Jueces 2 | Hechos 6 | Jeremías 15 | Marcos 1

19 JULIO

Jueces 2 | Hechos 6 | Jeremías 15 | Marcos 1

Jeremías 15 presenta algunas de las perspectivas más evocadoras de la vida interior y el pensamiento del profeta Jeremías:

(1) Jeremías ha estado intercediendo ante Dios en favor del pueblo del pacto (Jeremías 14). Este pide al profeta que pare porque no escuchará (14:11–12). De hecho, dice ahora que incluso si Moisés y Samuel se presentasen delante de él e intercediesen por el pueblo, no lo salvaría (15:1). Siglos antes, Moisés y Samuel lo habían hecho con éxito por Israel (Éxodo 32:11–14; Números 14:13–24; Deuteronomio 9:18–20, 25–29; 1 Samuel 7:5–9; 12:19–25), aunque es importante recordar que también garantizaron la disponibilidad del pueblo a volver al Señor con contrición y renovada obediencia, algo que Jeremías no había sido capaz de lograr. Ahora, Dios le está diciendo que no lo conseguirá: el pueblo irá al cautiverio. La iniquidad y la idolatría durante el reinado de Manasés fueron la gota que colmó el vaso (15:4; véase 2 Reyes 21:10–15; 23:26; 24:3).

(2) En 15:10, Jeremías desea abiertamente no haber nacido nunca. Toda la nación lucha y contiende con él. Todos lo maldicen, no por haber sido corrupto en los negocios, sino por haber transmitido fielmente la palabra del Señor. Dios lo tranquiliza (15:11–14; el mejor hierro procedía “del norte”, de la zona del Mar Negro, por lo que es una forma de decir que los brazos de Israel no podrán superar los de los babilonios). Sin embargo, este tema está presente en la angustia de Jeremías. Una parte de él quiere justicia, retribución para sus perseguidores (15:15). Esa misma parte se deleita totalmente en las palabras de Dios (15:16a). No obstante, por otro lado, su lealtad a Dios y a sus palabras es precisamente lo que lo aísla del pueblo: “He vivido solo, porque tú estás conmigo y me has llenado de indignación” (15:17b). Algunos de sus enemigos más virulentos eran sus propios familiares (cp. Mateo 10:36). En ocasiones, Jeremías se ve tentado a creer que Dios ha fracasado, como un torrente intermitente (un wadi, 15:18) que a veces fluye con vida y bendición, y otras no proporciona nada.

La respuesta de Dios (15:19–21) es que, si Jeremías demuestra ser totalmente fiel en la comunicación de sus palabras, continuará siendo el portavoz de Dios y quedará preservado de las malvadas maquinaciones de sus enemigos. Sin embargo, un hecho es innegociable: “Que ellos se vuelvan a ti, pero tú no te vuelvas a ellos” (15:19b).

La profunda tensión existente entre la fidelidad a Dios y la separación del propio pueblo es una constante invariable en la actuación de ministros fieles destinados en culturas decadentes.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 200). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 1 | Hechos 5 | Jeremías 14 | Mateo 28

18 JULIO

Jueces 1 | Hechos 5 | Jeremías 14 | Mateo 28

Este capítulo, Jeremías 14, oscila entre la poesía y la prosa, y entre el discurso de Dios y la respuesta de Jeremías. En ese momento, una calamitosa sequía estaba asolando al país. Algunas reflexiones:

(1) Un desastre puede no ser más que la consecuencia de la Caída y no el juicio específico de Dios sobre un pueblo. Nos recuerda nuestra mortalidad y que estamos perdidos, llamando al arrepentimiento (Lucas 13:1–5). Sin embargo, un desastre específico puede ser el juicio inmediato y directo del Señor sobre una nación. Así pues, una situación de ese tipo exige un examen de conciencia y un corazón humilde. Exactamente de la misma forma, una enfermedad severa puede no ser la consecuencia directa de un pecado específico (Juan 9), pero puede serlo (Juan 5).

