Una recompensa radical

OCTUBRE, 28

Una recompensa radical

Devocional por John Piper

En verdad os digo: No hay nadie que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos, o tierras por causa de mí y por causa del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo: casas, y hermanos, y hermanas, y madres, e hijos, y tierras junto con persecuciones; y en el siglo venidero, la vida eterna. (Marcos 10:29-30)

Lo que Jesús quiere decir en este pasaje es que él mismo es la compensación por todos los sacrificios.

  • Si usted renuncia al cariño, cercanía y cuidado de una madre, recibirá cien veces el cariño y cuidado de Cristo siempre presente.
  • Si usted renuncia a la afectuosa camaradería de un hermano, recibirá cien veces el afecto y la camaradería de Cristo.
  • Si usted renuncia a la sensación de estar en su hogar que tenía en su casa, recibirá cien veces el consuelo y la seguridad de saber que al Señor le pertenecen todas las moradas.

A los futuros misioneros, Jesús les dice: «Prometo trabajar para ti y estar contigo hasta el punto que no podrás decir que nada de lo que has hecho fue un sacrificio».

¿Cuál fue la actitud de Jesús hacia el espíritu «sacrificial» de Pedro? Pedro dijo: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Marcos 10:28). ¿Es ese el espíritu de abnegación ordenado por Jesus? No, sino que lo reprende.

Jesús dijo: «Nadie jamás hace ningún sacrificio por mí que yo no le retribuya cien veces; sí, en un sentido incluso en esta vida, sin mencionar la vida eterna de los siglos venideros».

Deseando a Dios


Devocional tomado del libro “Deseando a Dios”, páginas 240-241

Todos los derechos reservados ©2017 Soldados de Jesucristo y DesiringGod.org

Su cabeza como oro finísimo; sus cabellos crespos, negros como el cuervo

28 de octubre

«Su cabeza como oro finísimo; sus cabellos crespos, negros como el cuervo».

Cantares 5:11

Todas las comparaciones para describir al Señor Jesús fracasan, pero la Esposa utiliza para ello la mejor analogía que tiene a su alcance. Por la cabeza de Jesús entendemos su deidad: porque «la cabeza de Cristo es Dios»; entonces, el lingote de oro purísimo es la mejor metáfora que se pueda concebir. Sin embargo, todo resulta demasiado pobre para hablar de un ser tan precioso, tan puro, tan querido y tan glorioso. Jesús no es solo una pepita de oro, sino un mundo inmenso del rico metal: una incalculable masa de tesoro que ni la tierra ni el Cielo pueden superar. Las criaturas son mero hierro y barro; todas ellas perecerán como madera, heno y hojarasca; pero la eterna Cabeza de la creación de Dios resplandecerá por siempre jamás. En él no hay mezcla, ni la más pequeña señal de aleación. Él es por siempre infinitamente santo y enteramente divino. Los cabellos crespos representan su vigor varonil. En nuestro Amado no hay ningún afeminamiento: él es el más viril de los hombres. Valiente como un león, laborioso como un buey, veloz como un águila. Aunque una vez se viera despreciado y desechado entre los hombres, en Jesús se halla toda belleza concebible e inconcebible.

Cabeza ensangrentada, / herida por mi bien,

de espinas coronada, / por fe mis ojos ven.

La gloria de su cabeza no está rapada; al contrario, nuestro Amado se ha visto coronado para siempre con incomparable majestad. El cabello negro indica hermosura juvenil: pues Jesús tiene sobre sí el rocío de la juventud. Otros decaen con los años, pero él es Sacerdote para siempre como lo fue Melquisedec. Otros aparecen y desaparecen; mas él permanece por los siglos de los siglos como Dios sobre su Trono. Esta noche lo contemplaremos y lo adoraremos. Los ángeles lo contemplan; por tanto, sus redimidos no deben apartar de él la mirada. ¿En qué lugar hay un Amado como el nuestro? ¡Ah, si pudiésemos tener con él un momento de comunión! ¡Afuera, preocupaciones intrusas! Jesús me atrae hacia sí, y yo corro en pos de él.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 312). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Unción de David

28 OCTUBRE

2 Reyes 9 | 1 Timoteo 6 | Oseas 1 | Salmo 119:73–96

Vale la pena comparar la unción de David (1 Samuel 16) con la de Jehú (2 Reyes 9) o, mejor, comparar lo que sigue a ambas.

