“Nueva creación”

30 SEPTIEMBRE

1 Reyes 2 | Gálatas 6 | Ezequiel 33 | Salmos 81–82

El final de Gálatas 6 une varios temas.

(1) La costumbre de Pablo era dictar sus cartas. Sin embargo, para autentificarlas, frecuentemente escribía las últimas líneas de manera distintiva, de su propio puño y letra (comparar con 2 Tesalonicenses 3:17). Aquí (Gálatas 6:11), hace lo mismo. Algunos sugieren que estas “letras grandes” indican que le estaba fallando la vista. Esto es posible, pero no seguro. El tema importante es que Pablo quiere que sus lectores reconozcan la verdadera voz detrás de esta epístola.

(2) Los agitadores estaban intentando que los creyentes gentiles de Galacia aceptaran la circuncisión (6:12). Ellos pensaban que esto les convertiría en buenos judíos, lo cual entendían que era una condición necesaria para llegar a ser cristianos genuinos. No obstante, Pablo detecta que al menos parte de su motivación es mantener la aceptabilidad en los círculos de las sinagogas judías. En esta etapa de la historia de la iglesia, la mayoría de la persecución venía de concilios de sinagogas que ejercían la disciplina. Pablo mismo había sufrido bastante: los treinta y nueve latigazos, soportados cinco veces (2 Cor. 11), eran un castigo de la sinagoga. Pablo afirma que algunos judíos que se llaman a sí mismos cristianos y que insisten en que los cristianos gentiles se conviertan en judíos, sencillamente se resisten a soportar el oprobio que tendrán que sufrir de parte de ciertos compañeros judíos si sus “hermanos” más cercanos fueran gentiles que no se sujetan a la ley.

(3) No sólo eso, sino que la circuncisión era una marca rotunda de fidelidad al pacto. Según Pablo, aquí se encuentra el verdadero problema: si a los circuncisos se les hace imposible “obedecer la ley”, ¿por qué intentan obligar a otros a tomar ese camino (6:13)? Algunos quieren contar los conversos al judaísmo como quien cuenta las victorias de una lucha. Pero Pablo insiste en que el cristiano no se jacte sino de la cruz del Señor Jesús (6:14). Ese es el único fundamento de nuestra aceptación delante de Dios y nada más: ni la circuncisión, ni guardar la ley, ni la mesa kosher, ni pertenecer a la comunidad correcta. El único motivo es la cruz, por lo cual esta debe ser nuestra única “jactancia”. Si crees eso, importará poco lo que el mundo piense. Es como si, en cuanto a ti, el mundo ha sido crucificado y, en cuanto al mundo, tú has sido crucificado.

(4) De esta obra crucial de Jesucristo, se levanta la “nueva creación” (6:15). Eso es lo que cuenta: hombres y mujeres tan transformados por su fe en Jesús que pertenecen a la nueva creación que aún no se ha consumado. Esto es invariablemente cierto, incluso para el “Israel de Dios”, que se puede referir a la iglesia como el verdadero Israel o querer decir que el Israel racial debe enfrentar esta verdad como todos los demás.

(5) En lo personal, Pablo le recuerda tranquilamente a sus lectores gálatas que ha pagado por sus creencias mediante el sufrimiento. ¿Pueden los agitadores alegar lo mismo? ¿Por qué, entonces, debería un verdadero cristiano añadirle aún más sufrimientos a Pablo?

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 273). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Fracaso crónico de David

29 SEPTIEMBRE

1 Reyes 1 | Gálatas 5 | Ezequiel 32 | Salmo 80

La transferencia de la autoridad real de David a Salomón (1 Reyes 1) fue turbia. Uno de los hijos de David, Adonías, se confabuló con Joab, el jefe del ejército, e intentó usurpar el trono. Betsabé, la madre de Salomón, le recordó a su esposo moribundo su promesa de que Salomón sería su heredero y comienza el relato complicado.

