Pecado, arrepentimiento y caminar en la luz

Pecado, arrepentimiento y caminar en la luz
Por Trillia Newbell

Nota del editor:Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

Nuestra ofensa más pequeña merece toda la ira de Dios. Eso es difícil de escuchar si olvidamos que Dios no solo ha cubierto nuestro pecado en Cristo, sino que también nos permite acercarnos a Él continuamente para recibir esa gracia una vez más. También sabemos que Dios es santo, separado en Su perfección, gloria y majestad. Somos pecadores que pecamos todos los días. Nuestro pecado debería afligirnos, pero no condenarnos, porque servimos a un Dios que es bueno y bondadoso, pero que también es santo y justo. Entonces, ¿qué debemos hacer con este enigma de nuestra pecaminosidad y la santidad de Dios que está tan cerca de nosotros? Arrepentirnos y recibir la asombrosa gracia de Dios.

¿Es Dios una especie de cuco?
Ahí está de nuevo. Esa tenebrosa sombra acechando en el armario. Parece tan impredecible. ¿Qué va a hacer ahora? ¿Qué podría pasar? ¿Saltará y me atrapará?

Esos eran mis aterradores pensamientos de niña. Me acurrucaba con miedo en mi cama, esperando que el cuco saltara del armario y me atrapara. Cuando me convertí en cristiana, me di cuenta de que gran parte de la forma en que me relacionaba con Dios era con ese miedo infantil al cuco. Sentía que no tenía mucho control sobre mi vida, pero en lugar de darme cuenta de que estaba en manos de un Padre bueno y amoroso, lo veía como un tirano. Pensaba que Él tenía todo el control, pero que el único amor que mostró fue en la cruz (que por supuesto hubiera sido suficiente). Realmente creía que Dios era como el cuco que rondaba por mi armario, esperando el momento adecuado para castigarme o causarme algún daño.

Qué triste. Si solo conocemos a Dios como el gobernante soberano del mundo podríamos cometer el mismo error que yo cometí cuando era una joven cristiana. No fue hasta que comprendí el gran amor de Dios que comencé a ver Sus caminos como buenos y amables. Sí, incluso las cosas difíciles de nuestra vida provienen de la mano amorosa de Dios (1 P 1:3-9; He 12:3-17). Podemos descansar en el conocimiento de que los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos, y que Sus caminos no son nuestros caminos, y que sin embargo Él tiene cuidado de los hombres (Sal 8:4; Is 55:8).

Lo vemos en Isaías 55, que comienza con un llamado urgente a que vengamos a beber: «Todos los sedientos, vengan a las aguas; y los que no tengan dinero, vengan, compren y coman. Vengan, compren vino y leche sin dinero y sin costo alguno» (v. 1). Dios se complace en satisfacer nuestras necesidades (espirituales y de otro tipo). Tenemos un Padre que nos invita al trono de la gracia para recibir ayuda en nuestros momentos de necesidad (He 4:16). Y aunque de joven no comprendía del todo el significado de la cruz, ahora entiendo que Dios mostró Su máximo amor por nosotros mediante el sacrificio de Su Hijo a nuestro favor. ¿Existe un amor más grande que ese?

Dios no es el cuco. Es el Dios soberano, amoroso y asombroso que vino a redimir a un pueblo para Sí mismo. Él es bueno y nos ama todo el tiempo. Así que, como respuesta a nuestro conocimiento de Su carácter amoroso, nos disciplinamos para arrepentirnos diariamente del pecado por el que Cristo ya ha muerto.

Camina en la luz
Uno de los muchos efectos secundarios que he experimentado al envejecer es la incapacidad de ver la carretera al conducir de noche. Todo brilla. Si llueve, es como si alguien me iluminara los ojos con una luz brillante. Como adulta responsable que soy, todavía no he ido al oftalmólogo. Así que conduzco en la oscuridad, ciega como un murciélago.

Afortunadamente, no tenemos que hacer esto como cristianos. Hemos visto la luz. El evangelio ha iluminado las tinieblas. Y esta luz no desorienta; es un don de la gracia que nos purifica y nos guía.

Pero tal vez has estado caminando como si estuvieras todavía en la oscuridad. Dios te llama a caminar en la luz. Caminar en la luz significa caminar en la bondad y la gracia de Dios, viviendo una vida que refleje al Salvador y caminando de una manera digna del evangelio. El arrepentimiento es una de las formas más claras de caminar en esta luz. El apóstol Juan nos dice: «Si decimos que tenemos comunión con Él, pero andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad» (1 Jn 1:6). Caminar en las tinieblas es caminar con el conocimiento del pecado e ignorarlo, o caminar como si estuviéramos completamente sin pecado, sin arrepentirnos nunca (1 Jn 1:8). La gracia de Dios nos permite no solo reconocer que seguimos luchando con el pecado, sino también volvernos de nuestro pecado.

Vemos claramente que nuestro caminar en la luz no es perfecto, ni siquiera está cerca de serlo. Nunca alcanzaremos la perfección en esta tierra. Por eso el arrepentimiento es un regalo tan hermoso de nuestro Dios. «Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad» (1 Jn 1:9). Oh, qué gracia. Confesamos nuestros pecados a Dios —reconociendo nuestra gran necesidad de que Él nos convierta de nuestro pecado— y ¿qué hace Él? Hace lo que ya ha hecho: derrama la gracia que necesitamos para cambiar. Su ira estuvo reservada para Jesús. No recibimos castigo o ira por nuestros pecados; recibimos gracia. Hay, por supuesto, consecuencias por el pecado, pero aún así, nuestra posición ante Dios no cambia.