La historia de David es la más conocida (1 Samuel). Cuando Samuel le ungió para ser rey, David todavía era joven, un pastorcito. La unción no cambió en nada su situación inmediata. A su debido tiempo, ganó dimensiones heroicas al derrotar a Goliat y luego maduró hasta llegar a ser un oficial eficiente y leal del rey Saúl. Cuando este se llenó de amargura y paranoia, obligando a David a esconderse en los montes de Judea, parecía que David estaba muy lejos del trono. La providencia le ofreció dos asombrosas oportunidades de matar a Saúl, pero David se contuvo; de hecho, incluso se lo prohibió a algunos de sus propios hombres que estaban muy dispuestos a realizar el acto que David rehusaba cometer. Su razonamiento era sencillo. Aunque sabía que sería rey, también sabía que en ese momento, el rey era Saúl. Matarlo, por tanto, sería matar al ungido del Señor. Él no estaba dispuesto a arrebatar la herencia que el Señor le había prometido, si el precio a pagar era un acto inmoral. Dios le había prometido el trono; Dios mismo, entonces, tenía que destituir al rey actual, porque David no se rebajaría a la intriga y el asesinato. Este fue uno de los mejores momentos de David.

¡Qué diferente es Jehú! Cuando lo ungen, se le asigna la tarea de castigar y destruir el malvado hogar de Acab. Pero no espera recibir ninguna señal providencial: en cuanto a él se refiere, haber sido ungido es suficiente incentivo para embarcarse inmediatamente en una insurrección sangrienta. Más aún, a pesar de sus palabras piadosas sobre eliminar la idolatría de la casa malvada de Acab (9:22, por ejemplo), su propio corazón delata dos realidades malvadas. Primero, no sólo asesina a quien actualmente está en el trono de Israel, sino que, al tener la oportunidad, mata también a Ocozías, rey de Judá (9:27–29), pero sin la autorización del profeta. ¿Acaso Jehú soñaba con un reino unido y restaurado mediante el asesinato y el poder militar? Segundo, aunque Jehú redujo el poder de la adoración a Baal, promovió otros tipos de idolatría igualmente repugnantes para Dios (10:28–31). Al revés que David, no era “un hombre conforme al corazón de Dios” (cf. 1 Samuel 13:14). Para nada: “no se apartó de los pecados de Jeroboam, el que había hecho pecar a Israel” (10:31).

La lección es importante. Ni siquiera la profecía divina libra a la persona de la obligación de moralidad, integridad y una fe leal y obediente hacia Dios. El fin no justifica los medios.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 301). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡No fui yo!

Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor; y tú perdonaste la maldad de mi pecado.

Salmo 32:5

El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.

Proverbios 28:13

No fui yo

Esta mañana Marta tomó sin mi permiso un hermoso bolígrafo que estaba en mi escritorio. Lo dejó caer y se rompió. Mientras comíamos interrogué a mis hijos uno por uno…

–¿Y tú, Marta?

–No fui yo, respondió ella, como los demás.

Pero su inquietud era evidente. Yo estaba triste, le pedí que se acercara a mí, pero ella se silenció. Los días pasaron y Marta persistió en su silencio. ¡Normalmente ella era muy cariñosa, pero ahora me evitaba! El tiempo me parecía interminable; solo quería perdonarla, ¡y lo único que ella tenía que hacer era reconocer sus hechos en vez de mentir!

Por fin, al cabo de una larga semana, escuché que alguien llamaba tímidamente a mi puerta. Marta entró en la habitación, empezó a llorar, se echó en mis brazos y reconoció su falta. ¡Por fin! ¡Qué felicidad sentí de poder reanudar una buena relación con mi pequeña!

