Deuteronomio 7 | Salmo 90 | Isaías 35 | Apocalipsis 5

3 JUNIO

Deuteronomio 7 | Salmo 90 | Isaías 35 | Apocalipsis 5

El escenario de Apocalipsis 4 deja paso al desenlace de Apocalipsis 5. En la mano derecha, la del poder, “del que estaba sentado en el trono”, el Dios trascendente e impresionante descrito en el capítulo 4, hay “un rollo escrito por ambos lados”. Este libro contiene todos los propósitos de justicia, juicio y bendición de Dios. La mayoría escribía solo en un lado de un rollo, el que contiene las líneas horizontales del papiro. Los que lo hacían en los dos lados eran quizás demasiado pobres para permitirse otro o, como en este caso, tenían mucho que decir pero querían ceñirse a un único manuscrito. Así pues, este libro en la mano del Todopoderoso engloba todos los propósitos de juicio y bendición de Dios. Esa es la razón por la que está escrito por ambos lados. No obstante, el libro está sellado, lo cual significa que las intenciones del Señor recogidas en él no se llevarán a cabo hasta que se rompan los sellos.

La pregunta solemne del ángel (5:2) es fundamental para toda religión: ¿Quién es el agente que posee atributos tan abundantes, una vida tan pura y habilidades insuperables como para poder acercarse a este Dios, ante el que incluso el orden más superior de ángeles esconde su rostro, y tomar el libro de su mano derecha a fin de ejecutar todos los propósitos del Todopoderoso? Juan no puede dejar de llorar cuando no se encuentra a nadie que sea digno de ello (5:3–4). Sus lágrimas no brotan de la frustración por ser incapaz de ver el futuro, sino porque es consciente de que, en el simbolismo de esta visión, los propósitos de Dios nunca se llevarán a cabo. No habrá justicia en el universo, ni salvación. El apóstol se desespera al llegar a la conclusión de que la historia no tiene sentido, de que Dios ha muerto.

Sin embargo, un anciano interpreta la visión y consuela a Juan (5:5). El León de la tribu de Judá ha “vencido” (5:5) para abrir el libro: el verbo indica una lucha horrible, pero el León ha triunfado. Es el rey del linaje davídico. Entonces, Juan mira hacia arriba y ve un Cordero, no el León anunciado. No es un animal distinto. La literatura apocalíptica se deleita en las metáforas mixtas. Aquí, el León es el Cordero, un animal muerto para el sacrificio, pero uno que posee la perfección del poder regio (los siete cuernos). Aquí está el Mesías, el que todo lo puede, que se da en sacrificio, emergiendo desde el mismo centro del trono. Sólo él hace realidad todos los propósitos de Dios. No es de extrañar que todo el universo estalle en un nuevo cántico, el de redención (5:9–14). El triunfo del Señor Dios y del Cordero está detrás de la transformación de Isaías 35.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 154). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Deuteronomio 6 | Salmo 89 | Isaías 34 | Apocalipsis 4

2 JUNIO

Deuteronomio 6 | Salmo 89 | Isaías 34 | Apocalipsis 4

Apocalipsis 4 es al capítulo 5 lo que un escenario a una obra de teatro. Es una descripción, en simbolismo apocalíptico, del salón del trono del Dios Todopoderoso; Apocalipsis 5 desarrolla una obra en ese escenario.

Juan identifica la voz que oye como la que escuchó por primera vez hablándole como una trompeta (4:1), la del Señor Jesús exaltado (1:10–16). Este lo llama a través de una puerta abierta en el cielo para que vea los elementos de la espectacular visión que se desarrolla en los versículos siguientes. Inmediatamente, el apóstol está en el “Espíritu” (4:2), quizás un trance provocado por el Espíritu o, quizás, como Pablo (2 Corintios 12:1–10), Juan no conoce realmente la naturaleza de su movimiento. Sin embargo, lo que ve está bastante claro:

(a) Juan ve la crucial importancia y la inefable majestad del Todopoderoso (4:2b–3). No permite que sus lectores olviden que, por encima de todos los tronos temporales, algunos de ellos responsables de una terrible persecución, se encuentra el trono supremo, el de Dios. Describe la brillante gloria de la luz refractándose sobre piedras preciosas, como las joyas de la corona en la torre de Londres. No se puede salir de esta visión y dibujar a Dios. Su belleza cegadora y ardiente provoca sobrecogimiento y no permite réplicas (cp. Ezequiel 1:28).

