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1 Reyes 17 | Colosenses 4 | Ezequiel 47 | Salmo 103

14 OCTUBRE

1 Reyes 17 | Colosenses 4 | Ezequiel 47 | Salmo 103

Uno de los salmos más hermosos es el Salmo 103. Reflexioné sobre él en el volumen 1 (meditación del 11 de junio). Aquí me gustaría volver a algunos de los temas que trata:

(1) El Señor es clemente y compasivo, lento para la ira y grande en amor (103:8). Esta verdad se suele expresar con frecuencia en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, cuando el Señor pasa por delante de Moisés, mientras este se esconde en una hendidura de la roca, entona: “El Señor, el Señor, Dios clemente y compasivo, lento para la ira y grande en amor y fidelidad…” (Éxodo 34:6). Con todo, esta no es la impresión que muchos lectores del Antiguo Testamento tienen de Dios. De alguna manera, creen que es “de mecha corta”, siempre a punto de estallar y barrer una nación o dos. ¿Por qué lo ven así?

Probablemente se deba, en parte, a que no leen el Antiguo Testamento con precisión. O tal vez lo hagan de forma impresionada: están todos esos pasajes en los profetas, donde el Señor amenaza con juicio, y pueden dejar un sabor agrio y un olor a azufre. ¿Pero, acaso no deberíamos ver la misericordia del Señor en ellos? Retrasa el juicio pudiendo posponerlo durante años o incluso décadas. En cuanto ve las primeras señales de arrepentimiento genuino, se aparta de la ira, porque el Señor es “lento para la ira y grande en amor”. La estricta justicia sería inmediata, ¡algo fácil para la omnisciencia! La verdad es que Dios “No nos trata conforme a nuestros pecados ni nos paga según nuestras maldades” (103:10).

(2) “Tan compasivo es el Señor con los que le temen como lo es un padre con sus hijos. Él conoce nuestra condición; sabe que somos de barro (103:13–14). Se diría que Dios busca razones para tener tanta paciencia como le sea posible. Pero también es cierto que un padre humano será mucho más compasivo y paciente con un hijo o una hija que le “tema” y que lo respete básicamente. En ese caso, cualquier confusión, fracaso o fallo se tratará, probablemente, con mayor paciencia que la conducta del hijo o la hija que es del todo anárquica. En cualquier caso, este Padre celestial nos conoce mejor que nosotros mismos. ¿Quién más capacitado que él puede decirnos de qué estamos hechos?

(3) En nuestra culpa ante un Dios santo, lo que más necesitamos es el perdón de todos nuestros pecados (103:3), que sean alejados: “Tan lejos de nosotros echó nuestras transgresiones como lejos del oriente está el occidente” (103:12). Con esta seguridad, todas las demás bendiciones que merezcan la pena serán un día nuestras; sin el perdón de los pecados, cualquier otra bendición que hayamos recibido es peor que inútil: puede ser decepcionante.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 287). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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