Deuteronomio 18 | Salmos 105 | Isaías 45 | Apocalipsis 15

13 JUNIO

Deuteronomio 18 | Salmos 105 | Isaías 45 | Apocalipsis 15

Las riquezas de Isaías 45 no pueden resumirse de forma breve. El capítulo termina con un sorprendente pasaje misionero (45:14–25), cuyos ecos resuenan en el Nuevo Testamento (p. ej., 45:23; cp. Filipenses 2:10–11). Comienza en los últimos versículos del capítulo 44 y las primeras líneas del 45, donde se presenta por su nombre al rey persa Ciro. Aquí, Dios lo llama “mi pastor” (44:28), e Isaías dice que es el “ungido” del Señor (esto es, “mesías”, un título habitualmente limitado a Saúl o a algunos de los reyes davídicos en el Antiguo Testamento).

Este no es el único pasaje del Antiguo Testamento en que Dios identifica a alguien por su nombre mucho antes de que haya nacido (cp. 1 Reyes 13:1–3). Resulta llamativo que después de la virulenta denuncia de la idolatría en Isaías 44 (véase la meditación del 12 de junio), Dios se refiriese a un pagano idólatra como su ungido. Sin embargo, el sentido es importante. El Señor denuncia la idolatría pero su reinado providencial puede utilizar a uno de sus practicantes, o cualquier otra persona, para sus propios buenos propósitos. Siempre es incorrecto argumentar desde la providencia hasta la ética, o establecer quién “tiene razón” según quién gane en un contexto particular, o dudar de que el Señor pueda utilizar soberanamente a una mala persona para realizar un gran bien sin tener que exonerar o justificar todo el mal cometido en su vida.

Claramente, esta palabra de Dios fue muy dura de aceptar para Israel. Podemos imaginarnos a los exiliados rotos y turbados por las dudas y el miedo. Si el Señor dice que el pagano Ciro es su “mesías”, ¿significa eso que ha renegado de la dinastía davídica? ¿Puede aceptarse la palabra del profeta cuando dice cosas tan ridículas? Previendo el escepticismo, Dios responde con una fuerte defensa de su soberanía y justicia (45:8–13). “¡Ay del que contiende con su Hacedor!” (45:9). El pueblo que había desafiado a Dios de forma tan persistente que acabó en el exilio, cuestiona ahora los medios por los cuales él los va a devolver a su hogar. Sin embargo, no tienen derecho a hacerlo, del mismo modo que la arcilla no puede hacerlo con el alfarero, ni el recién nacido con sus padres (45:9–10). “Así dice el Señor, el Santo de Israel, su artífice: ‘¿Vais acaso a pedirme cuentas del futuro de mis hijos, o a darme órdenes sobre la obra de mis manos?’ ” (45:11). Dios es el Creador soberano y, en la perfección de su justicia, levantará a Ciro para reconstruir Jerusalén (45:13, una evidencia en sí misma de que el linaje davídico no estaba siendo suplantado) y liberar a sus exiliados. Todo ello constituye un paso hacia la invitación gloriosa: “Volved a mí y sed salvos, todos los confines de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay ningún otro (45:22). Reflexionemos en Apocalipsis 15:3–4.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 164). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Deuteronomio 17 | Salmos 104 | Isaías 44 | Apocalipsis 14

12 JUNIO

Deuteronomio 17 | Salmos 104 | Isaías 44 | Apocalipsis 14

Ya hemos visto que Dios dijo a Israel: “Vosotros sois mis testigos” (Isaías 43:10, 12). Lo hizo porque los israelitas debían dar testimonio de que únicamente el Señor había predicho todas estas cosas, proveyendo, por tanto, pruebas de que él las había hecho, ya que sólo él es el Dios soberano. En Isaías 44:6–23 se resumen estos temas (44:6–8). Únicamente Jehová es “el Señor Todopoderoso, rey y redentor de Israel” (44:6). Dios dice: “Yo soy el primero y el último; fuera de mí no hay otro dios” (44:6). Y a su pueblo: “No tembléis ni os asustéis. ¿Acaso no lo anuncié y profeticé hace tiempo? Vosotros sois mis testigos. ¿Hay algún Dios fuera de mí? No, no hay otra Roca; no conozco ninguna” (44:8). No obstante, si sólo él es Dios, todos los farsantes son ídolos. Así pues, el resumen de este tema introduce una de las condenas más duras de la Biblia a la idolatría.