(b) Juan ve el trono divino realzado por seres celestiales espectaculares (4:4). Aunque es posible interpretar “ancianos” como los creyentes de ambos pactos, es más probable que se refiera a una orden superior de ángeles. Ellos ofrecen a Dios las oraciones de sus santos (5:8), una función angelical (8:3). Los creyentes cantan un cántico nuevo que los ancianos no pueden cantar (14:3). En las visiones de 7:9–11 y 19:1–4, estos se encuentran en círculos concéntricos entre los ángeles y los cuatro seres vivientes (el orden más elevado de seres angelicales). Un anciano interpreta frecuentemente lo que está aconteciendo (p. ej., 5:5), una función típica de los ángeles en la literatura apocalíptica. Aquí, realzan el trono y participan en la adoración.

(c) Juan ve la santa separación del Todopoderoso. Ese es el sentido de las tres viñetas en 4:5–6a. La gran tempestad recuerda al lector el Sinaí (Éxodo 19:16). El mar sirve como símbolo de todo el orden caído; esta es la razón por la que no hay más mar en el nuevo cielo y la nueva tierra (21:1). Estos fenómenos y otros relacionados mantienen a Juan distante de Dios.

(d) Juan ve los cuatro seres vivientes, descritos en términos sacados de Isaías 6 y Ezequiel 1 y 10. Son los seres angelicales más elevados. Orquestan la alabanza del Todopoderoso y reflejan su administración trascendente (4:6b–11). Sólo Dios debe recibir la adoración, porque sólo él es el Creador (4:11) y todas las demás autoridades derivan de la suya (4:10).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 153). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Deuteronomio 5 | Salmo 88 | Isaías 33 | Apocalipsis 3

1 JUNIO

Deuteronomio 5 | Salmo 88 | Isaías 33 | Apocalipsis 3

Si el Señor gobierna, una de las cosas que hace es destruir a los enemigos de su pueblo. En Isaías 33, se pronuncia el primer “ay”, no contra el errante pueblo de Dios (como en 28:1; 29:1, 15; 30:1; 31:1), sino contra el “destructor”, las hordas asirias. Estas son el “traidor” (33:1), sin duda porque aceptaron el desorbitado tributo (véase la meditación de ayer) y atacaron de todas formas. Sin embargo, el traidor será traicionado (33:1). Estas palabras probablemente se refieren al hecho de que Senaquerib, tras volver a casa, murió asesinado a manos de sus propios hijos (37:38).

En esta coyuntura, el pueblo de Dios clama por su ayuda: “Señor, ten compasión de nosotros; pues en ti esperamos” (33:2), un cambio de actitud tardío, desechando la insensibilidad que pusieron de manifiesto en los capítulos 29 y 30. Después de la increíble muerte de casi doscientos mil soldados asirios en 701 a. C., los ciudadanos de Jerusalén pudieron salir de la ciudad y obtener un enorme botín del campamento enemigo (33:4; 37:36).

Una vez más, el cuadro histórico se presenta en términos que anuncian el juicio final de las “naciones” (33:3, ¡en plural!) y la bienaventuranza definitiva de Sion (33:5–6; cp. 33:17–24). La “justicia” y la “rectitud” prevalecerán (33:5). El propio Dios “será la seguridad” para esos tiempos, “dará en abundancia salvación, sabiduría y conocimiento; el temor del Señor será tu tesoro” (33:6), mostrando cómo se solapan la literatura profética del Antiguo Testamento y la sapiencial (cp. Proverbios 1:7).

El resto de Isaías 33 se extiende en estos temas. El lamento de 33:7–9 pone de manifiesto que las estrategias de los gobernantes y diplomáticos debían fracasar antes de que las autoridades se volviesen hacia el Señor desesperadas. Ese es el momento en que el Todopoderoso se levanta (33:10). Él mismo consumirá la paja. Incluso los enemigos que están “lejos” (33:13) oyen lo que él ha hecho. Si él es la clase de Dios que destruye a los pecadores, ¿no consumirá igualmente a los pecadores de Sion (33:14)? “¿Quién de nosotros puede habitar en el fuego consumidor? ¿Quién de nosotros puede habitar en la hoguera eterna?” (33:14). Por esta razón, la promesa de liberación del Señor es, al mismo tiempo también, un gran llamamiento al arrepentimiento (33:15–16).