Hijos de Dios, nuestro Padre celestial también espera que le confesemos nuestras faltas. Mientras guardemos en nuestra conciencia un pecado no confesado, nuestra relación con él está interrumpida. Seguimos siendo sus amados hijos, pero la comunión con él fue interrumpida por nuestra falta. Lo único que Dios desea es perdonarnos, pero quiere que esto se haga en la verdad, en la luz. Vayamos, pues, a él, y veremos que su amor no ha cambiado.

“Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones” (Salmo 51:2-3).

Ester 1 – Juan 13:1-20 – Salmo 119:65-72 – Proverbios 26:11-12Nehemías 11 – Juan 11:38-57 – Salmo 119:41-48 – Proverbios 26:5-6

Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

 

EL NACIMIENTO DEL PECADO

EL NACIMIENTO DEL PECADO

10/27/2017

Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte.

(Santiago 1:15)

La mayoría de las personas piensan que el pecado es un acto o comportamiento individual. Pero el versículo de hoy dice que el pecado no es un acto; es el resultado de un proceso.

El pecado comienza con deseo, que está relacionado con la emoción. Comienza cuando usted desea sentirse satisfecho al adquirir algo, cuando tiene un anhelo emotivo de poseer algo que ve. Entonces la tentación afecta su mente mediante el engaño. Usted comienza a justificar su derecho a tener lo que desea. Su mente es engañada al creer que la satisfacción de sus deseos satisfará sus necesidades.

Acto seguido, su voluntad comienza a planificar cómo va a obtener lo que quiere, y cuando la lujuria es seducida (como quien dice) por la carnada, queda preñada en el vientre de la voluntad de una persona. Por último, ocurre el acto del pecado.

El saber cómo nace el pecado debiera ayudarlo a huir de la tentación.

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Con Dios es posible

Octubre, 27

Con Dios es posible

Devocional por John Piper

Tengo otras ovejas que no son de este redil; a esas también me es necesario traerlas, y oirán mi voz. (Juan 10:16)

Dios tiene hijos en todas las naciones. Los llamará con el poder Creador, ¡y ellos creerán! Cuánto poder hay en estas palabras para superar el desánimo en las difíciles zonas fronterizas.

La historia de Peter Cameron Scott es un buen ejemplo. Nació en Glasgow en 1867 y fue el fundador de Africa Inland Mission (que se traduce literalmente como «Misión del interior de África»). Pero sus comienzos en África fueron de lo menos prometedores.

Su primer viaje a África concluyó con un ataque agudo de malaria que lo obligó a regresar a su hogar. Decidió volver después de su recuperación. El regreso le resultó especialmente gratificante porque esta vez su hermano John lo acompañaba. Pero poco tiempo después, John contrajo la fiebre que acabó con su vida.

Totalmente solo, Peter enterró a su hermano y, en medio de la agonía de esos días, reafirmó su compromiso por la predicación del evangelio en África. No obstante, su salud volvió a flaquear y debió regresar a Inglaterra.

¿Cómo podría superar la desolación y la depresión de ese tiempo? Tenía un compromiso con Dios, pero ¿dónde hallaría las fuerzas para volver a África? Para el hombre era imposible.

Halló las fuerzas en Westminster Abbey. El sepulcro de David Livingstone aún yace allí. Scott entró en silencio, encontró el sepulcro y se arrodilló delante de él a orar. Allí se puede leer una inscripción:

TENGO OTRAS OVEJAS QUE NO SON DE ESTE REDIL; A ESAS TAMBIÉN ME ES NECESARIO TRAERLAS.

Se puso de pie con una esperanza renovada. Volvió a África y, hoy en día, la misión que fundó es una fuerza vibrante y creciente para la expansión del evangelio en África.

Si su mayor gozo es experimentar cómo la superabundante gracia de Dios en usted se desborda para el bien de otras personas, entonces la mejor noticia de todo el mundo es que Dios hará lo imposible a través de usted para salvar a los pueblos que aún están perdidos.

Deseando a Dios


Devocional tomado del libro “Deseando a Dios”, páginas 238-239

Todos los derechos reservados ©2017 Soldados de Jesucristo y DesiringGod.org

«Todos nosotros somos como suciedad»

27 de octubre

«Todos nosotros somos como suciedad».