(2) Una y otra vez en el Antiguo Testamento, Dios castiga por sus pecados a la comunidad del pacto utilizando las desgracias recurrentes en el mundo antiguo: la espada (es decir, la guerra, y en ocasiones el exilio después de la misma), el hambre y la peste (14:11–12). Esta triple combinación aparece siete veces en la profecía de Jeremías. Ezequiel 14 añade un cuarto elemento: las bestias salvajes. Todos estos fenómenos son “naturales” (hambre y peste) o provocados por una conducta humana malvada (guerra, y a veces hambre y peste).

(3) Debido a que nuestra cultura se empeña en desvincular de Dios lo que ocurre en el mundo “natural”, reservando para él sólo los asuntos privados o “espirituales”, enseguida queremos dar una explicación naturalista a nuestras guerras, hambrunas y epidemias, en lugar de al menos tratar de aprender las lecciones que la providencia pueda estar enseñándonos. No estoy sugiriendo que esta sea fácil de interpretar. Hemos visto que las propias Escrituras nos advierten de que no hagamos insinuaciones demasiado rápidas (Lucas 13:1–5). Sin embargo, no aprender ninguna lección moral y espiritual de los desastres puede indicar, nada más y nada menos, que nos hemos vendido a las fuerzas de la secularización. Nos negamos decididamente a “escuchar” lo que Dios dice cuando nos habla en el lenguaje del juicio, exactamente la misma respuesta que el antiguo Israel. De hecho, según este capítulo, muchos líderes religiosos negaban cualquier relación entre el desastre y el juicio divino (14:14). Siempre ocurre así. Por tanto, no solo se exigirán responsabilidades a los profetas por lo que digan y enseñen, sino también a las personas por lo que elijan escuchar. ¿Acaso no hay lecciones morales y espirituales que aprender del sangriento siglo XX, con las dos guerras mundiales, la carrera armamentística, las quiebras económicas, los nazis, Stalin, Mao, Pol Pot, Biafra, los Balcanes, Ruanda, Vietnam, los despreciables regímenes totalitarios de izquierdas o de derechas, las hambrunas, la esclavitud, Sudán, el racismo, el SIDA, el aborto? Kipling tenía razón: “Señor de los ejércitos, sé con nosotros / para que no olvidemos; para que no olvidemos”.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 199). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 24 | Hechos 4 | Jeremías 13 | Mateo 27

17 JULIO

Josué 24 | Hechos 4 | Jeremías 13 | Mateo 27

Mateo nos cuenta que, en el momento en que Jesús murió, “la cortina del santuario del templo se rasgó en dos” (Mateo 27:51). La causa directa fue aparentemente el terremoto que acompañó a la muerte de Jesús. No obstante, resulta imposible que el cristiano reflexivo no incluya esta breve y críptica observación dentro de un marco más amplio, el relato del significado que la cortina ya había adquirido en la historia de Israel y de cómo se desarrolla este en los libros posteriores del Nuevo Testamento, como Hebreos y Apocalipsis, en los que la primera generación de escritores cristianos explican a sus lectores lo que la cruz consiguió. A lo largo de este eje, el hecho de que la cortina se rasgase constituía un episodio de gran importancia, cargado de simbolismo. Nos detendremos en cuatro reflexiones:

(1) Ni la cortina ni su ruptura tienen sentido alguno a no ser que comprendamos que, a este lado de la Caída, no tenemos derecho a entrar en la presencia del Dios santo. Después de su calamitosa rebelión, el Señor expulsa a Adán y Eva del Edén (Génesis 3). Cuando los israelitas liberados fabrican su becerro de oro en el desierto, Dios no sólo envía juicio, sino que también amenaza con no manifestarse entre ellos, no sea que los destruya (Éxodo 32–33). Tanto en la narración como en los oráculos, los escritores bíblicos explican esta verdad: el pecado nos separa de nuestro Hacedor, trascendentemente santo. No tenemos derecho a acceder al más santo.

