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Devocional, Familia, Todos los Artículos, Vida Cristiana

La casa del Señor

12 SEPTIEMBRE

2 Samuel 7 | 2 Corintios 1 | Ezequiel 15 | Salmos 56–57

Después de construir su palacio, David reconoce que vive en medio de un gran esplendor en comparación con el tabernáculo pequeño y nada ostentoso. Desea entonces construir un templo, una “casa”, para el arca del pacto (2 Samuel 7).

A través de Natán el profeta, no obstante, Dios le cambió los planes. David quiere construirle una “casa” a Dios, pero Dios declara que él mismo le construirá una “casa” a David. La palabra casa puede referirse a un edificio, pero también se extiende al hogar e incluso a una dinastía (la casa de Windsor, por ejemplo). David esperaba construirle a Dios una “casa” en el primer sentido; Dios le dice que le está construyendo una “casa” en el tercer sentido. Aunque Salomón, el hijo de David, le hará una “casa” a Dios, realmente Dios mismo es el Dador máximo y la “casa” que él se propone construir resultará ser más duradera.

En este contexto, Dios le hace unas promesas extraordinarias a David. “Pero ahora el Señor te hace saber que será él quien te construya una casa” (7:11). Para continuar el linaje de David después de su muerte, Dios añade: “Cuando tu vida llegue a su fin y vayas a descansar entre tus antepasados, yo pondré en el trono a uno de tus propios descendientes, y afirmaré su reino. Será él quien construya una casa en mi honor, y yo afirmaré su trono real para siempre” (7:12–13). La referencia no va más allá de Salomón. En el relato de 1 y 2 de Samuel, Saúl sirve de ejemplo perfecto de un rey que reinó y cuyo trono no fue afirmado, cuya “casa” no fue edificada. Pero no será así con David. Su descendiente reinará. Cuando Saúl pecó, a la larga Dios le rechazó. Pero cuando el hijo de David haga lo malo, Dios dice: “lo castigaré con varas y azotes, como lo haría un padre. Sin embargo, no le negaré mi amor, como se lo negué a Saúl, a quien abandoné para abrirte paso” (7:14–15). Hasta aquí, entonces, el panorama se centra en Salomón.

Sin embargo, una vez más, Dios tiene una perspectiva más amplia: “Tu casa y tu reino durarán para siempre delante de mí; tu trono quedará establecido para siempre” (7:16). Esto puede significar una de dos cosas: que siempre habrá alguien del linaje de David en el trono, o algo aún más poderoso. Después de un tiempo, las profecías acerca del “David” venidero o el “hijo de David” adquieren el peso de una promesa mucho mayor. Isaías profetiza sobre alguien que “gobernará sobre el trono de David y sobre su reino” pero a quien también se le llama “Dios Fuerte” y “Padre Eterno” (Isaías 9:6–7). Aquí tenemos un heredero de David que mantiene la dinastía davídica, no pasándola a su heredero, sino mediante su propio reinado eterno.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 255). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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