«En tu luz veremos la luz»

4 de noviembre

«En tu luz veremos la luz».

Salmo 36:9

Ningún labio puede dar conocer el amor de Cristo al corazón hasta que Jesús se lo revele. Todas las descripciones palidecen y se evaporan si el Espíritu Santo no las llena de vida y de poder. Hasta que nuestro Emanuel no se revele, el alma no podrá verlo. Si quisieras ver el sol, ¿reunirías acaso los medios comunes de iluminación y procurarías de esa manera ver al astro diurno? No; el hombre entendido sabe que el sol tiene que manifestarse a sí mismo, y que únicamente por medio de su propio resplandor puede contemplarse esa potente lámpara. Así acontece con Cristo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre». Estas palabras se las dijo el Salvador a Pedro. El purificar la carne y la sangre por cualquier proceso educativo que se pueda elegir eleva las facultades mentales al más alto grado de poder intelectual, pero nada de eso es capaz de revelar a Cristo. El Espíritu de Dios tiene que venir con poder y «hacer sombra» con sus alas al hombre y, después, en ese místico Lugar Santísimo, el Señor Jesús ha de mostrarse al hombre santificado como no lo hace a los miopes hijos de los hombres. Cristo debe ser su propio espejo. La gran mayoría de la gente de este mundo tiene los ojos enfermos y, por eso, no puede ver en absoluto las inefables glorias de Emanuel. Ven a Jesús sin forma —es decir, sin gracia—, como una raíz de tierra seca, desechada por el vanidoso y despreciada por el soberbio. A Jesús solo le comprende aquel cuyo ojo el Espíritu ha tocado con colirio, cuyo corazón él ha avivado con vida divina y cuya alma ha educado para gustar lo celestial. «Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso» (1 P. 2:7). Para ti, él es la principal piedra del ángulo, la Roca de tu salvación, tu todo en todo. No obstante, para los demás, Cristo es «piedra de tropiezo y roca que hace caer». Dichosos aquellos a quienes nuestro Señor se manifiesta, pues él promete a los tales que hará morada con ellos. ¡Oh Jesús, Señor nuestro, tenemos el corazón abierto, entra en él y no salgas de allí nunca más! ¡Revélate a nosotros ahora! Favorécenos con una vislumbre de tu irresistible encanto.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 319). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Su oración llegó a la habitación de su santuario, al cielo»

3 de noviembre

«Su oración llegó a la habitación de su santuario, al cielo».

2 Crónicas 30:27

La oración es el refugio que nunca falla para el cristiano, cualquiera que sea la situación o el aprieto en que se encuentre. Cuando no puedas emplear tu espada, puedes recurrir al arma de la oración ferviente. Tu pólvora es susceptible de mojarse y la cuerda de tu arco de distenderse, pero el arma de la oración ferviente jamás tiene por qué estar fuera de uso. El Leviatán se ríe de la jabalina, pero tiembla ante la oración. La espada y la lanza necesitan ser acicaladas, pero la oración nunca se embota. La oración es una puerta abierta que nadie puede cerrar. Los demonios quizá te rodeen por todos los lados, pero el camino hacia arriba siempre estará abierto; y mientras esa senda no se vea obstruida, jamás caerás en manos del enemigo. Siempre que los socorros celestiales desciendan a nosotros por la escalera de Jacob a fin de auxiliarnos en los momentos de necesidad, no seremos conquistados por bloqueo, por asalto, por mina o por ataque. La oración jamás se halla fuera de temporada: tanto en verano como en invierno, su mercancía es preciosa. La oración consigue audiencia en el Cielo a altas horas de la noche, en medio de las ocupaciones diarias, al mediodía o al caer la tarde. El Dios del pacto recibirá complacido tus oraciones y las contestará desde su santo lugar, cualquiera que sea tu condición: la pobreza, la enfermedad, la oscuridad, la calumnia o la duda. La oración nunca resulta vana. La plegaria genuina constituye siempre un verdadero poder. Quizá no en todo momento consigas aquello que pides; pero siempre quedarán suplidas tus verdaderas necesidades. Cuando Dios no responde a sus hijos según la letra, les responde según el espíritu. Si pides harina común, ¿te enojarás porque se te conceda la harina más fina? Si buscas sanidad física, ¿te lamentarás si, en lugar de ella, Dios hace que tu enfermedad física redunde en la sanidad de tus enfermedades espirituales? ¿No es mejor que tu cruz sea santificada en lugar de eliminada? No te olvides esta noche, alma mía, de presentar tu petición y tu solicitud, pues el Señor está pronto para concederte aquello que deseas.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 318). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Horror se apoderó de mí a causa de los inicuos que dejan tu ley»

2 de noviembre

«Horror se apoderó de mí a causa de los inicuos que dejan tu ley».