Dios es soberano y lo gobierna todo. Es santo, pero gracias a Jesús podemos acercarnos a Él. Corre, no camines, al trono de la gracia. No camines como un ciego mientras puedes caminar en la luz que está disponible para ti. Camina en la luz. Confiesa tu pecado y recibe la gracia. No hay condenación para ti.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Trillia Newbell
Trillia J. Newbell es conferencista y autora de Fear and Faith [Temor y Fe], United [Unidos], Enjoy [Disfruta] y su libro infantil más reciente God’s Very Good Idea [La gran idea de Dios].

Atacado por un tiburón

Martes 13 Diciembre

Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe.

1 Pedro 5:8-9

Dando gracias al Padre… el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo.

Colosenses 1:1213

Atacado por un tiburón

La escena se desarrolló en África del sur, durante una competencia de surf. Repentinamente uno de los participantes percibió algo bajo su tabla, sintió un golpe y luego vio surgir un alerón triangular. No había duda: un tiburón lo atacaba. En un reflejo, el hombre golpeó la espalda del animal y se alejó lo más rápido posible; fue recogido in extremis por un barco cercano.

Este animal que rondaba en busca de una presa nos hace pensar en un adversario temible que ataca a los hombres: el diablo, llamado Satanás, “la serpiente antigua” (Apocalipsis 12:9). La Biblia confirma su existencia y le da varios calificativos: adversario y león rugiente (ver el versículo del día), el malo (Mateo 13:19), mentiroso y homicida (Juan 8:44), seductor (Génesis 3:13), etc. Dios nos pone en guardia contra este enemigo y nos revela sus intenciones: trata de confundir y extraviar a los creyentes, los empuja al mal bajo todas sus formas, morales o físicas, los induce a oponerse a Dios de diferentes maneras. Satanás desvía a los hombres del evangelio; quiere la desgracia de la humanidad.

Aunque no siempre sea consciente, el que rehúsa poner su confianza en Jesús todavía es esclavo de ese amo despiadado y cruel. Pero Satanás fue vencido en la cruz: el que cree en Jesús es librado de Satanás y tiene a Jesucristo como Salvador y Maestro, y puede decir:

No temeré nada. Ni Satanás ni el mundo pueden arrancarme de los brazos del buen Pastor… Con él estoy al abrigo del peligro para siempre.

Jueces 6:1-21 – Apocalipsis 6 – Salmo 141:1-4 – Proverbios 29:23

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¿Debería asistir a una boda homosexual?

Por Kevin DeYoung 

Nota del editor:Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

¿Por qué podría un cristiano negarse a asistir, atender o participar en una ceremonia de matrimonio entre personas del mismo sexo? Para hacer las cosas más simples, asumamos que este es un debate entre cristianos tradicionales que creen —como siempre ha creído la iglesia y como sigue creyendo la mayor parte de la iglesia mundial— que el comportamiento sexual entre personas del mismo sexo es pecaminoso y que el matrimonio es una unión conyugal y de pacto entre un hombre y una mujer.

Con este comentario aclaratorio, podemos abordar la cuestión directamente: ¿Por qué un cristiano se sentiría obligado por su conciencia a no asistir o participar en una boda gay? Lo que nos lleva a esta conclusión no es el fanatismo, ni el miedo, ni porque no sepamos que Jesús pasó tiempo con los pecadores. Es por nuestro deseo de ser obedientes a Cristo y por la naturaleza del evento de la boda en sí.

Una ceremonia de boda, en la tradición cristiana, es ante todo un servicio de adoración. Así que si la unión que se celebra en el servicio no puede ser aprobada bíblicamente como un acto de adoración, creemos que el servicio da crédito a una mentira. No podemos, con buena conciencia, participar en un servicio de adoración falsa. Entiendo que no suena muy bien, pero la conclusión se desprende de la premisa, es decir, que el «matrimonio» que se celebra no es en realidad un matrimonio y que no debe celebrarse.

Además, desde hace tiempo se entiende que los presentes en una ceremonia matrimonial no son simples observadores casuales, sino que son testigos que otorgan su aprobación y apoyo a los votos que se van a realizar. Por eso el lenguaje tradicional habla de reunirse «ante Dios y ante esta congregación». Por eso, en uno de los servicios matrimoniales modelo de la Iglesia presbiteriana de América, todavía el ministro dice:

Si alguien puede mostrar una causa justa por la que no puedan casarse legalmente, que lo declare ahora o que calle para siempre.

De forma muy explícita, la boda no es una fiesta para los amigos y la familia. No es una mera formalidad ceremonial. Es un acontecimiento divino en el que los reunidos celebran y honran la «solemnidad del matrimonio».

Por eso —por mucho que quiera tender puentes con una amiga lesbiana o asegurar a un familiar gay que me importa y que quiero relacionarme con él— no asistiría a una ceremonia de boda del mismo sexo. No puedo ayudar con mi pastel, con mis flores o con mi presencia a solemnizar lo que no es sagrado.

Al adoptar esta postura, a menudo he escuchado en respuesta cosas como estas:

Pero Jesús se juntó con los pecadores. No le preocupaba ser contaminado por el mundo. No quería alejar a la gente del amor de Dios. Siempre abría las compuertas de la misericordia de Dios. Él nos diría: «Si alguien te obliga a hornear un pastel, hornea para él dos».

