cosas que él le dice: «a sus ángeles te encomendará, y en las manos te llevarán no sea que tu pie tropiece en piedras» son citas de  las Escrituras tomadas del Salmo 91 los versículo 11-12.

¿Pueden ustedes imaginarse a Satanás utilizando las Escrituras para tentarnos? Es interesante notar que él cita el Salmo 91, pero no solo lo cita fuera de contexto, sino que también lo cita erróneamente dejando fuera el próximo versículo: «Sobre el león y la cobra pisarás; hollarás al cachorro de león, y a la serpiente” (v.13) De hecho, este pasaje predice  la derrota de Satanás cuando nos dice que: “la serpiente será aplastada”, por esto él no cita esta parte, sino que la usa selectivamente.

Como podemos  ver en el versículo 7, Cristo también sabe utilizar las Escrituras para vencer a Satanás:

Jesús le dijo: También está escrito: «No tentarás al Señor tu Dios.» Otra vez el diablo le llevó a un lugar muy alto, y le mostró todos los reinos de este mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrándote me adoras.» (vv. 7-9).

¿Cuál es entonces la tercera tentación? Satanás quiere recibir la adoración que solo le pertenece a Dios, por eso le mostró a Cristo todos los reinos y los señoríos temporales de este mundo, ofreciéndole a Jesús que le daría poder, control y gloria sobre ellos, si postrado le adorase. ¿No nos ofrece Satanás lo mismo a nosotros en nuestros hogares y nuestros lugares de trabajo?  El pensamiento viene de la siguiente manera: “Quiero poder, quiero control; no me interesa el control del mundo entero —solo quiero tener control sobre mi situación actual”.

Satanás nos ofrece gloria: «Quiero ser visto, quiero ser reconocida  quiero ser honrada».  Él nos ofrece todo esto,  pero ¿a qué precio? A cambio de nuestra adoración, de nuestra sumisión y de nuestro servicio a él.

Ahora, notemos que Satanás le está ofreciendo a Cristo algo que al final como quiera le pertenecía a Él: la autoridad sobre los reinos de este mundo. ¿Quién es el Rey y Señor sobre todo el mundo? ¿Quién es el Regente y Soberano con autoridad suprema y final sobre todo el mundo? ¡Es Cristo! Y Satanás le está ofreciendo lo que ya le pertenece pero a través de  un camino más corto, a través de un atajo que eliminaría la cruz. «Puedes tener todo esto sin tener que pasar por el sufrimiento, sin tener que morir». Es la tentación de obtener aquello que Dios quiere que Cristo obtenga, pero por otros medios que no son de acuerdo al plan de Dios.

Cristo le responde en el versículo 10:

Entonces Jesús le dijo: ¡Vete, Satanás! Porque escrito: «Al Señor tu Dios adorarás, y solo a Él servirás.» (vv. 10-11).

Ahora, cuando leemos el recuento de Lucas él nos recuerda que esta no sería  la última vez que Satanás tentaría a Cristo pues Lucas escribe: “Cuando el diablo hubo acabado toda tentación, se alejó de Él esperando un tiempo oportuno» (4:13). Satanás intentaría otra vez tentar a Cristo, de la misma forma que lo intentará una y otra vez en nuestras vidas; y esto ocurrirá  hasta el día en que el mismo sea finalmente derrotado, hasta el día en que sea eliminado de la escena y su poder quede totalmente destruido.

Pero volviendo a Mateo al capítulo 4, al versículo 11, y me encanta esta frase que dice: «y he aquí, ángeles vinieron y le servían.»  Al momento oportuno Dios le envió a Su Hijo una provisión sobrenatural; y quiero recordarte que Dios también mandará esta provisión para ti. Él sabe lo que tú necesitas, y también Él conoce en qué momento lo necesitas.

De hecho, Hebreos capítulo 11 nos dice que Dios manda Sus ángeles a ministrar a los creyentes. Yo nunca he visto uno, no puedo decirte exactamente cuándo estarán ahí, pero sí puedo decirte que la Palabra de Dios nos dice que Sus ángeles son siervos que ministran a nuestro favor.

Y ahora quisiera darles algunos consejos prácticos a manera de aplicación.

Jesús enfrentó a Satanás y fue tentado en su naturaleza humana.  Él no utilizó sus poderes divinos para vencer esta tentación, si lo hubiera hecho podríamos decir: «Claro que pudo vencer la tentación; porque Él es Dios y yo no». Cristo venció al enemigo en su naturaleza humana, estando en la condición de hombre, utilizando los mismos recursos que nosotras tenemos disponibles al día de hoy. ¿Cuáles son estos recursos?

El Espíritu Santo  que lo llevó a este lugar.

La Oración—recuerden Su bautismo, Cristo le oró al Padre al momento de ser bautizado.

La  gracia de Dios, que está disponible para aquellos que se humillan y claman a Dios conscientes de su necesidad de Él.

La  Palabra de Dios— la espada del Espíritu, el arma que usamos contra el enemigo. Los versículos que Cristo citó los había memorizado en su niñez. Él creció meditando en ellos y los aplicó en el  momento en que tuvo la necesidad de utilizarlos. De la misma forma en que lo hacemos nosotras cuando nos enfrentamos a una tentación.

Él enfrentó la tentación en Su naturaleza humana y utilizó los mismos recursos que están disponibles para nosotras cuando somos tentadas.

En segundo lugar: Cristo puede ayudarnos en la tentación porque Él mismo venció la prueba en el desierto. Por esto, cuando somos tentadas por el maligno, Él puede venir a nuestro rescate.

Veamos algunos versículos de los capítulos 2 y 4 del libro de Hebreos que tocan este tema.  Voy a compilar todos estos versículos juntos para que tengamos una idea más clara. Estos versículos son preciosos, están llenos de riquezas y contienen promesas maravillosas.

Hebreos nos dice:

Por cuanto Él mismo fue tentado en el sufrimiento, es poderoso para socorrer a los que son tentados. (2:18)

Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. (4:15).

Él es el Cristo Incomparable. Él fue tentado en todo pero se mantuvo sin pecado.

Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna. (4:16).

Vemos  la palabra ayuda dos veces en estos versículos. «Él puede ayudar a aquellos que son tentados» y » El da gracia para la ayuda oportuna».

En el lenguaje original del griego esta palabra se usa para describir la soga o la cadena que amarra un barco que se está desarmando; este proceso se conoce como: “asegurar un barco”. La soga se amarra alrededor de todo la embarcación para mantenerla unida.

Esta es la misma palabra usada en Hechos capítulo 27 cuando Pablo navegaba hacia a Roma y fueron embestidos por una gran tormenta y el barco estuvo a punto de naufragar.  El autor del libro de los Hechos nos dice que  «usaron amarras para ceñir la nave» (v. 17) Esta palabra ceñir es la misma palabra ayudar. «Cristo está capacitado para ayudar a aquellos que son tentados».

Me encanta esta descripción porque cuando nuestras pequeñas barcas son embestidas por las tormentas y nos sentimos en peligro de sucumbir frente a los ataques de Satanás, frente a las tentaciones frente a las pruebas, es Cristo  quién nos mantiene en pie, quién nos ciñe y nos sostiene. Él puede hacerlo, Él puede ayudarnos porque conoce lo que es ser tentado y probado sin nunca haberse rendido ante la tentación

El drama cósmico que se estaba llevando a cabo en estos momentos, tanto en la tentación de Cristo en el desierto, como en Getsemaní, queda muy bien ilustrado en  la película La Pasión de Cristo, esta comienza con una escena bastante intensa en el Huerto de Getsemaní, y aunque la película se desvía un poco del recuento bíblico, pienso que nos da una visión bastante precisa al momento que  Cristo estaba a punto de entregar su vida en una cruz por el pecado del hombre.

En esta escena de la película La Pasión de Cristo, mientras Jesús derramaba su alma delante del Padre, Él fue tentado y probado por una personificación de Satanás, quien lo tienta a dudar de Dios y a aferrarse a su vida.  Al aumentar la tensión del momento se ve una serpiente contorsionandose hacia Jesús quien yace postrado en el suelo clamando a Dios. Al final de la escena, Jesús se pone de pie determinado a hacer la voluntad de Su Padre e inmediatamente aplasta a la serpiente—una referencia a la profecía en Génesis 3 sobre el Mesías que vendría y de quien se dice: que la serpiente le herirá en el calcañar pero que la simiente de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente (Génesis 3:15).

Cuando Jesús resistió la tentación de Satanás en el desierto y de nuevo en el huerto de Getsemaní, Él notificó a las potestades tanto del cielo como del infierno, que Él era el Señor Soberano y que jamás se postraría ante Satanás.

Como dice Pablo en Romanos  capítulo 16 versículo 20: “Y el Dios de paz aplastará pronto a Satanás debajo de vuestros pies.  La gracia de nuestro Señor Jesucristo, sea con vosotros.” 

¿Amén? Amén.

Leslie: Cuando Jesús enfrentó la tentación en el desierto había mucho en juego. Nancy Leigh DeMoss ha esbozado un cuadro de la batalla del Salvador contra el mal, mientras Él ayunó durante 40 días en el desierto. Este mensaje es parte de una serie titulada, El Cristo incomparable.

Nancy redactó estos mensajes luego de leer “El Cristo incomparable” de J. Oswald Sanders  [The Incomparable Christ – disponible en Inglés]. Es una obra clásica de lecturas diarias que les ayudará a conocer aspectos de la vida de Jesús que tal vez nunca antes habían considerado. Al leer este libro y escuchar esta serie en estos días que preceden la Semana Santa podrán celebrar con una apreciación renovada de quién verdaderamente es Cristo

¿Fue Cristo el Dios verdadero hecho hombre?  ¿Es esto importante? Nancy Leigh DeMoss dice, “Si Jesús no fue Dios en toda Su Plenitud, nuestra fe sería vana.” Descubramos el porqué de esta afirmación cuando regrese Aviva Nuestros Corazones

 

Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

A Narnia Lullaby, Harry Gregson-Williams, The Chronicles of Narnia – The Lion, the Witch and the Wardrobe ℗ 2005 Walt Disney Records; The White Witch, Harry Gregson-Williams, The Chronicles of Narnia – The Lion, the Witch and the Wardrobe ℗ 2005 Walt Disney Records; Only the Beginning of the Adventure, Harry Gregson-Williams, The Chronicles of Narnia – The Lion, the Witch and the Wardrobe ℗ 2005 Walt Disney Records.

Usado con permiso del Ministerio Aviva Nuestros Corazones 

Tomado de: Aviva Nuestros Corazones

Todos los Derechos Reservados

Disponible sobre el Internet en: http://www.avivanuestroscorazones.com

Deseando alas para huir del dolor

Isha – Salmos

DÍA 92 – Salmo 55

Dosis: Consolación Divina

Deseando alas para huir del dolor

“Escucha, oh Dios, mi oración; no pases por alto mi súplica. ¡Óyeme y respóndeme, porque mis angustias me perturban! Me aterran las amenazas del enemigo y la opresión de los impíos, pues me causan sufrimiento y en su enojo me insultan.” (Salmo 55:1–3) (RVR).

En este Salmo aparece otra vez el sentimiento de angustia y persecución, además del dolor por la traición de un amigo íntimo. Nuevamente el salmista clama a Dios pidiéndole que lo defienda exponiéndole su terrible sufrimiento. Lo primero que me impresiona es que en medio de su aflicción, el salmista se comunica con Dios con total libertad y transparencia, le dice: “Escucha mi oración, no pases por alto mi súplica, óyeme y respóndeme”. Implorando su intervención divina, describiendo intensamente cómo se siente: “Se me estremece el corazón dentro del pecho, y me invade un pánico mortal.”256 ¿Eres así de sincera con Dios?

En mi labor pastoral he escuchado a muchas mujeres describir sus angustias y profundos pesares, y al leer este Salmo creo que muchas de ellas se sentirían plenamente identificadas. ¿Se estremeció de esta manera tu corazón? ¿Sentías que se desangraba en tu pecho? ¿Fuiste traicionada por tu esposo? ¿Te hirió quien más amabas? ¿Te invadió un pánico mortal? ¿Caíste en una depresión profunda? Sumada a esta traición, los enemigos del salmista se habían unido para angustiarlo. ¡Cuántas veces se han juntado circunstancias adversas, problemas y pruebas que parecen no tener fin! ¿Temblaste de miedo? El salmista confiesa que sí: “Temblando estoy de miedo, sobrecogido estoy de terror.”

Por eso en un primer momento, en su angustia, pensó en huir, en escapar de la causa de su dolor: “¡Cómo quisiera tener las alas de una paloma y volar hasta encontrar reposo! Me iría muy lejos de aquí; me quedaría a vivir en el desierto. Presuroso volaría a mi refugio, para librarme del viento borrascoso y de la tempestad.

Hermosas figuras: alas para volar y emprender la huída. ¿Te has sentido así? Pero acaso ¿podemos realmente huir de los problemas. El salmista dice que volaría muy lejos hasta encontrar reposo. Pero, ¿podemos hallar realmente un refugio si el conflicto no se soluciona? Recuerdo una vez que quise escapar, caminé y caminé por las calles, sin paz ni reposo. El poeta añade que “se quedaría a vivir en el desierto” y esta puede ser también una actitud autodestructiva, aislarnos, encerrarnos en nosotras mismas, cuando más necesitamos de Dios y de los otros. Por último dice que volaría con prisa a su refugio para librarse del viento y la tempestad que lo remece y sacude interiormente.

Pero ¿cuál es el refugio al que realmente acude? El más seguro. Porque en medio del torbellino de emociones elige refugiarse en Dios a través de la oración. Porque está seguro que es el único refugio inconmovible. ¿Tienes esa misma convicción?

Oración: Señor cuando sufra, enséñame a abrirte mi corazón como el salmista, y si has de darme alas, que sean aquellas que me lleven a ti. Amén.

