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8/27 – El bautismo de Cristo

Aviva Nuestros Corazones

Serie: El Cristo incomparable

8/27 – El bautismo de Cristo

Nancy Leigh DeMoss

https://www.avivanuestroscorazones.com/podcast/aviva-nuestros-corazones/el-bautismo-de-cristo/

Nancy Leigh DeMoss: Cada cuatro años en los Estados Unidos se celebra un evento llamado “la inauguración presidencial”.  Esta es  una  ceremonia oficial pública que se lleva a cabo frente a una gran cantidad de espectadores, en la cual el presidente es juramentado en su oficio. Esta inauguración marca el comienzo del período de su liderazgo.  Es en este momento cuando él asume el oficio o posición de autoridad en el poder.

Leslie Basham: Esta es Nancy Leigh DeMoss, dirigiendo nuestra atención a los eventos importantes que marcan los comienzos.

Nancy: En estos últimos programas, hemos considerado la vida y la obra de Jesús antes de venir a esta tierra. Hemos considerado también, Su encarnación, Su niñez, Su adolescencia, Su vida de adulto joven, Su vida de trabajo como carpintero y constructor. Hoy, consideraremos  el evento que, en cierto sentido, se corresponde a Su inauguración o Su ordenación. Observaremos algunas semejanzas en estas ceremonias. Esta fue la ceremonia pública que marcó el final de Su vida privada y que inauguró Su ministerio público en esta tierra.

Leslie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss en la voz de Patricia Saladín.

Nancy: Durante estas semanas que anteceden a la Semana Santa, o la Semana de la Pasión, veremos el retrato del Cristo incomparable. Estaremos siguiendo el bosquejo del libro llamado “El Cristo incomparable” de Oswald Sanders [The Incomparable Christ – disponible en Inglés].  Muchas de ustedes están siguiendo el libro durante este estudio, lo cual es bueno pero no es necesario para sacarle el provecho a esta serie.

Hoy consideraremos el capítulo 7 sobre el bautismo de Cristo—otra mirada al Cristo incomparable. Ahora, cuando un cristiano se bautiza ésta es una ocasión gloriosa, pero en Su bautismo, Cristo fue incomparable.  Nunca ha habido, ni habrá, un bautismo como éste.

Les pido que vayamos al Evangelio de Mateo, el primer libro del Nuevo Testamento, al capítulo 3.  “En aquellos días llegó Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.”  (vv. 1-2).

Juan fue enviado a proclamar la venida del Reino de los Cielos y la venida del Rey de este Reino. “Acudía entonces a él Jerusalén, toda Judea y toda región alrededor del Jordán; y confesando sus pecados, eran bautizados por él en el río Jordán.” (vv. 5-6).

El bautismo es un ritual, es una ceremonia que simboliza el lavamiento y la limpieza de nuestros pecados.  Estas personas que venían a ser bautizadas estaban proclamando públicamente que eran pecadores, que necesitaban ser lavados. Ellos estaban entregándose a la misericordia de Dios, habiendo entendido que no  podían salvarse a sí mismos. El bautismo no los iba a salvar, pero era la expresión visible de la obra que ya había sido hecha en sus corazones, una obra que la Biblia llama arrepentimiento.

Arrepentimiento simplemente significa un cambio de pensamiento, un cambio de corazón o un cambio de dirección. Tú ibas en tu propio camino, viviendo tu propia vida, haciendo tus propias cosas, y Dios te detiene; entonces te das cuenta que eres pecadora con la necesidad de ser salvada por Dios. Te detienes, y por la gracia de Dios te arrepentiste y das media vuelta y vas en otra dirección. Pones tu fe en Cristo para que Él te cambie, para que te de un corazón nuevo y una nueva inclinación. Este acto de fe y de arrepentimiento es simbolizado en la ceremonia del  bautizo.

Ahora, estos creyentes fueron  bautizados antes que Cristo muriera en la cruz. Este fue un periodo de transición, pero hoy en día nosotros tenemos un mayor conocimiento sobre Cristo.