Bien, pensemos en estas objeciones. Me refiero a pensar con unas cuantas frases y no solo con eslóganes y vagos sentimentalismos.

Jesús se juntó con los pecadores. Es cierto, más o menos (depende de lo que se entienda por «juntarse»). Pero Jesús creía que el matrimonio era entre un hombre y una mujer (Mt 19:3-9). El ejemplo de Cristo en los evangelios nos enseña que no debemos tener miedo de pasar tiempo con los pecadores. Si una pareja gay de la casa de al lado te invita a cenar, no la rechaces.

No le preocupaba ser contaminado por el mundo. Esa no es la preocupación aquí. No se trata de piojos o gérmenes del pecado. Nosotros mismos tenemos muchos de ellos.

No quería alejar a la gente del amor de Dios. Pero Jesús lo hizo todo el tiempo. Actuó de maneras antagónicas, que pudo hacerlas involuntariamente, pero más a menudo las hizo deliberadamente (Mt 7:6, 13-27; 11:20-24; 13:10-17; 19:16-30). Jesús apartaba a la gente todo el tiempo. Esto no es excusa para que seamos irreflexivos y poco amables. Pero debería poner fin a la noción no bíblica que dice que si alguien se siente herido por tus palabras o no amado por tus acciones, ipso facto fuiste poco amoroso de manera ridícula y pecaminosa.

Siempre abría las compuertas de la misericordia de Dios. Amén. Sigamos predicando a Cristo y prediquemos como Él lo hizo, llamando a todas las personas a «arrepentirse y creer en el evangelio» (Mr 1:15).

Si alguien te obliga a hornear un pastel, hornea para él dos. Este es, por supuesto, un principio verdadero y hermoso sobre cómo los cristianos, cuando son injuriados, no deben injuriar a su vez. Pero difícilmente puede significar que hagamos todo lo que la gente exige sin importar nuestros derechos (Hch 4:18-20; 16:35-40; 22:22-29) y sin importar lo que es correcto a los ojos de Dios.

Una boda no es una invitación a una cena o una fiesta de graduación o de jubilación. Incluso en un entorno completamente laico, sigue existiendo la sensación —y a veces las invitaciones de boda lo dicen— de que nuestra presencia en el evento honraría a la pareja y su matrimonio. Sería difícil, si no imposible, asistir a una boda (por no hablar de hacer el catering o el centro de mesa) sin que tu presencia comunique la celebración y el apoyo a lo que está ocurriendo. Y, por muy doloroso que sea para nosotros y para los que amamos, celebrar y apoyar las uniones homosexuales no es algo que Dios o Su Palabra nos permitan hacer.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Kevin DeYoung
El Rev. Kevin DeYoung es pastor de Christ Covenant Church en Matthews, N.C., y maestro asistente de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary de Charlotte, N.C. Es autor de numerosos libros, incluyendo Taking God at His Word [Confía en Su Palabra] y Just Do Something [Haz algo].

Me falta algo

Lunes 12 Diciembre

Nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.

Gálatas 2:16

Me falta algo

“Crecí en Egipto, en una familia cristiana, amparándome en la fe de mis padres. Cuando llegué a la adolescencia, esto no me satisfacía más. En mi espíritu crecía un vacío, pero, ¿por qué?

En cierta ocasión mi hermano asistió a un campamento cristiano y volvió irreconocible. Su mal carácter había dado lugar a una actitud amable, y con dulzura me invitó a asistir al siguiente campamento.

El primer día el predicador habló de alguien que se parecía mucho a mí. “¿Se considera bueno, e incluso cree ser un buen cristiano, sin tener a Jesucristo en su vida?”. Ese hombre, ¿me hablaba a mí, o a personas que hacían mal? Me sentí confundida… Una tarde nos propuso: “Los que quieran entregar su vida a Jesucristo, levántense y oremos juntos”. Algunos se levantaron, pero yo me quedé sentada, diciéndome en voz baja: “Soy una buena cristiana”. Un poco más tarde el predicador nos invitó una vez más a ir a Jesús. Entonces comprendí que debía decidirme. Mi lengua se desató y oré: “Señor Jesús, quiero conocerte. Gracias por haber muerto en la cruz por mí. Te pido que vengas a mí y seas mi Salvador. Gracias por amarme, por haber perdonado mis pecados y por darme la vida eterna. Ayúdame a ser la persona que tú quieres que yo sea. Amén”.

Cuando volví a la casa, ¡qué cambio en mi vida! Y mi Biblia, que yo no leía, empecé a devorarla para saber más de Dios y hablarle todos los días. Mi vida tomó un sentido. Al fin comprendí en qué consistía la fe de mis padres”.

según Joy Y.

Jueces 5 – Apocalipsis 5 – Salmo 140:6-13 – Proverbios 29:21-22

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Las palabras pequeñas

Tiendo a apresurarme. Incluso cuando me relajo en el sofá para leer un libro, me encuentro pasando apurado las páginas. No es que no disfrute leer, es que parece que siempre tengo prisa por hacer lo que vendrá inmediatamente después de lo que estoy haciendo ahora. Cuando leo, me apresuro para llegar a comer el bocadillo que sigue en mi lista de cosas por hacer. Y cuando empiezo a preparar esa merienda, me apuro para revisar mi correo electrónico. Supongo que esto forma parte de la vida en esta sociedad norteamericana: siempre tenemos prisa por hacer algo, aunque ese algo no sea nada.