Los últimos versículos (33:17–24) ofrecen una retrospectiva, un tiempo para reflexionar sobre la destrucción de todos los que aman el mal. Semejante juicio genera una época de paz y estabilidad (33:20), pero, sobre todo, es un tiempo para centrarse completamente en Dios. “Tus ojos verán al rey en su esplendor” (33:17); “Allí el Señor nos mostrará su poder” (33:21); porque “el Señor es nuestro guía; el Señor es nuestro gobernante. El Señor es nuestro rey: ¡Él nos salvará!” (33:22).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 152). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Deuteronomio 4 | Salmo 86–87 | Isaías 32 | Apocalipsis 2

31 MAYO

Deuteronomio 4 | Salmo 86–87 | Isaías 32 | Apocalipsis 2

Si Isaías 30–31 exponen el problema y los peligros de confiar en Egipto, los capítulos 32 y 33 muestran la alternativa: un buen gobierno liderado por un Rey justo. Aunque el profeta espera que ese dirigente sólo aparecerá en el futuro (p. ej., 32:1, 15–16; 33:5–6, 17–22), su postura no es totalmente escatológica: está ocupándose de la crisis de su propia época, un tiempo de complacencia (32:9–11), en el que los diplomáticos han fracasado y los líderes están desesperados (33:7–8); un día en el que los arrogantes asirios, pueblo “de idioma confuso” (33:19), siguen en la tierra. Históricamente, el profeta puede estar haciendo referencia al intento fútil del rey Ezequías de comprar a Senaquerib con un extraordinario tributo (2 Reyes 18:13–16). Sin embargo, este no se apacigua. Sus enviados exigen “con su lengua extraña e incomprensible” (33:19) que Ezequías abra las puertas de Jerusalén. El asedio comienza cuando este se niega a hacerlo. El pueblo de Jerusalén puede ver ahora las consecuencias de un gobierno que sólo presta atención a la vacía futilidad de la simple sabiduría humana. Isaías ofrece la única alternativa: el reinado de Dios. Felizmente, Ezequías decide escogerla en el último momento (2 Reyes 19:14–19). Sin embargo, lo que Isaías busca es el tiempo en que tanto los pueblos como los gobernantes acepten totalmente ese reinado del Todopoderoso.

Así pues, Isaías 32 inicia esta visión mostrando cómo es este gobierno divino y lo que producirá (32:1–8). La identidad de este monarca que reina en justicia (32:1) no queda tan clara como en 11:1–9 (donde es el Mesías) o en 33:22 (donde es el Señor). Desde la perspectiva del cristiano, no existe controversia en estas afirmaciones duales: el Rey supremo es al mismo tiempo el Ungido del linaje de David y el Dios viviente (como en Isaías 9 y Ezequiel 34). Aquí (Isaías 32), el centro de atención no se encuentra tanto en la identidad del rey como en su pasión por la justicia. La transformación de la realeza es tan profunda que “no se nublarán los ojos de los que ven; prestarán atención los oídos de los que oyen” (32:3), lo contrario de 6:9–10.

No obstante, en esta coyuntura, no hay forma de alcanzar semejante gloria si no es por medio del juicio. Tan sólo pasará un año antes de que la cosecha sea completamente destruida (32:10), probablemente cuando Senaquerib avanza con su poderoso ejército después de que el espectacular tributo no consiga apaciguarlo. Peor aún, la propia ciudad será destruida (32:14), un acontecimiento para el que todavía falta un siglo. Sin embargo, sobre todas estas cosas está el derramamiento del Espíritu (32:15–20), obra de Dios, que transformará a su pueblo y se producirá en Pentecostés, siguiendo los pasos de la resurrección y exaltación de Jesús el Mesías (Hechos 2:16–18), y consumado a su regreso (Apocalipsis 11:15–17).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 151). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Deuteronomio 3 | Salmo 85 | Isaías 31 | Apocalipsis 1

30 MAYO

Deuteronomio 3 | Salmo 85 | Isaías 31 | Apocalipsis 1

Aunque Isaías 31 comienza en un plano histórico, el texto se fija en un horizonte más distante y en una esperanza más amplia, como ocurre tantas veces en esta profecía.

