11 de julio

«De esto contaréis a vuestros hijos, y vuestros hijos a sus hijos, y sus hijos a la otra generación».
Joel 1:3
De esta forma sencilla debe conservarse siempre en el país, por la gracia de Dios, un testimonio viviente del evangelio. Los amados del Señor han de transmitir sus testimonios del evangelio y del pacto a sus propios herederos y estos, a su vez, a sus descendientes inmediatos. He aquí nuestro primer deber. Tenemos que empezar con la propia familia. El predicador que no comienza su ministerio en el hogar es un mal predicador. Hay que buscar a los paganos por todos los medios, y deben explorarse los caminos y los vallados, pero el hogar de uno tiene prioridad y ¡ay de quienes inviertan el orden de las disposiciones del Señor. Enseñar a nuestros hijos es un deber personal: no podemos delegar dicho deber en los maestros de la escuela dominical u otras benevolentes ayudas. Estas pueden auxiliarnos, pero no librarnos de nuestra sagrada obligación. Los apoderados y los patrocinadores son recursos perniciosos para este fin. Las madres y los padres deben, como Abraham, gobernar sus familias en el temor de Dios y hablar con sus hijos de las maravillosas obras del Altísimo. La enseñanza de los progenitores es un deber natural. ¿Quién hay más apropiado para velar por el bienestar de sus hijos que los padres? Desatender la instrucción de nuestros hijos es más que cruel. La religión familiar resulta necesaria para la nación, para la familia misma y para la Iglesia de Dios. Con mil ardides, el papismo está avanzando encubiertamente. Uno de los medios más efectivos para resistir su irrupción ha quedado casi olvidado: a saber, la instrucción de nuestros hijos en la fe. Dios quiera que los padres lleguen a tener una comprensión exacta de la importancia de este asunto. Es un grato deber el hablar de Jesús a nuestros hijos e hijas, y tanto más cuanto que esta labor ha demostrado ser, a menudo, una obra aceptable, ya que Dios ha salvado a los hijos por medio de las oraciones y las admoniciones de sus progenitores. ¡Ojalá que cada hogar en el que entre este libro honre al Señor y reciba su beneplácito!
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 202). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.