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1 Reyes 19 | 1 Tesalonicenses 2 | Daniel 1 | Salmo 105

16 OCTUBRE

1 Reyes 19 | 1 Tesalonicenses 2 | Daniel 1 | Salmo 105

“El año tercero del reinado del rey Joacim de Judá” (Daniel 1:1) es una estimación según los cálculos babilonios; en Judá, habría sido su cuarto año, es decir, el 605 a.C. La primera ronda de deportaciones ocurrió, pues, en el 605 y habría incluido a Daniel; en la segunda, iban Ezequiel, Joacim, la reina madre, la aristocracia y los artesanos cualificados, y sucedió en el 597. La definitiva y asoladora destrucción de Jerusalén aconteció en el 587.

Casi veinte años antes de que esto tuviera lugar, un número de jóvenes judíos de la aristocracia habían sido llevados a Babilonia. Según Daniel 1, los trataron muy bien. La política imperial no solo era generosa, sino inteligente. El imperio apartaba a estos jóvenes de talento y buenos modales y les proporcionaba la mejor educación y formación social del mundo, con una serie de prerrequisitos para que el futuro fuera aún más agradable. A su debido tiempo, entrarían al servicio del gobierno y serían intensamente leales a sus benefactores, mientras que contribuirían con su juventud, sus aptitudes y su conocimiento de las fronteras imperiales. Los cuatro jóvenes hebreos aquí mencionados llegarían a ser tan babilonios en su apariencia que se olvidarían hasta del nombre recibido al nacer: Daniel sería Beltsasar; Ananías sería Sadrac, etc.

Pero Daniel hizo una raya en el agua. Le podía haber costado la vida. No objetó en contra del cambio de su nombre ni en el servicio real para el imperio babilonio. Pero no se “contaminaría” (1:8) comiendo alimentos preparados en las cocinas reales. Sabía que, si participaba de ellos, casi con toda seguridad comería de vez en cuando lo que la ley de Dios prohibía estrictamente. Para él, era un asunto de obediencia y de conciencia. En la providencia de Dios, el jefe ante quien era responsable, Aspenaz, era comprensivo y el resultado se recoge en este capítulo.

Muchos de nosotros pensaríamos hoy que la postura de Daniel era vagamente quijotesca, pero desde luego no es algo que imitaríamos. ¿Por qué morir por culpa de unas salchichas? Piensa un poco en ello; ¿hay algo por lo que merezca la pena morir? Es probable que no, si la vida solo consiste en lo que ocurre durante nuestro breve periplo terrenal y lo único que importa es lo que me sucede a mí. Pero el objetivo de Daniel era complacer a Dios y ceñirse al pacto. Babilonia no podía poner una trampa a sus valores; a este respecto, estaba dispuesto a morir. El problema es que, cuando una cultura se queda sin cosas por las que morir, tampoco tiene ya ninguna por la que vivir. Un colega en el ministerio (el Dr. Roy Clements) ha dicho con frecuencia: “Somos mártires potenciales o potenciales suicidas; no veo término medio alguno entre ambas cosas. Y la Biblia insiste en que todo creyente en el Dios verdadero tiene que ser un mártir potencial”.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 289). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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