Miramos hacia atrás y nos regocijamos en el hecho de que Él ya vino. En el bautismo declaramos nuestra lealtad al Rey de Reyes y a Su reino.

Volviendo a  Mateo capítulo 3 versículo 11. Dice: “Yo a la verdad os bautizo con agua para arrepentimiento, pero el que viene detrás de mí es más poderoso que yo, a quien no soy digno de quitarle las sandalias; Él os bautizara con el Espíritu Santo y con fuego. El bieldo está a su mano y limpiará completamente su era; y recogerá su trigo en el granero, pero quemará la paja en fuego inextinguible.” (vv. 11-12).

El autor  nos está diciendo esencialmente que Cristo va a separar los que pertenecen a  Él, de los que no. Unos irán a la salvación eterna y los otros a la condenación y juicio eternos.

El versículo 13 nos dice:  “Entonces Jesús llegó de Galilea al Jordán, a donde estaba Juan, para ser bautizado por él, pero Juan trató de impedírselo, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, y tú vienes a mi? ” (vv. 13-14). Y respondiendo Jesús,  le dijo: Permítelo ahora” Juan el Bautista le dijo: “no soy digno de quitarte las sandalias, y Jesús le respondió, “yo quiero que tú me bautices a mí”, Juan le dice: “Yo necesito ser bautizado por ti, y ¿Tú vienes a mi?”

“Y respondiendo Jesús, le dijo: Permítelo ahora; porque es conveniente que se cumpla así toda la justicia. Entonces Juan se lo permitió”.” (v. 15). En este pasaje vemos otra vez la humildad de Cristo. Podemos ver su humildad en Su nacimiento, a través de toda Su vida, en Su muerte, y podemos ver la humildad de Cristo a través de todos los evangelios.  Este es El Hijo de Dios, el Rey de Gloria, el Rey del Reino de los Cielos.

Aquí vemos a Cristo: sin pecado, sin necesidad de arrepentimiento, pero sometiéndose al bautismo de arrepentimiento. Me recuerda el texto de Isaías capítulo 53, este hermoso pasaje que habla sobre los sufrimientos de Cristo. En el relato se nos dice “que él fue contado entre los transgresores”. “Déjame ser bautizado”. Él se identifica con los pecadores, con aquellos a quienes vino a salvar. Cristo se humilló para salvarnos. Esto fue lo que hizo de Cristo un salvador perfecto, el hecho de que él estuvo dispuesto a identificarse con los pecadores.

Aquí vemos no solo la obediencia de Cristo, sino también su humildad. Él dijo: “es conveniente que se cumpla así toda justicia”. Cristo cumplió perfectamente toda la ley de Dios, y toda la voluntad de Su Padre celestial. ¿Había alguien hecho esto antes? No, ninguna persona jamás lo había hecho.  No importa cuán religiosa sea una persona, cuán respetada sea, ni que tan encumbrada esté en su sistema religioso. Nadie pudo ni podrá cumplir nunca la voluntad de Dios, y la ley de Dios a plenitud, solo Cristo y por eso Él es incomparable.

Estas son las buenas nuevas del Evangelio: que por medio de Su justicia, Su vida de obediencia es contada a nuestro favor. Los teólogos utilizan el término de “justicia imputada” para definir esto. Esto es lo que significa ser justificados. Ser contados como justos—no porque seamos justos—sino porque la justicia de Cristo es contada a nuestro favor.

Por esto fue necesario que Cristo cumpliera toda la justicia de Dios, de otra manera Él no podría justificarnos siendo nosotras  pecadoras y no podríamos, de ninguna otra forma, ser hechas justas.

Romanos capítulo 8 nos dice que “Dios lo hizo enviando a Su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne, para que el requisito de la ley se cumpliera en nosotros” (vv. 3-4). La justicia de Dios es  cumplida en nosotros porque Cristo cumplió con toda justicia.