Isaías 64:6

El creyente es una nueva criatura que pertenece a una generación santa y a un pueblo peculiar. El Espíritu de Dios habita en él y, por tanto, está muy alejado, en todos los sentidos, del hombre natural; pero, con todo, por la imperfección de su naturaleza, sigue siendo un pecador y lo seguirá siendo hasta el fin de su vida terrenal. Los negros dedos del pecado dejan manchas en nuestros vestidos más hermosos. El egoísmo profana nuestras lágrimas y la incredulidad se mezcla con nuestra fe. Las mejores cosas que en alguna oportunidad hemos hecho aparte de los méritos de Jesús, solo consiguieron aumentar el número de nuestros pecados. Pues, cuando a nuestros propios ojos hemos sido muy limpios, no lo hemos sido a los ojos de Dios, para quien «ni aun los cielos son limpios» (Job 15:15). Y como él «notó necedad en sus ángeles» (Job 4:18), mucho más la notará en nosotros, aun en los períodos de mayor consagración. El canto que conmueve los cielos y procura emular los seráficos acordes, contiene discordancias humanas. La oración que mueve el brazo de Dios es, con todo, una oración magullada y cascada, y la razón por que mueve ese brazo es porque Aquel que no pecó, el gran Mediador, ha entrado para quitar el pecado de nuestra oración. La fe más valiosa o la santificación más pura que un cristiano haya alcanzado alguna vez en este mundo, tiene tanta mezcla que, si la consideramos en sí misma, solo es digna de las llamas. Todas las noches que nos miramos en el espejo, vemos solamente a pecadores que tienen necesidad de hacer esta confesión: «Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias, como trapos de inmundicia» (Is. 64:6). ¡Ah, cuán preciosa es la sangre de Cristo para unos corazones como los nuestros! ¡Qué inapreciable don constituye la justicia perfecta! ¡Y cuán viva es la esperanza de una perfecta santidad en el Más Allá! Aun ahora, aunque el pecado está en nosotros, su poder ha quedado destruido. Él ya no tiene el dominio: es una serpiente deslomada. Estamos en rudo conflicto contra el pecado; pero el enemigo con quien tenemos que habérnoslas es un enemigo vencido. No obstante, en breve, entraremos victoriosamente en la Ciudad donde nada hay que contamine.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 311). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

“La Escritura dice que si un hombre no sostiene a su propia familia, es peor que un infiel”

27 OCTUBRE

2 Reyes 8 | 1 Timoteo 5 | Daniel 12 | Salmo 119:49–72

Aunque no lo sabía, cuando estaba en mi último año de instituto, mis padres le hicieron una promesa silenciosa al Señor. Por razones muy complicadas para explicar aquí, decidieron que, a menos que sucedieran ciertas cosas, al concluir el curso mi padre renunciaría al cargo pastoral que había mantenido durante quince años.

Acabé la escuela, me fui de casa y entré a la universidad. Pasado un mes aproximadamente recibí una carta de mis padres: mi padre había renunciado al puesto de pastor de esa iglesia.

Mi familia tenía muy poco dinero. No había otra iglesia de habla francesa que estuviera disponible para él. En esta coyuntura, mi padre se sentía muy viejo como para empezar otra iglesia en un lugar distinto. Se negó a considerar puestos de pastor en el Canadá inglés: tanto su llamado como su corazón estaban unidos a Quebec. Así que me enteré de lo que mis padres habían decidido: se iban a mudar a Hull, en el lado francés del río al otro lado de Ottawa, la capital de la nación. Ahí mi padre sostendría a su familia como traductor federal y le ofrecería la mayor cantidad de tiempo posible a la iglesia francófona de Hull.

No llegué a “casa” hasta la Navidad. En algún momento, hablé con mi padre para tratar de entender su razonamiento. Conociendo su convicción de permanecer en una zona francófona del Canadá, surgió la pregunta de cómo sostendría a su familia. Mi padre me explicó: “La Escritura dice que si un hombre no sostiene a su propia familia, es peor que un infiel”: usó la versión King James de 1 Timoteo 5:8: “El que no provee para los suyos, y sobre todo para los de su propia casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo”.