Salmo 119:53

Alma mía, ¿sientes este santo estremecimiento ante los pecados de los demás? Porque si no lo sientes, careces de santidad interior. Las mejillas de David estaban mojadas por ríos de lágrimas debido a la impiedad reinante; Jeremías deseaba que sus ojos se convirtieran en fuentes de agua para llorar las iniquidades de Israel; y Lot se sintió abrumado por la conducta de los hombres de Sodoma. Aquellos sobre quienes se puso una señal (en la visión de Ezequiel), eran los que suspiraban y clamaban por las abominaciones de Jerusalén. No puede sino contristar a las almas bondadosas el ver el trabajo que se toman los hombres para ir al Infierno. Ellas conocen experimentalmente el mal del pecado, y se sienten alarmadas de ver a otros volar como polillas hacia su fuego. El pecado hace que el justo se estremezca, porque viola una ley santa que debiera guardarse por el más alto interés de todo hombre. El pecado derriba los pilares de la nación. El pecado practicado por otros horroriza al creyente, porque le recuerda la ruindad de su propio corazón. Cuando ve a un transgresor clama como el santo mencionado por Bernardo: «Él cayó hoy, y yo puedo caer mañana». El pecado es horrible para el creyente, porque crucificó al Salvador. El creyente ve en toda iniquidad los clavos y la lanza. ¿Cómo puede un alma salvada ver sin horror a ese maldito matador de Cristo? Di, corazón mío, ¿apruebas todo esto? Es espantoso insultar a Dios en su rostro. Dios merece mejor trato: él lo reclama y él lo obtendrá; de lo contrario, dará el pago en su cara a sus adversarios. Un corazón despierto tiembla ante la audacia del pecado y se siente alarmado por la contemplación de su castigo. ¡Cuán monstruosa es la rebelión! ¡Qué juicio tan horrible aguarda al impío! Alma mía, nunca te rías de las locuras del pecado, no sea que llegues a reírte del pecado en sí. El pecado es tu enemigo y el enemigo de tu Señor. Míralo con odio; pues solo así puedes demostrar que posees esa santidad sin la cual nadie verá al Señor.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 317). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre»

1 de noviembre

«Y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre».

Mateo 24:39

Este juicio fue universal: no se escapó del mismo ni el rico ni el pobre. Todos se hundieron en la común ruina: el erudito y el iletrado; el admirado y el aborrecido; el religioso y el profano; el anciano y el joven… Algunos, sin duda, ridiculizaron al patriarca. ¿Dónde están ahora sus burlonas carcajadas? Otros lo amenazaron por su celo, que consideraban locura. ¿Dónde están ahora sus palabras ofensivas y jactanciosas? El crítico que juzgó la obra del anciano está anegado en el mismo mar que oculta a sus burlones compañeros. Los que hablaron en términos elogiosos de la lealtad que Noé mostró hacia sus convicciones, pero no las hicieron suyas, se hundieron para no levantarse jamás; y los operarios que, por un sueldo, ayudaron a construir la maravillosa arca, se perdieron también para siempre. El Diluvio los barrió a todos, sin hacer excepción alguna. Así también, fuera de Cristo, una segura destrucción aguarda a todo hombre nacido de mujer. Ni la posición social, ni las posesiones, ni la fama serán suficientes para salvar a una sola alma que no crea en el Señor Jesús. Alma mía, contempla este juicio universal y tiembla al pensar en el mismo!

¡Resulta sorprendente la apatía de los contemporáneos de Noé! Comían, bebían, se casaban y se daban en casamiento, hasta que llegó el espantoso día. Fuera del arca no quedó ni un solo hombre prudente. La insensatez había embaucado a todos los seres humanos que estaban en la tierra. Era la más insensata de todas las insensateces: aquella que lleva al hombre a descuidar su propia preservación. Era la insensatez de dudar del verdadero Dios: la más necia de todas las necedades. ¿No es esto extraño, alma mía? Todos los hombres descuidan sus almas hasta que la gracia les da entendimiento; es entonces, y solo entonces, cuando los hombres dejan su insensatez y actúan como seres racionales.

Todos, bendito sea Dios, estaban seguros en el arca: ninguna ruina entró en la misma. Desde el corpulento elefante hasta el ratoncito, todos estuvieron seguros. Todos están seguros también en Jesús. Alma mía, ¿te encuentras tú en él?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 316). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Yo te conocí en el desierto, en tierra seca»

31 de octubre

«Yo te conocí en el desierto, en tierra seca».