Desde la perspectiva de Dios, la idolatría es siempre repulsiva. En un sentido, es el pecado fundamental, porque destrona a Dios y lo sustituye por algo o alguien. Esta es la razón por la que la avaricia es idólatra (Colosenses 3:5): buscamos lo que codiciamos, y lo que deseamos más fervientemente se convierte en nuestro Dios. El contexto histórico de esta denuncia es fundamental, ya que la idolatría no solo se practicaba en las pequeñas naciones que rodeaban a Israel, sino en las superpotencias que se sucedían en el dominio de la región. Inevitablemente, egipcios, asirios y babilonios atribuyeron su éxito al poder de sus propias deidades. No obstante, aquí está el Dios del pequeño Israel, el destruido, derrotado, exiliado y patético Israel, reivindicando ser el único Dios, el Señor soberano, el poderoso Creador y Rey providencial sobre todos los reinos de la tierra. Él espera que el pueblo de su pacto lleve el testimonio de esta verdad en lugar de sucumbir a la idolatría que lo rodea, la cual, tristemente, encuentran constantemente atractiva.

Dios se ocupará del asunto del poder a largo plazo. Aquí, se centra en hacer ver que la idolatría es absurda y en destruir su plausibilidad (44:9–20). Lo que parece inicialmente atractivo ha demostrado ser ridículo. La idolatría ofende profundamente a Dios y es totalmente estúpida.

La solución tiene dos partes: (a) Israel debe recordar lo que Dios ha dicho, lo que ha hecho (44:21), especialmente que lo ha constituido y le ha dado el papel de siervo privilegiado. (b) Israel debe regresar a Dios, porque él los ha redimido (44:22). Estas deben ser las prioridades continuas del pueblo del Señor: recordar todo lo que Dios es, lo que ha dicho y hecho; y cuando nos apartamos, volver a él inmediatamente (1 Juan. 1:7–9).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 163). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Deuteronomio 16 | Salmos 103 | Isaías 43 | Apocalipsis 13

11 JUNIO

Deuteronomio 16 | Salmos 103 | Isaías 43 | Apocalipsis 13

Aunque Dios tiene un Siervo ideal que será su agente perfecto para llevar a cabo todos sus propósitos (Isaías 42:1–9), Israel también es el siervo de Dios. En Isaías 43 y 44, el profeta infunde aliento a este (43:10; 44:1). Analizaremos algunos elementos de estas palabras de ánimo y llamaremos después la atención sobre una importante frase que el Señor Jesús utilizó en el Nuevo Testamento.

En la primera sección (43:1–7), Dios dice a Israel que no tema (43:1), no porque no vaya a ir al exilio, sino porque, cuando pase por las aguas, Dios estará a su lado y, cuando atraviese el fuego, las llamas no lo destruirán (43:2). Además, no tendrá que enfrentarse a la extinción o la asimilación: Dios mismo reunirá a sus hijos de los cuatro puntos cardinales (43:5–6). A pesar de que Israel vivirá las circunstancias más terribles, el Dios viviente lo declara valioso y honrado a sus ojos, y muy amado (43:4). Pablo razona de forma análoga con respecto a los cristianos en Romanos 8:31–39.

