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Devocional, Familia, Todos los Artículos, Vida Cristiana

¡Celos!

26 AGOSTO

1 Samuel 18 | Romanos 16 | Lamentaciones 3 | Salmo 34

Los celos que se describen en 1 Samuel 18 son algo terrible.

(1) Se fundamenta en un enfoque en uno mismo que es feo y sin restricción. En su mundo, Saúl necesitaba ser el número uno. Esto significa que nadie podía superarle en nada porque le provocarían celos. Ni por un instante ve las cosas desde la perspectiva de los demás: la de David, por ejemplo, o la de Jonatán. Decididamente tampoco puede ver nada desde la perspectiva divina. Su autoenfoque parte del egocentrismo que se encuentra en el corazón de toda la pecaminosidad humana, pero, por su intensidad y magnitud, cobra tal dimensión que, a la vez, pierde contacto con la realidad y adopta la idolatría más elemental.

(2) Se ve impulsado por innumerables comparaciones, eternas evaluaciones de quién está arriba y quién abajo. Por lo tanto, si los éxitos de David redundan a favor de Saúl, este se complace; pero si alguien hace alguna comparación entre Saúl y David que de alguna manera desacredita a Saúl, se pone celoso (18:7–8). Mientras los logros de David fueran un indicador de que “el Señor estaba con David” (18:12–28), Saúl siente celos porque sabe que el Señor no está con él. La tragedia es que reconocer esto no le lleva al arrepentimiento, sino a los celos, intensificados incluso por el amor de Mical, la hija de Saúl, hacia David (18:28–29). Actuar así está inevitablemente encadenado al temor; una y otra vez se nos dice que Saúl sentía temor hacia David (18:12, 15, 29). David se había convertido en una amenaza insoportable. Unos celos así no pueden tolerar las habilidades de los demás.

Hay que decir que muchos líderes, incluso cristianos, aunque no sucumben a este grado de maldad, gustan rodearse de personas menos competentes, pensando que de esa manera podrán preservar su propia imagen o autoridad. No lo logran, por supuesto; sencillamente, se convierten en jefes de individuos incompetentes. A la larga, su propia reputación se deteriora. Pero los celos son un pecado tan ciego, que estas realidades por obvias que sean, no se pueden admitir.

(3) En los peores casos, este tipo de celos va progresivamente devorando. Trastoca la mente a Saúl y se multiplica como un cáncer. Explota con una violencia descontrolada (18:10–11) y le da forma a conspiraciones perversas que atrapan a la propia familia de Saúl (18:20–27). En los capítulos siguientes, se convierte en algo más allá de la rabia: un odio implacable que envía a los soldados contra un hombre inocente que hace que Saúl se sienta inseguro.

Un creyente que quiere exaltar el nombre del Señor sobre todo lo demás, que desea genuinamente el bien del pueblo de Dios y que está perfectamente satisfecho con confiarle su reputación a Dios, jamás sucumbirá al pecado de los celos.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 238). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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