De Vergara, P. A., de Vera, A. D., & Harris, K. O. (2012). Isha-Salmos: Una dosis diaria de fe para ti. (P. A. de Vergara, Ed.) (Primera Edición, p. 107). Lima, Perú: Ediciones Verbo Vivo.

En Damasco

Jueves 5 Diciembre

A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo.

Efesios 3:8

Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.

Filipenses 1:21

En Damasco

http://labuenasemilla.net/20191205

Saulo de Tarso se acercaba a Damasco. Era un judío muy religioso y estimado por sus superiores. Ellos le habían dado autorizaciones para arrestar a los cristianos y llevarlos presos. Avanzaba con determinación junto a su escolta.

Pero cerca a Damasco fue detenido bruscamente y echado a tierra por una intervención divina, quedando momentáneamente ciego. Entró en la ciudad conducido de la mano como un niño.

Más tarde él mismo fue perseguido en Damasco y debió dejar la ciudad como un fugitivo. Algunos discípulos de Jesús le ayudaron a escapar durante la noche, descolgándole por el muro de la ciudad en una canasta (Hechos 9:25).

¿Qué le había sucedido a este hombre? Jesús, el Hijo de Dios, se le apareció en el camino a Damasco. En pleno mediodía, Saulo vio “una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol” (Hechos 26:13). ¡Entonces reconoció que persiguiendo a los cristianos, perseguía a Jesús mismo!

De perseguidor encarnizado, Saulo pasó a ser un cristiano, llamado Pablo. Luego Dios lo envió a anunciar el Evangelio y “las inescrutables riquezas de Cristo” a todos. ¿Perdió algo Pablo? ¿Echó de menos su reputación? Escuche lo que dice: “Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” (Filipenses 3:7-8).

Eclesiastés 1:1-2:11 – Santiago 4 – Salmo 138:1-5 – Proverbios 29:7-8

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

1/17 – José y la Gracia de Dios

Iglesia Evangélica de la Gracia

Serie: La Vida de José

1/17 – José y la Gracia de Dios

David Barceló

En este primer sermón, nos adentramos en una historia apasionante, que refleja sin duda alguna el Evangelio del Señor Jesucristo. El Justo, acusado, culpado, exaltado, que salvó a los mismos que antes le ofendían. https://facebook.com/IEGBarcelona http://porGracia.es/ http://sermonaudio.com/iegracia

David Barceló

Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin)

David es licenciado en Psicología y graduado de los seminarios Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin). Es miembro de la NANC y graduado en Consejería Bíblica por IBCD. David ha estado sirviendo en la Iglesia Evangélica de la Gracia, desde sus inicios en mayo de 2005, siendo ordenado al ministerio pastoral en la IEG en junio de 2008.

http://www.porgracia.es/

¿Qué es tener éxito en el ministerio?

9Marcas

Entrenando pastores, edificando iglesias sanas

FUNDAMENTOS

Nota de los editores: edición del 20 aniversario

Nos gusta decir que 9Marks no tiene nada nuevo que ofrecer. Solo apuntamos a cosas que son muy, muy antiguas. ¡Reciban saludos de sus tatarabuelos!

Por supuesto, los cristianos de hace cien años no hicieron todo correctamente al edificar sus iglesias. Pero, por lo menos, buscaron las instrucciones en el lugar correcto—en las Escrituras. Ellos no encontraron dirección en los métodos de marketing modernos o en las encuestas a grupos de sondeo. Ellos no calcularon su trabajo en la iglesia según los vientos culturales. Ellos abrieron la Biblia, la estudiaron y trataron de moldear según ella su comunidad, gobierno y reuniones.

9Marks ha existido por veinte años para animar a los líderes de las iglesias a hacer lo mismo. Nuestra misión es simple: equipar con una visión bíblica y recursos prácticos a líderes de iglesias para que la gloria de Dios se refleje a las naciones a través de iglesias sanas.

Sí, necesitas conocer tu propio contexto, así como los padres necesitan conocer a sus hijos individualmente. Pero la Biblia provee toda la dirección que necesitamos para reunirnos como congregaciones, para afirmarnos unos a otros como miembros del cuerpo de Cristo a través de la práctica de las ordenanzas, para predicar la Palabra, para desarrollar líderes, para discipularnos unos a otros, para evangelizar a nuestros amigos y vecinos, para crecer en vida, en salud y vitalidad.

De manera extraña, demasiados libros y artículos para pastores afirman ofrecer la «clave» para el crecimiento de la iglesia. Usualmente, la clave es cualquier cosa que el autor cree que impulsó el crecimiento de los números de la membresía de su iglesia. El mensaje es: «¡Haz lo que hice!». Por supuesto, si esa fuera verdaderamente la clave del crecimiento, entonces ¿por qué el Espíritu Santo no la reveló? ¿Está tratando solamente de hacernos la vida difícil?

Desde el 2014, 9Marks ha venido publicando la Revista 9Marcas para ayudar a líderes y miembros de iglesias a pensar bíblicamente sobre diferentes áreas de la vida de la iglesia: la predicación, el evangelio, la membresía de la iglesia, la teología bíblica, el discipulado y la consejería bíblica.1 Todas las Revistas 9Marcas están en nuestro sitio en Internet y disponibles para que las descargues gratuitamente.

En esta edición conmemorativa del 20 aniversario, hemos compilado algunos de los artículos más esenciales—varios por cada una de las nueve marcas. Léelos y, después, pásalos a tus compañeros líderes de la iglesia.

Quizá 9Marks no exista de aquí a veinte años porque suficientes iglesias habrán captado la visión: sí, la Biblia es suficiente. Hasta entonces, oremos que Dios nos ayude a perseverar siendo fieles en apuntar una y otra vez a la Biblia. Más que eso, oremos para que más iglesias y pastores modelen y enseñen lo mismo. 1 Nuestra meta es continuar publicando esta Revista y tratar otros temas, por ejemplo: los ancianos, los diáconos, la evangelización, la disciplina en la iglesia, el canto, la oración, los programas de escuela dominical, el evangelio de la prosperidad, la autoridad, las misiones, la política, el pastorado a solteros, las transiciones pastorales, entre otros.

Mark Dever – Daniel Puerto – Jonathan Leeman

 

¿Qué es tener éxito en el ministerio? ¿Cómo se puede medir?

Esta pregunta es difícil de contestar porque hay en juego principios que compiten entre sí:

1. ¿Medir lo sobrenatural?  Los frutos sobrenaturales no siempre se pueden medir.

2. Éxito igual a fidelidad. Uno de nuestros criterios más importantes para el éxito debería ser si un hombre está o no predicando la Palabra fielmente y viviendo una vida de conformidad a la Palabra.

3. Más que cabezas en la asistencia.  El número de personas que asiste a una iglesia no es el único factor a considerar, sino cuántos miembros están creciendo en santidad, cuántos líderes se están levantando, cuántos miembros están yendo a las misiones, etc. Estos factores son mucho más ricos y complejos, y normalmente son mejores indicadores de la fidelidad y del éxito del ministerio de un hombre.

4. El éxito no es siempre visible. Un ministerio fiel y «exitoso» puede no presentar fruto obvio e inmediato. Adoniram Judson no vio ni un convertido por siete años. Además, las respuestas iniciales pueden ser tremendamente engañosas con el tiempo (Mt. 13:1-23). Y ¿cuánto «fruto» pudo ver el profeta Jeremías?

5. Pero el fruto visible debería ser considerado. Dios da diferentes talentos a diferentes personas. Es absolutamente posible que un hombre trabaje fielmente en algo para lo que no tiene talento. En tal caso, habrá poco fruto visible, lo cual debería considerarse al evaluar sus planes a largo plazo y el apoyo que recibirá. No todos los cristianos deberían pedir a la iglesia que se separe una porción de sus ingresos para apoyarles en un ministerio a tiempo completo. El fruto visible es una parte de esa consideración.

6. ¿Cuál es la conclusión?  El éxito en el ministerio principalmente significa fidelidad, pero hacer un intento por evaluar humilde y cuidadosamente el fruto del ministerio de un hombre debería jugar un papel de apoyo a la hora de sopesar el éxito en el ministerio.

Traducido por Kevin Lara.

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Una mirada histórica al Premilenialismo

Coalición por el Evangelio

Una mirada histórica al Premilenialismo

​Juan José Binet

El término Premilenialismo o Premilenarismo no era manejado sino hasta mediados del siglo XIX. Hasta ese momento solo se lo conocía como milenarismo, que fue el término acuñado por los primeros padres de la Iglesia. Sobre esto dice Phillip Schaff, en su libro Historia de la Iglesia Cristiana lo siguiente:

“El punto más impactante en la escatología de la edad pre-nicena es el prominente quiliasmo, que es la creencia en un reino visible del Cristo glorificado sobre la tierra con los santos resucitados por un período de mil años y antes de la resurrección general y juicio final. Ciertamente no era la doctrina de la iglesia plasmada en algún credo o forma de devoción, pero sí la amplia opinión de distinguidos eruditos como Bernabé, Papías, Justino Martir, Ireneo, Tertuliano, Metodio y Lactancio, mientras que Cayo, Orígenes, Dionisio Magno, Eusebio (y más adelante Jerónimo y Agustín) se opusieron a ello”.

El término es eventualmente labrado hasta lo que hoy nos referimos como Premilenialismo. Como hablamos en nuestra introducción al Premilenialismo, esta postura tiene sus marcados aspectos y variaciones, y por causa de ello nos vemos precisados a distinguir el Premilenialismo Histórico (o Clásico) del Premilenialismo Dispensacional. La razón por la cual el término evoluciona se debe a la necesidad de enfatizar y vincular el reino milenial con la previa venida de Cristo en gloria, de modo que el prefijo “pre” significa “venida previa al milenio”.

Como resumen, a continuación describimos los rasgos característicos más relevantes de estas posturas:

El Premilenialismo es una alternativa tanto al Postmilenialismo (que enseña que la segunda venida de Cristo ocurrirá luego de un período de mil años de justicia) como al Amilenialismo (que enseña que el período de mil años no debe ser tomado literalmente, sino que se trata de la edad mesiánica/eclesiástica actual). Esta postura teológica se desprende primordialmente de Apocalipsis 20, pero está vinculada concomitantemente a las promesas de reino futuro tanto en el AT como en las palabras de Jesús (Hch. 1:6-7)

El Premilenialismo Histórico o Clásico es distintivamente no Dispensacional. Esto significa, entre otras cosas, que no ve distinción teológica radical entre Israel y la Iglesia. A menudo se perfila como post-tribulacional, lo cual significa que el arrebatamiento de la iglesia ocurrirá luego de un período de tribulación. El Premilenarismo Histórico se adhiere al Quiliasmo por causa de su enfoque de que la Iglesia será arrebatada para recibir a Jesús en el aire y de inmediato escoltarlo a la tierra, a fin de establecer su gobierno de mil años literales. Entre los proponentes de esta postura se encuentran Charles H. Spurgeon, George Eldon Ladd, Francis Schaeffer y Albert Mohler.

Por su parte, el Premilenialismo Dispensacional inició alrededor del 1830, como fuese planteada por John Nelson Darby. Simplificando un poco esta postura, podríamos decir que el Premilenialismo Dispensacional entiende que la nación de Israel será salvada y restaurada a un lugar de preeminencia durante el Milenio. Además, y de manera general, los que se suscriben a esta enseñanza creen en un rapto pre-tribulacional. Es decir, que los escogidos no han de pasar por toda o la mayor parte de la Gran Tribulación. En esta postura se encuentran Donald Barnhouse, Norman Geisler, John Macarthur y Evis L. Carballosa.

Mirando a la historia

Existe literatura judía temprana que alude a un reino mesiánico temporal previo al estado eterno, como  IV Esdras 12:34, II Baruc 24:1-4; 30:1-5; 39:3-8; 40:1-4; Jubileos 1:4-29 y 23:14-31. La creencia judía en una era mesiánica terrenal transitoria continuó expandiéndose durante y más allá del tiempo de la redacción del libro del Apocalipsis.

Justino Martir en el Siglo II fue uno de los primeros escritores cristianos que declaró concordar con la creencia judía de un reino mesiánico temporal previo al estado eterno. De acuerdo a Johannes Quasten:

“En sus ideas escatológicas, Justino comparte los puntos de vista de los quiliastas respecto al milenio”. Él insiste en un distintivo premilenial, a saber, que habrá dos resurrecciones, una de los creyentes antes del reino de Cristo y luego una resurrección general más adelante.Justino escribió en el capítulo 80 de su obra Diálogo con Trifo, “Yo y otros cristianos en nuestros justos juicios estamos convencidos de que habrá una resurrección de muertos, y un bloque de mil años en Jerusalén que luego será erigido… porque Isaías habló en esos términos respecto a este período de mil años”.

Ireneo (130-202), el otrora Obispo de Lyon en el siglo II, fue un premilenialista declarado. Es mejor conocido por sus tomos voluminosos escritos contra la amenaza gnóstica del segundo siglo, comúnmente conocido como Contra Las Herejías. En el quinto libro Contra Las Herejías, Ireneo se concentra primordialmente en escatología. En un pasaje él defiende el Premilenialismo al argüir que un futuro reino terrenal era necesario por causa de la promesa de Dios a Abraham. En otra porción Ireneo también explica que la bendición a Jacob “pertenece incuestionablemente a los tiempos del reino cuando los justos llevarán espada luego de levantarse de entre los muertos”.

Muchos de estos teólogos y otros de la iglesia primitiva expresaron su creencia en el Premilenialismo por medio a su aceptación de la tradición sexta-septimilenial. Esta postura aduce que la historia humana continuará por 6000 años y luego disfrutará de un sabático de 1000 años (el reino milenial), de ese modo toda la historia humana consistirá de un total de 7000 años previo a la nueva creación. De tal modo, aunque entendemos que hay otras posturas, es evidente que la historia de la iglesia tiene un marcado énfasis premilenial.