Más brevemente: (a) Israel debe recibir aliento porque su retorno tras el exilio llevará testimonio de Dios y de que sólo este conocía estos increíbles acontecimientos y los llevó a cabo (43:8–13). (b) Babilonia será destruida. Esta nación de conquistadores se convertirá en un tumulto de fugitivos (43:14–15). (c) Se utiliza a Israel para reflexionar en los hechos poderosos del Señor para redimir a su pueblo en la época del éxodo (43:16–17), pero Dios hará ahora algo nuevo (43:18–21). Por tanto, no nos diluyamos en el pasado, llorando por estar abocados a la derrota. Seamos valientes, porque el Todopoderoso está a punto de hacer algo nuevo, de poner en marcha un nuevo ciclo de liberación espectacular. (d) Sobre todo, la adoración extremadamente adulterada y las múltiples ofensas de los israelitas (43:22–24) no son la última palabra. La primera línea de 43:22 en hebreo podría traducirse mejor: “No fui yo a quien tú llamaste, Jacob”, ya que la adoración del pueblo era tan corrupta, una distorsión tan grande del pacto, que no estaban adorando en absoluto al verdadero Dios. Sin embargo, él es quien borra sus transgresiones por amor a sí mismo (43:25), otro adelanto más de Isaías 53.

Dios quiere que su siervo Israel comprenda que “Yo soy” (43:10; cf. 41:4; 48:12). El texto hebreo hace que aparezcan vinculaciones con Éxodo 3:14; la traducción griega de esta frase es precisamente la expresión que Jesús aplica repetidamente a sí mismo en Juan 8 (p. ej., Juan 8:58, “yo soy”). ¿De qué manera da forma Isaías 43 a nuestro concepto de Jesús?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 162). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Deuteronomio 15 | Salmos 102 | Isaías 42 | Apocalipsis 12

10 JUNIO

Deuteronomio 15 | Salmos 102 | Isaías 42 | Apocalipsis 12

Isaías mismo es siervo de Dios (20:3), y también lo son Eliaquín, jefe de la casa de Ezequías (22:20), e Israel como colectivo (41:8–20). ¿Quién es el siervo del Señor en Isaías 42:1–9?

Algunos sostienen que sigue siendo Israel. En este caso, las palabras de Dios, “este es mi siervo” (42:1), se pronuncian delante de las naciones, una especie de defensa de su pueblo ante los grandes poderes que no son nada para él. Sin embargo, esta interpretación de Isaías 42 es improbable. “Este es mi siervo” suena como la introducción de un nuevo personaje. En los capítulos anteriores, el siervo de Dios Israel aparece quejándose (40:27), miedoso y angustiado (41:10). Al final de este capítulo, está sordo, ciego (42:18–19) y peca (42:23–24). En contraste, el siervo del Señor en 42:1–9 no flaquea ni se desanima (42:4), se deleita en Dios (42:1), es bondadoso, perseverante y hará justicia con fidelidad (42:3). Es un Siervo ideal, que encarna todo lo que Israel no fue capaz de ser. Así pues, en este caso, esas palabras van dirigidas a Israel. No solo se le presenta al Siervo porque sea un ideal al que deben aspirar, sino porque es quien los rescatará, como Isaías les dejará claro.

Este cántico del siervo se divide en tres partes: (a) En 42:1–4, Dios se dirige a Israel y presenta al Siervo, que traerá “justicia” a las naciones. El término hebreo es más extenso que el castellano. Engloba la idea de hacer efectivos todos los propósitos de Dios. Sin embargo, cuando el Siervo lo hace, no tiene nada que ver con Ciro o cualquier otro líder imperial. Es bondadoso: no grita ni levanta su voz por las calles (42:2). No rompe la caña quebrada ni apaga la mecha que apenas arde (42:3), un pasaje explícitamente aplicado a Jesús en Mateo 12:15–21. (b) En 42:5–7, Dios se dirige directamente al Siervo (nótese el v. 6: “Yo, el Señor, te he llamado en justicia”), y se permite a Israel escuchar lo que se ha dicho. Aquí, el Dios que da aliento a todas las personas (42:5) hace ahora que este Siervo sea tanto “pacto para el pueblo, como luz para las naciones” (42:6), anulando todos los efectos degradantes del pecado (42:7). (c) En 42:8–9, el Señor se dirige de nuevo a Israel, resumiendo una vez más la misión del Siervo ideal y afirmando que esta trae “cosas nuevas”, que se anunciaron de antemano.

