¡Ofrendas!

20 SEPTIEMBRE

2 Samuel 16 | 2 Corintios 9 | Ezequiel 23 | Salmos 70–71

2 Corintios 9 es el segundo de dos capítulos consecutivos que Pablo dedica al tema de las ofrendas.

(1) Continúa con una hermosa delicadeza (9:1–5). Por un lado, asegura a los corintios que, en realidad, no necesitan un recordatorio; por otro, gentilmente se lo recuerda, para que ni él ni ellos queden avergonzados. Después de todo, igual que él usó la generosidad de los macedonios aun en medio de pruebas severas como ejemplo para los corintios (8:1–3), ¡también ha utilizado la generosidad y entusiasmo de los corintios como ejemplo para los macedonios! No quiere que los pillen desprevenidos.

(2) Un principio que todo agricultor conoce tiene peso en el tema de dar: “El que siembra escasamente, escasamente cosechará, y el que siembra en abundancia, en abundancia cosechará” (9:6). Algunos enseñan que esto promete una reciprocidad quid pro quo entre la ofrenda económica y la prosperidad material. Si das trescientos euros al ministerio, Dios te dará por lo menos quinientos (o mil, o algo por el estilo). Ahora bien, los predicadores que dicen estas cosas o no lo creen o no les parece que sea aplicable a ellos, porque de otra manera estarían dando rápidamente todo su dinero. Pero el enfoque en la presentación de Pablo gira sobre otros dos puntos:

(a) La cantidad que damos no se mide tanto en términos absolutos de dinero, sino en la alegría y generosidad del corazón con que lo entregamos (9:7).

(b) La recompensa abarca más que la mera prosperidad material y es muchísimo más beneficiosa: Dios es capaz de hacer que abundemos para toda buena obra (9:8) y va a suplir y multiplicar nuestra sementera (para continuar con la metáfora agrícola) y aumentar nuestra “cosecha de justicia” (9:10). Dios nos hará “enriquecidos en todo” para que podamos ser aún más generosos en toda ocasión (9:11). Uno debe reflexionar sobre el hecho de que estas promesas fueron dadas al colectivo del pueblo de Dios. No se promete necesariamente a cada individuo de la iglesia que será “enriquecido en todo” y que no sufrirá, por ejemplo, una muerte temprana por cáncer o algo similar.

(3) Al fin y al cabo, el enfoque de Pablo no está sobre los dadores. Pablo ve en las ofrendas no sólo un servicio que suple las necesidades del pueblo de Dios, sino uno que sobreabunda en “abundantes acciones de gracias a Dios” (9:12), a medida que los creyentes le alaban por la obediencia de los corintios e interceden por ellos porque reconocen “la sobreabundante gracia de Dios” en ellos (9:13–14). En último análisis, todos somos deudores de Dios “por su don inefable” (9:15).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 263). Barcelona: Publicaciones Andamio.

2 Samuel 15 | 2 Corintios 8 | Ezequiel 22 | Salmo 69

19 SEPTIEMBRE

2 Samuel 15 | 2 Corintios 8 | Ezequiel 22 | Salmo 69

La exhortación más larga a dar dinero en el Nuevo Testamento se encuentra en 2 Corintios 8–9. Hoy reflexionaré sobre algunos de los énfasis de 2 Corintios 8.

(1) Pablo anima a los corintios a dar refiriéndose a la generosidad de los macedonios, que vivían en la provincia al norte y a quienes los habitantes de Acaya, incluso los corintios, veían como una raza inferior. Mostrar la evidencia de la gracia de Dios en la vida de ciertos hermanos en Cristo se puede convertir en un incentivo para que los demás se conformen más a él.

(2) Pablo enfatiza que los macedonios no sólo fueron generosos en el contexto de su propia “gran prueba de tribulación” (8:1–3), sino que daban en función del hecho de que “se entregaron a sí mismos, primeramente al Señor y después a nosotros, conforme a la voluntad de Dios” (8:5). El apóstol no valora de esa manera la ofrenda que se da para sustituir la entrega de uno mismo primeramente al Señor Jesús y, por ello, a sus líderes-siervos.

