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Devocional, Familia, Todos los Artículos, Vida Cristiana

“Adoración espiritual”

22 AGOSTO

1 Samuel 14 | Romanos 12 | Jeremías 51 | Salmo 30

Entre los temas principales de Pablo en su carta a los romanos se encuentra la absoluta gratuidad de la gracia, la asombrosa abundancia de misericordia que ha embargado a judíos y gentiles por igual. Somos igualmente culpables; de la misma manera, somos justificados, perdonados y renovados, debido a la insondable misericordia de Dios.

A la luz de tal misericordia, Pablo exhorta a sus lectores a ofrecer “su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios” (Romanos 12:1). Estamos tan acostumbrados a escuchar este versículo, que ya no nos choca lo raro que es. En el mundo antiguo, un sacrificio tenía que estar vivo, desde luego, pero lo que lo convierte en sacrificio es su muerte. Pero Pablo quiere que ofrezcamos nuestros cuerpos como sacrificios vivos, es decir, como “sacrificios” continuos que responden a la misericordia de Dios dedicándole a él, no sólo el cuerpo, sino todo nuestro ser. Tales sacrificios son “santos y agradables” a él. La idea es que, a la luz de la incomparable misericordia que hemos recibido, debemos querer, como mínimo, agradarle.

Estos sacrificios constituyen nuestra “adoración espiritual”. El adjetivo que se traduce como “espiritual” abarca tanto lo espiritual como lo “razonable” o tal vez, “racional”. Estos no son los sacrificios ofrecidos en un templo, que comienzan con un derramamiento de sangre, continúan con la quema del cuerpo y concluyen con la comida selectiva de la carne. La adoración del nuevo pacto ya no está atada al templo ni a las exigencias rituales del pacto del Sinaí. La manera como vivimos, en respuesta a la misericordia de Dios, es el corazón de la adoración cristiana.

Si queremos saber cómo se plasma en la vida cotidiana, el segundo versículo nos presenta los aspectos prácticos en principio y los siguientes versículos le dan una forma concreta. Ofrecer nuestro cuerpo como sacrificio vivo a Dios significa dejar de conformarnos al patrón de este mundo y renovar nuestra mente (12:2). En otras palabras, lo que está en juego no es meramente el comportamiento externo, mientras por dentro permanecemos atados por el odio, la lujuria, el engaño, la envidia, la avaricia, el temor, la amargura y la arrogancia; todos ellos, pecados que podemos esconder cuidadosamente. Lo que está en juego es la transformación de nuestra manera de pensar, alinear nuestra mente con los caminos y con la Palabra de Dios. Esto provocará el cambio de conducta que es necesario y sabio, y dicho cambio será radical. Mediante esta transformación fundamental, seremos capaces de comprobar en nuestra experiencia cuál es la voluntad de Dios y descubriremos que es “buena, agradable y perfecta” (12:2). A la luz de Romanos 8:9, sin duda el poder motivador para esta transformación es el Espíritu de Dios. Pero esa verdad magnífica no nos libra de tomar la determinación, sino que nos da el poder para hacerlo.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 234). Barcelona: Publicaciones Andamio.

 

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