(2) Esa realidad se simbolizó con la construcción del tabernáculo y, más adelante, del templo. Una tercera parte de la estructura, llamada lugar santísimo, tenía las dimensiones de un cubo. Una pesada cortina la separaba del resto del edificio. Allí, Dios se manifestó en gloria y únicamente podía entrar el sumo sacerdote, una sola vez al año, llevando la sangre de los sacrificios prescritos, ofrecida por sus propios pecados y por los del pueblo. Todos los demás estaban excluidos bajo pena de muerte.

(3) La ruptura de la cortina en el momento de la muerte de Jesús simboliza, por tanto, que su muerte ha conseguido el acceso de los pecadores a la misma presencia de Dios. Él es nuestro gran sumo sacerdote; él es nuestro sacrificio expiatorio. No tiene que entrar una vez cada año en el lugar santísimo. Murió por todos una sola vez y satisfizo la santa exigencia de Dios, por lo que la cortina podía caer.

(4) No es de extrañar, pues, que la “nueva Jerusalén”, una de las imágenes de la morada definitiva del pueblo de Dios (Apocalipsis 21–22), tenga forma de cubo perfecto. Los cristianos ya tienen acceso al trono del Todopoderoso por los méritos de Jesucristo; sin embargo, en la consumación, permaneceremos sin miedo y abrumados por el gozo y la adoración en el abierto esplendor de su santidad.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 198). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 23 | Hechos 3 | Jeremías 12 | Mateo 26

16 JULIO

Josué 23 | Hechos 3 | Jeremías 12 | Mateo 26

En el siglo VIII a.C., Oseas pasó por la terrible experiencia de la traición de una mujer unida a él por el pacto del matrimonio y que se entregó a la prostitución. De ese modo, comprobó un poco cómo percibe el Señor la prostitución espiritual del pueblo con el que estaba vinculado por el pacto. De una forma en cierto sentido parecida, Jeremías ha sufrido el rechazo de sus amigos y familiares (11:18–23, meditación de ayer). Su angustia y su ira por la situación establecen el escenario propicio para que Dios explique su propia respuesta al pueblo que lo había rechazado (Jeremías 12).

La pregunta planteada por Jeremías surge de sus experiencias en los versículos inmediatamente precedentes. Ha estado poniendo su grano de arena para fomentar la reforma, pero su vida se ve amenazada por sus familiares y los demás habitantes de su propio pueblo. Aunque sigue declarando la justicia de Dios, el profeta se queja: “Tú, Señor, eres justo cuando discuto contigo. Sin embargo, quisiera exponerte algunas cuestiones de justicia. ¿Por qué prosperan los malvados? “¿Por qué viven tranquilos los traidores?” (12:1). Sumergido en la desesperación y desbordado por un sentimiento de desigualdad absoluta, Jeremías pregunta a Dios en los primeros versículos de este capítulo por qué no arranca simplemente a los malos y los destruye.

El Señor no responde directamente (12:5–6). En su lugar, dice al profeta que en realidad aún no ha visto nada. Si Jeremías flaquea de manera tan dolorosa en su propio pueblo, ¿cómo le irá entonces en la atmósfera mucho más complicada y perversa de Jerusalén? “Si los que corren a pie han hecho que te canses, ¿cómo competirás con los caballos? Si te tambaleas en el entorno relativamente seguro de Anatot, ¿qué harás en la espesura del Jordán?” (En el período anterior al exilio, la llanura aluvial del Jordán se cubría de una vegetación exuberante que protegía a muchos animales salvajes, incluyendo al león asiático). Muchos líderes cristianos han tenido que aprender que los sufrimientos iniciales simplemente preparan el camino para mucho más de lo mismo.