(3) Hay un énfasis considerable sobre la perseverancia y la consistencia en este tema de las ofrendas. Aparentemente, el año anterior los corintios habían prometido dar cierta cantidad. Ahora, Pablo envía a Tito para animarles a completar lo que tan bien comenzaron. De manera que hoy aprendemos: dar de manera regular, planificada y generosa es mejor que esa gran ofrenda puntual tras un llamado emocional, en parte porque aquello es un mejor indicador de un corazón consistentemente dedicado a Cristo y a su obra.

(4) Pablo juzga que la generosidad cristiana es una de las cosas en las cuales todos los cristianos deberían ser excelentes, junto con virtudes tales como la pureza en el hablar, el conocimiento, la honestidad absoluta y el amor por líderes piadosos (8:7).

(5) Pablo no quiere que la generosidad cristiana sea el resultado de un nuevo mandamiento legal: “No es que os esté dando órdenes”, escribe (8:8). El mayor incentivo posible para ser generoso, negándose a uno mismo, se encuentra en el mismo Señor Jesucristo, quien “por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (8:9). Para Pablo, es inconcebible que alguien que realmente se deleite en conocer a este Cristo pueda ser tacaño.

(6) Pablo quiere que los corintios sepan, que a pesar de que este dinero ayudará a otros creyentes (8:13–14, probablemente los creyentes pobres de Judea), no es para hacerlos tan ricos como Creso, sino para aliviar su pobreza.

(7) Pablo se esfuerza extraordinariamente, incluso mediante su selección de los emisarios que envía para transportar el dinero, no sólo por hacer lo correcto en estos asuntos económicos, sino por evitar la mera apariencia de conducta incorrecta (8:16–24).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 262). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡Qué cosa tan sinuosa es el pecado!

18 SEPTIEMBRE

2 Samuel 14 | 2 Corintios 7 | Ezequiel 21 | Salmo 68

¡Qué cosa tan sinuosa es el pecado! Sus motivaciones y maquinaciones son distorsionadas y perversas.

En cierto sentido, el relato de 2 Samuel 14 es bastante directo. En otro, está lleno de ironías que nos hacen pensar.

David adopta el peor de todos los caminos a seguir. Al principio, sencillamente no puede perdonar a Absalón, porque eso, en efecto, sería como admitir que él mismo debió haber actuado rotundamente en contra de Amnón. Por otro lado, David no logra desterrar a Absalón de manera decisiva, así que, en secreto, guarda luto por él. Después de la trama de Joab con la “mujer astuta” (14:2), se decide a traer de vuelta a Absalón. No obstante, aun aquí se muestra indeciso. Si va a permitirle a Absalón que regrese al país y a la capital, ¿por qué le impide ver a David, excluyéndolo así de reuniones familiares y eventos semejantes? Al final del capítulo, hay una reconciliación. Pero, ¿a qué costo? Los problemas no se han resuelto; más bien se han escondido debajo de la alfombra. Por otro lado, si David está decidido a perdonar a su hijo, ¿por qué lo margina durante varios años? ¿Hasta qué punto este trato de parte de su propio padre fomenta la rebelión que se describe en el siguiente capítulo?

Es bastante irónico que el hombre que, mediante esta “mujer astuta”, convence a David de aceptar el regreso de Absalón, es justamente el hombre que David debió haber castigado años antes (ver meditación de 9 de septiembre). Si David hubiera ajustado las cuentas a Joab, ¿dónde estaría ahora? Probablemente, no manipulando a los consejeros y abogados del rey.

A simple vista, Absalón está dispuesto a tomar medidas extraordinarias para lograr una audiencia con Joab para ser restaurado y hallar en gracia ante el rey. Quemar el campo de cebada de otro hombre es un paso bastante notorio (14:29–32). No obstante, a pesar de toda su sincera pasión por ser readmitido en la corte y presencia del rey, Absalón pronto intentará usurpar el trono (capítulo 15). Esa es la suprema ironía. Después de tanto esfuerzo, a Absalón finalmente se le permite entrar en la presencia de David: “el cual se presentó ante el rey y, postrándose rostro en tierra, le hizo una reverencia. A su vez, el rey recibió a Absalón con un beso” (14:33). Había logrado lo que quería. Entonces, ¿qué clase de resentimiento y hambre de poder provoca la cruel insurrección del próximo capítulo?