Oseas 13:5

Sí, Señor, tú en verdad me conociste en mi condición de caído y, a pesar de ello, me elegiste para ti. Cuando era aborrecible y me aborrecía a mí mismo, tú me recibiste como hijo tuyo y satisficiste mis múltiples necesidades. ¡Bendito para siempre sea tu nombre por esta rica, libre y abundante gracia! Desde entonces, mi experiencia íntima ha sido frecuentemente la de un desierto; pero, sin embargo, tú me has reconocido como tu amado y has derramado sobre mí raudales de amor y de gracia para alegrarme y hacerme fructífero. Más aún: cuando mis circunstancias externas estaban en lo peor y yo vagaba en tierra seca, tu grata presencia me trajo solaz. Los hombres no me conocieron cuando el desprecio me aquejaba, pero tú conociste mi alma en las adversidades, porque no hay aflicción que empañe el brillo de tu amor. Te alabo, oh Señor de grandísima bondad, porque en circunstancias dolorosas me has mostrado tu perfecta fidelidad, y deploro, al mismo tiempo, que en algún momento te haya olvidado. Lamento también que mi corazón se enalteciera cuando, en realidad, todo se lo debo a tu benignidad y amor. ¡Ten en esto misericordia de tu siervo!

Alma mía, si Jesús te reconoció en tu condición perdida, asegúrate de reconocerlo ahora tú a él y a su causa mientras estás en prosperidad. No te enaltezcas por tus éxitos terrenales hasta el punto de avergonzarte de la verdad y de la humilde Iglesia a la cual te has unido. Sigue a Jesús al desierto; lleva la cruz con él cuando el calor de la persecución aumente. ¡Oh alma mía, él te reconoció en tu pobreza y en tu vergüenza! Nunca seas, pues, tan pérfida como para avergonzarte de él. ¡Ojalá me avergonzara más bien de pensar siquiera en avergonzarme de mi Amado! Jesús, mi alma se une a ti.

Jesús, mi Salvador, ¿será posible

que se avergüence algún mortal de ti,

y que, olvidando tus sublimes hechos,

lo que tú has sido niegue para sí?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 315). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«¡Oh, tú que habitas en los huertos, los compañeros escuchan tu voz; házmela oír!»

30 de octubre

«¡Oh, tú que habitas en los huertos, los compañeros escuchan tu voz; házmela oír!».

Cantares 8:13

Mi afable Señor Jesús recuerda muy bien el huerto de Getsemaní; pero, como ya ha dejado ese lugar, ahora habita en el huerto de la Iglesia. Allí él abre su corazón a quienes cultivan su bendita amistad. La amorosa voz con que él habla a su amada es más melodiosa que las arpas del Cielo. Hay en ella una profundidad tal de amor melódico que supera toda música humana. Decenas de millares en la tierra y millones en el Cielo se deleitan con los armoniosos acentos de la voz de Jesús. Algunos a quienes conozco bien y a quienes envidio grandemente están en este momento escuchando su querida voz. ¡Ah, si pudiese participar de las alegrías de ellos! Es verdad que entre ellos algunos son pobres; otros están postrados en cama; y otros yacen cerca de las puertas de la muerte. Pero, oh Señor mío, con tal de oír tu voz yo padecería alegremente hambre con ellos, me consumiría con ellos o moriría con ellos. En otro tiempo yo oía esa voz con frecuencia, pero contristé tu Espíritu. Vuelve a mí con compasión y dime una vez más: «Yo soy tu salvación». Ninguna otra voz puede contentarme. Yo conozco la voz tuya y no hay otra que sea capaz de engañarme. Te ruego que me permitas oírla. No sé, oh Amado mío, lo que me dirás, ni te pongo condición alguna; lo único que quiero es oírte hablar. Si lo que tienes que darme es una reprensión, te alabaré por ella. Quizá para purificar mi oído se necesite una operación muy penosa para la carne; pero, sea lo que sea, no me apartaré de este vehemente deseo: «Hazme oír tu voz». Horada mi oreja otra vez; hiere mi oído con tus notas más agudas. Lo único que te pido es que no permitas que continúe sordo a tu voz. Señor, cumple esta noche el deseo de tu indigno siervo, porque yo soy tuyo y tú me has comprado con tu sangre. Tú has abierto mis ojos para que te vea y tu presencia me ha salvado. Señor, abre mis oídos. He leído tu corazón; déjame ahora oír tus labios.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 314). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Mas los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen»

29 de octubre

«Mas los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen».