Esto me lleva a preguntar ¿existe algún área de justicia que yo no haya cumplido? Pudiera ser en el área del bautismo, vemos en las escrituras un patrón y una enseñanza de que aquéllos que han puesto su fe en Jesucristo, dan testimonio de ello pasando por las aguas del bautismo.

El bautismo no te salva ni te hace más espiritual. De hecho, el bautismo no es más que  la  expresión externa de lo que ocurre en tu interior.  Lo único que hace el bautismo es mojarte, pero si tu corazón ha sido transformado, si has creído en  Cristo como tu Salvador,  y si te has arrepentido de tus pecados, entonces el bautismo es un acto de obediencia.

Jesús dijo que era necesario para nosotros cumplir con toda justicia. Yo me pregunto si no habrá alguien hoy escuchando este programa en quien este simple acto de obediencia no ha sido cumplido en su vida porque no ha sido bautizado después de haber puesto su fe en Cristo.

Pero volviendo a  Mateo capítulo 3 versículo 16 “Después de ser bautizado, Jesús salió del agua inmediatamente”.  En el  bautismo de Cristo tenemos un retrato poderoso en el cual he estado meditando en estos días y me ha resultado difícil elegir las palabras que expresen todo lo que está representado  en este evento.

Cristo no solo se sumergió en las aguas del bautismo, sino que también salió de las aguas.  Este es un retrato que representa  la muerte y la resurrección de Cristo a nuestro favor.  Romanos capítulo 6 versículo 4 lo expresa de la siguiente manera: “Por tanto, hemos sido sepultados con Él por medio del bautismo para muerte, a fin de que como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida”.

Esta es una ilustración de lo que pasa con nosotras cuando venimos a Cristo. Estamos unidas a Él en Su muerte y estamos unidas a Él en su resurrección. Somos sepultadas como viejas criaturas, y somos levantadas como nuevas criaturas. No por  las aguas físicas del bautismo, pues éstas solo simbolizan lo que pasa con nosotros espiritualmente: que hemos sido sepultados con Cristo en la semejanza de Su muerte y que hemos sido levantados con Cristo en la semejanza de Su resurrección.

Sin embargo, el bautismo de Jesús es el cumplimiento de algo más. Es el cumplimiento de la figura del sacerdote representada en el Antiguo Testamento. El sacerdote del Antiguo Testamento comenzaba su ministerio a la edad de 30 años. ¿Qué edad tenía Jesús cuando fue bautizado? Cerca de los 30. El sacerdote era lavado con agua en una ceremonia y Cristo está cumpliendo con esta tipología como nuestro Sumo Sacerdote.

De hecho en Levítico capítulo 8 tenemos una  descripción detallada de la primera vez que Aarón, el primer Sumo Sacerdote, y sus hijos, quienes también eran sacerdotes, fueron  consagrados o separados para el ministerio. En esa ocasión toda la congregación de Israel fue reunida en esta ceremonia pública. Leamos algunos versículos de Levítico capítulo 8, “Entonces Moisés hizo que Aarón y sus hijos se acercaran, y los lavó con agua. Y puso sobre él la túnica, lo ciñó con el cinturón, lo vistió con el manto y le puso el efod; y lo ciñó con el cinto tejido del efod; con el cual lo ató. . . Y derramó del aceite de la unción sobre la cabeza de Aarón y lo ungió, para consagrarlo. (vv. 6-7, 12).

Los sacerdotes eran lavados con agua y  vestidos con ropas y  ornamentos especiales, pero solo el Sumo Sacerdote era ungido con aceite. Las Escrituras utilizan comúnmente el aceite para representar la unción del  Espíritu Santo  para el servicio. Cristo cumplió con esta tipología del Antiguo Testamento al ser sumergido en las aguas del bautismo, representando así el lavamiento del agua—aunque Él no tenía ningún pecado por el cual necesitara ser lavado—sin embargo, Cristo fue investido por el poder de Dios y fue ungido con aceite por el Espíritu Santo cuando comenzó su ministerio público.