La gente que ha seguido la historia hasta aquí, no sólo percibirá todas las causas próximas de la rebelión, las conexiones comprensibles entre la serie de fracasos personales que provocaron la terrible conclusión. También recordarán que Dios mismo había predicho, como castigo judicial a David por el asunto de Betsabé y Urías, que traería calamidad sobre él a través de alguno de su propia casa.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 261). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿David rey o Padre?

17 SEPTIEMBRE

2 Samuel 13 | 2 Corintios 6 | Ezequiel 20 | Salmos 66–67

La amenaza al reino de David que Natán había profetizado comenzó con un sórdido relato marginal que, sin embargo, revela exactamente lo que anda mal en el reinado de David (2 Samuel 13).

La multiplicidad de esposas reales significaba que había muchos medio hermanos. En esta situación, surge la horrenda violación de Tamar. Los perfiles de las personas involucradas, exceptuando a Tamar, presentan lo que hoy día llamaríamos una familia disfuncional. Ahora bien, sólo vemos de cerca a dos de los hermanos: Amnón y Absalón. Pero la manera como David maneja la situación—o más bien, su total falta de manejo—es igual a la que anteriormente había fracasado con Joab (ver meditación del 9 de septiembre).

Amnón era lujurioso, inmaduro, irresponsable, engañoso y brutal. Uno de las frases más reveladoras acerca de él es la que se dice inmediatamente después de que él violara a Tamar: “Pero el odio que sintió por ella después de violarla fue mayor que el amor que antes le había tenido” (13:15). Aquí tenemos a un hijo engreído que se ha convertido en un hombre malvado.

Si, en este momento, David hubiera ejercido la justicia que le correspondía como jefe de Estado, la historia de los próximos años habría sido totalmente diferente. Él comparte el mismo pecado de Elí (ver 1 Samuel 3 y la meditación del 13 de agosto): ve cómo sus hijos actúan mal y no hace nada para detenerlos. Si hubiera obligado a Amnón a enfrentarse a toda la fuerza de la ley, no sólo le habría enviado una señal inequívoca a cualquier otro de sus hijos que pensara desviarse, habría demostrado su preocupación por lo que le sucedió a su hija y habría evitado la horrible amargura y la venganza que Absalón—hermano de Tamar por parte de padre y madre—ejecutó.

En este momento, Absalón es una figura trágica. Tiene razón al pedirle cuentas a Amnón. Al no encontrar justicia en el sistema legal que su propio padre ha eludido, opta por la venganza y luego se ve obligado a huir de la ira de David. Es cierto que no debió haber asesinado a Amnón, pero, hasta este momento, aparece como un personaje más atractivo y moral que el hombre al que mató. No obstante, sabe que ni siquiera David puede ignorar este asesinato en particular, así que huye, y deja a su padre con la imagen de un hombre insensato e indeciso.

Las relaciones entre padres e hijos casi nunca son profundas y libres de complicaciones a la misma vez. Pero el patrón de la vida de David, paralela a la de Elí tan solo unos capítulos antes, ilustra los desastres que ocurren en las familias en las que el padre, sin importar lo amoroso, condescendiente, piadoso y heroico que pueda ser, nunca trae a sus hijos a capítulo ni los disciplina cuando se desvían. El fracaso de David con Amnón y Absalón no fue el primero: fue la continuación de una falta moral y familiar que comenzó cuando los niños aún estaban en pañales.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 260). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Natán y el rey David

16 SEPTIEMBRE

2 Samuel 12 | 2 Corintios 5 | Ezequiel 19 | Salmos 64–65

En la dramática confrontación de Natán con el rey David (2 Samuel 12), la valentía del profeta se unió a una sagacidad formidable. ¿Cómo podría un profeta captar la atención de un rey autocrático y denunciarle su pecado de frente, si no fuera mediante este acercamiento indirecto?

Debemos reflexionar sobre ciertos elementos de este capítulo.

Primero, la diferencia fundamental entre David y Saúl resulta ahora evidente. Ambos abusaron del poder en su alto puesto. Lo que les diferencia es la manera como responden a la reprensión. Cuando Samuel acusó a Saúl de su pecado, este fingió; cuando Jonatán cuestionó la política de Saúl, le arrojaron una lanza. Por el contrario, a pesar de que Natán aborda su tema de manera indirecta, pronto el pecado queda al descubierto: “¡Tú eres ese hombre!” (12:7). No obstante, la respuesta de David es radicalmente diferente: “¡He pecado contra el Señor!” (12:13).