Incluso me encuentro apurado cuando leo la Biblia. Me apresuro a leer la Biblia para poder orar. Después de orar, puedo pasar a leer el siguiente libro de mi lista de lectura. El problema es que, cuando me apresuro, me pierdo de cosas. Si leo la Biblia deprisa, siempre acabo pasando por alto algunas palabras importantes. Nunca se me escapan las grandes: puedo detectar una «justificación» o una «imputación» a un kilómetro de distancia. Son las pequeñas las que se me escapan. Los «si» y los «peros» tienden a escaparse de mi atención. Sin embargo, es sorprendente cómo cambia la Biblia cuando me tomo el tiempo de absorber cada una de esas pequeñas palabras. En última instancia, a menudo son más importantes que las grandes palabras que las rodean.

Considera los versículos 31 y 32 de Lucas 22. «Y el Señor dijo: “¡Simón, Simón! En efecto, Satanás ha preguntado por ti, para tamizarte como el trigo. Pero Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca; y cuando hayas vuelto a Mí, fortalece a tus hermanos”». Cuando me apresuro, pierdo de vista las pequeñas palabras como «cuando». Esa pequeña palabra en el contexto de este versículo habla de una verdad tan asombrosa. Satanás preguntó si podía tamizar a Simón como el trigo. Aunque no sabemos exactamente lo que eso implica, ciertamente muestra que el diablo iba a lanzar un ataque especialmente cruel contra Simón. Jesús, después de haber orado por Simón, no dijo «si vuelves». Más bien, habló con confianza, diciendo que cuando Pedro perseverara, sería capaz de fortalecer a otros. Cuando miramos este versículo en relación con otros pasajes de la Escritura, podemos ver una afirmación de los principios de la seguridad eterna: que Satanás, aunque puede atacarnos, nunca puede separarnos para siempre del Señor. Si pierdo de vista esa pequeña palabra «cuando», me pierdo una gran verdad.

Otro ejemplo de una pequeña palabra con gran significado está en Efesios 2, que dice que la salvación es por gracia a través de solo la fe en Cristo. «Y a vosotros os dio vida, cuando estabais muertos en delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora obra en los hijos de la desobediencia, entre los cuales también todos nos condujimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne».

«Pero Dios, que es rico en misericordia, por Su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia habéis sido salvados), y juntamente con Él nos resucitó, y nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de Su gracia en Su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros mismos; es don de Dios, no de las obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura Suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas».

La primera parte de este pasaje trata de la condición humana natural. Los humanos están muertos en delitos y pecados. Andamos según los caminos de Satanás en lugar de los de Dios. Amamos cumplir nuestros propios deseos en vez de los de Dios, y somos hijos de la ira. Pero Dios. Esa pequeña frase. Así éramos… pero Dios. Luego leemos cómo Dios, por Su gran amor, nos dio la vida, salvándonos de nuestra condición natural. Una vez más, todo depende de una pequeña palabra. Esa palabra une todo el argumento, llevándonos de la condenación segura a la salvación segura.

He aprendido que tengo que ir más despacio cuando leo, no sea que siga perdiéndome estas grandes verdades. Cuando voy más despacio, leo con atención y me tomo tiempo para meditar en las palabras de la Escritura, me enriquecen todas y cada una de las palabras que contiene la Biblia. Recuerdo algunas de las primeras cartas de amor que me escribió mi esposa, hace tantos años, y cómo las leía y releía, empapándome de cada palabra y cada frase. Ese es el tipo de devoción que necesito mostrar a la Biblia, leer cada palabra, cada «jota y tilde» para asegurarme de que no pierdo de vista involuntariamente ninguna de las maravillas de Dios.

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Tim Challies

Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por mas de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.

Recibió gratuitamente, dé gratuitamente

Sábado 10 Diciembre

Si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.

1 Corintios 13:3

(Jesús dijo:) De gracia recibisteis, dad de gracia.

Mateo 10:8

Recibió gratuitamente, dé gratuitamente

A lo largo de sus páginas la Biblia nos exhorta a ser generosos (Deuteronomio 15:7). En el Antiguo Testamento Dios pedía que se le diera el diezmo de lo que se ganaba. “El diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, del Señor es” (Levítico 27:30).

En el Nuevo Testamento la invitación es a dar libremente, por amor. “Dios ama al dador alegre” (2 Corintios 9:7). Por supuesto, para dar es necesario haber recibido primero. Solo podemos dar lo que nos pertenece. Si hemos recibido el perdón de Dios, su gozo, su amor, su paz… entonces podemos dar perdón, gozo, amor y paz a quienes nos rodean. Dar es primero compartir estas cosas gratuitamente.

Dar también es estar dispuesto a privarse de cierta comodidad, de ciertas cosas materiales, pero, al mismo tiempo es un medio para conocer mejor a nuestro Dios, quien nos ha dado tanto.

¡Y el hecho de dar es tan liberador! “Todo lo que no sabes dar te domina”, escribió alguien. Dando y dándonos para amar y servir a Dios y a los demás, nuestro corazón se ensancha y apreciamos más los dones de Dios y su gracia. Cuanto más gustemos la gracia de Dios, más daremos. Y cuánto más demos, más creceremos en el conocimiento de su gracia.

“Hay quien todo el día codicia; pero el justo da, y no detiene su mano” (Proverbios 21:26).

“Honra al Señor con tus bienes” (Proverbios 3:9).