Lucas 24:16

Los discípulos debieran haber reconocido a Jesús. Habían oído su voz tan a menudo; habían mirado aquel rostro desfigurado tantas veces, que resulta asombroso que no lo hayan conocido. Sin embargo, ¿no pasa lo mismo contigo? Tú no has visto a Jesús en estos últimos días. Has estado en su mesa y no te has encontrado con él. Esta noche estás pasando por una dura prueba y, aunque él te dice claramente: «Yo soy, no temáis», no puedes reconocerlo. ¡Ay, nuestros ojos están velados! Conocemos su voz, hemos mirado su rostro, hemos reclinado nuestras cabezas sobre su pecho y, sin embargo, aunque Jesús se halla muy cerca de nosotros, decimos: «¡Ojalá supiese dónde hallarlo!». Nosotros debiéramos reconocer a Jesús, pues tenemos las Escrituras que reflejan su imagen; pero, sin embargo, ¡cuán fácil es abrir ese precioso libro y no tener una vislumbre del Bien Amado! Querido hijo de Dios, ¿te ocurre esto a ti? Jesús apacienta entre los lirios de la Palabra; y tú andas entre esos lirios y, sin embargo, no le ves. Él está acostumbrado a atravesar los claros de las Escrituras y departir con los suyos como el Padre lo hizo con Adán, «al aire del día»; sin embargo, tú, aunque te encuentras en el huerto de la Palabra de Dios, no puedes verlo, a pesar de que él esté allí. ¿Y por qué no lo vemos? Porque, como los discípulos, manifestamos incredulidad. Por lo visto, ellos no esperaban ver a Jesús y, por esa razón, no le reconocieron. Generalmente, en las cosas espirituales, obtenemos aquello que esperamos del Señor: solo la fe puede hacernos ver a Jesús. Haz tuya esta oración: «Señor, abre mis ojos para que vea que mi Salvador está conmigo». Querer verlo supone una bendición; pero, ¡ah, es mucho mejor contemplarlo! Él es amable para los que le buscan, pero para los que lo hallan es indeciblemente querido.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 313). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Su cabeza como oro finísimo; sus cabellos crespos, negros como el cuervo

28 de octubre

«Su cabeza como oro finísimo; sus cabellos crespos, negros como el cuervo».

Cantares 5:11

Todas las comparaciones para describir al Señor Jesús fracasan, pero la Esposa utiliza para ello la mejor analogía que tiene a su alcance. Por la cabeza de Jesús entendemos su deidad: porque «la cabeza de Cristo es Dios»; entonces, el lingote de oro purísimo es la mejor metáfora que se pueda concebir. Sin embargo, todo resulta demasiado pobre para hablar de un ser tan precioso, tan puro, tan querido y tan glorioso. Jesús no es solo una pepita de oro, sino un mundo inmenso del rico metal: una incalculable masa de tesoro que ni la tierra ni el Cielo pueden superar. Las criaturas son mero hierro y barro; todas ellas perecerán como madera, heno y hojarasca; pero la eterna Cabeza de la creación de Dios resplandecerá por siempre jamás. En él no hay mezcla, ni la más pequeña señal de aleación. Él es por siempre infinitamente santo y enteramente divino. Los cabellos crespos representan su vigor varonil. En nuestro Amado no hay ningún afeminamiento: él es el más viril de los hombres. Valiente como un león, laborioso como un buey, veloz como un águila. Aunque una vez se viera despreciado y desechado entre los hombres, en Jesús se halla toda belleza concebible e inconcebible.

Cabeza ensangrentada, / herida por mi bien,

de espinas coronada, / por fe mis ojos ven.

La gloria de su cabeza no está rapada; al contrario, nuestro Amado se ha visto coronado para siempre con incomparable majestad. El cabello negro indica hermosura juvenil: pues Jesús tiene sobre sí el rocío de la juventud. Otros decaen con los años, pero él es Sacerdote para siempre como lo fue Melquisedec. Otros aparecen y desaparecen; mas él permanece por los siglos de los siglos como Dios sobre su Trono. Esta noche lo contemplaremos y lo adoraremos. Los ángeles lo contemplan; por tanto, sus redimidos no deben apartar de él la mirada. ¿En qué lugar hay un Amado como el nuestro? ¡Ah, si pudiésemos tener con él un momento de comunión! ¡Afuera, preocupaciones intrusas! Jesús me atrae hacia sí, y yo corro en pos de él.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 312). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Todos nosotros somos como suciedad»

27 de octubre

«Todos nosotros somos como suciedad».