Por un lado, Isaías sigue pronunciando lamentos divinos sobre “los que descienden a Egipto en busca de ayuda, de los que se apoyan en la caballería, de los que confían en la multitud de sus carros de guerra… pero no toman en cuenta al Santo de Israel, ni buscan al Señor” (31:1). El profeta recurre al sarcasmo: Dios “es también sabio, y traerá calamidad” (31:2), así como a la metáfora: el Señor puede asemejarse a un león perfectamente capaz de luchar (31:4) o a una bandada de aves que saben cómo proteger a los suyos (31:5). Esta idea lleva al lector a los versículos esenciales de este capítulo, los únicos escritos en prosa: “Israelitas, ¡volveos a aquel contra quien os habéis rebelado tan abiertamente! Porque en aquel día cada uno de vosotros rechazará los ídolos de plata y oro que vuestras propias manos pecadoras fabricaron” (31:6–7).

No hay alternativa al arrepentimiento, no hay otra forma de experimentar la bendición del Señor. La naturaleza del arrepentimiento en la Escritura descarta el sinsentido de un arrepentimiento parcial o supeditado. El arrepentimiento genuino no se aparta de un pecado mientras sigue en los demás; si este fuese parcial, sería tan incongruente como un embarazo parcial. La lealtad a Dios solo en áreas selectivas no es lealtad, sino traición. Arrepentirse de ser desleal en ciertos aspectos, prefiriendo seguir siéndolo en otros, no es en absoluto arrepentimiento. Dios no nos pide que dejemos a este ídolo o a aquel, permitiéndonos seguir alimentando a muchos otros; él exige que abandonemos totalmente la idolatría y volvamos al Dios contra el que nos hemos “rebelado tan abiertamente”, porque él es más que capaz de defender a su pueblo del poder de Asiria, de blandir una espada “no de hombre” (31:8). El cumplimiento literal de esta promesa es 37:36 (véase la meditación del 5 de junio).

Los indicios de una liberación aún mayor en un futuro lejano no son difíciles de encontrar. Una vez más, Isaías predice lo que ocurrirá “en aquel día” (31:7), esa significativa expresión que señala tan habitualmente el escorzo profético. Aunque la pérdida de casi doscientos mil soldados asirios, referida en 37:38, tuvo lugar en 701 a.C., la caída definitiva de Asiria y de su capital, Nínive, descrita en los versículos finales de este capítulo, no ocurriría hasta un siglo después (612). Además, las referencias al fuego de Dios en Sion (31:9) recuerdan 4:2–6 y 29:5–8, visiones de la destrucción de todos los enemigos de Sion y del reinado futuro del Señor.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 150). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Deuteronomio 2 | Salmos 83–84 | Isaías 30 | Judas

29 MAYO

Deuteronomio 2 | Salmos 83–84 | Isaías 30 | Judas

Isaías 30–31 constituyen una severa denuncia de todos los que buscan una alianza con Egipto. Ambos capítulos comienzan con una tremenda oposición a esta alianza (30:1–5; 31:1–3). Sin embargo, Isaías 30 concluye hablando de la gracia de Dios, mientras que Isaías 31 lo hace con un poderoso llamamiento al arrepentimiento. Existen sorprendentes paralelismos entre el capítulo 30 y la segunda lectura destacada de hoy, Judas.

La primera mitad de Isaías 30 denuncia a los líderes de Judá que buscan desesperadamente la ayuda de Egipto. Sus enviados ya han llegado a ciudades del delta del Nilo (30:4). Asnos y camellos cargados de riquezas cruzan el Neguev hacia el sur para comprar el apoyo de Egipto. Desde la perspectiva de Dios, esto demuestra que son infieles al pacto. Son “hijos rebeldes”, “hijos engañosos” (30:1, 9), en lugar de ser los hijos fieles que él esperaba (Éxodo 4:22–23). Son más parecidos al “hijo rebelde” de Deuteronomio 21:18–21, totalmente incapaces de entender las enseñanzas y finalmente condenados por una razón descorazonadora: no quieren escuchar la revelación, bien las estipulaciones del antiguo pacto que prohibía cualquier retorno a Egipto (Éxodo. 13:17; Deuteronomio 17:16), bien las visiones de sus profetas y videntes contemporáneos (30:10). Su criterio para aceptar un sermón es dolorosamente simple: “Decidnos cosas agradables, profetizad ilusiones. ¡Apartaos del camino, retiraos de la senda, y dejad de enfrentarnos con el Santo de Israel!” (30:10–11). Estas palabras recuerdan terriblemente la búsqueda de la “espiritualidad” que se da en la actualidad, dentro y fuera de la iglesia, el “cristianismo terapéutico”, el cristianismo ecuménico y el evangelio de la prosperidad. Existen enormes diferencias entre estos movimientos, por supuesto, pero lo que falta en todos ellos es el impactante asunto del juicio inminente allá donde no hay una sumisión incondicional a la revelación por gracia de Dios.