Una vez más, resalta el fracaso crónico de David en cuanto a su familia. El autor de 1 Reyes lo presenta a nuestra atención mediante su comentario del 1:6. Al referirse a Adonías, quien intentaba el golpe de Estado, afirma: “Adonías era más joven que Absalón, y muy bien parecido. Como David, su padre, nunca lo había contrariado ni le había pedido cuentas de lo que hacía”, como si el ser guapo generara una especie de arrogancia fácil que le hacía pensar que se merecía todo, incluso la corona.

De entre las muchas lecciones importantes, podemos resaltar dos:

Primero, incluso los creyentes dotados y moralmente rectos suelen manifestar defectos trágicos. De vez en cuando, surge alguien como Daniel, de quien no se nos narra ningún fracaso. Pero la mayoría de los mejores personajes de las Escrituras revelan lacras de una u otra índole: Abraham, Moisés, Pedro, Tomás y, particularmente, David. Debemos enfrentar esta realidad, pues no es menos potente hoy día. Dios levanta líderes influyentes en lugares estratégicos. Es posible que haya alguien extraordinario que sea tan consistente que sea difícil detectar en él defectos notables. Pero normalmente no es lo que ocurre. Hasta los mejores líderes cristianos presentan comúnmente defectos que sus amigos y personas más cercanas pueden identificar (¡aunque los mismos líderes no los vean!). Esto no nos debería sorprender. En este mundo caído, así son las cosas, igual que lo eran cuando se escribió la Biblia. No debemos, por tanto, desilusionarnos cuando los líderes se muestran imperfectos. Debemos apoyarlos siempre que podamos, buscar corregir los fallos cuando sea posible y dejarle el resto a Dios, siempre reconociendo el tremendo potencial de fracaso y deficiencia en nuestra propia vida.

Segundo, una vez más, la soberanía de Dios actúa a través de los esfuerzos complicados de su pueblo. Cuando a David se le informa acerca del problema, no toma una actitud pasiva ni se limita a orar por la situación: inmediatamente, ordena una serie de pasos decisivos, simbólicos y complejos, para asegurar que Salomón ascienda al trono. La confianza en la bondad soberana de Dios nunca es excusa para la inactividad o la indolencia. Muchos años de “caminar por fe” le han enseñado a David que esta frase puede significar una serie de cosas, pero nunca es una justificación para la pasividad. Si queremos vivir sin desafiar a Dios o en nuestros vanos esfuerzos por ser independientes de Dios, también debemos evitar el pietismo que está perennemente en peligro de colapsar la confianza y convertirla en fatalismo.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 272). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Deben los pastores y líderes contemporáneos preocuparse menos por aquellos bajo su cuidado que se desvían?

28 SEPTIEMBRE

2 Samuel 24 | Gálatas 4 | Ezequiel 31 | Salmo 79

Gálatas 4 incluye varias secciones que por mucho tiempo han instado a los cristianos a pensar sobre cómo Pablo entiende la historia de Israel, especialmente la llamada “alegoría” de 4:21–31. Atraen muchísima atención. No obstante, en el centro del capítulo hay dos párrafos cortos, fáciles de pasar por alto, que revelan los profundos sentimientos del corazón del apóstol (4:12–20).

(1) En el primero (4:12–16), el apóstol hace un ruego a los gálatas. Insiste en que su lenguaje fuerte hacia ellos no tiene nada que ver con una herida personal: “No es que me hayan ofendido en algo” (4:12). De hecho, les recuerda que, en la etapa inicial de su relación, se estableció un vínculo que Pablo jamás podría quebrantar. Al principio, fue a ellos “debido a una enfermedad” (4:13). No podemos saber con certeza a qué se refería. Tal vez, la mejor teoría (aunque no es más que pura especulación) es que Pablo llegó en barco a la costa sur de lo que hoy día es Turquía y mientras ministraba allí, contrajo malaria o alguna otra enfermedad subtropical. La mejor solución en aquellos días era viajar a la región montañosa de Galacia. Ahí, Pablo se encontró con gente que le dio la bienvenida y le ayudó de manera impresionante. Al predicarles el evangelio, lo trataron como a un “ángel de Dios” (4:14). ¿Cómo iba Pablo a guardarles rencor o desecharlos? Pero, trágicamente, su gozo se había disipado. Se habían enamorado tanto de la perspectiva extranjera de los agitadores, que ahora veían a Pablo como un enemigo por decirles la verdad (4:16).

