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1 Reyes 20 | 1 Tesalonicenses 3 | Daniel 2 | Salmo 106

17 OCTUBRE

1 Reyes 20 | 1 Tesalonicenses 3 | Daniel 2 | Salmo 106

El sueño de Nabucodonosor (Daniel 2) podría ocupar provechosamente muchas de nuestras páginas. No sólo proporciona un profundo conocimiento sobre Daniel y su época, sino también de la nuestra.

(1) El pagano imperio babilonio contaba con su equipo de astrólogos y otros adivinadores. Como la gente concienzuda de todas las generaciones, Nabucodonosor tenía sus sospechas con respecto a su competencia y los puso a prueba de una forma dura. Los relatos anecdóticos de percepciones “mágicas” no resistirían este nivel de análisis.

(2) El valiente planteamiento que Daniel hizo al rey no reclama nada para sí y atribuye todo a Dios que conoce nuestros pensamientos y nuestros sueños. Se requería valor. Este es el paso siguiente en el desarrollo de su carácter. El valiente e inamovible anciano en el que Daniel se convirtió (Daniel 6) se formó a partir de un joven que obedeció a Dios incluso en lo que comía, y que era tan sincero que no se apropió crédito alguno para sí, donde no le pertenecía. Se comprometió en fidelidad, humildad, valor e integridad. Tuvo pocos sucesores en altos puestos.

(3) Sin duda, los psiquiatras contemporáneos especularían en cuanto a que el coloso del sueño de Nabucodonosor delata una profunda inseguridad personal. La ambición megalómana por gobernar el mundo puede sugerir dudas secretas en cuanto a si uno tiene los pies de barro. Cualquiera que sea su significado, Dios utiliza la visión para desvelar algo más profundo: el futuro de los imperios que estaban por llegar.

La mayoría de los liberales han argumentado que los cuatro metales —oro, plata, bronce y hierro— representan, respectivamente, a Babilonia, Media, Persia y Grecia. Tras la muerte de Alejando Magno, el imperio griego se desintegró en cuatro territorios que se peleaban entre sí, de ahí los pies de barro. Ciertamente, los últimos capítulos de esta profecía centran no poca atención sobre ese periodo y describen el amanecer del reino mesiánico que le sucedería. No obstante, esta opinión está vinculada a la teoría de que al menos los últimos capítulos de Daniel se escribieron de forma pseudónima en el siglo II a.C. La mayoría de los evangélicos encuentran pocas pruebas que apoyen esta postura. Además, señalan que nunca hubo realmente un imperio medopersa; el elemento medo no fue mucho más que un equipo de transición. Basándonos en esta opinión, los cuatro imperios son Babilonia, Medo-Persia, Grecia y Roma, y, durante este último, el reino mesiánico propina el poderoso golpe que hace caer definitivamente al coloso. Esto parece ser lo que Jesús afirmó (Mateo 24:15).

(4) Esta visión nos recuerda que, en este mundo roto y ambiguo, el pueblo de Dios nutre una esperanza sobre lo que Dios hará al final. En el camino cristiano nada tiene sentido sin ella; pocas cosas en nuestra cultura poseen significado sin una visión compartida hacia la que dirigirse, una visión que trasciende la realización personal y el egocentrismo.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 290). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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