Al menos, Jeremías es un poco más capaz de comprender lo que Dios quiere decir cuando dice: “He abandonado mi casa, he rechazado mi herencia, he entregado a mi pueblo amado en poder de sus enemigos. Mis herederos se han comportado conmigo como leones en la selva. Lanzan rugidos contra mí; por eso lo aborrezco” (12:7–8). Por tanto, los versículos siguientes describen el juicio que llegará inevitablemente.

Sin embargo, la gracia de Dios brilla incluso aquí. Después de haberlos “arrancado”, los traerá de vuelta a su propia heredad (12:14–15). Si el exilio es inevitable debido a su pecado, seguidamente llegará la restauración, porque Dios es compasivo. Incluso las naciones paganas se unirán en la bendición del Señor, allá donde repudien a los baales y juren por el Dios viviente (12:16).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 197). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 22 | Hechos 2 | Jeremías 11 | Mateo 25

15 JULIO

Josué 22 | Hechos 2 | Jeremías 11 | Mateo 25

La primera línea de Jeremías 11 muestra que lo que sigue es una nueva profecía, un nuevo oráculo de Dios, el cuarto recogido en este libro. Es difícil determinar con certeza cuándo se predicó. Muchos han sugerido, con bastante plausibilidad, que fue comunicado no mucho después de que Hilcías descubriese de nuevo el rollo de la ley, alrededor de 621 a.C., lo cual generó algo parecido a una reforma religiosa bajo el rey Josías (2 Reyes 22–23). Según 2 Crónicas 34, el descubrimiento del rollo fue precedido por una centralización de la adoración en Jerusalén, lo cual significó inevitablemente un declive de los rituales influenciados por la religión cananea en los santuarios locales, y presumiblemente un incremento del resentimiento de sus líderes religiosos. Seguramente, Jeremías apoyó totalmente al rey en esta reforma. Puede que existan otras posibilidades, pero si este es el escenario, dos elementos presentes en este capítulo adquieren un nuevo significado.

Primero, el Señor dice a Jeremías que amenace al pueblo con un juicio fundamentado en especial en las bendiciones y maldiciones del pacto mosaico (11:6–8). Este es más específico que los juicios reservados para otras naciones, los cuales tienen su base en la respuesta de Dios a la iniquidad y la idolatría. La amenaza es ni más ni menos que lo que el pacto dijo que pasaría si el pueblo caía en la desobediencia (Deuteronomio 28). Parece que la religión del pueblo del pacto de Dios se había envilecido tanto, volviéndose tan tradicional y alejada de cualquier enseñanza de las Escrituras, que esta se había borrado de la memoria pública, hasta que se redescubrió el libro de la ley. Estas amenazas de juicio específicas del pacto fueron las que provocaron que Josías rasgase sus vestiduras y dijese: “Sin duda que la gran ira del Señor arde contra nosotros, porque nuestros antepasados no obedecieron lo que dice este libro ni actuaron según lo que está prescrito para nosotros” (2 R. 22:13). Asumiendo este escenario para Jeremías 11, el profeta está exponiendo las consecuencias de la incapacidad de obedecer.

Segundo, este hecho también explica por qué los hombres de Anatot, el propio pueblo del profeta, buscaban quitarle la vida (Jeremías 11:18–23). Los sacerdotes habían vivido allí desde la época del asentamiento bajo el mando de Josué (Josué 21:18). Debido a que este linaje había participado en la revuelta contra David, Salomón lo excluyó del servicio del templo (1 Reyes 2:26–27). Sin duda, estaban muy involucrados con los santuarios locales y airados por la adoración centralizada en el templo de Jerusalén, donde no se les permitía servir. Así pues, además de la animadversión hacia alguien del pueblo (un profeta no tiene honra en su propia tierra, Lucas 4:24), estos hombres odiaban especialmente a Jeremías por su apoyo a la reforma de Josías. Donde no hay un anhelo de la Palabra de Dios, otras pasiones ocupan su lugar.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 196). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Dos reflexiones sobre Jeremías 10

