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1 Reyes 15 | Colosenses 2 | Ezequiel 45 | Salmos 99–101

12 OCTUBRE

1 Reyes 15 | Colosenses 2 | Ezequiel 45 | Salmos 99–101

Algunos de los salmos se encuentran agrupados en colecciones. Los que van del 93 al 100 celebran el reinado y la venida del Señor. Temáticamente, sin embargo, abarcan desde el júbilo eufórico del Salmo 98 (la meditación de ayer) hasta un sobrecogimiento más sutil pero profundamente sumiso. Después del gozo incontenible del Salmo 98, en el Salmo 99 encontramos una profunda reverencia. Pasamos de un festival de adoración a una catedral.

El salmo se divide en dos partes. La línea que se repite, “¡él es santo!” (99:3, 5), establece el tema de la primera. No dice algo tan simple como que Dios es bueno o moral (aunque no excluye dichas nociones). Se hace hincapié en la “Deidad” total de Dios, lo que lo diferencia de los seres humanos. Sólo él es Dios. Los dos ejemplos de la frase “él es santo” tienen el propósito de resumir las líneas precedentes en cada caso. (a) El Señor reina; es exaltado sobre los poderosos querubines (99:1). Aunque se manifiesta en Sión, no es una deidad tribal: “¡excelso sobre todos los pueblos!” (99:2). “Sea alabado su nombre grandioso e imponente” (99:3) y después el estribillo que resume, “él es santo”. (b) Si él reina sobre todas las cosas, es el Rey supremo (99:4). No sólo es poderoso, sino que ama la justicia y la ecuanimidad, lo cual se despliega eminentemente en la comunidad de su pacto: “Has actuado en Jacob con justicia y rectitud” (99:4). Solo existe una única respuesta apropiada ante un Dios semejante: “Exaltad al Señor nuestro Dios; adoradlo ante el estrado de sus pies” (99:5), y de nuevo el estribillo resumen, “él es santo”.

La segunda parte del salmo contempla la verdad de que, aunque es exaltado y santo, Dios eligió revelarse a los seres humanos. Tal vez pensemos que Moisés, Aarón y Samuel eran casi sobrehumanos. Sin embargo, el salmista se preocupa de colocarlos entre los sacerdotes y entre aquellos que invocaron su nombre: no eran fundamentalmente diferentes de los demás. Además, eran frágiles e imperfectos como todos nosotros. Según el versículo 8, Dios fue para ellos (no “para Israel”) “un Dios perdonador”, aunque castigó sus rebeliones.

Así pues, el tema de la santidad del Señor no acaba en la simple trascendencia, sino en un Dios inimaginablemente misericordioso que se revela a nosotros, los seres humanos, incluso cuando nos rebelamos contra él. Si su santidad es revelada en su misericordia y en su ira, dicha santidad ni debe desesperarnos, ni debemos presumir de ella. “Exaltad al Señor nuestro Dios; adoradlo en su santo monte: ¡Santo es el Señor nuestro Dios!” (99:9).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 285). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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