Aquí, entonces, tenemos a un apóstol que está involucrado íntimamente en la vida de las personas a quienes le predica, listo y dispuesto a dirigirse a ellos a partir de la compleja historia de su relación, pero incapaz de negociar la verdad para evitar el conflicto. Para Pablo, la integridad de la doctrina debe ir a la par con la integridad de las relaciones; no se pueden oponer.

(2) Pablo percibe y expone con delicadeza una profunda falta de carácter en los gálatas: aman a las personas fervientes, incluyendo a aquellas que fervorosamente les persiguen, sin evaluar con cuidado la dirección del celo (4:17–20). Pablo les advierte: “Está bien mostrar interés, con tal de que ese interés sea bien intencionado” (4:18). Dada la imposibilidad de comunicarse por teléfono o correo electrónico para saber las noticias de manera instantánea, el apóstol no sabe cómo proceder. ¿Debería continuar su reprimenda? ¿Debería cambiar ahora el tono para ganárselos? Se siente como una madre que tiene que pasar por la agonía del parto una segunda vez para volver a dar a luz al niño que ya nació.

¿Deben los pastores y líderes contemporáneos preocuparse menos por aquellos bajo su cuidado que se desvían?

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 271). Barcelona: Publicaciones Andamio.

La “meta” del cristiano es la fe y la vida y poder del Espíritu

27 SEPTIEMBRE

2 Samuel 23 | Gálatas 3 | Ezequiel 30 | Salmo 78:40–72

Una discusión sobre Gálatas 3 podría ocupar fácilmente un libro entero tan largo como este. Pero aquí me limitaré a dos observaciones.

Primero, en los cinco versículos iniciales, Pablo apela a la experiencia. Les pregunta a los gálatas si su conversión y toda su experiencia de la gracia de Dios y del poder del Espíritu les llegó en función de su observancia de la ley de Moisés o por medio de su fe. Después de todo, se les había presentado a Cristo como el Salvador crucificado (3:1). Creyeron lo que oyeron (3:2) y recibieron el Espíritu. Esta postura les costó mucho: habían sufrido persecución (3:4). Más aún, habían sido testigos de obras milagrosas y transformadoras del Espíritu, todo ello en función de la fe que Dios les había otorgado (3:5). ¿Por qué, entonces, han de pensar que, habiendo comenzado con el Espíritu y por la fe, debían ahora intentar obtener su “meta”—seguramente, la de dar pasos hacia la madurez y el conocimiento de Dios—mediante la observación cuidadosa de la ley? Esta actitud, sugiere Pablo, contradice su conversión, insulta el sufrimiento que han soportado y es una antítesis de su propia experiencia con el poder del Espíritu de Dios.

Esto significa que el camino hacia la “meta” del cristiano es la fe y la vida y poder del Espíritu, no la observancia de una ley ampliada. Pensar de otra manera es ser “torpes” y escuchar a los que nos han “hechizado” con nociones falsas de espiritualidad que nos apartan del Jesús crucificado (ver 3:1).