14 JULIO

Josué 20–21 | Hechos 1 | Jeremías 10 | Mateo 24

Dos reflexiones sobre Jeremías 10:

En primer lugar, el castigo catastrófico que estaba a punto de caer sobre Judá se atribuye a sus líderes incompetentes: “Los pastores se han vuelto necios, no buscan al Señor; por eso no han prosperado, y su rebaño anda disperso” (10:21). En este contexto, “pastores” incluye a todos los que dirigen los asuntos de una nación: rey, sacerdotes, profetas y otros líderes.

Los ámbitos en que estos líderes son incompetentes no son la administración general, el carisma, la agudeza financiera o el potencial de gestión. Son “necios”, lo cual se manifiesta en el hecho de que “no buscan al Señor”. No quiere decir únicamente que no acudan a las simples formas de requerir el consejo de Dios, como consultar a los profetas y considerar los rituales prescritos como un talismán que trae buena suerte. Significa más bien que no están dispuestos a hacer realmente lo que Dios quiere. No se acercan a él con la contrición y la profunda reverencia por su Palabra de la que Isaías habla (Isaías 66). No lo tratan como si fuese fundamentalmente “otro”, diferente de la multitud de dioses falsos que los rodean. Las naciones y las iglesias siguen la dinámica que marcan sus líderes. Si estos buscar con pasión conocer y obedecer la voluntad de Dios, nuestras perspectivas son excelentes; si son disolutos e intoxicados por el egoísmo, estas son sombrías o incluso desesperadas.

Segundo, en los últimos versículos (10:23–25), Jeremías se identifica con su pueblo de una forma que llama la atención. “SEÑOR, yo sé que el hombre no es dueño de su destino, que no le es dado al caminante dirigir sus propios pasos. Corrígeme, SEÑOR, pero con justicia, y no según tu ira, pues me destruirías” (10:23–24). Estas líneas podrían interpretarse inicialmente refiriéndose a Jeremías como profeta, como individuo y nada más. Ciertamente, cada creyente debería ser consciente de su pecado de forma que pueda suplicar a Dios que lo salve de la destrucción que merece. Sin embargo, un análisis más detenido muestra que los pecados que Jeremías está confesando son los de la nación, en particular la autodeterminación petulante que se niega a reconocer la divinidad absoluta de Dios, la gloriosa verdad de que sólo él es Dios y lo controla todo. El siguiente versículo revela que lo que Jeremías quiere que el Señor salve es “Jacob”, el pueblo del pacto de Dios. Sin duda, se ha decretado el castigo contra él, pero el profeta suplica al Todopoderoso que no borre al pueblo de la faz de la tierra con su ira, sino que reserve el correctivo más duro para “las familias que no invocan tu nombre”. Por tanto, Jeremías clama a Dios por sí mismo, pero también por su pueblo, con el cual se identifica, como hace Pablo en Gálatas 2:17–21 y quizás en Romanos 7:7ss.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 195). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 18–19 | Salmos 149–150 | Jeremías 9 | Mateo 23

13 JULIO

Josué 18–19 | Salmos 149–150 | Jeremías 9 | Mateo 23

Una vez más, Jeremías abunda en algunos de los temas que ya ha introducido (Jeremías 9). Por ejemplo, los dos últimos versículos hablan de la circuncisión verdadera y de la falsa (cp. 4:4). Sin embargo, también explora una nueva faceta del pecado del pueblo (9:23–24). Nos detendremos en cuatro elementos presentes en estos versículos:

Primero, la raíz de muchos pecados es la engreída autosuficiencia que les lleva a jactarse de su propia sabiduría, fuerza o riqueza (9:23) Esa es una señal de perdición. Se centra en el ego. Peor aún, no es capaz de reconocer que todo lo que tenemos (y de lo que alardeamos) procede de fuentes externas: no escogemos nuestros genes, padres o legado; todo lo que tenemos lo hemos conseguido en función de los demás, de la salud, de regalos, de apoyos y situaciones, mil factores sobre los que tenemos muy poco control y que, a este lado de la Caída, no tenemos derecho a reclamar. Lo peor de todo es que las personas engreídas y autosuficientes no dan lugar a las prioridades al margen de ellos mismos; no dejan espacio a Dios, porque ellos son su propio dios.