Lo vemos mientras continuamos leyendo el texto en  Mateo capítulo 3. ¿Que pasó cuando Cristo salió de las aguas del bautismo? “Después de ser bautizado, Jesús salió del agua inmediatamente; y he aquí, los cielos se abrieron, y Él vio el Espíritu de Dios que descendía como una paloma y venía sobre Él. Y he aquí, se oyó una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado en quien me he complacido” (vv.16-17)

Ahora, está claro que Cristo no era simplemente otro hombre siendo bautizado. Él es el Cristo incomparable. Juan lo sabía, y los espectadores que estaban ahí ese día y escucharon la voz desde el cielo, también lo sabían. Los ángeles lo sabían y nosotros también lo sabemos al leerlo. Cristo no era simplemente otro hombre siendo bautizado.

Veamos entonces los tres sucesos que tuvieron lugar cuando Cristo salió de las aguas del bautismo.

  • Los cielos fueron abiertos.
  • El Espíritu de Dios descendió como paloma y se posó sobre él.
  • El Padre habló desde los cielos.

Examinemos por un momento cada uno los acontecimientos que tomaron lugar en el bautismo de Cristo. Primero, los cielos fueron abiertos. Por cierto, en el recuento paralelo del bautizo de Cristo que se relata en Lucas capítulo 3, se nos da un detalle que no se encuentra en el relato de Mateo. Lucas nos dice “Jesús también fue bautizado; y mientras Él oraba, el cielo se abrió” (v. 21).

Jesús estaba en comunión con Su Padre,  orando. Él estaba utilizando los medios de la gracia. La intimidad con Dios viene  cuando utilizamos los medios de la gracia que Dios ha dejado disponibles para nosotros.

Imagínense esto de que los cielos fueron abiertos para Jesús. Desde Génesis 3, cuando Adán y Eva fueron echados del huerto del Edén por causa de su pecado y Dios les  prohibió entrar otra vez en este paraíso terrenal,  desde ese momento hasta el día de hoy, el acceso a la presencia de Dios en los cielos ha sido vedado para la raza humana.

Ninguna de nosotras  puede entrar a la presencia de Dios por nuestros propios medios, no podemos entrar al cielo, no podemos disfrutar de la compañía y de la comunión con Cristo para la cual fuimos creadas. El cielo está cerrado para nosotras a causa del pecado, pero Jesús, el Cristo incomparable, tiene acceso a la misma presencia de Dios, al trono de Dios en los cielos. ¿Por qué? Por la virtud de Su vida sin pecado, Él nunca pecó, Cristo nunca desobedeció al Padre, nunca resistió  Su voluntad.

Él tiene acceso constante al trono de Dios y a la misma presencia de Dios. Esto es lo que más amo sobre este tema; ¡que Jesús vino a esta tierra para que el cielo se pudiera abrir para nosotras, para que pudiéramos tener acceso a la misma presencia de Dios!

¿Saben lo que esto significa? Todas las religiones del mundo en esencia están basadas en el esfuerzo que hacen los hombres para llegar a Dios por sus propios medios, por sus propios esfuerzos, por sus propios méritos, por sus propias luchas y por sus propias religiones, pero el camino está vedado, el cielo está cerrado: Pero Jesús dijo: “Yo soy el camino y la verdad y la vida;  nadie viene al Padre sino por mí”. (Juan 14:6).

No existe otro camino—solo a través de Cristo podemos llegar al cielo—para esto Él vino a la tierra. Cristo no solo vivió una vida sin pecado, sino que murió la muerte que el pecador merecía, y porque Él murió como sustituto nuestro el cielo está hoy abierto para  nosotras.