Segundo, el argumento del resto del capítulo se centra no en la experiencia individual del cristiano, sino en la historia del propósito redentor de Dios. En otras palabras, Pablo no dice que la ley de Dios debe operar en la conciencia de cada creyente para que este pueda venir a Cristo. Esto puede que sea cierto o no, pero Pablo no se refiere a eso. Más bien, busca establecer la prioridad de la fe en nuestra justificación desde una época tan remota en la historia como la de Abraham (3:6–9). Inmediatamente, nos preguntamos por qué se “añadió” la ley de Moisés en un principio. Pablo no ofrece aquí un análisis completo de los diversos propósitos de la ley, pero enfatiza varios puntos: no se estableció para cambiar los principios ya instituidos en la época de Abraham ni para ofrecer un camino alternativo a la salvación. Más bien, hizo que apareciera claro e innegable el pecado humano al exponerlo como transgresión; por tanto, movió a la gente de toda la línea redentora-histórica hacia Jesucristo. Una de las maneras en las que la comprensión de Pablo del Antiguo Testamento difiere de la de sus colegas judíos es que él insiste en leerlo dentro de su eje temporal: Pablo explica cómo la Biblia forma un todo.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 270). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Hermanos falsos”

26 SEPTIEMBRE

2 Samuel 22 | Gálatas 2 | Ezequiel 29 | Salmo 78:1–39

Algunos comentaristas entienden que lo que dice Pablo en Gálatas 2:1 ss., es que después de varios años regresó a Jerusalén para presentar a los apóstoles y a otros líderes el evangelio que había estado predicando entre los gentiles, para que ellos le evaluaran y afirmaran. Lo hizo en privado, desde luego, pero el asunto era que Pablo temía haber estado corriendo o haber corrido en vano su carrera (2:2). Esto demuestra que Pablo no se sentía tan seguro como aparentaba serlo en el capítulo anterior. En cierto sentido, sí que era una imitación de un apóstol.

Esta lectura no se sostiene. Lo que Pablo quiere decir es algo totalmente distinto. Los gálatas han sido invadidos por agitadores del exterior, hombres que se presentan a sí mismos como autorizados por Jerusalén, como si fueran apoyados por los apóstoles “habituales”. El libro de los Hechos presenta evidencias de que este tipo de personas a veces perseguía a Pablo. De manera que él va a Jerusalén, no para que le validen o le redirijan su evangelio (en este momento, Pablo no va a cambiar de opinión ni de dirección), sino para asegurar que no hubiera, entre los líderes de Jerusalén, una idea errónea sobre lo que él predicaba. Además, quería animar a esos líderes a separarse por completo de los “hermanos falsos” que injustamente apelan a Jerusalén para perjudicar a Pablo y a su ministerio entre los gentiles. Es decir, que Pablo busca asegurar que no está corriendo en vano su carrera porque estos agitadores intentan deshacer su obra. Él quiere hacer lo que sea necesario para socavar sus pretensiones y destruir su influencia. Hechos 15 muestra que eso es justamente lo que consiguió el Concilio de Jerusalén. De hecho, Gálatas 2:11–14 sugiere que Pablo logró la consistencia en el evangelio más rápido que algunos de los otros apóstoles. No estaba sometiéndose al criterio de ellos sobre el contenido de su predicación, sino todo lo contrario. Estaba dispuesto a emitir su propia reprensión si los veía comportarse de manera inconsistente.

Aunque de estas confrontaciones surgen muchos temas teológicos de vital importancia, en esta coyuntura podemos considerar uno muy práctico. Si bien merece la pena luchar por el evangelio, hay maneras correctas e incorrectas de hacerlo. Cuando la inconsistencia de Pedro se hizo pública y ocasionó un daño público, la reprensión de Pablo también fue pública (2:11–21). Cuando Pablo intenta aclarar las cosas, averiguar lo que está sucediendo y presentar la valoración de su propia obra, se acerca a los demás de manera “privada” (2:2). Después de todo, le preocupa el avance del evangelio sin diluir y no su propia reivindicación. Cuando nos encontremos en posición de contender tenazmente por el evangelio, debemos pensar en cómo hacerlo de la manera más agradable y estratégica.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 269). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Evangelio diferente”