Segundo, no hay nada más importante para los seres humanos en el universo que conocer al Señor (9:24a). Él es Dios, no nosotros; él es el Creador, no nosotros; él reina en su providencia, no nosotros. Él existe por sí mismo y dependemos de él. Él mora en la eternidad, mientras nosotros estamos limitados en nuestro pequeño segmento del tiempo. Él es totalmente santo y glorioso, nosotros estamos tremendamente contaminados por lo impuro y sometidos al juicio. Sin embargo, ¡podemos conocer al Señor! Esto es lo único de lo que verdaderamente podemos “jactarnos”. ¿Dudaremos de ello dentro de doscientos o dos billones de años?

Tercero, aquel al que conocemos es Jehová, que actúa “en la tierra con amor, con derecho y justicia” (9:24b). “Amor” es el del pacto, su misericordia, vinculada a su total fiabilidad, una virtud que contrasta asombrosamente con la volubilidad del pueblo que se rebela contra él.

Cuarto, Pablo entiende que estos versículos se pueden aplicar de forma universal cuando hace alusión a ellos y los cita en parte en 1 Corintios 1:26–31: “No sois muchos de vosotros sabios, según criterios meramente humanos; ni sois muchos poderosos, ni muchos de noble cuna”, el tipo de cosas de las que alardeaban los corintios. Encontramos el concepto “sabios/sabiduría” en ambos contextos; Pablo no interpreta “poderosos” en términos de fuerza física, sino de influencia política y social; los de “noble cuna” son los ricos, pues en el mundo preindustrial ambas cosas iban de la mano. Sin embargo, si nuestra verdadera sabiduría está en Cristo, “es decir, nuestra justificación, santificación y redención” (1 Co. 1:30), entonces, “si alguien ha de gloriarse, que se gloríe en el Señor” (1:31).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 194). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 16–17 | Salmo 148 | Jeremías 8 | Mateo 22

12 JULIO

Josué 16–17 | Salmo 148 | Jeremías 8 | Mateo 22

En cada etapa de la descripción que Jeremías hace de la rebelión del pueblo de Dios, se reiteran algunas facetas de su pecado, otras se perfeccionan y se introducen algunas nuevas. Hoy, nos centraremos en dos de estas últimas (Jeremías 8).

En primer lugar, Jeremías se centra en la negativa del pueblo a aprender de sus errores y arrepentirse, algo totalmente antinatural. La presentación del argumento gira en torno a un juego de palabras: el término hebreo para “volverse” o “arrepentirse” es el mismo que se traduce “regresar”. El sentido es que, habitualmente, alguien que se “desvía”, es decir, que comete un error, finalmente vuelve, aprendiendo de la experiencia. Sin embargo, Israel siempre se desvía (8:4) y nunca aprende de las amargas consecuencias de sus actos. Esto se debe a que aman su pecado, “se aferran al engaño, y no quieren volver” al Señor (8:5). “Nadie se arrepiente de su maldad; nadie reconoce el mal que ha hecho” (8:6).