Seguramente, esta es una de las mayores pruebas de la dirección que toma la vida de una persona. Somos una raza de pecadores. Aun la gente buena, gente con una fe fuerte, incluso alguien como David—que es un “hombre conforme al corazón de Dios” (cf. 1 Samuel 13:14) —puede resbalar y pecar. Nunca hay una excusa válida para ello, pero, cuando sucede, jamás nos debería sorprender. Quienes tomen en serio el conocimiento de Dios regresarán en su momento con un arrepentimiento genuino. Los falsos conversos y los apóstatas desplegarán una plétora de excusas insulsas, pero no admitirán la culpa personal excepto de manera muy superficial.

Segundo, sólo Dios puede perdonar el pecado. Cuando lo hace, no se aplica el castigo justo para el pecado: la muerte misma (12:13).

Tercero, a pesar de que la sanción máxima del pecado no se ejecuta, puede que haya otras consecuencias que, en este mundo caído, no podemos evitar. David ahora se enfrenta a tres de ellas: (1) que el hijo que Betsabé tiene en el vientre morirá, (2) que durante toda su vida habrá luchas y guerra mientras él intenta establecer su reino y (3) que, en algún momento de su vida, experimentará en carne propia la traición: alguien de su propia casa tomará el trono de manera temporal, ejemplificándolo al acostarse con el harem real (12:12–13). Cada una es lacerante. La primera está vinculada al adulterio mismo; la segunda es quizás una pista de que la razón por la cual David se vio tentado fue por quedarse en su hogar y no ir a la guerra con Joab (11:1), evidentemente anhelando la paz; y la tercera le paga a David con la misma moneda de traición que él practicó.

Cuarto, la respuesta de David al más duro de los juicios muestra su profunda sumisión. Dios no es el equivalente de un Destino impersonal. Es una persona y, como tal, se le puede pedir y buscar. A pesar de su enorme fracaso, David sigue siendo un hombre que conoce mejor a Dios que sus numerosos críticos.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 259). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Betsabé

15 SEPTIEMBRE

2 Samuel 11 | 2 Corintios 4 | Ezequiel 18 | Salmos 62–63

Aquí vemos a David en su peor momento (2 Samuel 11). En el fluir del relato de 1 y 2 de Samuel, es casi como si la adversidad hubiera generado lo mejor de David, mientras que la reciente serie de sólidos éxitos militares y políticos le deja inquieto, insensato y nada cuidadoso.

Los pecados son múltiples. Aparte de la transgresión obvia de la lujuria, el adulterio y el asesinato, hay profundos pecados que apenas eran menos dolorosos. Su intento de esconder su culpa al traer a Urías de vuelta a su casa fracasa porque este demuestra ser un hombre sumamente excepcional: un idealista que ve incluso sus responsabilidades militares en términos de su fe en el pacto (11:11). ¡Y esto, en un hitita convertido! Peor aún, la extraordinaria manipulación de los mecanismos de poder militar y político por parte de David nos demuestran que este rey se ha embriagado de poder. Está convencido de que puede conseguir cualquier cosa; cree tener el derecho de usar al estado para adelantar, y luego cubrir, su propio pecado. Este juego se llama corrupción.

Hay otros elementos notables en el relato.

Primero, no se nos dice casi nada acerca de Betsabé, excepto que era hermosa, que fue seducida y que finalmente se casó con David. Por supuesto que, en cierta manera, no era menos culpable que él. Pero no se nos dice nada al respecto. En otras partes, la Biblia registra las hazañas de mujeres buenas (Rut) y malas (Jezabel); de hecho, al final de la vida de David, la propia Betsabé desempeña un papel importante. Tal vez, en parte, este texto no la culpa a ella porque fue manipulada por una figura mucho más poderosa. Es muy probable que el silencio indique, no cierto grado de culpa, sino el enfoque principal: es un relato sobre David y, en última instancia, de su linaje.

Segundo, es impresionante que David pensara que podría salirse con la suya. Incluso políticamente, demasiadas personas tenían que saber lo que había hecho; la historia no se hubiera podido mantener secreta. ¿Y cómo podría David imaginar—aun por un instante—que Dios no lo sabría? ¿Estaba en este momento seriamente enajenado de Dios? Como mínimo, este capítulo nos ofrece un testimonio dramático de la ceguera que produce el pecado.