No es de extrañar que este cántico exprese una profunda alabanza al Señor (42:10–17) y contraste una vez más la profundidad de la culpabilidad moral del siervo de Dios Israel (42:18–25), que sólo el Siervo ideal puede eliminar.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 161). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Deuteronomio 13–14 | Salmos 99–101 | Isaías 41 | Apocalipsis 11

9 JUNIO

Deuteronomio 13–14 | Salmos 99–101 | Isaías 41 | Apocalipsis 11

El poder teológico de Isaías 41 es notorio si comprendemos algo de la historia subyacente.

En línea con la predicción de 39:6–7, Jerusalén fue destruida finalmente en 587 a. C. Los babilonios derribaron el templo y mataron o deportaron a su pueblo. Este fue el acontecimiento más demoledor que la ciudad sufrió en la época del Antiguo Testamento. Sin embargo, lejos de creer que estos hechos demostraban que Dios estaba perdiendo el control, Isaías no solo previó la situación, sino que afirmó que era obra de Dios. Ahora, se dirige a aquellos que sufrirían el ataque babilonio y que se preguntarían si había alguna esperanza para ellos. Isaías ya les ha recordado que, en lo que a Dios respecta, las naciones no son más que una gota de agua en un balde o una mota de polvo en una balanza (40:15–17). Después, predice que Dios mismo acabará con la invasión del imperio babilónico, por medio del rey persa Ciro (41:2–4, 25–27; Ciro se nombra realmente en 44:28; 45:1).

Ciro, rey de la ciudad persa de Anshan, subió al poder en 559, cuando Persia seguía sometida a Media. Diez años más tarde, mató al rey medo Astiages y fundó el imperio persa. En menos de una década, conquistó territorios hasta llegar a la Turquía actual en el oeste (derrotando de camino al legendario rey Creso) y, en el este, hasta el noroeste de la India. Babilonia cayó en 539. Ciro modificó la política de anteriores imperios. Lejos de deportar a los pueblos sometidos, instó a los exiliados a regresar a su tierra, incluyendo a Israel (Esdras 1:2–4; véase la meditación del 1 de enero).

Isaías 41 hace entonces dos importantes reflexiones. En primer lugar, solo Dios es quien convoca a las naciones delante de él, controlando su destino, llamándolas a cumplir su voluntad, lo cual incluye a Ciro, al cual el Señor “hizo venir” para llevar a cabo las tareas asignadas a él. Esta atrevida declaración se apoya en el hecho de que Dios predice toda la secuencia de acontecimientos siglo y medio antes (41:21–29), algo que los ídolos paganos no podrían hacer: “¡Todos ellos son falsos! Sus obras no son nada; sus ídolos no son más que viento y confusión” (41:29). Tales predicciones pertenecen exclusivamente al ámbito del rey de Jacob (41:21), porque sólo él escribe la historia de antemano. En segundo lugar, Israel debe comprender que, como colectivo, es el siervo de Dios (41:8–20), descendiente de Jacob y Abraham, también siervos de Dios. Nada de esto significa que sean intrínsecamente grandes: el Señor se dirige a ellos como “gusano Jacob, pequeño Israel” (41:14). Sin embargo, su Dios y Redentor es grande, el Santo de Israel (41:14). Pueden dejar de lado el miedo (41:10) y regocijarse en él (41:16).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 160). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Deuteronomio 12 | Salmos 97–98 | Isaías 40 | Apocalipsis 10

