15 de julio

«Apareció primeramente a María Magdalena».
Marcos 16:9
Jesús «apareció primeramente a María Magdalena»: no solo por su gran amor, sino también probablemente porque, como indica el texto bíblico, ella había sido un trofeo especial del poder libertador de Cristo. Aprendamos de esto que la magnitud de los pecados cometidos antes de nuestra conversión no deberían hacernos pensar que no podamos vernos especialmente favorecidos con el más alto grado de comunión. María era una persona que había dejado todo para transformarse en una fiel servidora del Salvador. Él era su primer y principal objetivo: muchos que estaban del lado de Cristo no tomaron su cruz, pero ella la tomó. María invirtió sus bienes en aliviar las necesidades del Señor. Si queremos ver mucho de Cristo, sirvámosle. Dime quiénes son los que se sientan más frecuentemente bajo la bandera de su amor y beben profundos tragos de la copa de la comunión, y estoy seguro de que serán aquellos que más dan, sirven mejor y permanecen más unidos al corazón sangrante de su querido Señor. Sin embargo, observa cómo Cristo se revela a esta mujer apesadumbrada con una sola palabra: «María». Ella necesitó solo una palabra y, enseguida, lo reconoció; y su corazón manifestó la lealtad que le tenía mediante otra sola palabra, porque estaba demasiado lleno para decir ninguna más. Aquella palabra debió de ser la más apropiada para la ocasión, pues implica obediencia. Le dijo: «Maestro». No hay ningún estado de ánimo para el cual esta confesión de lealtad resulte demasiado fría. No; cuando tu espíritu arda más intensamente con el fuego celestial, entonces dirás: «Yo soy tu siervo […] tú has roto mis prisiones» (Sal. 116:16). Si puedes decir: «Maestro»; si sientes que su voluntad es tu voluntad, entonces, estás en una posición de felicidad y santidad. Él tuvo que decir: «María», de lo contrario tú no hubieras podido decir «Raboni». Observa, pues, en todo esto, cómo Cristo honra a quienes le honran a él; cómo el amor atrae a nuestro Amado; cómo no se necesita más que una palabra suya para cambiar nuestro llanto en regocijo; cómo su presencia ilumina nuestro corazón.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 206). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.