25 SEPTIEMBRE

2 Samuel 21 | Gálatas 1 | Ezequiel 28 | Salmo 77

Las primeras líneas de las cartas de Pablo suelen estar estructuradas con gran cuidado. La forma más sencilla de las epístolas en la Grecia antigua era: “De mí, para ti, Saludos”, por lo general seguido de alguna declaración de gratitud y luego el cuerpo de la carta. Pero la costumbre de Pablo era modificar cada componente de manera que anticipara el contenido del resto de su carta. Por lo tanto, estudiar la epístola completa enriquece nuestra comprensión de su introducción, y viceversa (Gálatas 1:1–5).

(1) Pablo no siempre se presentaba como un “apóstol”. A veces, no usaba ninguna designación (1 y 2 Tesalonicenses, por ejemplo); en otros casos, se refería a sí mismo como “siervo” (Romanos 1:1). Aquí, es “Pablo, apóstol” porque algunas personas estaban atribulando a los cristianos gálatas con un “evangelio diferente” que en realidad no era evangelio en absoluto (1:6–7) y para ello tuvieron que minar la autoridad de Pablo y descartarlo por ser, como mucho, una imitación de un apóstol.

(2) No es así, dice Pablo: no sólo es apóstol, sino que lo es “o por investidura ni mediación humanas, sino por Jesucristo y por Dios Padre” (1:1). Su apostolado no estaba sujeto a un mediador, como si hubiera sido comisionado por la iglesia de Jerusalén o por algún apóstol individual de primera clase allí. Más bien, fue enviado “por Jesucristo”—basado en su experiencia, en el camino a Damasco, de ver a Jesús mismo, resucitado y exaltado—y por Dios el Padre.

(3) Pablo, además, se refiere a Dios el Padre como el que levantó a Jesús de entre los muertos. Pablo había visto al Jesús levantado y resucitado. Durante sus años de fariseo devoto, había rechazado a Jesús, tildándolo de farsante malvado, malhechor, maldito por Dios, tal como lo evidenciaba su tipo de muerte. Ver por sí mismo al Jesús resucitado le hizo repensarlo todo, pues implicaba que Dios mismo había vindicado a Jesús. Las buenas noticias de las cuales Pablo era apóstol estaban fundamentadas en la crucifixión y resurrección de Jesús.

(4) No importa cuánto insista en su estatus y autoridad apostólicos, Pablo asocia sabiamente a sí mismo y su enseñanza con “todos los hermanos” que están con él (1:2). Si los gálatas se desvían hacia este “evangelio diferente”, deben saber que no sólo están alejándose de Pablo, sino de los incontables creyentes que están de acuerdo con él.

(5) En vez del tradicional saludo Chairein, Pablo usa la palabra cristiana gracia (charis) y el saludo judío paz (Shalom en hebreo), y fundamenta estas bendiciones en la muerte sustitutoria del Señor Jesús (1:3–5) y no en una relación particular con la ley de Moisés.

(6) Sorprendentemente, Pablo obvia la sección de gratitud e inmediatamente entra a su reprensión asombrado por la inminente deserción de sus lectores (1:6–10). Si bien no es frecuente, hay ocasiones en las que una reprimenda no puede esperar.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 268). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Alabado sea Dios, de quien fluyen todas las bendiciones: alabad al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

24 SEPTIEMBRE

2 Samuel 20 | 2 Corintios 13 | Ezequiel 27 | Salmos 75–76

En muchas iglesias alrededor del mundo, aunque es menos frecuente en Norteamérica, el ministro pronuncia al final del culto en voz baja dos palabras: “La gracia”. La congregación sabe que esto es la señal para que todos los reunidos oren juntos, recitando el versículo del que proceden estas dos palabras: “Que la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sea con todos vosotros” (2 Corintios 13:14).