8 JUNIO

Deuteronomio 12 | Salmos 97–98 | Isaías 40 | Apocalipsis 10

Tres observaciones para preparar el camino: (a) Si Isaías tenía treinta años cuando Dios le llamó a ser profeta en el año en que murió el rey Uzías (6:1), tenía entonces sesenta y nueve cuando se produjo la invasión asiria en 701, y setenta y dos en 698, cuando murió Ezequías. La tradición ajena a la Biblia dice que vivió un poco más, dentro del reinado del malvado rey Manasés, que decidió matarlo. Huyendo de este, el anciano Isaías se escondió en un árbol hueco del bosque, donde los hombres del rey acabaron encontrándolo. Estos cortaron el tronco con una sierra, con Isaías aún dentro. Hebreos 11:36–37 puede estar mencionando este episodio. (b) En esta cronología, Isaías había previsto en 712 a. C. la invasión babilonia (39:5–7). Sin embargo, la invasión asiria de 701 captó sin duda la mayor parte de su atención hasta que ocurrió. A juzgar por lo que leemos en los siguientes capítulos, Isaías pasó los restantes años de su vida en un ministerio de consuelo y ayuda al remanente fiel en los oscuros días que se avecinaban. Este ministerio fue quizás público y oral durante los tres años restantes de la vida del rey Ezequías. Por el contrario, bajo el régimen brutalmente represivo de Manasés, el ministerio del profeta se dirigió probablemente al círculo íntimo de sus discípulos (8:16–17) y en la página escrita que estos preservarían hasta que una nueva generación estuviese preparada de nuevo para escuchar las palabras de Dios transmitidas por medio de él. (c) Temáticamente, la siguiente sección engloba los capítulos 40–55, que están llenos de consuelo basándose en la asombrosa grandeza de Dios y la inconmensurable expiación del pecado que provee.

El consuelo ofrecido en el párrafo inicial (Isaías 40:1–11) consta de al menos cinco elementos. (a) Siguen siendo el pueblo de Dios, “mi pueblo” (40:1). A pesar de la devastadora predicción de los versículos anteriores, relativa a la destrucción de Jerusalén y la deportación de sus habitantes, Dios consolará de nuevo a la ciudad (40:2, un claro paralelismo con “mi pueblo”). (b) Sus pecados han sido perdonados. Estos fueron los que desencadenaron el juicio, por lo que las noticias son buenas: “ya ha cumplido su tiempo de servicio, ya ha pagado por su iniquidad”. La forma como se cumplen estas palabras no se revela totalmente hasta el capítulo 53, pero la obertura anuncia el esplendor sinfónico. (c) A consecuencia de su perdón, Dios mismo traerá a los exiliados de vuelta a casa, allanando su camino (40:3–4), reuniendo a su rebaño como un pastor (40:11), revelando por tanto su gloria a toda la raza humana (40:5); el tema misionero es recurrente. (d) Por muy voluble que sean las personas, Dios es totalmente fiable (40:6–8). (e) Las buenas noticias gritadas desde Sion/Jerusalén son: “¡Aquí está vuestro Dios! Mirad, el SEÑOR omnipotente llega con poder” (40:9, 10). No es de extrañar, pues, que los restantes versículos del capítulo permanezcan en la absoluta majestad de Dios.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 159). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Deuteronomio 11 | Salmos 95–96 | Isaías 39 | Apocalipsis 9

7 JUNIO

Deuteronomio 11 | Salmos 95–96 | Isaías 39 | Apocalipsis 9

En la meditación del 7 de noviembre del volumen 1, hablábamos de la enfermedad casi mortal del rey Ezequías, de su recuperación y su posterior insensatez con los emisarios babilonios (en 2 Reyes 20, encontramos un relato parecido al de Isaías 39–40). La muerte no es lo que más hay que temer. Si Ezequías hubiese muerto por su enfermedad, en lugar de vivir quince años más, no habría sucumbido ante sus peores pecados de orgullo y crueldad (Isaías 39:5–8). Sin embargo, aquí nos centraremos en algo más prosaico: la cronología de los acontecimientos, ya que hay varias lecciones que aprender.