Aquellos que leen el Antiguo Testamento por primera vez se preguntan en ocasiones cómo se puede ser tan torpe y no aprender después de los múltiples ciclos de rebelión y castigo. Las ratas introducidas en un laberinto aprenden a adaptarse a los estímulos externos; hasta cierto punto, los niños bien educados aprenden a adecuarse a las expectativas culturales y esconden sus peores instintos. ¿Por qué no aprende Judá de la historia del reino norteño? ¿O incluso de su propia historia cuadriculada? Aunque se puede mejorar la conducta con formación, la historia bíblica demuestra que el problema tiene relación con la naturaleza humana. Somos una raza caída. Los pecadores pecarán. Credos, pactos, votos y liturgia pueden domesticar a la bestia durante un tiempo, pero no lograrán cambiar para siempre lo que somos. La historia de Israel pone de manifiesto este concepto, no porque los israelitas sean la peor de las razas, sino porque son humanos, y caídos. Ni siquiera las personas privilegiadas, escogidas y agraciadas como ellos conseguirán escapar de la espiral negativa. ¡Qué ingenuos somos si creemos que nosotros sí podemos!

En segundo lugar, muchos de estos individuos no solo creen neciamente que son “sabios” porque “la ley del SEÑOR nos apoya” (8:8, tema común en los profetas), sino que, en este caso, el problema se agrava por “la pluma engañosa de los escribas” que “la ha falsificado” (8:8). Esta es la primera referencia a los “escribas” como clase en el Antiguo Testamento. Las personas que cumplen con la obligación de estudiar, preservar y exponer las Escrituras, las utilizan de forma errónea. Quizás toman elementos que les gustan y los combinan como les interesa, ignorando el todo; quizás elaboran inteligentes técnicas que hacen que la ley diga lo que sus presuposiciones y teología exigen. ¿Suena familiar? Repasemos la meditación del 4 de julio.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, pp. 193–194). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 14–15 | Salmos 146–147 | Jeremías 7 | Mateo 21

11 JULIO

Josué 14–15 | Salmos 146–147 | Jeremías 7 | Mateo 21

Este discurso del templo (Jeremías 7), dirigido en prosa a las personas que pasaban por las puertas “para adorar al SEÑOR” (7:2), es famoso por su gran insistencia en que ningún ritual, institución o edificio puede proteger a los culpables de la ira de Dios. Pensar de otra forma es caer en una ridícula superstición. Destacamos algunas notas:

(1) La simple recitación repetitiva de temas piadosos como “el templo del Señor” o “Jesús es el Señor” no sirve para nada. Dios exige renovación moral, repudiar a los dioses falsos, justicia y generosidad (7:6–8). El derramamiento de sangre inocente (7:6) puede referirse a ejecuciones judiciales, porque sabemos que se llevaron a cabo (26:23, bajo Joacim).

(2) Lo más ofensivo sobre todas las cosas es la hipocresía total. El pueblo robaba, asesinaba, cometía adulterio y perjurio, ofreciendo su adoración a dioses falsos, y después participaba en la adoración del templo, pidiendo refugio como si las murallas del templo pudiesen salvarlos del juicio del Señor (7:9–11). Cuando leemos las estadísticas modernas sobre robos (p. ej., defraudar en los impuestos) y adulterio, tanto fuera de la iglesia como dentro de ella, es difícil creer que nos encontremos una situación demasiado diferente. Puede que no reivindiquemos el santuario del recinto del templo, pero de alguna forma creemos que nuestro mínima observancia cristiana significa que seguimos siendo “buenas personas” y que, por tanto, estamos a salvo del juicio que cae sobre las demás naciones.

(3) Puede llegar el día, como ocurrió en la época de Jeremías, en que la oración intercesora en favor de esas personas esté prohibida por el propio Dios (7:16). Es lo mismo que decir que es demasiado tarde.