Isaías 64:6

El creyente es una nueva criatura que pertenece a una generación santa y a un pueblo peculiar. El Espíritu de Dios habita en él y, por tanto, está muy alejado, en todos los sentidos, del hombre natural; pero, con todo, por la imperfección de su naturaleza, sigue siendo un pecador y lo seguirá siendo hasta el fin de su vida terrenal. Los negros dedos del pecado dejan manchas en nuestros vestidos más hermosos. El egoísmo profana nuestras lágrimas y la incredulidad se mezcla con nuestra fe. Las mejores cosas que en alguna oportunidad hemos hecho aparte de los méritos de Jesús, solo consiguieron aumentar el número de nuestros pecados. Pues, cuando a nuestros propios ojos hemos sido muy limpios, no lo hemos sido a los ojos de Dios, para quien «ni aun los cielos son limpios» (Job 15:15). Y como él «notó necedad en sus ángeles» (Job 4:18), mucho más la notará en nosotros, aun en los períodos de mayor consagración. El canto que conmueve los cielos y procura emular los seráficos acordes, contiene discordancias humanas. La oración que mueve el brazo de Dios es, con todo, una oración magullada y cascada, y la razón por que mueve ese brazo es porque Aquel que no pecó, el gran Mediador, ha entrado para quitar el pecado de nuestra oración. La fe más valiosa o la santificación más pura que un cristiano haya alcanzado alguna vez en este mundo, tiene tanta mezcla que, si la consideramos en sí misma, solo es digna de las llamas. Todas las noches que nos miramos en el espejo, vemos solamente a pecadores que tienen necesidad de hacer esta confesión: «Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias, como trapos de inmundicia» (Is. 64:6). ¡Ah, cuán preciosa es la sangre de Cristo para unos corazones como los nuestros! ¡Qué inapreciable don constituye la justicia perfecta! ¡Y cuán viva es la esperanza de una perfecta santidad en el Más Allá! Aun ahora, aunque el pecado está en nosotros, su poder ha quedado destruido. Él ya no tiene el dominio: es una serpiente deslomada. Estamos en rudo conflicto contra el pecado; pero el enemigo con quien tenemos que habérnoslas es un enemigo vencido. No obstante, en breve, entraremos victoriosamente en la Ciudad donde nada hay que contamine.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 311). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo»

26 de octubre

«Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo».

Eclesiastés 1:7

Todas las cosas terrestres están en movimiento; el tiempo no descansa jamás. La sólida tierra es una esfera que rueda, y el gran sol mismo una estrella que describe obedientemente su órbita en torno a un astro mayor que él. Las mareas sacuden el mar; los vientos agitan el altanero océano y la fricción desgasta la roca. El cambio y la muerte imperan por doquier. El mar no almacena codiciosamente su caudal de aguas; pues, si bien esas aguas entran en él por un cauce, por otro se elevan de él. Los hombres nacen para morir. Todas las cosas producen confusión, ansiedad y aflicción de espíritu. Amigo del inmutable Jesús, ¡cuán gozoso te sientes al pensar en tu herencia inmutable y en tu mar de felicidad, mar que estará lleno por siempre, pues Dios mismo verterá en él ríos eternos! Nosotros buscamos una ciudad permanente que está más allá del firmamento, y no nos veremos defraudados en nuestra esperanza.

El pasaje que tenemos delante bien puede enseñarnos a ser agradecidos. El padre Océano es un gran receptor, pero también es un generoso repartidor. Aquello que los ríos llevan al mismo, él lo devuelve a la tierra en forma de nubes y lluvia. El que lo recibe todo y no devuelve nada está desligado del universo. Dar a otros no es sino sembrar para nosotros mismos; y al que demuestra ser tan buen mayordomo que voluntariamente utiliza sus bienes para la obra del Señor, se le concederán más. Amigo de Jesús, ¿estás dando a tu Salvador según los beneficios que recibes? Mucho se te ha dado, ¿cuál es tu fruto? ¿Lo has hecho todo? ¿No puedes hacer algo más? Ser egoísta significa ser malvado. Supón que el océano no compartiese nada de sus abundantes aguas: eso llevaría a la ruina a nuestra raza. Quiera Dios que ninguno de nosotros siga la política cicatera y fatal de vivir para sí mismo. Jesús no se agradó a sí mismo; toda la plenitud habita en él, pero de su plenitud tomamos todos. ¡Ojalá pudiésemos tener el espíritu de Jesús para, de aquí en adelante, no vivir para nosotros mismos!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 310). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.