El texto es corto y sencillo, y corremos el peligro de pasar por encima sin reflexionar sobre él.

(1) El Dios trino es la fuente de estas bendiciones. Eso en sí mismo es notable: los cristianos como Pablo no tardaron en ver las implicaciones de quién era Jesús y del don del Espíritu para su comprensión del propio Dios. La Trinidad entera está involucrada en esta operación enormemente generosa de salvación mediante la cual se toma a los portadores caídos de la imagen de Dios y les restaura a la comunión con su Hacedor.

(2) En las primeras dos partes, la “gracia” indudablemente es la que el Señor Jesucristo ofrece o provee y el “amor” es el que Dios mismo derrama. Por esa razón, es extremadamente probable que la tercera frase, “la comunión del Espíritu Santo”, no se refiera a nuestra comunión con el Espíritu, sino a la comunión que este otorga, capacita o regala. El Espíritu Santo es, finalmente, el autor de la comunión cristiana. Disfrutamos de esta comunión unos con otros a causa de la obra del Espíritu en cada uno de nosotros individualmente y en todos nosotros como cuerpo. Esta obra transforma nuestros corazones y mentes, alejándolos del egocentrismo y el pecado para tornarlos hacia la adoración a Dios, el amor por la santidad y el deleite en Jesús y en su evangelio y enseñanzas. Sin tal transformación, nuestra “comunión” o compañerismo en el evangelio sería imposible.

(3) No debemos pensar, ni por un instante, que la gracia proviene exclusivamente de Jesús, el amor exclusivamente de Dios Padre y la comunión exclusivamente del Espíritu, como si Jesús no pudiera amar o generar comunión, o el Padre no pudiera mostrar gracia, por ejemplo. En un sentido, la gracia, el amor y la comunión vienen del Dios trino. No obstante, resulta útil conectar la gracia con el Señor Jesucristo, porque su muerte sacrificial y sustitutiva en la cruz fue ofrecida por pura gracia. Podemos relacionar el amor con Dios, porque todo el plan de redención surge del corazón sabio y amoroso de Dios, de quien se dice: “Dios es amor” (ver 1 Juan 4:8 y la meditación del 11 de octubre). Además, podemos conectar de manera útil la comunión con el Espíritu Santo, pues es suya la obra de transformación que nos une en el compañerismo del evangelio.

Alabado sea Dios, de quien fluyen todas las bendiciones: alabad al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 267). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Aguijón en la carne”

23 SEPTIEMBRE

2 Samuel 19 | 2 Corintios 12 | Ezequiel 26 | Salmo 74

Me veo obligado a jactarme”, escribe Pablo (2 Corintios 12:1), aunque, desde luego, únicamente lo ha estado haciendo de la manera más irónica (ver la meditación de ayer y la del 21 de septiembre). Pero ahora se enfrenta a un nuevo dilema. Aparentemente, sus enemigos han estado jactándose de sus experiencias espirituales. Incluso puede que estuvieran diciendo algo así como: “Bueno, claro que Pablo tuvo esa experiencia en el camino de Damasco, pero ya hace tiempo de eso. ¿Qué ha sabido él de Dios desde entonces? La gracia de ayer se ha puesto rancia”. En este caso, Pablo no puede usar simplemente la ironía y jactarse de lo opuesto de todo lo que valoran sus enemigos, como lo hizo en el capítulo 11. Lo contrario a tener varias experiencias espirituales es no tenerlas y, en el caso de Pablo, decir que no ha disfrutado de este tipo de vivencia sería una mentira. De manera que, a regañadientes, pasa a hablar de “las visiones y revelaciones del Señor” (12:1). Pero no soporta hablar de sí mismo en este aspecto, así que recurre a un recurso literario y lo hace en tercera persona. Escribe: “Conozco a un seguidor de Cristo” (12:2), aunque claramente se refiere a él (12:5–6).