Jeremías

Ministerios Ligonier

Renovando tu Mente

Jeremías

R.C.Sproul

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Recuerdo que cuando estudiaba un postgrado en Holanda llevaba una vida súper estricta, me levantaba a la misma hora todos los días y había un pequeño dormitorio en el lugar que alquilábamos que tenía un lavabo chico y solo había espacio para poner una mesa pequeña de trabajo entre la pared y el lavabo, y la parte posterior de la silla estaba contra la cama.

Solía sentarme en esa mesa por 12 horas todos los días. Y tenía que hacer todos estos estudios teológicos y me dije a mí mismo, «Si voy a tener que estudiar toda esta teología, hay algo que quiero agregar a esto. Quiero estudiar la Biblia, mientras estoy haciendo esto».

Por eso, tenía esta rutina todos los días antes de empezar con mi carga académica, estudiaba cuidadosamente el texto de un libro de la Biblia, y mi compañero por un año fue el profeta Jeremías.

Y desde entonces, en cierto modo siento como si Jeremías es mi amigo. Pasé mucho tiempo con él, estudiando sobre el contenido de su libro y siempre quedé deslumbrado por el valor, la fidelidad y la devoción de Jeremías, pues a Jeremías también se le dio la difícil tarea, al igual que a Isaías, de anunciar el juicio de Dios sobre su propio pueblo y sobre su propia iglesia.

Y a veces tenemos este retrato del profeta del Antiguo Testamento como una especie de persona seria, mala e irascible que le da placer anunciar estos juicios terribles, devastadores que estaban a punto de caer sobre el pueblo.

Recordemos que el sobrenombre de Jeremías era «el profeta llorón», porque Jeremías no disfrutaba en dar malas noticias.

Era un hombre con un corazón quebrantado que lloró por su pueblo y que lloró por la ciudad de Jerusalén. Nosotros también, en aquellos días, solíamos ir con frecuencia al Rijksmuseum  de Ámsterdam para ver pinturas maravillosas.

El museo nacional, quizás, era superado sólo por el Louvre en París, en términos de su colección de grandes obras de arte. Tiene esta gran sala enorme, que era la sala de Rembrandt, la colección más grande de Rembrandt que se pueda encontrar en todo el mundo.

Y solíamos ir y mirar con detenimiento todas estas pinturas de Rembrandt, pero mi favorita era la pintura titulada en holandés, “Jeremias per rord het onderhong fon Jerusalem” – “Jeremías lamenta la destrucción de Jerusalén.”

Si has visto esa pintura, notarás que el profeta está apoyándose como recostado sobre las Escrituras y en el fondo, se entremezclan la luz y la oscuridad en un estilo clásico de Rembrandt. Si miras con mucha atención la pintura verás la ciudad de Jerusalén en llamas. Para pintar sus cuadros, Rembrandt hizo algo similar a lo que hicieron Miguel Ángel y otros.

Si estuviera haciendo personajes bíblicos, él haría 30 ó 40 bocetos de la vida de la persona, antes de elegir uno para pintar. Y lo que buscaba era un momento crítico, un momento provechoso que pudiera capturar a todo el hombre y toda su misión en una escena, y esa sería su elección del Jeremías: Jeremías llorando sobre la ciudad de Jerusalén.

Jeremías tenía 20 años aproximadamente, cuando fue llamado para ser profeta y el registro de su llamado se encuentra en el primer capítulo de su libro. Es importante entender que Jeremías fue el último profeta de Judá antes de la destrucción de Jerusalén y el exilio, del pueblo de Dios, a Babilonia.

Leemos en los versículos 4 y 5 del primer capítulo, «Y vino a mí la palabra del Señor, diciendo: Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré; te puse por profeta a las naciones».

Es interesante que ha sido llamado el profeta a las naciones o el profeta a los gentiles, cuando la mayor parte de su profecía fue dada a los judíos en Jerusalén y sus alrededores. Su ministerio duraría aproximadamente 50 años desde esta fecha.

Él era de la tribu de Benjamín y muchos, muchos siglos después, otro descendiente de la misma tribu de Benjamín sería ordenado, no como un profeta, sino como la contraparte del profeta del Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento, un apóstol.

Este hombre benjamita en el Nuevo Testamento también fue llamado «el apóstol a los gentiles». Y en un sentido real el ministerio de Jeremías en el Antiguo Testamento anticipa el ministerio del apóstol Pablo en el Nuevo Testamento.

«Entonces dije», este es Jeremías hablando, por supuesto, “¡Ah, Señor Dios! He aquí, no sé hablar, porque soy joven». Se ha dicho de Jeremías, como veremos en breve, que no solo al principio, sino a lo largo de su ministerio, fue un profeta reacio y vemos la resistencia al principio cuando dice: «No sé hablar, porque soy joven.»

Y el Señor me dijo: ‘Oh, lo siento, Jeremías, debo haber llegado a la casa equivocada. No debes ser el Jeremías que ordené desde la fundación del mundo o el que santifiqué en el vientre de tu madre’. Eso no fue lo que Dios dijo. Cuando Jeremías protestó que era demasiado joven, el Señor le dijo: «No digas: ‘Soy joven’ porque adondequiera que te envíe, irás, y todo lo que te mande, dirás. No tengas temor ante ellos, porque contigo estoy para librarte, declara el Señor.

Entonces el Señor extendió su mano y tocó mi boca. Y el Señor me dijo: He aquí he puesto mis palabras en tu boca. Mira, hoy te he dado autoridad sobre las naciones y sobre los reinos, para arrancar y para derribar, para destruir y para derrocar, para edificar y para plantar».

Y ahora ves lo mismo que ocurrió con Isaías, cuando se le dio a Isaías la penosa tarea de anunciar malas noticias por todas partes. Sin embargo, Isaías es conocido hoy por ser un profeta del evangelio en el Antiguo Testamento.

De igual manera, cuando Dios viene y pone sus palabras en la boca de Jeremías, él le dice: Él dijo: ‘Quiero que vayas y arranques y derribes y rompas’. ¿Por qué? ‘Para que puedas plantar y para que puedas construir’. Pero antes de que Dios reconstruya su nación y reconstruya su pueblo, en primer lugar, tenía que derribar las estructuras que se habían vuelto tan corruptas.

Y estas fueron las circunstancias del llamado de Jeremías y para tener una idea de la dificultad de su tarea, Dios envió a Jeremías no tanto a ministrar a los reyes como había sido el caso de Isaías, sino al núcleo religioso de la nación, a los sacerdotes y a los profetas en esos días.

El capítulo 7 nos da una idea de esta misión y a partir del versículo 1 de este capítulo, leemos esto: «Palabra que vino a Jeremías de parte del Señor, diciendo:  Párate a la puerta de la casa del Señor y proclama allí esta palabra, y di: ‘Oigan la palabra del Señor, todos los de Judá, los que entráis por estas puertas para adorar al Señor.’ Así dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel: Enmendad vuestros caminos y vuestras obras, y os haré morar en este lugar. No confiéis en palabras engañosas, diciendo: ‘Este es el templo del Señor, el templo del Señor, el templo del Señor’”.

¿Qué está pasando aquí? Hemos dicho que una de las cosas, una de las funciones del profeta en el Antiguo Testamento era la de ser reformador.

Ahora, el profeta como reformador no era un revolucionario. Hay una diferencia. Los profetas no trataban de ser innovadores y lanzar todas las cosas que Dios había instituido en el pacto y en la vida religiosa del pueblo.

He dicho muchas veces que lo que sucedió con el culto de Israel en el Antiguo Testamento es que degeneró en ritualismo, externalismo, y formalismo, donde las personas solo seguían con las costumbres, pero sus corazones estaban muy lejos de las cosas de Dios.

Todavía tenían su actividad religiosa, pero era puramente externa y superficial. No penetraba en sus corazones. Ahora, lo que los profetas hicieron no fue eliminar las formas o los rituales o las cosas externas, sino que buscaron que el pueblo entendiera la realidad interna a la cual se suponía que debían apuntar y llamarlos a que se arrepientan de permitir que su religión sea solo ritos externos.

Dios le dice a Jeremías: ‘Quiero que vayas directo al centro de la ciudad de Jerusalén, al templo y le digas al pueblo que cambie sus formas y que no confíe en palabras engañosas’. Las palabras engañosas estaban en estas fórmulas que recitaban: «Este es el templo del Señor, el templo del Señor, el templo del Señor». En otras ocasiones he recalcado lo importante que es cuando vemos la repetición en la literatura hebrea, porque la repetición significa énfasis y por lo general cuando se menciona algo de gran importancia se repite; es decir, se dice dos veces. Pero aquí se repite tres veces.

Estas personas están siendo hipócritas en grado superlativo, diciendo que este es “el templo del Señor, el templo del Señor, el templo del Señor”. Y Jeremías es enviado a decirles: ‘Están confiando en palabras engañosas, palabras que no tienen provecho’, y más adelante, dice: «id a mi lugar en Silo». Silo había sido un lugar temporal que había servido como el santuario central en la antigüedad y ahora estaba en ruinas.

Jeremías dice: ‘vayan a Silo y véanlo porque así es como lucirá Jerusalén, cuando Dios haya finalizado con la visitación de su juicio’.

¿Pueden imaginar alguna profecía que fuera más incendiaria que esta? ¿Pueden imaginar la furia y la ira de los sacerdotes y los líderes religiosos de aquel día, que este hombre tenía la audacia de decir que Dios iba a destruir Jerusalén?

Era difícil para Jeremías. Fue odiado y perseguido por los sacerdotes, por los falsos profetas de su tiempo. Y siendo un hombre sensible como lo era, era muy difícil continuar de esta forma. Y creo que uno de los capítulos más conmovedores que describen su lucha es el capítulo 20 de su libro.

«Me persuadiste, oh Señor, y quedé persuadido; fuiste más fuerte que yo y prevaleciste».  Me gusta más esta otra traducción: «Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido» porque captura el espíritu de esta discusión que parece ser un ejercicio de redundancia porque, si Dios seduce a un hombre, nada podría ser más claro que el hombre está seducido. Y si Dios lo agobió, entonces, por supuesto que está agobiado.

Pero ahora Jeremías está diciendo: ‘¿qué posibilidades tengo, Dios? No puedo luchar contra ti. Eres demasiado fuerte para mí. Me has seducido aquí en esta tarea’.

Jeremías dice: «He sido el hazmerreír cada día; todos se burlan de mí». Soy una persona non grata en todo Jerusalén. Soy el hombre más odiado entre mi propia gente. ¿Esto es lo que significa serte fiel a ti y a tus palabras? Que si te soy fiel ¿tengo que ser odiado por todos? “Porque cada vez que hablo, grito; proclamo: ¡Violencia, destrucción! Pues la palabra del Señor ha venido a ser para mí oprobio y escarnio cada día». Cada día, todos los días. Jeremías soporta el reproche y la burla de su pueblo porque él está tratando de ser fiel a la palabra de Dios.

Cada pastor en cada iglesia debe revisar este texto con regularidad. Luego el texto sigue: “No Lo recordaré ni hablaré más en su nombre». ¿Ven la profundidad en la que Jeremías ha caído aquí? No puedo soportarlo más. No puedo aguantar esta hostilidad, este odio, esta burla, y por eso ¡renuncio!

Te devuelvo mi credencial de profeta. No hablaré más en tu nombre. Y agrega, pero tu palabra “se convierte dentro de mí como fuego ardiente encerrado en mis huesos” no puedo detenerla. Eso es lo que me gusta de Jeremías, que era un profeta que tenía fuego en sus huesos y era un fuego que estaba encendido por la palabra de Dios.

«Hago esfuerzos por contenerlo, y no puedo». Verso 11: «Pero el Señor está conmigo como campeón temible; por tanto, mis perseguidores tropezarán y no prevalecerán.

Quedarán muy avergonzados, pues no han triunfado, tendrán afrenta perpetua que nunca será olvidada». Verso 13: «Cantad al Señor, alabad al Señor». Verso 14: «Maldito el día en que nací». Habla de la ambivalencia, habla de vacilar entre el júbilo y la alegría de la alabanza de Dios y luego maldice el día de su nacimiento debido a la miseria que debe soportar.

Capítulo 23, verso 9: «En cuanto a los profetas: quebrantado está mi corazón dentro de mí, tiemblan todos mis huesos; estoy como un ebrio, como un hombre a quien domina el vino, por causa del Señor y por causa de sus santas palabras.

Porque la tierra está llena de adúlteros; porque a causa de la maldición se ha enlutado la tierra, se han secado los pastos del desierto. Pues es mala la carrera de ellos y su poderío no es recto. Porque tanto el profeta como el sacerdote están corrompidos; aun en mi casa he hallado su maldad».

Así que Jeremías se queja, le dice a Dios, mira, me dices que llame a estas personas al arrepentimiento porque el juicio viene a esta ciudad santa, y cada vez que predico hay 15 profetas, que vienen detrás de mí y dicen al pueblo: ‘Paz, paz, Dios está con nosotros.

No hagan caso a Jeremías, él perturba la unidad de la iglesia. Dios te ama exactamente como eres. Paz, paz’. Y Jeremías clama a Dios, diciendo: ‘Oh Dios, el mensaje de estos profetas, curan las heridas de la hija de Sion, solo ligeramente.

¿Cómo puedo hacer para que la gente escuche tu palabra cuando ahogan mi voz todos los días estos falsos profetas que están diciendo a la gente exactamente lo que quieren oír? Gritan paz, paz, cuando no hay paz.

¿Qué le dice Dios a Jeremías? Verso 25, «He oído lo que dicen los profetas que profetizan mentira en mi nombre, diciendo: ‘¡He tenido un sueño, he tenido un sueño!’ ¿Hasta cuándo? ¿Qué hay en los corazones de los profetas que profetizan la mentira, de los profetas que proclaman el engaño de su corazón, que tratan de que mi pueblo se olvide de mi nombre con los sueños que se cuentan unos a otros, tal como sus padres olvidaron mi nombre a causa de Baal?».