(4) Incluso así, Dios quiere que Jeremías diga todas estas cosas al pueblo. Quizás lo extremo de la amenaza dará lugar a la reflexión y alentará al arrepentimiento, pero no: “Tú les dirás todas estas cosas, pero no te escucharán. Los llamarás, pero no re responderán. Entonces les dirás: ‘Esta es la nación que no ha obedecido la voz del Señor su Dios, ni ha aceptado su corrección. La verdad ha muerto, ha sido arrancada de su boca’ ”. Aunque se escribió para describir a los habitantes de Judá en el siglo VI a. C., es difícil imaginar otro pasaje que refleje con más precisión la cultura occidental, incluyendo gran parte de la iglesia. De hecho, en la actualidad “la verdad ha muerto”, no solo en el sentido de que la integridad se encuentre en horas bajas, sino como consecuencia de las sensibilidades posmodernas que encuentran complicado ver de qué va todo esta cuestión: dicha cuestión es ¿Todos estos llamamientos al arrepentimiento están motivados por presiones sociológicas, o por un Ser divino que dice realmente la verdad objetiva?. Si lo primero es cierto, nos estamos precipitando hacia la perdición.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 192). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 12–13 | Salmo 145 | Jeremías 6 | Mateo 20

10 JULIO

Josué 12–13 | Salmo 145 | Jeremías 6 | Mateo 20

Algunas reflexiones acerca de las advertencias de Jeremías 6:

(1) Benjamín (6:1), que junto a Judá permaneció leal a la dinastía davídica, no siendo por tanto deportada por Asiria junto a los otras 10 tribus, se encuentra al norte de Jerusalén. Así pues, cuando las hordas enemigas se acercaban “desde el norte”, podríamos pensar que Jeremías les aconsejó huir hacia el sur hasta Jerusalén, la ciudad mejor defendida de toda la región. Sin embargo, el profeta dice a Benjamín que huya de ella, lo cual constituye esencialmente una predicción de que la propia Jerusalén sería totalmente destruida y nadie podría refugiarse en ella.

(2) El texto hebreo del versículo 4 dice literalmente: “¡Santificad batalla contra ella!”. Toda guerra era “sagrada” en el antiguo Oriente Próximo. Los poderosos ejércitos paganos disponían de astrólogos y luchaban bajo la protección de diversas deidades. Las siguientes líneas describen una batalla típica. Los confrontaciones comenzaban por la mañana después de que ambos bandos hiciesen sus preparativos, continuando durante todo el día hasta el crepúsculo, momento en que los contendientes se retiraban habitualmente del campo de batalla. No obstante, aquí el enemigo prosigue con su ataque por la noche (6:5), indicando una lucha de crueldad y ferocidad inusitadas.

(3) La raíz de la acusación contra los ciudadanos de Jerusalén y Judá es que no prestan atención alguna a la palabra del Señor. Cuando el profeta pronuncia advertencias, sus oídos están “tapados” (6:10), literalmente “incircuncisos”, “y no pueden comprender (véase la meditación de ayer). ¿Por qué? ¿Cuál es el problema? No están sordos físicamente, pero “la palabra del Señor los ofende; detestan escucharla” (6:10). Entretanto, los profetas y sacerdotes, según el Señor, “curan por encima la herida de mi pueblo, y les desean: ‘¡Paz, paz!’ ” (6:14). En otras palabras, la mayor parte de los líderes religiosos no están ocupándose de los pecados del momento no buscando reformar al pueblo de Dios. Más bien, dan charlas relajadas para personas ocupadas, evitando sobre todo temas como el juicio y el castigo. Su conducta es vergonzosa (6:15), porque no están advirtiendo ni reformando al pueblo, pero, lejos de sentirse avergonzados, “ni siquiera saben lo que es la vergüenza” (6:15). Se engañan creyendo que están haciendo lo correcto. Sin embargo, el profeta de Dios debe preguntar “por los senderos antiguos” y “por el buen camino”, no apartándose del mismo (6:16). No se trata de un llamamiento al tradicionalismo sin límites, sino a la revelación del pacto heredada, de la Palabra de Dios, que se está abandonando en favor de una ilusión consoladora. El pueblo dijo: “No prestaremos atención” (6:17). Dios dice: ellos “rechazaron mi enseñanza” (6:19).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 191). Barcelona: Publicaciones Andamio.