Jueces 3 – Apocalipsis 3:7-22 – Salmo 139:19-24 – Proverbios 29:17-18

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Lo que depara el futuro

Lo que depara el futuro

Por Denny Burk

Nota del editor:Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

El presidente Obama tuvo razón cuando dijo que la decisión de la Corte Suprema sobre el matrimonio gay cayó como un rayo. La decisión en el caso Obergefell vs. Hodges, que legalizó el matrimonio gay en todo el país, es realmente un punto de inflexión en nuestra vida nacional. Aunque la mayoría de los estadounidenses apoya ahora el matrimonio gay, muchos de nosotros consideramos esta decisión como una tragedia moral y judicial.

Desde el punto de vista jurídico, representa que cinco jueces no elegidos imponen a la nación una nueva definición del matrimonio. La sentencia no se basa en principios jurídicos sólidos, sino en las opiniones de cinco abogados que se adjudican el derecho a promulgar una política social. La Corte Suprema no tiene derecho a redefinir el matrimonio para los cincuenta estados, pero eso es exactamente lo que hizo.

Desde un punto de vista moral, la decisión es una completa subversión de lo bueno, lo correcto y lo verdadero con respecto al matrimonio. El matrimonio es la unión de pacto entre un hombre y una mujer para toda la vida. Su conexión con la procreación y los hijos nos ha sido revelada en la naturaleza, por la razón y por el sentido común. Además, la Biblia revela que el matrimonio es un símbolo del evangelio, del amor y del pacto de Cristo por Su iglesia (Ef 5:31-32).

La decisión del tribunal intenta poner todo eso patas arriba. Como resultado, se opone a la razón y al sentido común. Lo que es más importante, va en contra de los propósitos de Aquel que, para empezar, creó el matrimonio (Gn 2:24-25).

Una nueva realidad
Aunque me decepciona esta decisión, aún confío en que los cristianos seguirán dando testimonio de la verdad sobre el matrimonio, aunque la ley de nuestro país se ponga ahora en nuestra contra. Sin embargo, muchos cristianos se preguntan cómo avanzar en esta nueva realidad.

Soy pastor y esta pregunta es exactamente la que he escuchado de la gente de mi iglesia. Nuestros miembros, en general, no tienen preguntas sobre la enseñanza de la Biblia sobre la homosexualidad y el matrimonio. Eso lo entienden. Tampoco tienen dudas sobre su obligación de amar al prójimo, buscar su bien y estar en paz con todos (Mr 12:29-31; Lc 6:33; Ro 12:18). También entienden todo eso.

Su pregunta es cómo vivir lo que Jesús les ha llamado a ser cuando la gente los trate con hostilidad. Hace poco hablé con un miembro de la iglesia cuyo jefe es gay. Aproximadamente la mitad de sus compañeros de trabajo también lo son. Son sus amigos y tiene amor por ellos. Ella quiere mantener una relación con ellos y espera seguir formando parte de sus vidas. Pero le preocupa que sus creencias cristianas sobre el matrimonio y la sexualidad los alejen una vez que las conozcan. Lo último que tiene en mente es librar una guerra cultural o ganar un debate con ellos. Solo quiere un espacio para ser su amiga, aunque al final no estén de acuerdo con estas cuestiones fundamentales.

Podría contar otras historias de hermanos y hermanas en Cristo que no solo están preocupados por mantener las relaciones con sus amigos del trabajo, sino que también les preocupa enfrentarse al suicidio profesional si sus opiniones cristianas se dan a conocer entre sus colegas. Una vez más, no quieren entrar en una guerra cultural con nadie. Pero tampoco quieren enfrentarse a la pérdida de sus trabajos o a una reprimenda en su expediente de recursos humanos cuando no se presenten a la fiesta de la oficina para su compañero de trabajo que acaba de casarse con su pareja del mismo sexo. Están tratando de averiguar cómo ser fieles a Jesús, amigos fieles y empleados fieles cuando estas obligaciones parecen estar en tensión.

Ese es el reto que veo entre nuestros miembros. Lo que se preguntan es si su fe cristiana será tolerada en el espacio público. Y no me refiero a ningún deseo por su parte de hacer un proselitismo agresivo y odioso. Se preguntan si existirá un auténtico pluralismo en el país post-Obergefell, o si los puntos de vista cristianos sobre la sexualidad y el matrimonio están siendo excluidos de nuestra vida nacional.

Estoy muy agradecido por estos queridos hermanos y hermanas en mi iglesia. Ninguno de ellos ha expresado ningún pensamiento de abandonar las enseñanzas de Jesús debido a estas dificultades. Van a caminar con Cristo sin importar el costo. Alabo a Dios por eso. Pero aun así estoy preocupado por ellos y estoy orando por ellos. Son víctimas silenciosas en la primera línea de una guerra cultural en la que no quieren estar. Solo quieren seguir a Jesús en paz. A medida que las implicaciones de Obergefell llegan a sus vidas, oro para que puedan hacer precisamente eso (1 Ti 2:2).

La creciente oposición
Los cristianos están empezando a darse cuenta de que su lugar en la vida estadounidense está siendo juzgado en el tribunal de la opinión pública. No está nada claro si esto acabará bien para la iglesia cristiana.

A principios de este año, vimos cómo los gobernadores de Indiana y Arkansas abandonaban en sus estados las Leyes de Restauración de la Libertad Religiosa (RFRA por sus siglas en inglés). Fue un momento clave en nuestra vida nacional que puso de manifiesto el profundo cambio de actitud de Estados Unidos respecto a la homosexualidad, el desfase de los evangélicos con la nueva ortodoxia sexual y la voluntad de muchos estadounidenses de castigar a los evangélicos por sus creencias transgresoras.