Ahora escuchen esto, Dios dice: «El profeta que tenga un sueño, que cuente su sueño, pero el que tenga mi palabra, que hable mi palabra con fidelidad. ¿Qué tiene que ver la paja con el grano? declara el Señor. ¿No es mi palabra como fuego, declara el Señor, y como martillo que despedaza la roca?”.

Jeremías, deja de preocuparte por los falsos profetas. Yo me haré cargo de los falsos profetas. Si son soñadores que sueñen, y que cuenten su sueño, pero deja que el hombre de Dios predique la palabra de Dios fielmente y vea el poder de esa palabra.

Justo antes de este reproche leemos este mensaje al inicio del capítulo 23: “He aquí, vienen días, declara el Señor, en que levantaré a David un Renuevo justo; y El reinará como rey, actuará sabiamente, y practicará el derecho y la justicia en la tierra. En sus días será salvo Judá, e Israel morará seguro; y éste es su nombre por el cual será llamado: ‘El Señor, justicia nuestra’».

Jeremías dijo al pueblo que Dios le prometía un nuevo pacto y un nuevo comienzo. Y aunque dijo que el templo sería destruido y el pueblo sería desechado en cautiverio, una de las últimas cosas que hizo Jeremías antes de ser llevado a Egipto fue comprar un campo.

Él invirtió en bienes raíces en Jerusalén como una señal para su pueblo que Dios levantaría esta ciudad una vez más desde las cenizas.

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation

http://www.ligonier.es

8/27 – El bautismo de Cristo

Aviva Nuestros Corazones

Serie: El Cristo incomparable

8/27 – El bautismo de Cristo

Nancy Leigh DeMoss

https://www.avivanuestroscorazones.com/podcast/aviva-nuestros-corazones/el-bautismo-de-cristo/

Nancy Leigh DeMoss: Cada cuatro años en los Estados Unidos se celebra un evento llamado «la inauguración presidencial».  Esta es  una  ceremonia oficial pública que se lleva a cabo frente a una gran cantidad de espectadores, en la cual el presidente es juramentado en su oficio. Esta inauguración marca el comienzo del período de su liderazgo.  Es en este momento cuando él asume el oficio o posición de autoridad en el poder.

Leslie Basham: Esta es Nancy Leigh DeMoss, dirigiendo nuestra atención a los eventos importantes que marcan los comienzos.

Nancy: En estos últimos programas, hemos considerado la vida y la obra de Jesús antes de venir a esta tierra. Hemos considerado también, Su encarnación, Su niñez, Su adolescencia, Su vida de adulto joven, Su vida de trabajo como carpintero y constructor. Hoy, consideraremos  el evento que, en cierto sentido, se corresponde a Su inauguración o Su ordenación. Observaremos algunas semejanzas en estas ceremonias. Esta fue la ceremonia pública que marcó el final de Su vida privada y que inauguró Su ministerio público en esta tierra.

Leslie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss en la voz de Patricia Saladín.

Nancy: Durante estas semanas que anteceden a la Semana Santa, o la Semana de la Pasión, veremos el retrato del Cristo incomparable. Estaremos siguiendo el bosquejo del libro llamado “El Cristo incomparable” de Oswald Sanders [The Incomparable Christ – disponible en Inglés].  Muchas de ustedes están siguiendo el libro durante este estudio, lo cual es bueno pero no es necesario para sacarle el provecho a esta serie.

Hoy consideraremos el capítulo 7 sobre el bautismo de Cristo—otra mirada al Cristo incomparable. Ahora, cuando un cristiano se bautiza ésta es una ocasión gloriosa, pero en Su bautismo, Cristo fue incomparable.  Nunca ha habido, ni habrá, un bautismo como éste.

Les pido que vayamos al Evangelio de Mateo, el primer libro del Nuevo Testamento, al capítulo 3.  “En aquellos días llegó Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.»  (vv. 1-2).

Juan fue enviado a proclamar la venida del Reino de los Cielos y la venida del Rey de este Reino. “Acudía entonces a él Jerusalén, toda Judea y toda región alrededor del Jordán; y confesando sus pecados, eran bautizados por él en el río Jordán.» (vv. 5-6).

El bautismo es un ritual, es una ceremonia que simboliza el lavamiento y la limpieza de nuestros pecados.  Estas personas que venían a ser bautizadas estaban proclamando públicamente que eran pecadores, que necesitaban ser lavados. Ellos estaban entregándose a la misericordia de Dios, habiendo entendido que no  podían salvarse a sí mismos. El bautismo no los iba a salvar, pero era la expresión visible de la obra que ya había sido hecha en sus corazones, una obra que la Biblia llama arrepentimiento.

Arrepentimiento simplemente significa un cambio de pensamiento, un cambio de corazón o un cambio de dirección. Tú ibas en tu propio camino, viviendo tu propia vida, haciendo tus propias cosas, y Dios te detiene; entonces te das cuenta que eres pecadora con la necesidad de ser salvada por Dios. Te detienes, y por la gracia de Dios te arrepentiste y das media vuelta y vas en otra dirección. Pones tu fe en Cristo para que Él te cambie, para que te de un corazón nuevo y una nueva inclinación. Este acto de fe y de arrepentimiento es simbolizado en la ceremonia del  bautizo.

Ahora, estos creyentes fueron  bautizados antes que Cristo muriera en la cruz. Este fue un periodo de transición, pero hoy en día nosotros tenemos un mayor conocimiento sobre Cristo.

Miramos hacia atrás y nos regocijamos en el hecho de que Él ya vino. En el bautismo declaramos nuestra lealtad al Rey de Reyes y a Su reino.

Volviendo a  Mateo capítulo 3 versículo 11. Dice: “Yo a la verdad os bautizo con agua para arrepentimiento, pero el que viene detrás de mí es más poderoso que yo, a quien no soy digno de quitarle las sandalias; Él os bautizara con el Espíritu Santo y con fuego. El bieldo está a su mano y limpiará completamente su era; y recogerá su trigo en el granero, pero quemará la paja en fuego inextinguible.» (vv. 11-12).

El autor  nos está diciendo esencialmente que Cristo va a separar los que pertenecen a  Él, de los que no. Unos irán a la salvación eterna y los otros a la condenación y juicio eternos.

El versículo 13 nos dice:  “Entonces Jesús llegó de Galilea al Jordán, a donde estaba Juan, para ser bautizado por él, pero Juan trató de impedírselo, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, y tú vienes a mi? ” (vv. 13-14). Y respondiendo Jesús,  le dijo: Permítelo ahora” Juan el Bautista le dijo: «no soy digno de quitarte las sandalias, y Jesús le respondió, «yo quiero que tú me bautices a mí», Juan le dice: «Yo necesito ser bautizado por ti, y ¿Tú vienes a mi?»

“Y respondiendo Jesús, le dijo: Permítelo ahora; porque es conveniente que se cumpla así toda la justicia. Entonces Juan se lo permitió».” (v. 15). En este pasaje vemos otra vez la humildad de Cristo. Podemos ver su humildad en Su nacimiento, a través de toda Su vida, en Su muerte, y podemos ver la humildad de Cristo a través de todos los evangelios.  Este es El Hijo de Dios, el Rey de Gloria, el Rey del Reino de los Cielos.

Aquí vemos a Cristo: sin pecado, sin necesidad de arrepentimiento, pero sometiéndose al bautismo de arrepentimiento. Me recuerda el texto de Isaías capítulo 53, este hermoso pasaje que habla sobre los sufrimientos de Cristo. En el relato se nos dice «que él fue contado entre los transgresores». “Déjame ser bautizado”. Él se identifica con los pecadores, con aquellos a quienes vino a salvar. Cristo se humilló para salvarnos. Esto fue lo que hizo de Cristo un salvador perfecto, el hecho de que él estuvo dispuesto a identificarse con los pecadores.

Aquí vemos no solo la obediencia de Cristo, sino también su humildad. Él dijo: «es conveniente que se cumpla así toda justicia». Cristo cumplió perfectamente toda la ley de Dios, y toda la voluntad de Su Padre celestial. ¿Había alguien hecho esto antes? No, ninguna persona jamás lo había hecho.  No importa cuán religiosa sea una persona, cuán respetada sea, ni que tan encumbrada esté en su sistema religioso. Nadie pudo ni podrá cumplir nunca la voluntad de Dios, y la ley de Dios a plenitud, solo Cristo y por eso Él es incomparable.

Estas son las buenas nuevas del Evangelio: que por medio de Su justicia, Su vida de obediencia es contada a nuestro favor. Los teólogos utilizan el término de «justicia imputada» para definir esto. Esto es lo que significa ser justificados. Ser contados como justos—no porque seamos justos—sino porque la justicia de Cristo es contada a nuestro favor.

Por esto fue necesario que Cristo cumpliera toda la justicia de Dios, de otra manera Él no podría justificarnos siendo nosotras  pecadoras y no podríamos, de ninguna otra forma, ser hechas justas.

Romanos capítulo 8 nos dice que “Dios lo hizo enviando a Su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne, para que el requisito de la ley se cumpliera en nosotros” (vv. 3-4). La justicia de Dios es  cumplida en nosotros porque Cristo cumplió con toda justicia.

Esto me lleva a preguntar ¿existe algún área de justicia que yo no haya cumplido? Pudiera ser en el área del bautismo, vemos en las escrituras un patrón y una enseñanza de que aquéllos que han puesto su fe en Jesucristo, dan testimonio de ello pasando por las aguas del bautismo.

El bautismo no te salva ni te hace más espiritual. De hecho, el bautismo no es más que  la  expresión externa de lo que ocurre en tu interior.  Lo único que hace el bautismo es mojarte, pero si tu corazón ha sido transformado, si has creído en  Cristo como tu Salvador,  y si te has arrepentido de tus pecados, entonces el bautismo es un acto de obediencia.

Jesús dijo que era necesario para nosotros cumplir con toda justicia. Yo me pregunto si no habrá alguien hoy escuchando este programa en quien este simple acto de obediencia no ha sido cumplido en su vida porque no ha sido bautizado después de haber puesto su fe en Cristo.

Pero volviendo a  Mateo capítulo 3 versículo 16 “Después de ser bautizado, Jesús salió del agua inmediatamente».  En el  bautismo de Cristo tenemos un retrato poderoso en el cual he estado meditando en estos días y me ha resultado difícil elegir las palabras que expresen todo lo que está representado  en este evento.

Cristo no solo se sumergió en las aguas del bautismo, sino que también salió de las aguas.  Este es un retrato que representa  la muerte y la resurrección de Cristo a nuestro favor.  Romanos capítulo 6 versículo 4 lo expresa de la siguiente manera: “Por tanto, hemos sido sepultados con Él por medio del bautismo para muerte, a fin de que como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida».

Esta es una ilustración de lo que pasa con nosotras cuando venimos a Cristo. Estamos unidas a Él en Su muerte y estamos unidas a Él en su resurrección. Somos sepultadas como viejas criaturas, y somos levantadas como nuevas criaturas. No por  las aguas físicas del bautismo, pues éstas solo simbolizan lo que pasa con nosotros espiritualmente: que hemos sido sepultados con Cristo en la semejanza de Su muerte y que hemos sido levantados con Cristo en la semejanza de Su resurrección.

Sin embargo, el bautismo de Jesús es el cumplimiento de algo más. Es el cumplimiento de la figura del sacerdote representada en el Antiguo Testamento. El sacerdote del Antiguo Testamento comenzaba su ministerio a la edad de 30 años. ¿Qué edad tenía Jesús cuando fue bautizado? Cerca de los 30. El sacerdote era lavado con agua en una ceremonia y Cristo está cumpliendo con esta tipología como nuestro Sumo Sacerdote.

De hecho en Levítico capítulo 8 tenemos una  descripción detallada de la primera vez que Aarón, el primer Sumo Sacerdote, y sus hijos, quienes también eran sacerdotes, fueron  consagrados o separados para el ministerio. En esa ocasión toda la congregación de Israel fue reunida en esta ceremonia pública. Leamos algunos versículos de Levítico capítulo 8, “Entonces Moisés hizo que Aarón y sus hijos se acercaran, y los lavó con agua. Y puso sobre él la túnica, lo ciñó con el cinturón, lo vistió con el manto y le puso el efod; y lo ciñó con el cinto tejido del efod; con el cual lo ató. . . Y derramó del aceite de la unción sobre la cabeza de Aarón y lo ungió, para consagrarlo. (vv. 6-7, 12).

Los sacerdotes eran lavados con agua y  vestidos con ropas y  ornamentos especiales, pero solo el Sumo Sacerdote era ungido con aceite. Las Escrituras utilizan comúnmente el aceite para representar la unción del  Espíritu Santo  para el servicio. Cristo cumplió con esta tipología del Antiguo Testamento al ser sumergido en las aguas del bautismo, representando así el lavamiento del agua—aunque Él no tenía ningún pecado por el cual necesitara ser lavado—sin embargo, Cristo fue investido por el poder de Dios y fue ungido con aceite por el Espíritu Santo cuando comenzó su ministerio público.

Lo vemos mientras continuamos leyendo el texto en  Mateo capítulo 3. ¿Que pasó cuando Cristo salió de las aguas del bautismo? «Después de ser bautizado, Jesús salió del agua inmediatamente; y he aquí, los cielos se abrieron, y Él vio el Espíritu de Dios que descendía como una paloma y venía sobre Él. Y he aquí, se oyó una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado en quien me he complacido» (vv.16-17)

Ahora, está claro que Cristo no era simplemente otro hombre siendo bautizado. Él es el Cristo incomparable. Juan lo sabía, y los espectadores que estaban ahí ese día y escucharon la voz desde el cielo, también lo sabían. Los ángeles lo sabían y nosotros también lo sabemos al leerlo. Cristo no era simplemente otro hombre siendo bautizado.

Veamos entonces los tres sucesos que tuvieron lugar cuando Cristo salió de las aguas del bautismo.

  • Los cielos fueron abiertos.
  • El Espíritu de Dios descendió como paloma y se posó sobre él.
  • El Padre habló desde los cielos.