Nuestra esperanza es la gracia del Señor (30:17–33). Él anhela ser misericordioso con su pueblo (30:18), como su Maestro (30:18–22), como quien sana a su tierra (30:23–26) o como el Guerrero que los defiende (30:27–33). Aquí tenemos las alternativas fundamentales: la gracia (30:18) o Tofet (30:33), la pira que anuncia al propio infierno. Judas comprende esta idea. En su época, los falsos maestros que llevaban al pueblo por el mal camino son “impíos” que sufrirán “el castigo de un fuego eterno” (Judas 4, 7). Como contraste: “¡Al único Dios, nuestro Salvador, que puede guardaros para que no caigáis, y presentaros sin tacha y con gran alegría ante su gloriosa presencia, sea la gloria, la majestad, el dominio y la autoridad, por medio de Jesucristo nuestro Señor, antes de los siglos, ahora y para siempre! (24–25).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 149). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Deuteronomio 1 | Salmos 81–82 | Isaías 29 | 3 Juan

28 MAYO

Deuteronomio 1 | Salmos 81–82 | Isaías 29 | 3 Juan

En la tercera sección importante de este libro (caps. 28–35), Isaías se centra en la difícil situación a la que se enfrenta el monarca en Jerusalén. ¿Se volverá el reino del sur hacia Egipto para resistir la agresión de Asiria o confiará en el Señor? La naturaleza de la crisis y las voces catastróficas que se oyen en la corte ocupan los capítulos 28–29, mientras 30–31 recogen lamentos sobre todos los que confían en Egipto: en esa dirección, únicamente llegarán al desastre. Los capítulos 32–33 describen la solución correcta: confiar en el Dios viviente, que reina en medio de su pueblo. Los últimos dos capítulos de la sección, 34 y 35, muestran la tierra quemada por el juicio, como consecuencia de confiar en naciones paganas, y el huerto de los deleites que espera a los que depositan su fe en el Señor.

Isaías 29, por tanto, forma parte de la descripción de la crisis. Jerusalén es “Ariel” (29:1, 2, 7). Lo sabemos porque se describe como “ciudad donde acampó David” (29:1). El origen de este nombre proviene seguramente de Isaías; no se tiene constancia de ningún uso de esta palabra para referirse a Jerusalén. “Ariel” es un juego de palabras con “brasero del altar”, la superficie plana del altar donde el fuego consumía los sacrificios (cp. Ezequiel 43:15). Dios dice que va a sitiarla y que esta será para él “como un brasero del altar” (29:2): el Todopoderoso prenderá el fuego del juicio en la base de Jerusalén.

Lo trágico de la situación es la ceguera total del pueblo, que es al mismo tiempo su perversidad y el juicio de Dios (29:9–10). No importa lo que el Señor revele por medio de Isaías, pues el pueblo lo borrará de su memoria cuando lo escuche. No pueden comprender la verdad; no tienen una categoría donde incluirla, porque su corazón está muy apartado de los caminos de Dios (29:13). Para ellos, todo lo que Isaías dice permanece sellado en un pergamino que no pueden leer (29:11–12). Incluso su adoración no pasa de ser algo más que una conformidad con las normas (29:13b). Así pues, cuando Dios irrumpa finalmente en escena, hará “prodigios maravillosos”, con el propósito de derribar las pretensiones de los “sabios” e “inteligentes” (29:14) que aconsejan al rey hacer lo que el Señor prohíbe.