Hay mucho debate sobre la datación del reinado de Ezequías. Está razonablemente claro que la invasión de Senaquerib (Isaías 36:1) tuvo lugar en 701 a. C., el decimocuarto año de Ezequías como rey, lo cual significa que subió al trono en 715 a. C. Sin embargo, 2 Reyes 18:1 afirma que esto aconteció en el tercer año del rey Oseas de Israel (el reino del norte), es decir, aproximadamente en 727. Probablemente, Ezequías fue regente con su padre Acaz desde 727 a 715, año en que este murió, reinando en solitario a partir de ahí (las regencias compartidas eran comunes entre los reyes de Judá e Israel). Por tanto, la invasión de 701 tuvo lugar en el año decimocuarto o vigesimosexto del reinado de Ezequías, según se incluyan o no los años de regencia. No obstante, 2 Reyes 18:1 también especifica que este reinó durante veintinueve años desde el inicio de la misma, lo cual sitúa su muerte en 698. Si su enfermedad se produjo quince años antes (Isaías 38:5), estamos hablando del año 713. Los emisarios de Babilonia realizaron su visita poco después, en 712 o 711, más de una década antes de la invasión asiria bajo el mando de Senaquerib. La frase “por aquellos días” (38:1) debe de ser entonces una referencia general a la época de la vida y el reinado de Ezequías y no tanto a algo más específico.

Esto significa que no debemos considerar posteriores a la invasión asiria los acontecimientos de Isaías 38–39, como si este episodio fuese una recaída tras la intercesión heroica y la fiel obediencia descritas en los capítulos 36–37. La situación es más compleja. Después de prósperos años de administración (2 Reyes 18), Ezequías cae enfermo y se cura de forma milagrosa. Seguidamente, se jacta ante los emisarios de Babilonia (Isaías 39), lo cual bien podía ser parte de su plan de rebelión contra Asiria. Ezequías sólo aprende a confiar en el Señor una década más tarde, cuando los asirios casi lo destruyen. Muere tres años después de esta invasión. Si esta cronología es correcta, su postura extraordinariamente egoísta y cruel en Isaías 39:8 refleja con precisión su ambivalencia hacia Dios y su profeta, hasta que la desesperación lo venció.

¿Cuándo y cómo aprendemos a confiar en el Señor?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 158). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Deuteronomio 10 | Salmos 94 | Isaías 38 | Apocalipsis 8

6 JUNIO

Deuteronomio 10 | Salmos 94 | Isaías 38 | Apocalipsis 8

Una de las imágenes más impactantes y llenas de simbolismo del libro es la que encontramos en Apocalipsis 8:3–5.

Tiene diversas raíces. Nos lleva a pasajes como Salmos 141:2: “Que suba a tu presencia mi plegaria como una ofrenda de incienso; que hacia ti se eleven mis manos como un sacrificio vespertino”. David quiere que sus oraciones sean tan agradables a Dios, tan aceptables para él, como el incienso quemado delante suyo en el tabernáculo, como los sacrificios ofrecidos a él allí mismo al final del día. El pacto mosaico ordenó que se levantase el altar del incienso (Éxodo 30:1–10). Este tipo particular de altar y de sacrificio tendría ciertas vinculaciones en el mundo antiguo, las cuales desconocemos. En un mundo en que la higiene era deficiente, era aconsejable quemar un poco de incienso en las casas para enmascarar los malos olores y esta asociación acompañaría a este mismo acto en el tabernáculo y más adelante en el templo. Este ritual ordenado por Dios seguía vigente con total seguridad en la época de Jesús (Lucas 1:8–9).