Hemos visto a dos gobernadores republicanos dar marcha atrás con respecto a las RFRA estatales sobre las cuales hace tan solo diez años no había controversia alguna. Hemos visto a los medios de comunicación nacionales desestimar con sarcasmo nuestra primera libertad en la Carta de Derechos, usando comillas al mencionar la «llamada» libertad religiosa. Vimos cómo un político tras otro no quería o no podía presentar un argumento coherente a favor de la libertad religiosa. Y vimos a innumerables comentaristas denigrar la libertad religiosa como un eufemismo para el fanatismo y la discriminación. El columnista del New York Times, Frank Bruni, escribió que a los cristianos se les debería «obligar a quitar la homosexualidad de su lista de pecados». No es de extrañar que Nicholas Kristof haya dicho que «los evangélicos constituyen uno de los pocos grupos de los que es seguro burlarse abiertamente».

La libertad religiosa ha recibido una paliza épica en la vida estadounidense y parece que apenas estamos empezando. El foco del ataque parece estar en los evangélicos. Los evangélicos están empezando a sentir un desprecio abierto por parte de burladores refinados, que encuentran que nuestra antigua fe es estrafalaria y discordante con el país posterior a la revolución sexual. Ya no existe una «mayoría silenciosa» a la que los cristianos puedan apelar en busca de ayuda. Los evangélicos somos una auténtica minoría cuando se trata de nuestro compromiso con las enseñanzas de Jesús sobre la sexualidad. No es solo que a la gente no le gusten nuestros puntos de vista. Es que no le gustamos a la gente por ellos. De hecho, una encuesta reciente ha revelado que hay más personas que ven con buenos ojos a los homosexuales que las que ven con buenos ojos a los evangélicos.

¿Retirada o compromiso?
Sin duda, los cristianos evangélicos se enfrentan a una nueva realidad en la América post-Obergefell y se preguntan cómo avanzar. Oyen a algunos líderes aconsejar la retirada y la desvinculación de la cultura. Oyen a otros líderes decir que tenemos que participar en la guerra cultural con el tipo de política que marcó la antigua Mayoría Moral de la década de 1980.

Ninguna de las dos opciones muestra realmente lo que Jesús nos enseñó sobre nuestra relación continua con el mundo. Juan 17 recoge las palabras de la oración de Jesús justo antes de ser entregado para ser crucificado. Su oración se centró no solo en los once discípulos que quedaban, sino también en todos aquellos que creerían en Él por el testimonio de Sus discípulos. En resumen, Jesús oraba por nosotros.

Entre otras cosas, Jesús oró para que estuviéramos en el mundo, pero no fuéramos del mundo, por el bien del mundo.

Jesús oró: «No te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno… Como Tú me enviaste al mundo, Yo también los he enviado al mundo» (vv. 15, 18). Esto significa que la desvinculación del mundo no es una opción para los cristianos. Él nos ha enviado al mundo sabiendo muy bien que nos enfrentaremos a la oposición: «En el mundo tienen tribulación, pero confíen, Yo he vencido al mundo» (16:33).
Pero estar en el mundo no significa ser del mundo. En el Evangelio de Juan, «mundo» no es una palabra genérica para el planeta tierra. Es un término técnico que denota a la humanidad en su caída y rebelión contra Dios (ver también 1 Jn 2:15-17). Así que cuando Jesús nos envía al mundo, sabe que nos envía a un reino de rebelión activa contra los propósitos de Su Padre. Pero Su expectativa es que nuestra presencia en el mundo sea una influencia «santificadora». ¿Por qué? Porque nuestra lealtad a Jesús y a Su Palabra nos «santifica» en medio de la podredumbre (Jn 17:16-17). Y ese es el punto.
Estamos en el mundo, pero no somos del mundo por el bien del mundo. Jesús dice que envía a Sus discípulos santificados al mundo para que «el mundo sepa que Tú me enviaste, y que los amaste como me has amado a Mí» (v. 23). En última instancia, nuestra santificación en el mundo tiene una misión: mostrar al mundo —en su caída y rebeldía— que Dios envió a Su Hijo a morir por los pecadores.
Sí, nos enfrentamos a una nueva realidad después de Obergefell. Pero sabemos cómo avanzar en esta nueva realidad porque Jesús ya nos ha dado nuestras órdenes de marcha. Él nos ha mostrado que la oposición del mundo es la norma, no la excepción, y sabemos que al final venceremos porque Jesús ha vencido (16:33).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Denny Burk
El Dr. Denny Burk es profesor de estudios bíblicos en el Boyce College y pastor asociado de Kenwood Baptist Church en Louisville, Kentucky. Es autor de What Is the Meaning of Sex? [¿Cuál es el significado del sexo?] y coautor de Transforming Homosexuality [Transformar la homosexualidad]. Puedes seguirlo en Twitter @DennyBurk.

¿Qué actitud tomar ante la muerte?

Viernes 9 Diciembre

(Jesús dijo:) He aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.

Apocalipsis 1:18

(Jesús dijo al malhechor crucificado con él): De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.

Lucas 23:43

¿Qué actitud tomar ante la muerte?

