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Devocional, Familia, Todos los Artículos, Vida Cristiana

A todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos

7 de diciembre

«A todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos».

1 Corintios 9:22

El gran objetivo de Pablo no era solo instruir y corregir, sino salvar. Cualquier otra finalidad que no fuese esta, le habría desilusionado. Él quería que los hombres experimentaran la renovación de sus corazones, fuesen perdonados y santificados; en fin, que fuesen salvados. ¿Han tenido nuestras actividades cristianas un objetivo inferior a este? Entonces, rectifiquemos nuestros métodos, ¿porque qué valdrá, en el último gran día, el haber enseñado y moralizado a los hombres, si estos comparecen delante de Dios sin ser salvos? Rojas como la sangre estarán nuestras ropas si durante la vida hemos buscado un objetivo inferior a este y olvidado que los hombres necesitan la salvación. Pablo sabía que la condición del hombre natural era degradante y no procuraba educarlo sino salvarlo. Veía a los hombres hundiéndose en el Infierno y no trataba de pulirlos, antes bien de salvarlos de la ira venidera. Para lograr la salvación de los hombres, el Apóstol se dio a sí mismo, con incansable celo, a predicar el evangelio en todo lugar, exhortando y rogando a los hombres que se reconciliasen con Dios. Sus oraciones eran insistentes y sus trabajos incesantes. Su ardiente pasión, su ambición y su vocación eran salvar almas. Pablo se constituyó en siervo de todos los hombres, sufriendo desvelos por los de su nación y sintiendo un ¡ay! interior si no predicaba el evangelio. Él dejó sus preferencias para evitar los prejuicios; sometió su voluntad con respecto a las cosas secundarias y, con tal de que los hombres recibieran el evangelio, no promovía discusiones en cuanto a formas y ceremonias. El evangelio era su única e importantísima ocupación. Si podía ser el instrumento de la salvación de alguno, se sentía satisfecho. Querido lector, ¿hemos vivido tú y yo para ganar almas en esta noble forma? ¿Estamos dominados por ese mismo deseo? Si no lo estamos, ¿a qué puede deberse? Jesús murió por los pecadores, ¿no somos capaces nosotros de vivir para ellos? ¿Dónde está nuestra compasión? ¿Dónde nuestro amor a Cristo, si no buscamos su gloria en la salvación de los hombres? ¡Ojalá que el Señor nos sature con un celo imperecedero por las almas de los hombres!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 352). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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