Examinemos por un momento cada uno los acontecimientos que tomaron lugar en el bautismo de Cristo. Primero, los cielos fueron abiertos. Por cierto, en el recuento paralelo del bautizo de Cristo que se relata en Lucas capítulo 3, se nos da un detalle que no se encuentra en el relato de Mateo. Lucas nos dice «Jesús también fue bautizado; y mientras Él oraba, el cielo se abrió» (v. 21).

Jesús estaba en comunión con Su Padre,  orando. Él estaba utilizando los medios de la gracia. La intimidad con Dios viene  cuando utilizamos los medios de la gracia que Dios ha dejado disponibles para nosotros.

Imagínense esto de que los cielos fueron abiertos para Jesús. Desde Génesis 3, cuando Adán y Eva fueron echados del huerto del Edén por causa de su pecado y Dios les  prohibió entrar otra vez en este paraíso terrenal,  desde ese momento hasta el día de hoy, el acceso a la presencia de Dios en los cielos ha sido vedado para la raza humana.

Ninguna de nosotras  puede entrar a la presencia de Dios por nuestros propios medios, no podemos entrar al cielo, no podemos disfrutar de la compañía y de la comunión con Cristo para la cual fuimos creadas. El cielo está cerrado para nosotras a causa del pecado, pero Jesús, el Cristo incomparable, tiene acceso a la misma presencia de Dios, al trono de Dios en los cielos. ¿Por qué? Por la virtud de Su vida sin pecado, Él nunca pecó, Cristo nunca desobedeció al Padre, nunca resistió  Su voluntad.

Él tiene acceso constante al trono de Dios y a la misma presencia de Dios. Esto es lo que más amo sobre este tema; ¡que Jesús vino a esta tierra para que el cielo se pudiera abrir para nosotras, para que pudiéramos tener acceso a la misma presencia de Dios!

¿Saben lo que esto significa? Todas las religiones del mundo en esencia están basadas en el esfuerzo que hacen los hombres para llegar a Dios por sus propios medios, por sus propios esfuerzos, por sus propios méritos, por sus propias luchas y por sus propias religiones, pero el camino está vedado, el cielo está cerrado: Pero Jesús dijo: «Yo soy el camino y la verdad y la vida;  nadie viene al Padre sino por mí». (Juan 14:6).

No existe otro camino—solo a través de Cristo podemos llegar al cielo—para esto Él vino a la tierra. Cristo no solo vivió una vida sin pecado, sino que murió la muerte que el pecador merecía, y porque Él murió como sustituto nuestro el cielo está hoy abierto para  nosotras.

¿Recuerdan cuando Esteban, el primer mártir cristiano, fue apedreado como nos relata Hechos en el capítulo 7? ¿Qué vio él?  Cuando él estaba a punto de morir él dijo: «He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios» (v.56). Esteban no hubiera podido decir eso, ni tampoco  nosotras podríamos decirlo, si el Hijo del Hombre, Jesús el Hijo de Dios, no hubiese venido a la tierra, cumplido con toda justicia y muerto a nuestro favor para que el cielo fuera abierto para nosotras. Cristo nos abrió el acceso al Padre.

Me fascina el texto de Apocalipsis capítulo 4 versículo 1 donde  Juan está recibiendo la visión de lo que está pasando en el cielo y nos dice, «Después de esto miré, y vi una puerta abierta en el cielo; y la primera voz que yo había oído, como sonido de trompeta que hablaba conmigo, y decía: sube acá.»  Si Cristo no hubiera vivido una vida sin pecado y muerto en nuestro lugar, esta visión no hubiera acontecido, los cielos no hubieran sido abiertos, la puerta habría permanecido cerrada para siempre, Dios nunca habría dicho: “sube acá, a mi lugar, y habita conmigo para siempre.”

Algunas de ustedes han estado en la iglesia toda su vida, han sido religiosas; pero para otras quizás todo esto sea nuevo y nunca hayan entendido verdaderamente el hecho de que el cielo ha sido abierto para aquellos que siguen a Cristo. Él  nos abrió el camino  a través de Su cruz. ¿No estás agradecida?  ¿No es esto increíble—que el cielo nos haya sido abierto? No porque seamos buenas, o porque  hayamos hecho algo bueno, tampoco  es porque hayamos hecho malabares para lograrlo, sino porque Cristo murió por nuestros pecados.

El segundo evento que tomó lugar, es que el  Espíritu de Dios descendió como paloma y se posó sobre Él. Esto me recuerda el versículo de Isaías 61 que dice: «El Espíritu del Señor Dios está sobre mí, porque me ha ungido el Señor para traer buenas nuevas a los afligidos» (v. 1).  Cuando Jesús vino a esta tierra la plenitud del Espíritu Santo lo ungió para este servicio; lo ungió para proclamar el evangelio, las buenas nuevas a aquellos que están destituidos y que necesitan de un salvador.  ¿Cómo lo hizo? Por medio del Espíritu de Dios que estaba sobre Él.

De hecho, después que Jesús fue bautizado y ungido por el  Espíritu para el servicio, y después de la inauguración pública de Su ministerio, las Escrituras nos dicen en Lucas capítulo 4 versículo 1 que  «Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu». Es aquí  donde Cristo comienza Su ministerio terrenal.

Si Jesús, aun siendo Dios, durante toda Su vida terrenal como hombre estuvo siempre en dependencia del Espíritu Santo, ¿cuánto más  no debemos nosotras vivir en dependencia del Espíritu?  Tú y yo nunca podremos hacer aquello para lo que Dios nos ha llamado, cualquier cosa que sea,  lavar los platos, tener hijos, ejercer las funciones de nuestro trabajo… nunca podremos  hacerlo de una manera espiritual que sea efectiva y que glorifique a Dios, a menos que lo hagamos en el poder del Espíritu Santo.

Lo hermoso de todo esto es que Dios nos ha dado Su Espíritu para fortalecernos en el servicio.  Si somos hijas de Dios, el Espíritu Santo no solo viene sobre nosotras, sino que las Escrituras nos dicen que el Espíritu de Cristo vive, mora en nosotras.  Hay poder para servir a Dios y para servir a los demás, por el ministerio del Espíritu Santo.

En tercer lugar, el Padre habló desde los cielos y dijo: «Este es mi Hijo amado en quien me he complacido» (Mateo 3:17). Jesús recibió la confirmación, la aprobación y la satisfacción del Padre. Este fue el reporte del cielo la evaluación del cielo sobre Jesús. Cuando Dios miró los 30 años que Cristo estuvo en la tierra, y Él mira aún más allá, desde toda la eternidad y antes de que todo ocurriera, Dios se complace en que Cristo nunca se desvió ni una jota en hacer la voluntad de Su Padre celestial. No hubo nada en sus acciones, actitud, o palabras que no complacieran a Su Padre en los cielos. «Este es mi hijo amado en quien me he complacido.”

Dios estuvo satisfecho de que Su Hijo fue perfecto en Su obediencia, puro, sin pecado y que cumplió todos Sus mandamientos, incluyendo los dos primeros: amar a Dios por sobre todas las cosas, y amar al prójimo. Jesús guardó todos los mandamientos perfectamente.

Por eso Dios reconoció que Cristo sería el sacrificio perfecto  por nuestros pecados, sería nuestro sustituto moriría en nuestro lugar y el Padre aceptaría este sacrificio; esto así porque Jesús era Su Hijo Amado en quien el Padre se complacía.

Y en el bautismo de Jesús vemos la inauguración de Su ministerio público. Él comienza Su ministerio en el Poder del Espíritu Santo, y con la confirmación de que Su vida, Su sacrificio, y el ofrecimiento de Sí mismo al Padre son aceptables,  satisfactorios y  agradables al Padre.

Tengo dos comentarios antes de concluir. Dios nos dice de Cristo, «Este es mi Hijo amado». Por medio de la vida de obediencia de Cristo y por Su muerte sacrificial a nuestro favor, nosotros podemos ser hijos e hijas de Dios, experimentar el amor del Padre y ser aceptadas por Dios.

De hecho, 1era de Juan  capítulo 3 versículo1 dice: «Mirad cuán amor nos ha otorgado  el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios. Y eso somos.» Dios dice: «Este es mi Hijo Amado».  ¿Qué nos dice el Padre si estamos en Cristo? “Que soy Su hija amada o Su hijo amado”. Cristo vino para que pudiésemos tener esta relación con Dios.

“Este es mi Hijo amado en quien me he complacido». Cuando leo esto por mi mente cruza el pensamiento de que si Dios se complació y se deleitó en Su Hijo, ¿cuál debería ser entonces nuestra visión del Hijo?

  • ¿Nos deleitamos en Él?
  • ¿Nos agrada Él?
  • ¿Nos sentimos satisfechas en Él?
  • ¿Es Él suficiente para ti?
  • ¿Podemos decir: «Él es mi Amado Salvador, y en Él estoy completamente satisfecha, completamente complacida?

Leslie: ¿Alguna vez te has detenido a considerar el bautismo de Jesús? Nancy Leigh DeMoss nos ha dado mucho en que pensar al hablarnos de esta inauguración pública del ministerio de Jesús.

Este mensaje es parte de la serie El Cristo incomparable. A través de esta serie Nancy ha estado tratando los aspectos importantes de la vida de Cristo.  Puede que te des cuenta de  que nunca has considerado algunos de estos temas anteriormente. Para escuchar todos los mensajes que han sido transmitidos hasta ahora puedes visitar www.AvivaNuestrosCorazones.com.

Nancy está siguiendo el bosquejo del libro “El Cristo incomparable” de J Oswald Sanders[The Incomparable Christ – disponible en Inglés].  Este libro causó una gran impresión en Nancy durante las semanas que precedieron la Semana Santa hace unos años y por esto ha querido compartirlo con nuestros oyentes.

Bueno, imagínate por un momento que estás sola en un desierto, rodeada de animales y  que no has comido por cuarenta días. ¿Crees que serías más vulnerable a la tentación en una situación como ésta? Descubre cómo Cristo se enfrentó a la tentación en una situación similar el lunes cuando Aviva Nuestros Corazones.

Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

Usado con permiso del Ministerio Aviva Nuestros Corazones 

Tomado de: Aviva Nuestros Corazones

Todos los Derechos Reservados

Disponible sobre el Internet en: http://www.avivanuestroscorazones.com

Colaboradores de Dios

Miércoles 4 Diciembre

(Jesús dijo:) Dad, y se os dará… con la misma medida con que medís, os volverán a medir.

Lucas 6:38

Sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.

Mateo 25:21

Colaboradores de Dios

http://labuenasemilla.net/20191204

En los evangelios siempre vemos a Jesús dando generosamente. Cuando alimentó a cinco mil hombres, incluso sobró pan (Juan 6:1-15). Cuando los apóstoles volvieron de una noche de pesca sin haber conseguido nada, milagrosamente permitió que las redes se llenaran como nunca antes (cap. 21:1-14). En las bodas de Caná, cambió una gran cantidad de agua en vino, para el gozo de los invitados (cap. 2:1-11).

En estas tres situaciones, es sorprendente ver que el Señor pidió un compromiso personal antes de dar. Él quiere que participemos, y nos dice: “Dad, y se os dará”.

1. Cuando alimentó a la multitud, un muchacho aportó cinco panes y dos peces. Eso parecía irrisorio frente al número de bocas que había que alimentar. Sin embargo, el Señor se sirvió de la contribución de ese jovencito. Queridos niños que leen este mensaje, no olviden que incluso un vaso de agua dado en el nombre del Señor tendrá su recompensa (Mateo 10:42).

2. Jesús no necesitaba que sus discípulos volvieran a pescar para alimentarlos. Pero ellos le obedecieron simplemente echando la red “a la derecha de la barca” (Juan 21:6), y su fe fue recompensada.

3. Cuando Jesús pidió agua, antes de cambiarla en vino, hubiera podido hacerlo sin ella. No obstante, los que le ayudaron, en este caso como en los otros, tuvieron el gozo de ser “colaboradores de Dios” (1 Corintios 3:9).

Esta pequeña participación no tiene comparación con lo que Jesús da. Él quiere poner a prueba la fe y estimularla para luego darle su recompensa.

Job 42 – Santiago 3 – Salmo 137 – Proverbios 29:5-6

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

LA ENFERMEDAD 

Evangelio Verdadero

LA ENFERMEDAD

J.C. RYLE

Estas palabras son singularmente conmovedoras e instructivas. Registran el mensaje que Marta y María enviaron a Jesús cuando su hermano Lázaro estaba enfermo: “Señor, he aquí el que amas está enfermo.” Ese mensaje era corto y simple. Sin embargo, casi cada palabra es profundamente sugestiva.

Observen la fe de estas mujeres, semejante a la fe de un niño. Ellas se volvieron al Señor Jesús en la hora de su necesidad, como el aterrado infante se vuelve a su madre, o la aguja de la brújula se voltea hacia el Polo. Ellas se volvieron a Él como su Pastor, su Amigo todopoderoso, su Hermano disponible en la adversidad. Diferentes como eran en temperamento natural, las dos hermanas estaban totalmente de acuerdo en este asunto. En lo primero que pensaron en el día de la adversidad fue en la ayuda de Cristo. Cristo era el refugio al que acudieron en la hora de necesidad.

Observen la sencilla humildad de su lenguaje acerca de Lázaro. Ellas lo llaman, “el que amas.” No dicen, “el que Te ama, el que cree en Ti, el que Te sirve,” sino “el que amas.” Marta y María habían sido enseñadas profundamente por Dios. Ellas habían aprendido que el amor de Cristo por nosotros, y no nuestro amor por Cristo, es la base verdadera de la expectativa, y el verdadero cimiento de la esperanza. Mirar en nuestro interior nuestro amor por Cristo es dolorosamente insatisfactorio: mirar hacia fuera al amor de Cristo por nosotros, es paz.

