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Deuteronomio 18 | Salmos 105 | Isaías 45 | Apocalipsis 15

13 JUNIO

Deuteronomio 18 | Salmos 105 | Isaías 45 | Apocalipsis 15

Las riquezas de Isaías 45 no pueden resumirse de forma breve. El capítulo termina con un sorprendente pasaje misionero (45:14–25), cuyos ecos resuenan en el Nuevo Testamento (p. ej., 45:23; cp. Filipenses 2:10–11). Comienza en los últimos versículos del capítulo 44 y las primeras líneas del 45, donde se presenta por su nombre al rey persa Ciro. Aquí, Dios lo llama “mi pastor” (44:28), e Isaías dice que es el “ungido” del Señor (esto es, “mesías”, un título habitualmente limitado a Saúl o a algunos de los reyes davídicos en el Antiguo Testamento).

Este no es el único pasaje del Antiguo Testamento en que Dios identifica a alguien por su nombre mucho antes de que haya nacido (cp. 1 Reyes 13:1–3). Resulta llamativo que después de la virulenta denuncia de la idolatría en Isaías 44 (véase la meditación del 12 de junio), Dios se refiriese a un pagano idólatra como su ungido. Sin embargo, el sentido es importante. El Señor denuncia la idolatría pero su reinado providencial puede utilizar a uno de sus practicantes, o cualquier otra persona, para sus propios buenos propósitos. Siempre es incorrecto argumentar desde la providencia hasta la ética, o establecer quién “tiene razón” según quién gane en un contexto particular, o dudar de que el Señor pueda utilizar soberanamente a una mala persona para realizar un gran bien sin tener que exonerar o justificar todo el mal cometido en su vida.

Claramente, esta palabra de Dios fue muy dura de aceptar para Israel. Podemos imaginarnos a los exiliados rotos y turbados por las dudas y el miedo. Si el Señor dice que el pagano Ciro es su “mesías”, ¿significa eso que ha renegado de la dinastía davídica? ¿Puede aceptarse la palabra del profeta cuando dice cosas tan ridículas? Previendo el escepticismo, Dios responde con una fuerte defensa de su soberanía y justicia (45:8–13). “¡Ay del que contiende con su Hacedor!” (45:9). El pueblo que había desafiado a Dios de forma tan persistente que acabó en el exilio, cuestiona ahora los medios por los cuales él los va a devolver a su hogar. Sin embargo, no tienen derecho a hacerlo, del mismo modo que la arcilla no puede hacerlo con el alfarero, ni el recién nacido con sus padres (45:9–10). “Así dice el Señor, el Santo de Israel, su artífice: ‘¿Vais acaso a pedirme cuentas del futuro de mis hijos, o a darme órdenes sobre la obra de mis manos?’ ” (45:11). Dios es el Creador soberano y, en la perfección de su justicia, levantará a Ciro para reconstruir Jerusalén (45:13, una evidencia en sí misma de que el linaje davídico no estaba siendo suplantado) y liberar a sus exiliados. Todo ello constituye un paso hacia la invitación gloriosa: “Volved a mí y sed salvos, todos los confines de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay ningún otro (45:22). Reflexionemos en Apocalipsis 15:3–4.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 164). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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