El cumplimiento definitivo de este patrón tiene lugar en tiempos del evangelio. Pablo comprende perfectamente bien cómo la persona que no tiene el Espíritu de Dios encuentra muy incoherente la verdad del evangelio, cómo los “sabios” e “inteligentes” urden muchos planes, ninguno de los cuales encaja con él (1 Corintios 1:18–31; 2:14). Aquí, también, Dios destruye la sabiduría de los sabios (1 Corintios 1:19; Is. 29:14), porque su propio camino no tiene nada que ver con lo que ellos han previsto: la “locura” total de la cruz.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 148). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Números 36 | Salmo 80 | Isaías 28 | 2 Juan

27 MAYO

Números 36 | Salmo 80 | Isaías 28 | 2 Juan

Incluso una lectura somera de 2 Juan muestra que los antecedentes de esta corta epístola se solapan en cierta medida con los de 1 Juan. En ambas epístolas, encontramos el tema de la verdad vinculado a la identidad de Jesucristo: “Es que han salido por el mundo muchos engañadores que no reconocen que Jesucristo ha venido en cuerpo humano” (2 Juan 7). Estos engañadores particulares negaron que Jesús fuese el Cristo hecho carne. Separaron al Jesús de carne y hueso del “Cristo” que vino sobre él. Así pues, rechazaron la singularidad esencial de Jesucristo, el Dios/hombre, aquel que era al mismo tiempo Hijo de Dios y ser humano. Había muchas consecuencias tristes.

Las razones de esta aberración doctrinal tenían relación con presiones culturales generalizadas. Basta con decir que esos “engañadores”, esos “desviadores” (como algunos los han llamado), creían ser pensadores superiores, progresistas. No se veían analizando la fe cristiana y escogiendo rechazar ciertas verdades fundamentales, eligiendo según algún oscuro principio. Más bien, consideraban que suministraban una interpretación verdadera y avanzada del conjunto, por encima de los conservadores y tradicionalistas que no comprendían realmente la cultura. Juan habla de ellos por esta razón, con gran ironía, como si fuese corriendo por delante de la verdad: “Todo el que se descarría y no permanece en la enseñanza de Cristo, no tiene a Dios; el que permanece en la enseñanza sí tiene al Padre y al Hijo” (9). La postura del apóstol es muy parecida a la del anciano ministro que escucha una doctrina moderna y opina:

Dices que no estoy con ella.

Amigo mío, no lo dudo.

Pero, cuando veo que no estoy con ella,

debería estar sin ella.

Lo esencial, por supuesto, no es si uno es o no “progresista”, o “tradicionalista”: se pueden ser ambas cosas en un sentido bueno o malo. Tales etiquetas, por sí mismas, son frecuentemente manipuladoras y raramente añaden demasiada claridad a los asuntos complejos. Lo que importa de verdad es si nos agarramos o no al evangelio apostólico, si continuamos o no en la enseñanza de Cristo. Esa es la prueba eterna.

¿Qué movimientos contemporáneos fallan en esta prueba, bien porque se precipitan “por delante” del evangelio en su esfuerzo por ser modernos, bien por haberse incrustado en tradiciones que lo domestican?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 147). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Números 35 | Salmo 79 | Isaías 27 | 1 Juan 5

26 MAYO

Números 35 | Salmo 79 | Isaías 27 | 1 Juan 5

La mayor parte de las personas que han leído 1 Juan algunas veces, saben que Juan habla de muchas evidencias (algunos comentaristas las llaman “pruebas” o “pruebas de vida”) que clarifican quién es realmente cristiano. Casi todos ven tres: (a) una de verdad, en particular la verdad de que Jesús es el Hijo de Dios; (b) una de obediencia, en particular a los mandatos de Jesús; (c) una de amor, en particular por nuestros hermanos. El peligro reside en creer que de alguna forma estas “pruebas” establecen contribuciones independientes, como si fuese suficiente para una persona cumplir con dos de las tres. Sin embargo, hacia el final de esta epístola, sobre todo en 1 Juan 5:1–5, estas tres pruebas aparecen de tal forma que no son en absoluto independientes. Están interrelacionadas.

Este párrafo comienza con la prueba de verdad, con la persona “que cree que Jesús es el Cristo” (5:1). Esta persona es nacida de Dios, un concepto reiterado repetidas veces en los escritos de Juan. No obstante, todo aquel que es nacido de Dios, seguramente amará a los que comparten esta característica con él, sus hermanos espirituales, por así decirlo (5:1). Así pues, la prueba de verdad está vinculada, por medio del nuevo nacimiento, a la de amor. ¿Cómo sabemos, entonces, cuándo amamos realmente a los hijos de Dios? Bien, ante todo, amando al propio Dios y, en consecuencia, cumpliendo sus mandamientos (5:2). De hecho, es ridículo pretender que se ama a Dios y no obedecerle. Esta idea es tan obvia que podemos llegar a afirmar que “amar a Dios” es obedecer “sus mandamientos” (5:3). Por supuesto, Juan ya ha recordado a sus lectores que uno de los mandamientos fundamentales de Jesús, su “nuevo mandamiento”, es que sus discípulos se amen los unos a los otros (2:3–11; 3:11–20; cp. Juan 13:34–35). Por tanto, la prueba de amor está vinculada a la de obediencia en diversos niveles.