Juan ya ha utilizado la relación entre las oraciones y el incienso en Apocalipsis 5:8. Cuando el León/Cordero, el Señor Jesús, toma el libro de la mano derecha de aquel que está sentado en el trono, y se prepara para abrir los sellos, los ángeles alrededor del mismo “se postraron delante del Cordero”. Sujetaban “copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones del pueblo de Dios”. El sentido de la visión no es que sea bueno que haya velas de incienso en las catedrales (lo cual confundiría simbolismo y realidad), sino algo más profundo. Si no se hubiese encontrado a nadie que llevase a cabo los propósitos de justicia y bendición de Dios, todas las oraciones de su pueblo son inútiles. Ahora que el León/Cordero ha prevalecido, estas (simbolizadas por el incienso debido al símil del Antiguo Testamento) humean en la presencia de Dios, que las escuchará y contestará, porque ya es seguro que sus propósitos de bendición y juicio se cumplirán.

Aquí en 8:3–5, “las oraciones de todos los santos” se queman delante de Dios en el altar del incienso. “Luego el ángel tomó el incensario y lo llenó con brasas del altar, las cuales arrojó sobre la tierra; y se produjeron truenos, relámpagos y un terremoto” (8:5), señales todas ellas, en este contexto, de la presencia y el juicio aterradores de Dios, que responden a las oraciones de su pueblo.

¿Qué tiene esto de extraño? El alma de los mártires pide justicia (Apocalipsis 6:10). Toda la iglesia clama: “¡Ven, Señor Jesús!” (22:20), sabiendo que así conseguirá que aquella se cumpla finalmente. Los seguidores de Jesús oran pidiendo que venga su reino, lo cual no es una noción sentimental en el contexto de un mundo rebelde y roto.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 157). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Deuteronomio 9 | Salmos 92–93 | Isaías 37 | Apocalipsis 7

5 JUNIO

Deuteronomio 9 | Salmos 92–93 | Isaías 37 | Apocalipsis 7

Ezequías está fuera de sí (Isaías 37). Ha desobedecido al Señor y desafiado a Asiria. Afortunadamente, en ese momento hace lo correcto: en su desesperación, se vuelve al Señor en oración apasionada e insistente, y al profeta de Dios, Isaías, en busca de dirección e intercesión (37:1–4). Este le comunica rápidamente una palabra visionaria del Señor (37:5–7). Dios considera que la postura de Senaquerib es profundamente blasfema: ha tratado al Dios viviente como si fuese una deidad pagana local. El Señor promete que el rey asirio escuchará un informe que le obligará a retirarse y, a su debido tiempo, será eliminado en su propia tierra.

La secuencia de los acontecimientos no está muy clara en este punto: no disponemos de la información suficiente. Los versículos siguientes indican que Laquis había demostrado ser más difícil de conquistar de lo que Senaquerib preveía (aunque, finalmente, lo consigue) y que los asirios se habían trasladado a Libna. Estando allí, le informan de que Egipto (el rey de Cus, 37:9) viene hacia ellos para atacar y advierte a Ezequías de que solo se tratará de un respiro temporal. Senaquerib reanudó en breve el asedio de Jerusalén (37:33ss.), por lo que quizás Egipto sólo envió grupos de hostigamiento.

En cualquier caso, los desoladores presagios para Jerusalén llevaron a Ezequías a orar (37:14–20), alcanzando en esta oración la cota máxima de la vida de este rey. No se dirige a Dios como si este fuese sólo una deidad tribal. Es el Hacedor del cielo y la tierra, el Creador soberano que es “Dios de todos los reinos de la tierra” y el Todopoderoso Dios de Israel “entronizado sobre los querubines” en el lugar santísimo, el Dios del pacto (37:16). Al final de sus recursos, Ezequías se pone en manos de la misericordia del Señor, no únicamente para que salve a la diminuta nación, sino “para que todos los reinos de la tierra sepan que sólo tú, Señor, eres Dios” (37:20).