Observen por último la conmovedora circunstancia que el mensaje de Marta y María nos revela: “el que amas está enfermo.” Lázaro era un buen hombre, convertido, creyente, regenerado, santificado, un amigo de Cristo, y un heredero de la gloria. ¡Y sin embargo Lázaro estaba enfermo! Entonces la enfermedad no es una señal que Dios está disgustado. La enfermedad tiene por intención ser una bendición para nosotros y no una maldición. “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.” “Sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo porvenir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.” (Romanos 8: 28; 1 Corintios 3: 22, 23.) Dichosos aquellos que pueden decir cuando están enfermos: “Esto es obra de mi Padre. Debe ser algo bueno.”

Yo pido la atención de mis lectores al tema de la enfermedad. Es un tema que con frecuencia debemos mirar de frente. No podemos evitarlo. No se necesita el ojo de un profeta para ver que la enfermedad nos visitará algún día. “En medio de la vida estamos en la muerte.” Durante algunos instantes vamos a considerar la enfermedad desde nuestra perspectiva de cristianos. Esta consideración tendrá un desarrollo paulatino, y pedimos por la bendición de Dios, para que nos enseñe sabiduría.

Al considerar el tema de la enfermedad, me parece que hay tres puntos que demandan nuestra atención. Diré unas pocas palabras acerca de cada uno de ellos.

I. LA PREPONDERANCIA UNIVERSAL DE LA ENFERMEDAD

No necesito detenerme demasiado en este punto. Elaborar la prueba de esto equivaldría únicamente a abundar en un hecho que salta a la vista. La enfermedad está en todas partes. En Europa, en Asia, en África, en América; en los países calientes y en los países fríos, en las naciones civilizadas y en las tribus salvajes; hombres, mujeres y niños se enferman y mueren.

La enfermedad está en todas las clases. La gracia no coloca al creyente fuera de su alcance. Las riquezas no pueden comprar la exención de la enfermedad. El rango no puede prevenir sus asaltos. Los reyes y sus súbditos, los señores y sus siervos, los ricos y los pobres, los educados y los incultos, los maestros y los estudiosos, los doctores y los pacientes, los ministros y quienes los escuchan, todos por igual se inclinan ante este gran enemigo. La casa de habitación de un inglés es llamada su castillo; pero no tiene ni puertas ni barras que puedan protegerlo de la enfermedad y la muerte.

La enfermedad puede ser de cualquier tipo y descripción. Desde la coronilla hasta la planta del pie estamos expuestos a la enfermedad. Nuestra capacidad de sufrir es algo espantoso de contemplar. ¿Quién puede contar las dolencias que asaltarán a nuestra estructura corporal? No es sorprendente, me parece a mí, que los hombres mueran tan pronto, pero sí es sorprendente que vivan tanto tiempo.

La enfermedad es a menudo una de las pruebas más humillantes y penosas que pueden venir a un hombre. Puede convertir al más fuerte en un pequeño niño, y hacerlo sentir que “la langosta será una carga.” (Eclesiastés 12: 5) Puede acobardar al más valiente, y hacerlo temblar con la caída de un alfiler. La conexión entre cuerpo y mente es curiosamente cercana. La influencia que algunas enfermedades pueden ejercer sobre el carácter y el ánimo, es inmensamente grande. Hay dolencias del cerebro, y del hígado, y de los nervios, que pueden reducir a alguien con una mente como la de Salomón, a un estado apenas mejor que el de un bebé. Quien quiera saber a qué profundidades de humillación puede caer un pobre hombre, sólo tiene que estar presente durante un corto tiempo junto al lecho de un enfermo.

La enfermedad no puede prevenirse mediante algo que el hombre pueda hacer. La duración promedio de vida puede sin duda alargarse un poco. La habilidad de los doctores puede descubrir continuamente nuevos remedios, y lograr curaciones sorprendentes. La aplicación de sabias regulaciones sanitarias puede reducir grandemente la tasa de mortalidad en una comunidad. Pero, después de todo, ya sea en comunidades saludables o en lugares insanos, ya sea en climas cálidos o fríos, ya sea con tratamientos homeopáticos o alopáticos, los hombres se enferman y mueren. “Los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, porque pronto pasan, y volamos.” (Salmo 90: 10) Ese testimonio es ciertamente verdadero. Lo era cuando fue escrito hace 3,300 años, y todavía lo es al día de hoy.

Ahora, ¿cómo debemos interpretar este gran hecho: la preponderancia universal de la enfermedad? ¿Cómo podemos explicarlo? ¿Qué explicación podemos dar al respecto? ¿Qué respuesta le daremos a nuestros hijos cuando nos pregunten: “papá, por qué se enferma la gente y muere?” Estas preguntas son muy serias. No estarán fuera de lugar unas cuantas palabras acerca de ellas.

¿Podemos suponer por un instante que Dios creó la enfermedad y la dolencia al principio? ¿Podemos imaginar que Aquél que formó nuestro mundo con tan perfecto orden fue a su vez el Formador del sufrimiento innecesario y del dolor? ¿Podemos pensar que Quien hizo todas las cosas y todo “era bueno en gran manera,” hizo que la raza de Adán se enfermara innecesariamente y muriera? Para mí, la idea es repugnante. Introduce una gran imperfección en medio de las obras perfectas de Dios. Debo encontrar otra solución para poder satisfacer mi mente.

La única explicación que me satisface es la que proporciona la Biblia. Algo ha venido al mundo que ha destronado al hombre de su posición original, y lo ha despojado de sus privilegios originales. Algo se ha metido que, como un puñado de arena introducido en una maquinaria, ha dañado el orden perfecto de la creación de Dios. Y ¿qué es ese algo? Yo respondo, en una palabra, que es el pecado. “El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte.” (Romanos 5: 12) El pecado es la causa original de toda dolencia y enfermedad, y del dolor y sufrimiento que predominan en la tierra. Todos ellos son parte de la maldición que cayó sobre el mundo cuando Adán y Eva comieron el fruto prohibido y cayeron. No habría habido enfermedad, si no hubiera habido caída. No habría habido enfermedad, si no hubiera habido pecado.

Hago una pausa por un instante en este punto, y sin embargo, al hacerla, no me estoy apartando de mi tema. Hago la pausa para recordar a mis lectores que no hay un terreno más insostenible que ese que es ocupado por el ateo, el deísta, o el incrédulo en la Biblia. Yo aconsejo a cada lector joven que esté desconcertado por los argumentos audaces y engañosos del infiel, que estudie bien ese tema tan importante: las dificultades de la infidelidad. Digo sin reparos que ser un infiel requiere mucha más credulidad, que ser un cristiano. Digo sin reparos que hay grandes hechos patentes y claros en la condición de la humanidad, que únicamente la Biblia puede explicar, y que uno de los hechos más sorprendentes es el predominio universal del dolor, la enfermedad, y las dolencias. En resumidas cuentas, una de las peores dificultades en el camino de los ateos y los deístas, es el cuerpo del hombre.

Sin duda ustedes han oído hablar de los ateos. Un ateo es alguien que profesa creer que no hay Dios, que no hay Creador, que no hay Primera Causa, y que todas las cosas aparecieron en este mundo por pura casualidad. Ahora, ¿vamos a prestar atención a una doctrina como ésta? Vayan, lleven a un ateo a alguna de las excelentes escuelas de cirugía de nuestro país, y pídanle que estudie la estructura maravillosa del cuerpo humano. Muéstrenle la habilidad sin par con la que ha sido formada cada articulación, y cada vena, y cada válvula, y cada músculo y tendón y nervio, y cada hueso y cada miembro. Háganle ver la perfecta adaptación de cada parte del cuerpo humano para el propósito para el que fue hecho. Muéstrenle los miles de delicados mecanismos que sirven para contrarrestar el uso y el desgaste y para suplir el diario debilitamiento del vigor. Y luego, pregúntenle a este hombre que niega la existencia de un Dios y de una grandiosa Primera Causa, si todo este maravilloso mecanismo es el resultado de la casualidad. Pregúntenle si todo esto apareció inicialmente por pura suerte y accidente. Pregúntenle si piensa lo mismo en relación al reloj que está mirando, al pan que come, o al abrigo que usa. ¡Oh, no! El plan es una dificultad insuperable en el camino del ateo. Hay un Dios.

Sin duda han oído hablar de los deístas. Un deísta es alguien que profesa creer que hay un Dios que hizo el mundo y todas las cosas contenidas en él. Pero él no cree en la Biblia. “¡Un Dios, pero no la Biblia! ¡Un Creador, pero no el cristianismo!” Este es el credo del deísta. Ahora, ¿vamos a prestar atención a esta doctrina? Vayan de nuevo, les pido, y lleven al deísta a un hospital, y muéstrenle algo de la terrible obra de la enfermedad. Llévenlo junto al lecho donde yace un tierno niño, que escasamente sabe distinguir entre el bien y el mal, sufriendo de cáncer incurable. Envíenlo a la sala donde se encuentra una amorosa madre de una vasta familia, en las últimas etapas de una atroz enfermedad. Muéstrenle algunos de los inaguantables dolores y agonías que sufre la carne, y pídanle que se los explique. Pregunten a este hombre, que cree que hay un Dios grandioso y sabio que hizo el mundo, pero que no cree en la Biblia; pregúntenle qué explicación puede dar acerca de estas muestras de desorden e imperfección en la creación de su Dios. Pidan a este hombre (que desdeña la teología cristiana y es demasiado sabio para creer en la Caída de Adán), pídanle que con su teoría explique el predominio universal del dolor y de la enfermedad en el mundo. ¡La petición de ustedes será en vano! No recibirán una respuesta satisfactoria. La enfermedad y el sufrimiento son dificultades insuperables en el camino del deísta. El hombre ha pecado, y por tanto el hombre sufre. Adán cayó de su primer estado, y por tanto los hijos de Adán se enferman y mueren.

El predominio universal de la enfermedad es una de las evidencias indirectas que la Biblia es verdadera. La Biblia lo explica. La Biblia responde a las preguntas acerca de ese predominio, que puedan surgir en cualquier mente inquisitiva. Ningún otro sistema religioso puede hacer esto. Todos fracasan aquí. Están callados. Están confundidos. Únicamente la Biblia se enfrenta al tema. Valerosamente proclama el hecho que el hombre es una criatura caída, y con igual valor proclama un vasto sistema de rehabilitación para suplir sus necesidades. Me siento conducido a la conclusión que la Biblia es de Dios. El cristianismo es una revelación del cielo. “Tu palabra es verdad.” (Juan 17: 17).

II. BENEFICIOS GENERALES QUE LA ENFERMEDAD CONFIERE

Yo uso la palabra “beneficios” deliberadamente. Siento que es de profunda importancia ver con claridad esta parte de nuestro tema. Yo sé muy bien que la enfermedad es uno de los supuestos puntos débiles del gobierno de Dios en el mundo, acerca del cual les encanta reflexionar a las mentes escépticas. “¿Puede ser Dios un Dios de amor, cuando Él permite los dolores? ¿Puede ser Dios un Dios de misericordia, cuando Él permite la enfermedad? Él podría prevenir el dolor y la enfermedad, pero no lo hace. ¿Cómo pueden existir tales cosas?” Tal es el razonamiento que a menudo aparece en el corazón del hombre.

Yo les pregunto a todos aquellos que encuentran difícil reconciliar la preponderancia de la enfermedad y del dolor con el amor de Dios, que observen hasta qué punto los hombres se someten constantemente a una pérdida presente para obtener ganancias futuras; al dolor presente por causa de un gozo futuro; al sufrimiento presente por causa de una salud futura. La semilla es lanzada al suelo y se pudre: pero nosotros sembramos con la esperanza de una cosecha futura. El padre de una familia es sometido a una terrible operación quirúrgica: pero él la soporta con la esperanza de una salud futura. ¡Yo les pido a las personas que apliquen este gran principio al gobierno de Dios en el mundo! Yo les pido que crean que Dios permite el dolor, la enfermedad, y las dolencias, no porque quiera vejar al hombre, sino porque Él desea beneficiar al corazón, y a la mente, y a la conciencia, y al alma del hombre por toda la eternidad.

Repito una vez más que yo hablo de los “beneficios” de la enfermedad con todo propósito y deliberación. Yo conozco el sufrimiento y el dolor que la enfermedad conlleva. Yo admito la miseria y desdicha que trae consigo cuando nos visita. Pero no puedo considerarla un mal puro, sin mezcla. Yo veo en ella un sabio permiso de Dios. Veo en ella una provisión útil para frenar los estragos del pecado y del diablo en las almas de los hombres. Si el hombre no hubiera pecado nunca, yo tendría muchos problemas para discernir el beneficio de la enfermedad. Pero puesto que el pecado ronda en el mundo, puedo ver que la enfermedad es buena. Es una bendición de la misma manera que es una maldición. Es un ayo rudo, lo concedo. Pero es un real amigo para el alma del hombre.

(a) La enfermedad ayuda a recordarles la muerte a los hombres. La mayoría vive como si nunca se fuera a morir. Hacen sus negocios, o buscan el placer, o se dedican a la política o a la ciencia, como si la tierra fuera su eterno hogar. Planean y diseñan sus esquemas para el futuro, como el rico insensato de la parábola, como si tuvieran un largo contrato de vida, y fueran huéspedes aquí a voluntad. Una grave enfermedad es de gran ayuda para disipar estos engaños. Hace despertar a los hombres de sus ensueños, y les recuerda que tienen que morir, así como tienen que vivir. Esto, yo lo afirmo enfáticamente, es un poderoso bien.

(b) La enfermedad ayuda para hacer que los hombres piensen seriamente en Dios, y en sus almas y en el mundo venidero. La mayoría de la gente, cuando goza de salud, no tiene tiempo para tales pensamientos. Les disgustan. Los echan fuera. Los consideran molestos y desagradables. Pero una severa enfermedad tiene a veces un maravilloso poder de convocar y reunir estos pensamientos, y de ponerlos a la vista del alma del hombre. Aun el perverso rey Ben-adad, cuando enfermó, pudo pensar en Elías. (2 Reyes 8: 7) Aun los marineros paganos, cuando la muerte estaba a la vista, tuvieron miedo y “cada uno clamaba a su dios.” (Jonás 1: 5.) Ciertamente todo lo que sirva de ayuda para hacer que los hombres piensen es bueno.