Aun en este caso, Pablo ofrece tres énfasis para dejar de ser el centro de atención y restarle toda virtud a la costumbre de la jactancia.

Primero, dice que en su caso, no le es permitido hablar sobre las experiencias espectaculares que tuvo en el cielo catorce años antes (12:4). El “tercer cielo” (12:2) es la morada de Dios; el “paraíso” es donde él vive. Algunas de las cosas que vio eran “indecibles”: la gente que no ha experimentado este tipo de visión no cuenta con las categorías para comprenderlas. Más importante aún es que estas visiones tenían el propósito de fortalecer a Pablo; no se le permitía hablar de ellas, lo cual explica su silencio.

Segundo, Pablo teme que la gente piense que él es más de lo que realmente es (lo contrario a nuestros temores) y por eso, como cuestión de principios, prefiere no hablar de asuntos inaccesibles. Si ha de ser juzgado, quiere serlo por lo que dice y hace (12:6) y no por alegaciones de visiones y revelaciones que son inasequibles al escrutinio público.

Tercero, Pablo reconoce que, junto con las grandes ventajas que ha recibido, Dios le ha impuesto—a través de Satanás—un “aguijón en la carne” que no le será quitado, a pesar de sus múltiples y fervientes oraciones intercesoras (12:7–10). Se le dio para evitar que se volviera presumido, para mantenerlo “débil”, de manera que aprendiera que la fuerza de Dios se perfecciona en nuestra debilidad y que, por ello, nunca debía depender de la gracia extraordinaria que había recibido ni se jactara de esta. En este mundo caído, es misericordioso que la gracia copiosa vaya acompañada de gran debilidad, y viceversa.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 266). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿De qué manera te jactas de tus debilidades?

22 SEPTIEMBRE

2 Samuel 18 | 2 Corintios 11 | Ezequiel 25 | Salmo 73

En medio de la continua presión que sentía Pablo de responder a los que intentaban socavar su autoridad en Corinto, se ve obligado a “jactarse” sin “jactarse” (ver la meditación de ayer). En 2 Corintios 10, Pablo culmina su argumento con la afirmación de que el cristiano sólo debe jactarse Jesucristo: “Más bien, «Si alguien ha de gloriarse, que se gloríe en el Señor” (10:17). En 2 Corintios 11:16–33, adopta un enfoque diferente para llegar a la misma verdad.

Lo que hace es una especie de pausa: dice que se gloriará, no como apóstol, ni siquiera como cristiano, sino como un “loco” (11:16–21). Incluso esto le da muchísima vergüenza (11:21b, 23), pero no ve otra alternativa. Ciertamente, dice, ha estado sumergido en la cultura y lengua hebrea desde su juventud, y no es menos “ministro de Cristo” que los demás, pero hablar de esta manera le resulta tan doloroso, que explota con un paréntesis: “Como si estuviera loco hablo” (11:23). Y luego invierte todas las categorías. Ha “trabajado más arduamente”: se refiere a que ha realizado trabajo físico, con sus manos, cosa que jamás haría ningún maestro helenístico que se respetara a sí mismo. Más aún, dice que tiene un historial de prisiones más largo que ellos. Ha sido azotado más a menudo. Cinco veces recibió la sanción de la sinagoga, los treinta y nueve azotes. Ha naufragado tres veces en sus viajes por el evangelio (11:25) y esto lo escribió antes de que sucediera el evento que se registra en Hechos 27. El peligro le ha acechado constantemente en sus viajes y, a menudo, ha tenido que quedarse en ayunas. Peor aún, ha sido traicionado por “falsos hermanos” (11:26), a la vez que se enfrenta diariamente a su preocupación constante por todas las iglesias (11:27–28).