No debemos creer que el cristianismo sólo sea una obediencia inflexible. La verdad es que los mandamientos de Jesús “no son difíciles de cumplir” (5:3), porque, en el nuevo nacimiento, Dios nos ha dado el poder para cumplir lo que Cristo manda, la capacidad de vencer al “mundo” (5:4–5; cp. 2:15–17). ¿Quién dispone entonces de este poder para vencer al mundo? Aquellos que han nacido de nuevo, los que tienen una fe auténtica, la cual se define en términos del objeto de la misma, concretamente la verdad de que Jesús es realmente el Hijo de Dios. Así pues, la prueba de obediencia, junto a la de amor, está vinculada a la de verdad.

La gloriosa realidad es que, en la vida cristiana, la verdad y la ética van de la mano. La confesión del credo y una vida transformada, también. Cualquier otra alternativa es superstición o engaño.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 146). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Números 34 | Salmo 78:40–72 | Isaías 26 | 1 Juan 4

25 MAYO

Números 34 | Salmo 78:40–72 | Isaías 26 | 1 Juan 4

En su cántico de alabanza, Isaías celebra el triunfo inminente del Señor y pone de manifiesto lo que significa esperar a que él actúe (Isaías 26). Los primeros versículos ofrecen una alabanza anticipativa (26:1–6), dedicada al Dios que hace de la Jerusalén definitiva la muralla de la seguridad (26:2) y preserva en paz la mente de todos los que se encuentran dentro de ella, todos los que confían en el Dios viviente (26:3–4).

La mayor parte del capítulo se dedica a reflexionar acerca de lo que significa esperar ese triunfo final (26:7–21). Isaías escribe: “Sí, en ti esperamos, Señor, y en la senda de tus juicios; tu nombre y tu memoria son el deseo de nuestra vida” (26:8). Sin embargo, mientras los justos anhelan al Dios viviente (26:9a), la sorprendente verdad es que las personas que no lo conocen nunca aprenden nada de la gracia que Dios muestra con ellos (26:9b–10). Así pues, el pueblo de Dios clama pidiendo que él venga e imponga su justicia (26:11), como ocurre en Apocalipsis 6:10.

Entretanto, el remanente fiel vive con ambigüedad y decepción (26:12–18). La idolatría florece en la tierra en que Dios estableció la paz (26:12–13). El remanente permanece fiel mientras que la cultura sucumbe (26:13). Lo que se describe en los siguientes versículos es casi el patrón cíclico de la historia de Israel. Dios responde con juicio a la infidelidad. A su debido tiempo, regresa con gracia, ensancha a la nación y extiende su propia gloria. Y entonces, cuando todo se ha dicho y hecho, ¿cuál es el resultado? La nación es como una mujer retorciéndose por los dolores del parto y, cuando finalmente da a luz a su hijo, todo lo que ha producido es viento (26:18). “No trajimos salvación a la tierra, ni nacieron los habitantes del mundo” (26:18). ¿Dónde está la gran esperanza vinculada con la identidad de Israel, con la promesa hecha al patriarca de que en la semilla de Israel serían benditas todas las naciones de la tierra (Génesis 12)?

No obstante, el capítulo acaba con esperanza. La hay incluso para aquellos que han muerto durante los fatigosos ciclos de frustración, fracaso, futilidad y juicio: no esperaron ni murieron en vano, porque se levantarán de los muertos y serán partícipes del gozo de la victoria (26:19), una promesa de vida que se atisba brevemente en 25:8, demostrada en la resurrección de Jesús y cumplida definitivamente al final (1 Corintios 15:1; 1 Tesalonicenses 4:13–18). Entretanto, los que siguen vivos deben esperar con paciencia que pase la ira de Dios (26:20–21). De forma más clara que Isaías, sabemos que “los sufrimientos ligeros y efímeros que ahora padecemos producen una gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento” (2 Corintios 4:17–18; cf. Romanos 8:18).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 145). Barcelona: Publicaciones Andamio.