¿Recuerdan cuando Esteban, el primer mártir cristiano, fue apedreado como nos relata Hechos en el capítulo 7? ¿Qué vio él?  Cuando él estaba a punto de morir él dijo: “He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios” (v.56). Esteban no hubiera podido decir eso, ni tampoco  nosotras podríamos decirlo, si el Hijo del Hombre, Jesús el Hijo de Dios, no hubiese venido a la tierra, cumplido con toda justicia y muerto a nuestro favor para que el cielo fuera abierto para nosotras. Cristo nos abrió el acceso al Padre.

Me fascina el texto de Apocalipsis capítulo 4 versículo 1 donde  Juan está recibiendo la visión de lo que está pasando en el cielo y nos dice, “Después de esto miré, y vi una puerta abierta en el cielo; y la primera voz que yo había oído, como sonido de trompeta que hablaba conmigo, y decía: sube acá.”  Si Cristo no hubiera vivido una vida sin pecado y muerto en nuestro lugar, esta visión no hubiera acontecido, los cielos no hubieran sido abiertos, la puerta habría permanecido cerrada para siempre, Dios nunca habría dicho: “sube acá, a mi lugar, y habita conmigo para siempre.”

Algunas de ustedes han estado en la iglesia toda su vida, han sido religiosas; pero para otras quizás todo esto sea nuevo y nunca hayan entendido verdaderamente el hecho de que el cielo ha sido abierto para aquellos que siguen a Cristo. Él  nos abrió el camino  a través de Su cruz. ¿No estás agradecida?  ¿No es esto increíble—que el cielo nos haya sido abierto? No porque seamos buenas, o porque  hayamos hecho algo bueno, tampoco  es porque hayamos hecho malabares para lograrlo, sino porque Cristo murió por nuestros pecados.

El segundo evento que tomó lugar, es que el  Espíritu de Dios descendió como paloma y se posó sobre Él. Esto me recuerda el versículo de Isaías 61 que dice: “El Espíritu del Señor Dios está sobre mí, porque me ha ungido el Señor para traer buenas nuevas a los afligidos” (v. 1).  Cuando Jesús vino a esta tierra la plenitud del Espíritu Santo lo ungió para este servicio; lo ungió para proclamar el evangelio, las buenas nuevas a aquellos que están destituidos y que necesitan de un salvador.  ¿Cómo lo hizo? Por medio del Espíritu de Dios que estaba sobre Él.

De hecho, después que Jesús fue bautizado y ungido por el  Espíritu para el servicio, y después de la inauguración pública de Su ministerio, las Escrituras nos dicen en Lucas capítulo 4 versículo 1 que  “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu”. Es aquí  donde Cristo comienza Su ministerio terrenal.

Si Jesús, aun siendo Dios, durante toda Su vida terrenal como hombre estuvo siempre en dependencia del Espíritu Santo, ¿cuánto más  no debemos nosotras vivir en dependencia del Espíritu?  Tú y yo nunca podremos hacer aquello para lo que Dios nos ha llamado, cualquier cosa que sea,  lavar los platos, tener hijos, ejercer las funciones de nuestro trabajo… nunca podremos  hacerlo de una manera espiritual que sea efectiva y que glorifique a Dios, a menos que lo hagamos en el poder del Espíritu Santo.

Lo hermoso de todo esto es que Dios nos ha dado Su Espíritu para fortalecernos en el servicio.  Si somos hijas de Dios, el Espíritu Santo no solo viene sobre nosotras, sino que las Escrituras nos dicen que el Espíritu de Cristo vive, mora en nosotras.  Hay poder para servir a Dios y para servir a los demás, por el ministerio del Espíritu Santo.

En tercer lugar, el Padre habló desde los cielos y dijo: “Este es mi Hijo amado en quien me he complacido” (Mateo 3:17). Jesús recibió la confirmación, la aprobación y la satisfacción del Padre. Este fue el reporte del cielo la evaluación del cielo sobre Jesús. Cuando Dios miró los 30 años que Cristo estuvo en la tierra, y Él mira aún más allá, desde toda la eternidad y antes de que todo ocurriera, Dios se complace en que Cristo nunca se desvió ni una jota en hacer la voluntad de Su Padre celestialNo hubo nada en sus acciones, actitud, o palabras que no complacieran a Su Padre en los cielos. “Este es mi hijo amado en quien me he complacido.”