Tercero, el capítulo termina de manera sombría y potente con una sencilla afirmación: “Sin embargo, lo que David había hecho le desagradó al Señor” (11:27). Seguramente, David estaba felicitándose en silencio por haber conseguido su propósito. Tal vez algunos de sus lacayos más serviles también le habían felicitado. Pero Dios lo sabía y no estaba contento. Los creyentes que caminan con su Creador y Redentor jamás olvidan que Dios ve y conoce, y que lo que a él le agrada es lo único que realmente importa; lo que le desagrada, tarde o temprano nos alcanzará.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 258). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Carta de recomendación

14 SEPTIEMBRE

2 Samuel 10 | 2 Corintios 3 | Ezequiel 17 | Salmos 60–61

En cierta forma, Pablo se encuentra en una posición desconcertante. Si no respondía a algunas de las preocupaciones que tenían los corintios sobre él y su ministerio, podría perderlos: no personalmente (eso no le hubiera molestado), pero sí perder su lealtad hacia él y, por lo tanto, al mensaje que él predicaba. Por otro lado, si hablaba largo y tendido acerca de sí mismo, al menos algunos de sus críticos dirían que estaba ensimismado, o inseguro, o que un verdadero apóstol no tendría que defenderse, o algo por el estilo.

Justamente, no sabemos con certeza cuál era su acusación. Resulta bastante obvio en varias partes de la correspondencia corintia, particularmente en 2 Corintios 3:1–3, que Pablo es consciente de este peligro. Al final del capítulo 2, había insistido en que “nosotros [ya sea un ‘nosotros’ litera rio o una referencia a los apóstoles]… hablamos con sinceridad delante de él en Cristo, como enviados de Dios que somos” (2:17): para nada como traficantes que trabajan por ganancia. Ahora pregunta retóricamente: “¿Acaso comenzamos otra vez a recomendarnos a nosotros mismos?” (3:1). La frase “otra vez” nos revela que Pablo se ha enfrentado a este problema anteriormente con los corintios. Pregunta de manera aún más específica: “¿O acaso tenemos que presentaros o pediros a vosotros cartas de recomendación, como hacen algunos?” (3:1). Suena como si “algunos” hubieran intentado establecer sus credenciales trayendo cartas de presentación. Ellos o los corintios luego se vuelven desdeñosos hacia Pablo porque él no encaja ni en el patrón cultural de demostrar sus credenciales al solicitar una paga muy alta (cap. 2), ni trae consigo papeles—de Jerusalén o algún otro centro de autoridad—para establecer su fiabilidad.

Pero Pablo no responde defendiendo su estatus como apóstol en términos de la revelación directa del Cristo resucitado a él. (No obstante, en otro lugar, eso es justamente lo que hace, y aun en este capítulo insiste en que su competencia viene del mismo Dios, 3:5) Aquí adopta sabiamente una postura que, a la vez, apunta a la naturaleza peculiar de su propio ministerio y anima con gentileza a los corintios a reconocer que no están en condiciones de pensar de manera distinta. Lo que les dice es, en efecto, que su existencia como cristianos constituye para ellos suficiente credencial de Pablo. Pablo les predicó el evangelio. Ellos son su “carta de recomendación”, el resultado de su ministerio (3:1, 3). Y puesto que la conversión genuina es obra del Espíritu de Dios, ellos, como cartas de recomendación de Pablo, deben verse como escritos “no con tinta sino con el Espíritu del Dios viviente” y no en una hoja de papiro ni en una tabla de piedra, sino en el corazón humano (3:3).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 257). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Los Corinto y Pablo

13 SEPTIEMBRE

2 Samuel 8–9 | 2 Corintios 2 | Ezequiel 16 | Salmos 58–59

En estas breves reflexiones es imposible suplir toda la historia de las complicadas visitas y las dolorosas cartas que generaron emociones profundas en la relación del apóstol con los corintios. En los primeros capítulos de 2 Corintios, parecen estar mejorando las relaciones entre Corinto y Pablo, pero aún son un tanto ásperas.

