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Deuteronomio 15 | Salmos 102 | Isaías 42 | Apocalipsis 12

10 JUNIO

Deuteronomio 15 | Salmos 102 | Isaías 42 | Apocalipsis 12

Isaías mismo es siervo de Dios (20:3), y también lo son Eliaquín, jefe de la casa de Ezequías (22:20), e Israel como colectivo (41:8–20). ¿Quién es el siervo del Señor en Isaías 42:1–9?

Algunos sostienen que sigue siendo Israel. En este caso, las palabras de Dios, “este es mi siervo” (42:1), se pronuncian delante de las naciones, una especie de defensa de su pueblo ante los grandes poderes que no son nada para él. Sin embargo, esta interpretación de Isaías 42 es improbable. “Este es mi siervo” suena como la introducción de un nuevo personaje. En los capítulos anteriores, el siervo de Dios Israel aparece quejándose (40:27), miedoso y angustiado (41:10). Al final de este capítulo, está sordo, ciego (42:18–19) y peca (42:23–24). En contraste, el siervo del Señor en 42:1–9 no flaquea ni se desanima (42:4), se deleita en Dios (42:1), es bondadoso, perseverante y hará justicia con fidelidad (42:3). Es un Siervo ideal, que encarna todo lo que Israel no fue capaz de ser. Así pues, en este caso, esas palabras van dirigidas a Israel. No solo se le presenta al Siervo porque sea un ideal al que deben aspirar, sino porque es quien los rescatará, como Isaías les dejará claro.

Este cántico del siervo se divide en tres partes: (a) En 42:1–4, Dios se dirige a Israel y presenta al Siervo, que traerá “justicia” a las naciones. El término hebreo es más extenso que el castellano. Engloba la idea de hacer efectivos todos los propósitos de Dios. Sin embargo, cuando el Siervo lo hace, no tiene nada que ver con Ciro o cualquier otro líder imperial. Es bondadoso: no grita ni levanta su voz por las calles (42:2). No rompe la caña quebrada ni apaga la mecha que apenas arde (42:3), un pasaje explícitamente aplicado a Jesús en Mateo 12:15–21. (b) En 42:5–7, Dios se dirige directamente al Siervo (nótese el v. 6: “Yo, el Señor, te he llamado en justicia”), y se permite a Israel escuchar lo que se ha dicho. Aquí, el Dios que da aliento a todas las personas (42:5) hace ahora que este Siervo sea tanto “pacto para el pueblo, como luz para las naciones” (42:6), anulando todos los efectos degradantes del pecado (42:7). (c) En 42:8–9, el Señor se dirige de nuevo a Israel, resumiendo una vez más la misión del Siervo ideal y afirmando que esta trae “cosas nuevas”, que se anunciaron de antemano.

No es de extrañar que este cántico exprese una profunda alabanza al Señor (42:10–17) y contraste una vez más la profundidad de la culpabilidad moral del siervo de Dios Israel (42:18–25), que sólo el Siervo ideal puede eliminar.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 161). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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