9 JULIO

Josué 11 | Salmo 144 | Jeremías 5 | Mateo 19
Los versículos 12–14 del Salmo 144 reflejan una situación idílica en la tierra: hijas e hijos numerosos y saludables, los graneros llenos de provisiones, los campos llenos de ganado, un comercio próspero, defensas militares seguras, libertad respecto a alguna potencia regional, bienestar y contentamiento en las calles. ¿Qué fomentará estas condiciones?
La respuesta se resume en el último versículo: “¡Dichoso el pueblo que recibe todo esto! ¡Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor!” (144:15). Esta última línea no significa meramente que este pueblo prefiere un cierto tipo de religión. Supone, más bien, que si este Dios -el único Dios verdadero- posee a un pueblo -un pueblo que al confesarle como su Dios confían en él y le adoran y obedecen-, ese pueblo ciertamente es dichoso. Y como este último versículo es un resumen, el desarrollo de este concepto se encuentra en el resto del salmo.
El salmo empieza con una alabanza al “Señor, mi Roca” – un símbolo que evoca absoluta estabilidad y seguridad. Este Dios entrena las manos del rey para la guerra; es decir, su reinado providencial obra al suplirle y fortalecer a aquellos cuya responsabilidad es proveer la defensa nacional, mientras estos, por su parte, confían en él y no interpretan su capacidad militar como señal de superioridad innata (144:1–2). Todo lo contrario: los seres humanos son efímeros, fugaces como sombras (144:3–4). Lo que necesitamos es la presencia del Soberano del universo, su poderosa intervención: “Abre tus cielos, Señor, y desciende; toca los montes y haz que echen humo” (144:5). Cuando el Señor extiende su mano, David y su pueblo son librados del peligro, la opresión y el engaño (144:7–8). Lo que esto evoca es alabanza fresca a Aquel “que da victoria a los reyes, el que rescata… a David su siervo” (144:10). Cuando Dios interviene, el resultado es la seguridad y el fruto descritos en los versículos 10–15.
Aquí vemos un equilibrio que resulta difícil de entender y casi imposible de lograr. Es aplicable tanto al avivamiento en la iglesia como a la seguridad y prosperidad de la antigua nación de Israel. Por un lado, hay un reconocimiento profundo de que lo que hace falta es que el Señor abra los cielos y descienda. Pero, por otro, esto no genera pasividad ni fatalismo, porque David está seguro de que la fuerza del Señor le capacita para luchar con éxito. Lo que no necesitamos es una mentalidad arrogante de “yo sí puedo” a la que le enganchamos a Dios al final, ni una espiritualidad trillada que confunde la pasión con la pasividad. Lo que precisamos es el poder del Dios soberano y transformador.
Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 190). Barcelona: Publicaciones Andamio.