Cada ser humano siente en diversos grados cierto temor ante la muerte, realidad solemne e ineludible (Hebreos 9:27). Muchos hablan de ella con ironía, como para atenuar su lado aterrador. Para otros es un tema tabú; les molesta el solo hecho de mencionarla. ¿Qué actitud debe tener el cristiano frente a la muerte?

Igual que los demás, el creyente tampoco conoce el momento en que partirá de esta tierra. Pero, para el más allá, posee una gran certeza dada por la Palabra de Dios: sabe que la muerte está vencida, porque Jesús resucitó. “Él (Cristo) también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (Hebreos 2:14). El creyente descansa en esta afirmación divina: “Nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio” (2 Timoteo 1:10). Mediante su sacrificio, Cristo solucionó definitivamente el problema de la muerte.

Por lo tanto, el cristiano puede considerar su propia muerte sin temor: sabe que estará con su Salvador. El juicio y la condenación que lo esperaban fueron llevados por Cristo (Romanos 8:1). La muerte, lejos de ser un destino aterrador, es el acceso al reposo con su Salvador, a un feliz futuro en la presencia del Dios de amor.

La muerte es la consecuencia del pecado. Reconocer que uno es un pecador que merece la muerte es el paso que conduce a aceptar por la fe la salvación que Jesús ofrece, y cuyo precio él mismo pagó. Es la única condición para conocer ese gozo inestimable.

Jueces 2 – Apocalipsis 2:18-3:6 – Salmo 139:13-18 – Proverbios 29:15-16

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El ministerio a las personas sexualmente quebrantadas

El ministerio a las personas sexualmente quebrantadas

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

Venir a Cristo es la revisión definitiva de la realidad, ya que nos hace enfrentarnos al hecho de que nuestro pecado es nuestro mayor problema. Cada día, un creyente debe enfrentar la realidad de que el pecado original nos distorsiona, el pecado actual nos distrae y el pecado interno nos manipula. Esta distorsión, distracción y manipulación crean una brecha entre nosotros y nuestro Dios. Estamos en una guerra y cuanto antes nos demos cuenta, mejor.

El quebrantamiento sexual viene acompañado de un montón de vergüenza, ya que el pecado sexual es en sí mismo depredador: nos persigue, nos atrapa y nos seduce para que hagamos su voluntad. El pecado sexual no descansará hasta que haya capturado su objeto. Cuando nuestra conciencia nos condena, a veces intentamos luchar. Pero cuando la vergüenza nos obliga a aislarnos, nos escondemos de las mismas personas y recursos que necesitamos. Lo hacemos hasta que Satanás nos promete engañosamente que el dulce alivio vendrá solo al abrazar esa mirada lujuriosa, al hacer clic en ese enlace de Internet, o al apagar las luces de nuestros dormitorios y corazones y abrazar al compañero, portador de la imagen divina, al que Dios nos prohíbe abrazar.

Nosotros, las ovejas sexualmente quebrantadas, sacrificaremos los matrimonios fieles, los hijos preciosos, los ministerios fructíferos, el trabajo productivo y las reputaciones inmaculadas por el placer sexual inmediato e ilícito.

Podemos orar sinceramente por la liberación de un pecado sexual en particular, solo para ser engañados cuando su falsificación nos seduce. Cuando oramos por la liberación del pecado por la sangre expiatoria de Cristo, esto significa que conocemos la verdadera naturaleza del pecado, no que ya no sentimos su atracción. Si queremos ser fuertes en nuestros propios términos, Dios no nos responderá. Dios quiere que seamos fuertes en el Cristo resucitado.

Las personas sexualmente quebrantadas —tú y yo— necesitamos conocer de manera profunda las siguientes realidades bíblicas si queremos encontrar la libertad en Cristo y ministrar a otras personas sexualmente quebrantadas.

El amor de Dios

Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros (Ro 5:8). La muerte de Cristo es personal. Es «por nosotros». Si estás en Cristo, Su amor expiatorio viene con el poder para salvarte de tu pecado y de tu culpa. El pecado sexual produce tres cosas que alejan el amor de Dios. Primero, su práctica a lo largo del tiempo cauteriza la conciencia, haciéndonos ciegos e insensibles a la belleza de la santidad. Segundo, como el pecado sexual florece en secreto, nos aísla de la familia de Dios. Tercero, el pecado sexual suele involucrar a otra persona y por lo tanto lleva a esa otra persona al pecado, aumentando así la extensión y el daño del pecado. Si sufres bajo el peso del pecado sexual, ven a Jesús, porque Su yugo está arraigado en el amor de Dios. Dios es amor y está a tu favor. Él aboga por ti. Él quiere que conozcas Su amor.

El perdón de Dios 

Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió con mi gemir durante todo el día. Porque día y noche Tu mano pesaba sobre mí; mi vitalidad se desvanecía con el calor del verano. Te manifesté mi pecado y no encubrí mi iniquidad. Dije: «Confesaré mis transgresiones al SEÑOR»; y Tú perdonaste la culpa de mi pecado (Sal 32:3-5). Vivimos en un mundo que enseña cada vez más la idea de que el autoperdón resuelve la vergüenza. La idea del autoperdón proviene de una falsa y pobre antropología de la personalidad. No nos hemos hecho a nosotros mismos y, por tanto, no podemos perdonarnos. Porque Dios está a favor de ti, quiere perdonarte y restaurarte. Él ama un corazón quebrantado y contrito.