No debemos considerar esto con ojos de cristianos occidentales, como si fuera una saga emocionante de perseverancia bajo presión. Leemos acerca de los sufrimientos de Pablo y admiramos su fidelidad y resistencia, su conformidad al Cristo que fue hasta la cruz. Sin embargo, sus enemigos habrían visto todas estas “jactancias” como señales de debilidad e incluso de estupidez: como si no tuviera suficiente sensatez como para alejarse de los problemas. Pero Pablo está decidido a invertir la jactancia humana; él se gloría en las cosas que reflejan su debilidad (11:30). Incluso su último ejemplo sigue esta misma línea (11:31–33). Tendemos a ver la huida de Pablo de Damasco a través de los ojos de Lucas (Hechos 9). Pablo mismo, sin embargo, veía esta fuga como una derrota vergonzosa. En una época en la cual el honor militar más alto entre los romanos se le otorgaba al soldado con rango de centurión (o un grado mayor) que fuera el primero en escalar la muralla al sitiar una ciudad, Pablo asegura que fue el primero, pero en descenderla.

¿De qué manera te jactas de tus debilidades?

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 265). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Armas del mundo”

21 SEPTIEMBRE

2 Samuel 17 | 2 Corintios 10 | Ezequiel 24 | Salmo 72

Dentro del mundo evangélico occidental, hay una gran cantidad de jactancia. A veces es tan flagrante, que resulta repulsivo para las personas serias. Muchas veces, sin embargo, es muy sutil y potencialmente subversivo. Probablemente, todos somos culpables de ello en algunas ocasiones.

Tras una primera lectura, da la sensación de que Pablo, en 2 Corintios 10, también está jactándose, una palabra que se repite en los últimos cuatro capítulos de este libro. De hecho, los temas que trata este capítulo son extraordinariamente complejos. Aquí sólo puedo mencionar unos cuantos.

(1) El tono de 2 Corintios 10–13 hace que esta sección destaque del resto del libro. Puede que a Pablo le haya llegado más información sobre la situación en Corinto. Sea cual sea el caso, los críticos en Corinto están menospreciando al apóstol por varios motivos. Dicen que es débil y tímido en persona, mientras que en sus cartas asume aires de poder y autoridad cuando está ausente (10:1, 10). En una época en la que la imagen y la retórica eran muy importantes, decían: “Sus cartas son duras y fuertes, pero él en persona no impresiona a nadie, y como orador es un fracaso” (10:10). Se pasaban el tiempo felicitándose unos a otros en un sistema de mutua aprobación y cartas de referencia (10:12). El próximo capítulo refleja aún más elementos de este aluvión de críticas que a Pablo le tocó soportar.

(2) Lo que hay detrás de esto es una postura hacia la jactancia que es la antítesis de todo lo que Pablo valora. Un cierto estilo de autopromoción, de confianza en el conocimiento y la retórica de uno, de pertenecer al grupito exclusivo, conspira para construir una camarilla de egos. Sin duda, algunos de ellos se sentían amenazados por Pablo, pero independientemente de sus motivaciones, tenían la costumbre de desprestigiarlo. Esto lo colocaba en una posición muy complicada. Si no decía nada, se arriesgaba a perder la confianza de toda la iglesia; pero si desplegaba sus credenciales para responder a estos ataques, caería en la misma falta moral que aquejaba a sus enemigos.

(3) En la respuesta inicial a este dilema, Pablo hace tres cosas. (a) Efectúa una distinción cuidadosa entre sus valores y los valores del mundo, entre sus armas y las “armas del mundo” (10:2, 4), y les advierte de que en su próximo viaje a Corinto, a pesar de la caricatura que ellos presentan de su presencia, él está dispuesto a administrar un castigo (10:6). (b) Insiste en que el ejercicio de su autoridad ha sido por el bien de ellos y no para su propia ganancia o promoción (10:7–11). (c) Sutilmente, les recuerda a los corintios que ellos son creyentes debido a su ministerio (10:12–16), a la vez que insiste en que la jactancia correcta para los cristianos es gloriarse en el Señor (10:17–18).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 264). Barcelona: Publicaciones Andamio.