Dios contesta a la oración de Ezequías. Por medio del profeta Isaías, pronuncia un oráculo de juicio contra Senaquerib (37:22–29), ofrece una señal tranquilizadora para Ezequías (37:30–32) y estipula que no se permitirá que los asirios tomen Jerusalén (37:33–35). Dios defenderá a la ciudad, no por Ezequías, sino por sí mismo y por su siervo David. Ezequías ora y Dios contesta salvándolo, pero en beneficio de otro.

El resultado se menciona brevemente (37:36–38). La matanza de los soldados pudo haber sido consecuencia de una plaga bubónica ordenada por Dios; se conocen otras catástrofes parecidas a partir de fuentes antiguas. Veinte años más tarde, los hijos de Senaquerib mataron a este en su propio templo, mientras el templo del Señor permaneció inmaculado.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 156). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Deuteronomio 8 | Salmo 91 | Isaías 36 | Apocalipsis 6

4 JUNIO

Deuteronomio 8 | Salmo 91 | Isaías 36 | Apocalipsis 6

Isaías 36–39 es menos una digresión histórica que la bisagra sobre la que gira el libro. Empleando otra metáfora, estos capítulos constituyen el vínculo que une las dos grandes partes del mismo. No solo proveen el escenario histórico de gran parte del libro (especialmente, de muchos de los primeros treinta y cinco capítulos), sino que plantean en forma histórica la pregunta fundamental que el libro hace: ¿En quién confiaremos? O, según la perspectiva del comandante de Senaquerib: “¿En quién confías?” (36:5). Isaías 36 comienza el relato.

El rey Ezequías había guiado a la nación en una rebelión contra Asiria, buscando después la ayuda de Egipto. Senaquerib de Asiria no estaba dispuesto a perdonar. Orgulloso de su serie inmaculada de triunfos (36:18–20), decidió destruir Jerusalén y darle una lección inolvidable. Capturó ciudad tras ciudad en Judá hasta que solo quedaron dos, Laquis y Jerusalén. Aquí, vemos a su comandante en jefe tratando de socavar el ánimo de los defensores restantes, hablándoles en hebreo, para que el pueblo de Jerusalén entendiese sus palabras, en lugar de su propio idioma arameo (36:11–12).

Lo que quizás debemos observar con más detenimiento en este capítulo es el ejemplo de las medias verdades de Satanás, los métodos para sembrar dudas y los argumentos calculados para disminuir la fe en el Dios viviente. Conozcamos a nuestro enemigo, en particular sus mentiras, y lo reduciremos y haremos menos creíble. Estas son sus armas:

Gran parte de su discurso es una pura tomadura de pelo. En este punto, Judá tenía tal carencia de guerreros que, aunque Senaquerib hubiese facilitado los caballos, Ezequías no hubiese podido aportar los hombres (36:8). El comandante en jefe declara que está allí porque el Señor se lo ha ordenado (36:10), lo cual es parcialmente cierto e incluso acorde con la propia enseñanza de Isaías (10:5). No obstante, era totalmente falso, en cualquier sentido, que presupusiese que Asiria era un siervo obediente de Dios en lugar de un instrumento utilizado en el misterio de su providencia. Un intento deliberado de minar la confianza del pueblo en Ezequías (36:13–15) sólo encuentra finalmente silencio (36:21), pero el daño psicológico debió ser considerable. El asirio hace que incluso la amenaza de la deportación a una tierra extraña suene como un agradable traslado a un lugar mejor (36:16–17), un poco como hacer del pecado algo delicioso y esconder la vergüenza, la soledad y la muerte. Por supuesto, si Jehová puede reducirse a la posición de las deidades paganas, será más fácil rechazarlo (36:18–19). Además, aunque el comandante en jefe malinterprete el significado de la destrucción de los altares paganos por parte de Ezequías (36:7), está claramente en lo cierto cuando siente la animadversión de muchos del pueblo.

¿Qué medias verdades parecidas repiten sin cesar voces reputadas de nuestra sociedad, para desmoralizar al pueblo de Dios?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 155). Barcelona: Publicaciones Andamio.