Dios estuvo satisfecho de que Su Hijo fue perfecto en Su obediencia, puro, sin pecado y que cumplió todos Sus mandamientos, incluyendo los dos primeros: amar a Dios por sobre todas las cosas, y amar al prójimo. Jesús guardó todos los mandamientos perfectamente.

Por eso Dios reconoció que Cristo sería el sacrificio perfecto  por nuestros pecados, sería nuestro sustituto moriría en nuestro lugar y el Padre aceptaría este sacrificio; esto así porque Jesús era Su Hijo Amado en quien el Padre se complacía.

Y en el bautismo de Jesús vemos la inauguración de Su ministerio público. Él comienza Su ministerio en el Poder del Espíritu Santo, y con la confirmación de que Su vida, Su sacrificio, y el ofrecimiento de Sí mismo al Padre son aceptables,  satisfactorios y  agradables al Padre.

Tengo dos comentarios antes de concluir. Dios nos dice de Cristo, “Este es mi Hijo amado”. Por medio de la vida de obediencia de Cristo y por Su muerte sacrificial a nuestro favor, nosotros podemos ser hijos e hijas de Dios, experimentar el amor del Padre y ser aceptadas por Dios.

De hecho, 1era de Juan  capítulo 3 versículo1 dice: “Mirad cuán amor nos ha otorgado  el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios. Y eso somos.” Dios dice: “Este es mi Hijo Amado”.  ¿Qué nos dice el Padre si estamos en Cristo? “Que soy Su hija amada o Su hijo amado”. Cristo vino para que pudiésemos tener esta relación con Dios.

“Este es mi Hijo amado en quien me he complacido”. Cuando leo esto por mi mente cruza el pensamiento de que si Dios se complació y se deleitó en Su Hijo, ¿cuál debería ser entonces nuestra visión del Hijo?

  • ¿Nos deleitamos en Él?
  • ¿Nos agrada Él?
  • ¿Nos sentimos satisfechas en Él?
  • ¿Es Él suficiente para ti?
  • ¿Podemos decir: “Él es mi Amado Salvador, y en Él estoy completamente satisfecha, completamente complacida?

Leslie: ¿Alguna vez te has detenido a considerar el bautismo de Jesús? Nancy Leigh DeMoss nos ha dado mucho en que pensar al hablarnos de esta inauguración pública del ministerio de Jesús.

Este mensaje es parte de la serie El Cristo incomparable. A través de esta serie Nancy ha estado tratando los aspectos importantes de la vida de Cristo.  Puede que te des cuenta de  que nunca has considerado algunos de estos temas anteriormente. Para escuchar todos los mensajes que han sido transmitidos hasta ahora puedes visitar www.AvivaNuestrosCorazones.com.

Nancy está siguiendo el bosquejo del libro “El Cristo incomparable” de J Oswald Sanders[The Incomparable Christ – disponible en Inglés].  Este libro causó una gran impresión en Nancy durante las semanas que precedieron la Semana Santa hace unos años y por esto ha querido compartirlo con nuestros oyentes.

Bueno, imagínate por un momento que estás sola en un desierto, rodeada de animales y  que no has comido por cuarenta días. ¿Crees que serías más vulnerable a la tentación en una situación como ésta? Descubre cómo Cristo se enfrentó a la tentación en una situación similar el lunes cuando Aviva Nuestros Corazones.

Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

Usado con permiso del Ministerio Aviva Nuestros Corazones 

Tomado de: Aviva Nuestros Corazones

Todos los Derechos Reservados

Disponible sobre el Internet en: http://www.avivanuestroscorazones.com

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