(c) La enfermedad ayuda a suavizar los corazones de los hombres, y les enseña sabiduría. El corazón natural es tan duro como una piedra. No puede ver ningún bien en nada que no sea de este mundo, y ninguna felicidad excepto en este mundo. Una larga enfermedad algunas veces es de mucha ayuda para corregir estas ideas. Expone el vacío y la falsía de lo que el mundo llama cosas “buenas,” y nos enseña a sostenerlas sin una mano firme. El hombre de negocios descubre que el dinero en sí no es todo lo que el corazón requiere. La mujer mundana encuentra que los vestidos costosos, y la literatura, y las crónicas de las fiestas y de las óperas, son miserables consoladores en la habitación de un enfermo. Ciertamente, todo lo que nos obligue a alterar nuestros pesos y medidas de las cosas terrenales es un bien real.

(d) La enfermedad nos ayuda a inclinarnos y a humillarnos. Todos nosotros somos por naturaleza orgullosos y altivos. Pocos, incluyendo los más pobres, están libres de esta infección. Habrá muy pocos que no vean con desprecio a otros, y que no se adulen a sí mismos en secreto porque no son “como los otros hombres.” Una cama de enfermo es una domadora poderosa de pensamientos como éstos. Fuerza en nosotros la clara verdad que todos nosotros somos pobres gusanos, que “habitamos en casas de barro,” y que somos “quebrantados por la polilla” (Job 4:19), y que reyes y súbditos, señores y siervos, ricos y pobres, todos son criaturas que mueren, y que pronto estarán lado a lado en el tribunal de Dios. No es fácil ser orgulloso ante el féretro y la tumba. Ciertamente, todo lo que nos enseñe esa lección es bueno.

(e) Finalmente, la enfermedad ayuda a probar la religión de los hombres, de qué tipo es. No hay muchas personas en la tierra que no tengan ninguna religión. Sin embargo, pocas personas tienen una religión que puede pasar una inspección. La mayoría está contenta con tradiciones recibidas de sus padres, y no puede proporcionar ninguna razón para la esperanza que poseen. Ahora, la enfermedad es a veces más útil para el hombre al exponer la total falta de valor del cimiento de su alma. A menudo le muestra que no tiene nada sólido bajo sus pies, y nada firme bajo su mano. Lo hace descubrir que, aunque pudo haber tenido una forma de religión, ha estado toda su vida adorando “un dios no conocido.” Muchos credos lucen bien sobre las aguas tranquilas de la salud, pero se vuelven totalmente falsos e inútiles sobre las aguas agitadas del lecho de enfermo. Las tormentas invernales sacan a luz a menudo los defectos de una casa, y la enfermedad expone a menudo la falta de gracia del alma de un hombre. Ciertamente, todo lo que nos haga descubrir el carácter real de nuestra fe, es bueno.

Yo no afirmo que la enfermedad confiera estos beneficios a todos aquellos a quienes visita. ¡Ay, no puedo decir nada parecido a eso! Miríadas de personas son tumbadas anualmente por la enfermedad, y su salud es luego restaurada, quienes evidentemente no aprenden ninguna lección en su lecho de enfermos, y regresan nuevamente al mundo. Miríadas pasan anualmente a la tumba a través de una enfermedad, y sin embargo no reciben de ella una impresión más espiritual que las bestias que perecen. Mientras viven, y cuando mueren, no tiene ningún sentimiento. Decir esto es terrible. Pero es cierto. El grado de dureza que pueden alcanzar el corazón y la conciencia del hombre, es una profundidad que no puedo pretender medir.

Pero ¿acaso la enfermedad confiere los beneficios de los que he estado hablando sólo a unos cuantos? No voy a aceptar eso. Yo creo que en abundantes casos la enfermedad produce impresiones más o menos afines a ésas como las que acabo de mencionar. Yo creo que en muchas mentes, la enfermedad es el “día de visitación” de Dios, y que los sentimientos son continuamente sacudidos sobre el lecho de la enfermedad, los que, sin son abonados, podrían, por la gracia de Dios, resultar en la salvación. Yo creo que en tierras paganas la enfermedad a menudo pavimenta el camino para el misionero, y hace que el pobre idólatra preste un oído atento a las buenas nuevas del Evangelio. Yo creo que en nuestro propio país, la enfermedad es una de las grandes ayudas para el ministro del Evangelio, y que los sermones y los consejos a menudo son efectivos en el día de la enfermedad, pero han sido desatendidos cuando se goza de salud. Yo creo que la enfermedad es uno de los instrumentos subordinados más importantes en la salvación de los hombres, y que aunque los sentimientos que provoca son muchas veces temporales, a menudo es un medio por el cual el Espíritu obra eficazmente en el corazón. Resumiendo, creo firmemente que la enfermedad corporal de los hombres ha conducido a menudo, en la maravillosa providencia de Dios, a la salvación de las almas de los hombres.

Lamentaría dejar el tema de la enfermedad sin una observación. Si la enfermedad puede hacer las cosas de las que he estado hablando (y, ¿quién puede negarlo?), si la enfermedad en un mundo perverso puede ayudar a hacer que los hombres piensen en Dios y en sus almas, entonces confiere beneficios a la humanidad.

No tenemos ningún derecho de murmurar de la enfermedad, ni quejarnos de su presencia en el mundo. Más bien debemos dar gracias a Dios por ella. Es un testigo de Dios. Es consejera del alma. Ciertamente tengo el derecho de decirles que la enfermedad es una bendición y no una maldición, una ayuda y no una lesión, una ganancia y no una pérdida, un amigo y no un enemigo para la humanidad. Mientras tengamos un mundo en el que hay pecado, es una misericordia que sea un mundo en el que hay enfermedad.

III. DEBERES ESPECIALES QUE LA ENFERMEDAD CONLLEVA

Lamentaría dejar el tema de la enfermedad sin decir algo sobre este punto. Yo sostengo que es de importancia cardinal no contentarse con generalidades al predicar el mensaje de Dios a las almas. Yo estoy ansioso por inculcar en cada persona en cuyas manos pueda caer este librito, su propia responsabilidad personal en conexión con el tema. Yo no quisiera que nadie cerrara este librito, sin haber sido capaz de responder las preguntas, “¿qué lección práctica he aprendido? En un mundo de enfermedad y muerte, ¿qué debo hacer?”

(a) Un deber supremo que la preponderancia de la enfermedad acarrea al hombre, es el de vivir habitualmente preparado para encontrarse con Dios. La enfermedad es un recordatorio de la muerte. La muerte es la puerta que todos debemos atravesar para llegar al juicio. El juicio es el tiempo cuando debemos finalmente ver a Dios cara a cara. Ciertamente la primera lección que el habitante de un mundo enfermo y agonizante debe aprender, es que debe estar preparado para su encuentro con Dios.

¿Cuándo estás preparado para encontrarte con Dios? ¡Nunca, mientras tus iniquidades no hayan sido perdonadas y tu pecado haya sido cubierto! ¡Nunca, mientras tu corazón no haya sido renovado, y tu voluntad no haya sido enseñada a deleitarse en la voluntad de Dios! Tú tienes muchos pecados. Si tú vas a la iglesia, tu propia boca es enseñada a confesar esto cada domingo. Únicamente la sangre de Jesucristo puede lavar esos pecados. La justicia de Cristo únicamente puede hacerte aceptable a los ojos de Dios. Únicamente la fe, la simple fe como la de un niño, puede hacer que tengas interés en Cristo y Sus beneficios. ¿Quisieras saber si estás preparado para tu encuentro con Dios? Entonces, ¿dónde está tu fe? Tu corazón es naturalmente impropio para la compañía de Dios. Tú no sientes un placer real de hacer Su voluntad. El Espíritu Santo debe transformarte a imagen de Cristo. Las viejas cosas deben pasar. Todas las cosas deben volverse nuevas. ¿Te gustaría saber si estás preparado para encontrarte con Dios? Entonces, ¿dónde está tu gracia? ¿Dónde están las evidencias de tu conversión y santificación?
Yo creo que esto, y nada que no sea esto, es estar preparado para el encuentro con Dios. El perdón del pecado y la preparación para la presencia de Dios: justificación por fe y santificación del corazón, la sangre de Cristo rociada sobre nosotros, y el Espíritu de Cristo habitando en nosotros, esta es la grandiosa esencia de la religión cristiana. Estas no son meras palabras y nombres que proveen argumentos para la discusión a los teólogos pendencieros. Estas son realidades sobrias, sólidas, sustanciales. Vivir en la posesión real de estas cosas, en un mundo lleno de enfermedad y muerte, es el primer deber que yo quisiera grabar en sus almas.

(b) Otro deber supremo que la preponderancia de la enfermedad conlleva para ustedes, es el de vivir habitualmente listos para soportarla pacientemente. Sin duda la enfermedad es una prueba para la carne y la sangre. Sentir nuestros nervios trastornados y nuestra fuerza natural abatida, tener la obligación de estar sentados quietos y estar separados de todas nuestras actividades usuales, ver nuestros planes desbaratados y nuestros propósitos frustrados, soportar largas horas y días y noches de debilidad y dolor; todo esto es una severa presión sobre la pobre naturaleza humana pecadora. ¡No debería sorprendernos si la impaciencia y la irritabilidad nos llegan por medio de la enfermedad! Ciertamente en un mundo moribundo como éste, deberíamos estudiar la paciencia.

¿Cómo aprenderemos a soportar con paciencia la enfermedad, cuando llegue nuestro turno? Debemos acumular abundante gracia cuando gozamos de salud. Debemos buscar la influencia santificante del Espíritu Santo sobre nuestros temples y disposiciones ingobernables. Debemos entregarnos en verdad a nuestras oraciones, y pedir con regularidad fortaleza para aceptar la voluntad de Dios y hacerla. Debemos recibir esa fortaleza cuando la pedimos: “Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.”

Yo no creo que sea innecesario que nos quedemos en este punto. Yo creo que las gracias pasivas del cristianismo reciben menos atención de lo que merecen. Mansedumbre, benignidad, paciencia, fe, todas son mencionadas en la Palabra de Dios como frutos del Espíritu. Son gracias pasivas que dan especialmente gloria a Dios. Hacen pensar a menudo a los hombres que desprecian el lado activo del carácter cristiano. Estas gracias no brillan nunca con tanto brillo como lo hacen en la habitación de un enfermo. Permiten a muchos enfermos predicar un sermón silente que quienes lo rodean nunca olvidan. ¿Quisieras adornar la doctrina que profesas? ¿Quisieras que tu cristianismo fuera hermoso a los ojos de otros? Entonces toma la sugerencia que te doy hoy. Acumula mucha paciencia para el tiempo de la enfermedad. Entonces, aunque tu enfermedad no sea mortal, será para “la gloria de Dios.” (Juan 11: 4.)

(c) Otro deber supremo que la preponderancia de la enfermedad conlleva para ustedes, es el de ladisponibilidad habitual para compartir el sentimiento y ayudar a sus compañeros. La enfermedad no está nunca muy lejos de nosotros. Son pocas las familias que no tienen algún pariente enfermo. Pocas son las parroquias donde no encontrarán a algún enfermo. Pero donde haya enfermedad, hay un llamado al deber. Una pequeña ayuda oportuna en algunos casos, una amable visita en otros, una pregunta amigable, una simple expresión de simpatía, pueden hacer mucho bien. Estos son los tipos de cosas que suavizan las asperezas, y unen a los hombres, y promueven sentimientos buenos. Estas son formas mediante las cuales puedes al fin conducir a los hombres a Cristo y salvar sus almas. Estas son buenas obras para las cuales cada cristiano que profesa debe estar preparado. En un mundo lleno de enfermedad y dolencias debemos “sobrellevar los unos las cargas de los otros,” y “ser benignos unos con otros.” (Gálatas 6: 2; Efesios 4: 32.)

Estas cosas, me atrevo a decir, pueden parecer cosas sin importancia para algunos. ¡Deben estar haciendo algo importante, y grandioso y sorprendente y heroico! Permítanme decir que la atención consciente a estos pequeños actos de amabilidad fraternal es una de las evidencias más claras de tener “la mente de Cristo.” Son actos en los que nuestro Bendito Señor mismo fue abundante. Él siempre “anduvo haciendo bienes” a los enfermos y oprimidos. (Hechos 10: 38.) Son actos a los que Él asigna gran importancia en ese muy solemne pasaje de la Escritura, la descripción del juicio final. Él dice allí: “estuve enfermo, y me visitasteis.” (Mateo 25: 36).

¿Tienes algún deseo de demostrar la realidad de tu caridad: esa gracia bendita de la que tanto se habla, pero que muy pocos practican? Si lo tienes, ten cuidado del egoísmo insensible y del descuido de tus hermanos enfermos. Búscalos. Ayúdalos si necesitan apoyo. Muéstrales simpatía. Trata de aligerar sus cargas. Sobre todo, esfuérzate por hacer bien a sus almas. Te hará bien aunque no les haga bien a ellos. Prevendrá tu corazón de la murmuración. Puede ser una bendición para tu propia alma. Yo creo con firmeza que Dios nos está probando y examinando por medio de cada caso de enfermedad a nuestro alcance. Al permitir el sufrimiento, Él comprueba si los cristianos tienen algún sentimiento. Tengan cuidado, no sea que al ser pesados en la balanza, sean hallados faltos. Si ustedes pueden vivir en un mundo enfermo y moribundo sin sentir nada por otros, tienen mucho que aprender todavía.

