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Deuteronomio 9 | Salmos 92–93 | Isaías 37 | Apocalipsis 7

5 JUNIO

Deuteronomio 9 | Salmos 92–93 | Isaías 37 | Apocalipsis 7

Ezequías está fuera de sí (Isaías 37). Ha desobedecido al Señor y desafiado a Asiria. Afortunadamente, en ese momento hace lo correcto: en su desesperación, se vuelve al Señor en oración apasionada e insistente, y al profeta de Dios, Isaías, en busca de dirección e intercesión (37:1–4). Este le comunica rápidamente una palabra visionaria del Señor (37:5–7). Dios considera que la postura de Senaquerib es profundamente blasfema: ha tratado al Dios viviente como si fuese una deidad pagana local. El Señor promete que el rey asirio escuchará un informe que le obligará a retirarse y, a su debido tiempo, será eliminado en su propia tierra.

La secuencia de los acontecimientos no está muy clara en este punto: no disponemos de la información suficiente. Los versículos siguientes indican que Laquis había demostrado ser más difícil de conquistar de lo que Senaquerib preveía (aunque, finalmente, lo consigue) y que los asirios se habían trasladado a Libna. Estando allí, le informan de que Egipto (el rey de Cus, 37:9) viene hacia ellos para atacar y advierte a Ezequías de que solo se tratará de un respiro temporal. Senaquerib reanudó en breve el asedio de Jerusalén (37:33ss.), por lo que quizás Egipto sólo envió grupos de hostigamiento.

En cualquier caso, los desoladores presagios para Jerusalén llevaron a Ezequías a orar (37:14–20), alcanzando en esta oración la cota máxima de la vida de este rey. No se dirige a Dios como si este fuese sólo una deidad tribal. Es el Hacedor del cielo y la tierra, el Creador soberano que es “Dios de todos los reinos de la tierra” y el Todopoderoso Dios de Israel “entronizado sobre los querubines” en el lugar santísimo, el Dios del pacto (37:16). Al final de sus recursos, Ezequías se pone en manos de la misericordia del Señor, no únicamente para que salve a la diminuta nación, sino “para que todos los reinos de la tierra sepan que sólo tú, Señor, eres Dios” (37:20).

Dios contesta a la oración de Ezequías. Por medio del profeta Isaías, pronuncia un oráculo de juicio contra Senaquerib (37:22–29), ofrece una señal tranquilizadora para Ezequías (37:30–32) y estipula que no se permitirá que los asirios tomen Jerusalén (37:33–35). Dios defenderá a la ciudad, no por Ezequías, sino por sí mismo y por su siervo David. Ezequías ora y Dios contesta salvándolo, pero en beneficio de otro.

El resultado se menciona brevemente (37:36–38). La matanza de los soldados pudo haber sido consecuencia de una plaga bubónica ordenada por Dios; se conocen otras catástrofes parecidas a partir de fuentes antiguas. Veinte años más tarde, los hijos de Senaquerib mataron a este en su propio templo, mientras el templo del Señor permaneció inmaculado.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 156). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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