Este texto obviamente tiene sus excepciones. Si un hombre está enfermo y no puede trabajar, por ejemplo, está exento. Y a juzgar por el tono de todo el capítulo, la iglesia misma debería asumir el apoyo que sea necesario si la familia no logra sostenerse. No obstante, lo que destaca sobre muchas de las instrucciones de este capítulo es la manera en que se establece la provisión de la iglesia a las necesidades sociales de su gente, pero con una sensibilidad extraordinaria de los peligros. Sin querer simplificarlo demasiado, el patrón que Pablo presenta se puede resumir de la siguiente manera: los que estén genuinamente necesitados, deberán ser cuidados por la iglesia, pero aquellos que tengan la capacidad de buscarse la vida y proveerse ellos mismos deberán hacerlo—para no ser una carga a la iglesia y por su propio bien—o serán acusados de abandonar la fe. La pereza no tiene la menor relación con la santidad.

No se me ocurren muchas ocasiones en las que haya tenido mayor respeto por la fe obediente de mi padre que en esta situación.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 300). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Reforma social o arrepentimiento?

¿Qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?

Mateo 16:26

¿Reforma social o arrepentimiento?

Si los problemas sociales nos conmueven, hay uno de orden moral al cual sería bueno estar atentos. Dimos la espalda a nuestro Creador, y esto atrajo la maldición sobre la tierra, los sufrimientos e injusticias que hallamos en ella, y finalmente la muerte, a la que nadie escapa.

Pero ¡aún hay más! Leamos atentamente el versículo del encabezamiento, las mismas palabras de Jesús, y dejémonos interpelar por él. ¿Cómo podemos ser sensibles a los peligros de la vida presente y permanecer indiferentes a los que amenazan nuestro porvenir eterno? ¿Cómo no preocuparnos por saber lo que ocurrirá cuando tengamos que rendir cuenta de nuestra vida? ¡Es urgente arreglar este asunto mediante una elección personal! No escuchar las advertencias de Dios también es hacer una elección, ¡pero mala! Y Dios no se contenta con advertirnos. Nos ofrece el único medio de salvación. No se trata de una reforma social decisiva. ¡No! Dios nos pide que nos arrepintamos, que reconozcamos sinceramente que no somos dignos de él, y que confiemos en él para que nos llene de la vida misma de Cristo.

Sí, el verdadero problema es de orden moral y no social. Concierne a nuestra relación con Dios, de la cual depende toda nuestra vida. ¿Por qué no preocuparnos por ello ahora? Al sacrificar a su Hijo, Dios nos tendió la mano. ¿Permaneceremos insensibles?

“Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hechos 17:30-31).

Nehemías 13 – Juan 12:27-50 – Salmo 119:57-64 – Proverbios 26:9-10

Nehemías 11 – Juan 11:38-57 – Salmo 119:41-48 – Proverbios 26:5-6Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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HAY QUE RECONOCER LA TRAMPA

HAY QUE RECONOCER LA TRAMPA

10/26/2017

Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.

(Santiago 1:14)

La tentación no viene de Dios, sino de adentro. El vocablo tentado se empleaba en contextos de cacería para describir animales que se atraen a las trampas, y se emplea seducido para describir pescar con una carnada. Toda persona es tentada cuando la trampa del pecado tiene una carnada que apela a su lujuria. La lujuria de una persona que responde a la seducción de la trampa la atrae engañosamente hasta el punto que es atrapada.

¿Qué nos impulsa tanto hacia la carnada? No es Dios. Y tampoco lo son Satanás, ni sus demonios, ni el sistema malvado del mundo el que nos seduce para que mordamos el anzuelo. Es nuestra naturaleza lujuriosa la que nos impulsa a morderlo. Nuestra carne, nuestra naturaleza caída, tiene un deseo de lo malo.

Desde una perspectiva espiritual, el problema es que, aunque hemos sido redimidos y hemos recibido una nueva naturaleza, tenemos todavía un enemigo dentro. La pasión interior de la carne, no Dios, es la culpable de que seamos tentados a pecar.

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