Dejo esta sección de mi tema aquí. Yo entrego los puntos que he mencionado como sugerencias, y ruego a Dios que puedan obrar en muchas mentes. Repito, esa preparación habitual para encontrarse con Dios, preparación habitual para sufrir pacientemente y esa disposición habitual para simpatizar de todo corazón, son claros deberes que la enfermedad impone en todos. Hay deberes al alcance de cada persona. Al mencionarlos, no pido nada extravagante o irrazonable. No le pido a nadie que se retire a un monasterio o que ignore los deberes de su posición. Sólo quiero que los hombres se den cuenta que viven en un mundo enfermo y moribundo, y que vivan de acuerdo a eso. Y digo sin temor que el hombre que vive la vida de fe y santidad y paciencia y amor, no solamente es el más verdadero cristiano, sino el hombre más sabio y razonable.
Y ahora concluyo con cuatro palabras de aplicación práctica. Quiero que el tema de este librito tenga algún uso espiritual. El deseo de mi corazón y mi oración a Dios al escribirlo, es hacer bien a las almas.

(1) En primer lugar, hago una pregunta, a la cual, como embajador de Dios, les pido su seria atención. Es una pregunta que surge naturalmente del tema sobre el cual he estado escribiendo. Es una pregunta que concierne a todos, de cada rango, y clase, y condición. Yo les pregunto, ¿qué harán cuando estén enfermos?

Llegará el tiempo cuando ustedes, lo mismo que otros, deban descender al oscuro valle de sombra de muerte. Llegará la hora cuando ustedes, lo mismo que los que los antecedieron, deban enfermarse y morir. Puede ser que ese momento esté cerca o lejos. Sólo Dios lo sabe. Pero cuando sea el momento, yo pregunto de nuevo, ¿qué van a hacer ustedes? ¿Adónde buscarán consuelo? ¿Sobre qué pretenden ustedes que descanse su alma? ¿Sobre qué pretenden construir su esperanza? ¿Dónde encontrarán su consuelo?

Yo les suplico que no hagan a un lado estas preguntas. Permítanles que obren en su conciencia, y no descansen hasta que puedan darles una respuesta satisfactoria. No jueguen con ese precioso don, un alma inmortal. No difieran la consideración del asunto para un momento más conveniente. No den por sentado un arrepentimiento en su lecho de muerte. El asunto más grandioso no debe ser pospuesto hasta el final. Un ladrón moribundo fue salvado para que los hombres no puedan desesperar, pero solamente uno para que los demás no presuman de ello. Repito la pregunta. Estoy seguro que merece una respuesta. “¿Qué harás cuando estés enfermo?”

Si ustedes fueran a vivir por siempre en este mundo no les hablaría como lo hago. Pero eso no puede ser. No hay forma de escapar de la suerte común de toda la humanidad. Nadie puede morir en nuestro lugar. El día vendrá cuando debamos ir a nuestro hogar permanente. Yo quiero que ustedes estén preparados para ese día. El cuerpo que ahora es el centro de su atención, (el cuerpo que ahora visten, y alimentan, y calientan con tanto cuidado), ese cuerpo debe regresar nuevamente al polvo. ¡Oh, piensen cuán terrible cosa sería al final haber provisto para todo, excepto para la única cosa necesaria: haber provisto para el cuerpo, pero haber descuidado el alma; morir, de hecho, y no poder dar una señal de ser salvo! Una vez más presento mi pregunta a tu conciencia: “¿Qué harás cuando estés enfermo?”

(2) En siguiente lugar, ofrezco un consejo a todos aquellos que sientan que lo necesitan y quieran recibirlo, a todos aquellos que todavía no estén preparados para su encuentro con Dios. Ese consejo es breve y simple. Conoce al Señor Jesucristo sin demora. Arrepiéntete, conviértete, vuela a Cristo, y sé salvo.

O posees un alma o no la posees. Ciertamente nunca negarás que la tienes. Entonces, si tienes un alma, busca la salvación de esa alma. De todos los riesgos del mundo, no hay otro más terrible que el del hombre que vive sin estar preparado para su encuentro con Dios, y sin embargo, pospone el arrepentimiento. O tienes pecados o no los tienes. Si los tienes, y ¿quién se atreverá a negarlo?, apártate de esos pecados, termina con tus transgresiones y vuélvete de ellos sin demora. O necesitas un Salvador o no lo necesitas. Si lo necesitas, huye a tu único Salvador hoy mismo, y clámale con fuerza para que salve tu alma. Pídele a Cristo de inmediato. Búscalo mediante la fe. Entrega tu alma para que Él la guarde. Clama poderosamente implorando perdón y paz con Dios. Pídele que derrame el Espíritu Santo sobre ti, y que te haga un cristiano completo. Él te oirá. No importa lo que hayas sido, Él no rechazará tu oración. Él ha dicho: “Al que a mí viene, no le echo fuera.” (Juan 6: 37)

Cuídense de un cristianismo vago e indefinido. No se contenten con una esperanza general de que todo está bien porque ustedes pertenecen a la iglesia y que todo estará bien al fin porque Dios es misericordioso. No descansen sin una unión personal con el propio Cristo; no descansen hasta que tengan el testimonio del Espíritu en su corazón, de que han sido lavados, y santificados, y justificados, y que son uno con Cristo, y que Cristo está en ustedes. No descansen hasta que puedan decir con el apóstol: “Yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día.”

La religión vaga e indefinida e indistinta puede funcionar muy bien en tiempos en los que se goza de salud. Pero no funcionará en el día de la enfermedad. Una membresía de iglesia meramente formal, y superficial, puede llevar al hombre a través del sol brillante de la juventud y de la prosperidad. Pero dejará de funcionar enteramente cuando la muerte esté a la vista. Nada servirá entonces excepto una unión real de corazón con Cristo. Cristo intercediendo por nosotros a la diestra del Padre; Cristo conocido y creído como nuestro Sacerdote, nuestro Médico, nuestro Amigo; Cristo únicamente puede quitarle a la muerte su aguijón y capacitarnos para enfrentar la enfermedad sin ningún temor. Únicamente Él puede liberar a quienes por medio del temor están en servidumbre. Yo les digo a todos aquellos que necesitan un consejo: Conoce a Cristo. Si quieres tener alguna vez esperanza y consuelo en el lecho de enfermo, conoce a Cristo. Busca a Cristo. Pídele a Cristo.

Llévale cada preocupación y cada problema cuando lo hayas conocido. Él te guardará y te conducirá a través de todo ello. Derrama tu corazón ante Él, cuando tu conciencia esté cargada. Él es tu verdadero Confesor. Únicamente Él puede absolverte y quitar tus cargas. Vuélvete primero a Él en el día de la enfermedad, como Marta y María. Permanece mirándolo a Él hasta el último aliento de tu vida. Vale la pena conocer a Cristo. Entre más lo conozcas lo amarás más. Entonces conoce a Jesucristo.

(3) En tercer lugar, yo exhorto a todos los verdaderos cristianos para que recuerden cuánto pueden glorificar a Dios en tiempos de enfermedad, y quedarse quietos en la mano de Dios cuando están enfermos.

Siento que es muy importante tocar este punto. Sé cuán presto a desmayar es el corazón de un creyente, y cuán ocupado está Satanás sugiriendo dudas y cuestionamientos, cuando el cuerpo de un cristiano está débil. Yo he visto algo de la depresión y de la melancolía que a veces vienen sobre los hijos de Dios cuando son súbitamente puestos fuera de combate por la enfermedad, y obligados a estarse quietos. He observado cuán inclinadas son algunas buenas personas a atormentarse con pensamientos mórbidos en tales situaciones, y a decir en sus corazones: “Dios me ha abandonado: yo he sido echado fuera de Su vista.”

Yo les suplico de todo corazón a todos los creyentes enfermos que recuerden que pueden honrar a Dios tanto por el sufrimiento paciente como por su trabajo activo. A veces manifiesta mayor gracia quedarse quietos que ir de arriba abajo, y hacer grandes hazañas. Yo les suplico que recuerden que Cristo se preocupa por ellos lo mismo cuando están enfermos como lo hace cuando están bien, y que el propio castigo que sienten tan agudamente es enviado en amor, y no en ira. Sobre todo, les suplico que recuerden la simpatía de Jesús por todos Sus miembros débiles. Ellos son siempre cuidados con mucha ternura por Él, pero nunca como cuando se encuentran en su tiempo de necesidad. Cristo ha tenido gran experiencia en la enfermedad. Él conoce el corazón de un hombre enfermo. Él acostumbraba ver “toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” cuando estaba en la tierra. Él sintió algo especial por los enfermos en los días de Su encarnación. Él siente todavía especialmente por ellos. El sufrimiento y la enfermedad, pienso a menudo, hacen a los creyentes más semejantes a su Señor en experiencia, que la salud. “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores.” (Isaías 53: 4; Mateo 8: 17). El Señor Jesús fue un “varón de dolores, experimentado en quebranto.” Nadie tiene tal oportunidad de aprender de la mente de un Salvador sufriente como los discípulos que sufren.
(4) Concluyo con una palabra de exhortación para todos los creyentes, que pido a Dios de todo corazón se grabe en sus almas. Los exhorto a mantener un hábito de cercana comunión con Cristo, y nunca tengan miedo de “ir demasiado lejos” en su religión. Recuerden esto, si desean tener “gran paz” en sus tiempos de enfermedad.

Observo y lo lamento, una tendencia en algunos sectores, de rebajar el estándar de cristianismo práctico, y de denunciar los que son llamados “puntos de vista extremos” acerca del caminar diario de un cristiano en la vida. Inclusive la gente religiosa mira algunas veces con frialdad a quienes se apartan de la sociedad mundana, y los censuran como “exclusivos, de mente estrecha, no liberales, poco caritativos, de espíritu amargado,” y demás cosas similares. Yo advierto a cada creyente en Cristo que tenga cuidado de no dejarse influenciar por tales censuras. Le suplico, si necesita luz en el valle de muerte, que “se guarde sin mancha del mundo,” que “decida ir en pos del Señor,” y que camine muy cerca de Dios. (Santiago 1: 27; Números 14: 24).

Yo creo que la falta de “integridad” acerca del cristianismo de muchas personas es un secreto de su poco contentamiento, tanto en salud como en enfermedad. Yo creo que la religión del tipo “mitad y mitad,” y “buenas relaciones con todo el mundo,” que satisface a muchos en el día presente, es ofensiva a Dios y siembre espinos en las almohadas de los moribundos, que cientos no descubren hasta que es demasiado tarde. Yo creo que la debilidad y languidez de una religión así, nunca es tan visible como en un lecho de enfermo.

Si tú y yo necesitamos un “fuerte consuelo” en nuestro tiempo de necesidad, no debemos contentarnos con una unión desnuda con Cristo. Debemos buscar algo de la comunión con Él que sea experimental, de corazón. Nunca, nunca debemos olvidar, que “unión” es una cosa, y “comunión” es otra. Miles, me temo, que saben lo que es la “unión” con Cristo, desconocen totalmente lo que es la “comunión.”

Puede llegar el día cuando después de una larga lucha con la enfermedad, sintamos que la medicina no puede hacer nada más, que no queda nada sino morir. Los amigos estarán alrededor, incapaces de ayudarnos. El oído, la vista, inclusive el poder de orar, fallarán con rapidez. El mundo y sus sombras estarán derritiéndose bajo nuestros pies. La eternidad, con sus realidades, se elevará muy alta ante nuestras mentes. ¿Qué será lo que nos apoyará en esa hora de prueba? ¿Qué nos permitirá sentir, “no temeré mal alguno”? (Salmo 23: 4). Nada, nada puede hacerlo, sino la cercana comunión con Cristo. Cristo habitando en nuestros corazones por fe, Cristo poniendo Su diestra bajo nuestras cabezas, el sentimiento de que Cristo está sentado junto a nosotros, Cristo únicamente puede darnos la completa victoria en la última lucha.

Aferrémonos fuertemente a Cristo, amémosle de todo corazón, vivamos más enteramente para Él, copiémosle con mayor exactitud, confesémosle con denuedo, sigámosle más plenamente. Una religión como esta siempre traerá su propia recompensa. Los hermanos débiles la considerarán extremosa. Pero será muy útil. En la enfermedad nos traerá paz. En el mundo venidero nos dará una corona de gloria que no perderá su brillo.

El tiempo es corto. La moda de este mundo pasa y se disipa. Unas cuantas enfermedades más y todo habrá acabado. Unos cuantos funerales más y tendrá lugar nuestro propio funeral. Unas cuantas tormentas más, unas sacudidas más, y estaremos en puerto seguro. Viajamos a un mundo donde no hay más enfermedad, donde la separación, el dolor, el llanto, y el luto habrán desaparecido para siempre. El cielo se está llenando más cada año, y la tierra se está vaciando. Los amigos que nos han antecedido son cada vez más numerosos que los amigos que quedan atrás. “Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará.” (Hebreos 10: 37). En Su presencia habrá plenitud de gozo. Cristo enjugará toda lágrima de los ojos de Su pueblo. El último enemigo que será destruido es la muerte. Pero será destruido. La muerte misma un día morirá. (Apocalipsis 20: 14).

Mientras tanto vivamos la vida de fe en el Hijo de Dios. Apoyemos todo nuestro peso en Cristo, y regocijémonos con el pensamiento que Él vive para siempre.

¡Sí: bendito sea Dios! Cristo vive, aunque nosotros muramos. Cristo vive, aunque amigos y familiares sean llevados a la tumba. El que abolió la muerte, vive, y trajo vida e inmortalidad a la luz por el Evangelio. Vive el que dijo: “Oh muerte, yo seré tu muerte; y seré tu destrucción, oh Seol.” (Oseas 13: 14). Vive el que cambiará un día nuestro vil cuerpo, y lo hará semejante a Su cuerpo glorioso. En enfermedad y en salud, en vida y en muerte, apoyémonos confiadamente en Él. Ciertamente debemos repetir cada día con alguien de antaño, “¡Bendito sea Dios por Jesucristo!”

Fuente: http://evangelio.wordpress.com/2009/04/27/la-enfermedad/