En este contexto, Pablo dedica bastante atención a explicar la naturaleza de su ministerio: por un lado, sus características a gran escala y, por el otro, las decisiones discretas que él ha tomado. Por ejemplo, en 2 Corintios 1, es bastante obvio que los corintios habían acusado a Pablo de ser inconstante. Él había prometido ir, pero luego varió de criterio y no fue. Pablo reconoce que ciertamente cambió el plan, pero insiste en que esto no refleja inconstancia (1:15–17). En su conducta, intenta imitar la firme fidelidad de Dios (1:18–22). Y luego les da la verdadera razón por la cual no fue: quiso ahorrarles tristeza a los corintios, pues sabía que, si les hubiera visitado en ese momento, habría tenido que tomar ciertas acciones que les provocarían aún más angustia (1:23–2:2).

En 2 Corintios 2, Pablo todavía está explicando varios elementos de su ministerio. Aquí veremos dos.

Primero, Pablo entiende que su ministerio es semejante a un instrumento que distribuye la fragancia del conocimiento de Dios (2:14). Visto de otra manera, ante Dios el mismo Pablo es un aroma, “el aroma de Cristo entre los que se salvan y entre los que se pierden” (2:15). “Para estos, somos olor de muerte que los lleva a la muerte; para aquellos, olor de vida que los lleva a la vida” (2:16). En otras palabras, Pablo afirma que no cambia de acuerdo a su audiencia. Él es el mismo aroma; proclama el mismo evangelio, el mismo discipulado, el mismo Cristo, la misma manera de vivir. Si a veces se le percibe como un dulce aroma y otras veces como un terrible hedor, ello no se debe a ciertos cambios en él, sino a las personas que se enfrentan a él. De manera implícita, los corintios deben reconocer que cualquier rechazo hacia el apóstol surge de un corazón no reformado. “¿Y quién es competente para semejante tarea?” (2:16).

Segundo, muchos corintios (esto queda claro más adelante en la epístola) pensaban que los maestros debían exigir sueldos sustanciales y, si no lo hacían, no valían mucho. En este tipo de atmósfera, sería fácil despreciar incluso a un dotado maestro apostólico, si este rehusaba el dinero que se le ofrecía. No obstante, puesto que estaba enseñando un evangelio de gracia, Pablo evangelizaba gratuitamente. (Aceptaba dinero de apoyo de otros lugares.) A largo plazo, no quería ganarse la reputación de alguien que trafica con la palabra de Dios por ganancia; más bien, deseaba que se le conociera como un hombre enviado por Dios (2:17).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 256). Barcelona: Publicaciones Andamio.

La casa del Señor

12 SEPTIEMBRE

2 Samuel 7 | 2 Corintios 1 | Ezequiel 15 | Salmos 56–57

Después de construir su palacio, David reconoce que vive en medio de un gran esplendor en comparación con el tabernáculo pequeño y nada ostentoso. Desea entonces construir un templo, una “casa”, para el arca del pacto (2 Samuel 7).

A través de Natán el profeta, no obstante, Dios le cambió los planes. David quiere construirle una “casa” a Dios, pero Dios declara que él mismo le construirá una “casa” a David. La palabra casa puede referirse a un edificio, pero también se extiende al hogar e incluso a una dinastía (la casa de Windsor, por ejemplo). David esperaba construirle a Dios una “casa” en el primer sentido; Dios le dice que le está construyendo una “casa” en el tercer sentido. Aunque Salomón, el hijo de David, le hará una “casa” a Dios, realmente Dios mismo es el Dador máximo y la “casa” que él se propone construir resultará ser más duradera.

En este contexto, Dios le hace unas promesas extraordinarias a David. “Pero ahora el Señor te hace saber que será él quien te construya una casa” (7:11). Para continuar el linaje de David después de su muerte, Dios añade: “Cuando tu vida llegue a su fin y vayas a descansar entre tus antepasados, yo pondré en el trono a uno de tus propios descendientes, y afirmaré su reino. Será él quien construya una casa en mi honor, y yo afirmaré su trono real para siempre” (7:12–13). La referencia no va más allá de Salomón. En el relato de 1 y 2 de Samuel, Saúl sirve de ejemplo perfecto de un rey que reinó y cuyo trono no fue afirmado, cuya “casa” no fue edificada. Pero no será así con David. Su descendiente reinará. Cuando Saúl pecó, a la larga Dios le rechazó. Pero cuando el hijo de David haga lo malo, Dios dice: “lo castigaré con varas y azotes, como lo haría un padre. Sin embargo, no le negaré mi amor, como se lo negué a Saúl, a quien abandoné para abrirte paso” (7:14–15). Hasta aquí, entonces, el panorama se centra en Salomón.

