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2 Reyes 1 | 2 Tesalonicenses 1 | Daniel 5 | Salmos 110–111

20 OCTUBRE

2 Reyes 1 | 2 Tesalonicenses 1 | Daniel 5 | Salmos 110–111

Tras la muerte de Nabucodonosor, el imperio babilónico decayó con rapidez. Mediante violentos golpes de Estado, varios miembros de la dinastía se sucedieron. Nabonides llegó finalmente a imponer cierta estabilidad, aunque varios de los estados vasallos se segregaron. Él mismo se convirtió en un diletante religioso. Abandonó la adoración de Marduk (dios principal del panteón babilonio) y, al parecer, acabó excavando santuarios enterrados, restaurando los antiguos rituales religiosos y fomentando la adoración a Sin, el dios de la luna. Probablemente, se hallaba en una de aquellas extrañas misiones religiosas en el tiempo de Daniel 5. Como resultado, dejó el cuidado de Babilonia en manos de su hijo Belsasar. (En las notas de la nvi 5:2, 11, 13, 18 se observa correctamente que Nabucodonosor era el “padre” de Belsasar solamente en el sentido de “antepasado” o, tal vez, “predecesor”, un uso común del término semita parecido al de 2 Reyes 2:12.)

El relato deja claro que el ejército persa se hallaba fuera de los muros de la ciudad, pero es evidente que Belsasar consideró que la ciudad era inmune al asalto. La bacanal que ordenó era peor que una orgía de permisividad. Sacar las copas de oro que se habían tomado del templo de Jerusalén era más que un capricho. En la secuencia de los dos capítulos, Daniel 4 y 5, resulta difícil no ver que se trataba de repudiar lo que Nabucodonosor, el “padre” de Belsasar, había aprendido sobre el Dios vivo. Tal vez pensara que la suerte de Babilonia había decaído por el relativo descuido de las divinidades paganas. Nabucodonosor había aceptado reverenciar al Dios de Israel; Belsasar se complació en despreciarlo. De modo que bebieron de las copas y “se deshacían en alabanzas a los dioses de oro, plata, bronce, hierro, madera y piedra” (5:4). Daniel ve la conexión entre los dos emperadores y esto forma parte de su hiriente reprensión: Belsasar sabía lo que “el Altísimo Dios” le había hecho a Nabucodonosor y cómo este había recuperado la razón y reconocido que “que el Dios Altísimo es el soberano de todos los reinos del mundo, y que se los entrega a quien él quiere”; a pesar de ello, él se había “opuesto al Dios del cielo mandando traer de su templo las copas, para que bebáis en ellas tú y tus nobles, y vuestras esposas y concubinas. Te has deshecho en alabanzas a los dioses de oro, plata, hierro, madera y piedra, dioses que no pueden ver ni oír ni entender; en cambio, no has honrado al Dios en cuyas manos se hallan tu vida y tus acciones” (5:18–24). En cierto modo, Belsasar pensó que podía ignorar o desafiar al Dios que había humillado a Nabucodonosor, alguien mucho más grande que él.

¿Qué hemos aprendido, pues? ¿Hemos asimilado las lecciones de la historia con respecto a que uno no puede burlarse ni desafiar a Dios en última instancia? ¿Que somos criaturas totalmente dependientes y que, si no llegamos a reconocer esta sencilla verdad, nuestros pecados se agravarán? ¿Qué Dios puede humillar y convertir a los más insólitos, como Nabucodonosor, y destruir a quienes lo desafían, como Belsasar?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 293). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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