La sanidad de Dios a través de Cristo 

Él envió Su palabra y los sanó y los libró de la muerte (Sal 107:20). Sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas (Sal 147:3). Con Su sangre, Cristo satisfizo la justicia de Dios. En este acto supremo de amor está la solución a la persistente culpa del pecado sexual. Por Sus heridas hemos sido sanados (Is 53:5).

La provisión de Dios para tu dolor

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que también nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción, dándoles el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios (2 Co 1:3-4). El pecado sexual tiene consecuencias que no podemos controlar y que ni siquiera vemos hasta que el Espíritu Santo nos abre los ojos. El pecado sexual es un capataz implacable. El aborto requiere la muerte de un niño no nacido. La homosexualidad requiere la condena de la ordenanza de la creación de Dios. El adulterio requiere la traición de los votos ante Dios y la destrucción de «una sola carne». La pornografía requiere esclavos sexuales y arroja a mujeres y niños a la industria del tráfico sexual. Cuando los creyentes cometen pecados sexuales, escupimos en la cara de Dios. Cuando los creyentes se arrepienten y abandonan el pecado sexual, somos restaurados.

La providencia de Dios tiene un lugar para tu dolor. Porque ves lo que otros, cegados por el pecado, no pueden ver (todavía), eres una señal que apunta a Dios mismo. Ves la sangre en tus manos, sientes el levantamiento de tu pena y tu culpa, y trabajas como embajador de Dios.

El pueblo de Dios 

No les ha sobrevenido ninguna tentación que no sea común a los hombres. Fiel es Dios, que no permitirá que ustedes sean tentados más allá de lo que pueden soportar, sino que con la tentación proveerá también la vía de escape, a fin de que puedan resistirla (1 Co 10:13). Nosotros, en la iglesia, somos mutuamente la vía de escape para los demás. Dios ya ha preparado una vía de escape, a través de Su Palabra y de Su Espíritu, y también a través del cuerpo de Cristo y la simple práctica de la hospitalidad. La puerta abierta de tu casa y de tu corazón es la vía de escape de algún hermano o hermana.

Jesús respondió: «En verdad les digo, que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos o tierras por causa de Mí y por causa del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo: casas, y hermanos, y hermanas, y madres, e hijos, y tierras junto con persecuciones; y en el siglo venidero, la vida eterna» (Mr 10:29-30).

Jesús habla aquí de la familia de Dios, cuyo amor, presencia y compañía amable son lo que el Señor utiliza para devolver «cien veces» lo que tuviste que dejar para venir a Cristo. El evangelio es costoso. Y vale la pena.

Pero estos principios bíblicos no son una guía de consulta rápida. No puedes ministrar a los quebrantados sexualmente sin que te hayas empapado de la Palabra de Dios, bebiendo largo y tendido de sus profundos pozos. Lo que nuestro prójimo sexualmente quebrantado necesita principalmente no es ser instruido en la visión cristiana del mundo; lo que necesita es ser llevado al pie de la cruz. Antes de poder hacer esto, nosotros mismos debemos «beneficiarnos de la Palabra» (aludiendo al título de un libro de A.W. Pink). Debemos saber por nosotros mismos que el arrepentimiento es el umbral hacia Dios.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Rosaria Butterfield
Rosaria Butterfield

La Dra. Rosaria Champagne Butterfield es esposa de pastor, madre, maestra de sus hijos en casa y autora de of The Secret Thoughts of an Unlikely Convert [Los pensamientos secretos de una convertida improbable] y Openness Unhindered [Transparencia sin restricciones].

Cartas a las iglesias: Sardis (5)

Jueves 8 Diciembre

(Jesús dijo:) Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; y guárdalo, y arrepiéntete. Pues si no velas, vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti.

Apocalipsis 3:3

Cartas a las iglesias: Sardis (5)

Leer Apocalipsis 3:1-5

En la antigüedad, Sardis tenía fama de ser invencible. Su ciudadela construida sobre un cimiento rocoso desafiaba todo asalto. Sin embargo, la ciudad fue tomada dos veces, primero por Ciro y luego por Alejandro, y esto por el único punto débil, un sendero escondido en las rocas. Sus habitantes no lo esperaban…

La advertencia del Señor: “Sé vigilante” tenía, pues, un significado muy fuerte para los cristianos de Sardis. Ellos estaban inmersos en un sueño espiritual que parecía la muerte, sin relación verdadera con Dios, incluso si tal vez se creían muy activos. Habían olvidado que el Señor puede venir, para los que no lo esperan, “como ladrón” en la noche.

El mal de Sardis es lo que nos acecha cuando nos contentamos con las formas. Entonces el enemigo sabrá alejar nuestros corazones de Dios y ocupar nuestros espíritus de muchas maneras. Tal vez tengamos una vida cristiana aceptable a los ojos de los demás, pero superficial y sin vínculo vivo con Jesús. ¿Qué dice él a la iglesia en Sardis? “Acuérdate, pues, de lo que has recibido”. Él nos invita a volvernos a la Palabra de Dios, a dejarla penetrar en nuestros corazones, a recordar cuán grande ha sido su bondad, a confesarle cuánto lo hemos deshonrado con nuestro alejamiento de él. No nos engañemos sobre nuestro estado real ante Dios. No contemos con nuestros conocimientos bíblicos, sino solo con Jesús. “Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su Señor, cuando venga, halle velando” (Lucas 12:37).

(continúa el próximo jueves)

Jueces 1:22-36 – Apocalipsis 2:1-17 – Salmo 139:7-12 – Proverbios 29:13-14

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