Sin embargo, una vez más, Dios tiene una perspectiva más amplia: “Tu casa y tu reino durarán para siempre delante de mí; tu trono quedará establecido para siempre” (7:16). Esto puede significar una de dos cosas: que siempre habrá alguien del linaje de David en el trono, o algo aún más poderoso. Después de un tiempo, las profecías acerca del “David” venidero o el “hijo de David” adquieren el peso de una promesa mucho mayor. Isaías profetiza sobre alguien que “gobernará sobre el trono de David y sobre su reino” pero a quien también se le llama “Dios Fuerte” y “Padre Eterno” (Isaías 9:6–7). Aquí tenemos un heredero de David que mantiene la dinastía davídica, no pasándola a su heredero, sino mediante su propio reinado eterno.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 255). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Si David estuviera vivo hoy día, seguramente muchos de nosotros nos sentiríamos incómodos. Era un hombre muy enérgico: exuberante en sus placeres, abatido en sus desánimos, poderoso en su liderazgo, desenfrenado en su adoración.

11 SEPTIEMBRE

2 Samuel 6 | 1 Corintios 16 | Ezequiel 14 | Salmo 55

Si David estuviera vivo hoy día, seguramente muchos de nosotros nos sentiríamos incómodos. Era un hombre muy enérgico: exuberante en sus placeres, abatido en sus desánimos, poderoso en su liderazgo, desenfrenado en su adoración.

(1) Hay un suceso que nos revela mucho, tanto de este hombre como de Dios; a saber, la ocasión en la que se llevó el arca del pacto, y probablemente todo el tabernáculo, a Jerusalén (2 Samuel 6). David no envía solamente a unos cuantos clérigos—los levitas designados—y nada más. Reúne una tropa de treinta mil soldados expertos y representantes de toda la casa de Israel, y un montón de músicos y coros.

(2) Cuando Uza extendió su mano para estabilizar el arca porque los bueyes que tiraban del carro tropezaron, “Con todo, la ira del Señor se encendió contra Uza por su atrevimiento y lo hirió de muerte ahí mismo, de modo que Uza cayó fulminado junto al arca”. (6:7). Sin duda que esto aguó la fiesta. David está a la vez enojado con Dios (6:8) y temeroso de él (6:9). Por el momento, decide no traer el arca del Señor a Jerusalén. Ciertamente, también muchos de nosotros, en silencio, estamos de acuerdo con David.

No obstante, Dios ha estado profundamente preocupado en todo momento por erradicar cualquier idea de que él no es más que un talismán, un dios controlable, una especie de diosecillo parecido a los demás del territorio. Una de sus prohibiciones más rotundas era no tocar el arca ni mirar dentro de ella. De hecho, por esto último setenta hombres de Bet Semes pagaron con sus vidas, tan sólo una generación antes (1 Samuel 6:19–20); ver meditación del 15 de agosto), cuando ignoraron el edicto. Nuestro texto define el acto de Uza como “irreverente” (2 Samuel 6:7). Lo que lo hizo irreverente o “profano” no fue que Uza actuara maliciosamente, sino que en su ojos no había un temor reverente ni la distinción cuidadosa entre todo lo que Dios llama santo y lo que es meramente común. El horror de la blasfemia es idéntico: la gente dice que no significa nada cuando toman el nombre de Dios en vano. Ese es justamente el problema: para ellos no significa nada. Dios no tolera que se le trate de esa manera.

(3) El arca permanece con Obed Edom durante tres meses y él experimenta tanta bendición que a David le vuelve a interesar (6:11–12). La bendición y la reverencia van de la mano; más vale que David se dé cuenta y nosotros también.

(4) Mical resulta ser digna hija de su padre: le interesa más la pompa, la forma, los vestidos reales y la dignidad personal que la adoración exuberante (6:16). Desprecia a David justamente porque él está tan centrado en Dios, que le importa muy poco su imagen. Las personas que viven constantemente obsesionadas por lo que los demás piensan de ellas, nunca logran disfrutar de ser plenamente conscientes de Dios y estar centradas en él, algo que caracteriza a toda verdadera adoración.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 254). Barcelona: Publicaciones Andamio.