//
estás leyendo...
Devocional, Familia, Todos los Artículos, Vida Cristiana

1 Reyes 21 | 1 Tesalonicenses 4 | Daniel 3 | Salmo 107

18 OCTUBRE

1 Reyes 21 | 1 Tesalonicenses 4 | Daniel 3 | Salmo 107

La estatua que Nabucodonosor erigió (Daniel 3) fue, sin duda, pensada para unificar el imperio. Por esta razón, ordenó que todos los “pueblos, naciones y gente de toda lengua […] deberéis inclinaros y adorar la estatua de oro” (3:4–5). Viviendo en una cultura pluralista en la que las personas podían añadir dioses con impunidad a su panteón personal, para Nabucodonosor sólo la rebeldía o la insubordinación intransigente sería el motivo de que alguien se negara a adorar a la imagen. Desde su perspectiva, la amenaza del horno ardiente garantizaba la conformidad y el provecho político potencial era incalculable. En Babilonia, los hornos tenían la función principal de cocer los ladrillos (cf. Génesis 11:3) y se usaban ampliamente porque había escasez de piedra idónea para la edificación. Se han excavado grandes hornos de ladrillos en las ruinas de la antigua Babilonia. Con toda seguridad, Nabucodonosor no habría tenido el más mínimo escrúpulo en quemar vivas a las personas (Jeremías 29:22).

El impresionante intercambio en este capítulo se establece entre Nabucodonosor y los tres jóvenes, Sadrac, Mesac y Abed-nego, tras su primera negativa a inclinarse ante la imagen (3:13–18). La última burla del emperador casi reta a cualquier dios a dar un paso adelante: “¡No habrá dios capaz de libraros de mis manos!” (3:15). Como pagano, vivía desde luego en un mundo de dioses poderosos aunque limitados, y, en algunos casos, ciertamente se sentía igual a ellos o incluso superior. Desde la perspectiva del teísmo bíblico, esto es una arrogancia monstruosa.

Sin embargo, la respuesta de los tres hombres es lo que merece ser memorizada y que se reflexione sobre ella: “¡No hace falta que nos defendamos ante ti! Si se nos arroja al horno en llamas, el Dios al que servimos puede librarnos del horno y de tus manos. Pero aun si nuestro Dios no lo hace así, has de saber que no honraremos a tus dioses ni adoraremos tu estatua” (3:16–18). Observa: (a) Su educación básica y su respeto no disminuyen a pesar de la osadía de sus palabras. (b) No desean en absoluto disculparse por su postura. El creyente sabio nunca se disculpa por Dios ni por ninguno de sus atributos. (c) No dudan de la capacidad que Dios tiene de salvarlos y así lo expresan: Dios no es rehén de otros dioses ni de ningún ser humano, sean emperadores o cualquier otra cosa. (d) Pero no pueden saber si Dios los salvará y este aspecto no afecta a su decisión. La fidelidad no depende de una escotilla de escape. Escogen la lealtad, porque es lo correcto, aunque les cueste la vida. El valor que necesitamos en este siglo anticristiano es educado y constante. Nunca se disculpa por Dios. Cree con gozo que Dios todo lo puede, pero está preparado para sufrir con tal de no transigir en su obediencia de todo corazón.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 291). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Comentarios

Aún no hay comentarios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Alimentemos El Alma Auido

Twitter

A %d blogueros les gusta esto: