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1 Reyes 13 | Filipenses 4 | Ezequiel 43 | Salmos 95–96

10 OCTUBRE

1 Reyes 13 | Filipenses 4 | Ezequiel 43 | Salmos 95–96

Han transcurrido casi veinte años desde la experiencia visionaria en la que Ezequiel contempló la gloria de Dios abandonando el templo (Ezequiel 10:18–22; 11:22–24). Aquí, en Ezequiel 43:1–12, es testigo del regreso del Señor.

Numerosas expresiones y frases nos recuerdan que la gloria que el profeta percibe ahora debe identificarse con la visión del trono móvil de los capítulos 1–3, y con la que abandonó el templo y la ciudad en 8–11. Ezequiel lo deja muy claro: “Esta visión era semejante a la que tuve cuando el Señor vino a destruir la ciudad de Jerusalén, y a la que tuve junto al río Quebar” (43:3).

Dentro de la estructura simbólica de la visión, esto significa que Dios se está manifestando en medio de su pueblo una vez más. Este debe responder avergonzándose de sus pecados (43:10–11) y adecuándose perfectamente a todo lo que él prescriba (43:11).

La culminación de esta visión dentro del libro de Ezequiel se encuentra en el último versículo del mismo: “Desde aquel día el nombre de la ciudad será: EL SEÑOR ESTÁ AQUÍ” (48:35). Eso es maravilloso. Cualquier lugar donde el Señor esté es santo. “Por eso, disponeos para actuar con inteligencia; tened dominio propio; poned vuestra esperanza completamente en la gracia que se os dará cuando se revele Jesucristo. Como hijos obedientes, no os amoldéis a los malos deseos que teníais antes, cuando vivíais en la ignorancia. Más bien, sed santos en todo lo que hagáis, como también es santo quien os llamó; pues está escrito: ‘Sed santos, porque yo soy santo’ ” (1 Pedro 1:13–16). Juan tuvo una visión de “la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, procedente de Dios” (Apocalipsis 21:2). La voz gritó: “¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios! Él acampará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios” (Apocalipsis 21:3).

Siempre debemos recordar lo siguiente: el Evangelio no es admirado en las Escrituras principalmente por la transformación social que lleva a cabo, sino porque reconcilia a hombres y mujeres con un Dios santo. Su propósito no es que podamos sentirnos satisfechos, sino que podamos reconciliarnos con el Dios viviente y santo. La consumación es deliciosa para el pueblo transformado de Dios. No lo es simplemente porque el entorno del nuevo cielo y la nueva tierra sea agradable, sino porque vivimos, trabajamos y adoramos para siempre en el resplandor incontenible de la presencia de nuestro santo Hacedor y Redentor. Esta perspectiva debe dar forma al estilo de vida y servicio de la iglesia, y determinar el pulso de su ministerio. La única alternativa es una idolatría altisonante y egoísta.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 283). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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