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Deuteronomio 2 | Salmos 83–84 | Isaías 30 | Judas

29 MAYO

Deuteronomio 2 | Salmos 83–84 | Isaías 30 | Judas

Isaías 30–31 constituyen una severa denuncia de todos los que buscan una alianza con Egipto. Ambos capítulos comienzan con una tremenda oposición a esta alianza (30:1–5; 31:1–3). Sin embargo, Isaías 30 concluye hablando de la gracia de Dios, mientras que Isaías 31 lo hace con un poderoso llamamiento al arrepentimiento. Existen sorprendentes paralelismos entre el capítulo 30 y la segunda lectura destacada de hoy, Judas.

La primera mitad de Isaías 30 denuncia a los líderes de Judá que buscan desesperadamente la ayuda de Egipto. Sus enviados ya han llegado a ciudades del delta del Nilo (30:4). Asnos y camellos cargados de riquezas cruzan el Neguev hacia el sur para comprar el apoyo de Egipto. Desde la perspectiva de Dios, esto demuestra que son infieles al pacto. Son “hijos rebeldes”, “hijos engañosos” (30:1, 9), en lugar de ser los hijos fieles que él esperaba (Éxodo 4:22–23). Son más parecidos al “hijo rebelde” de Deuteronomio 21:18–21, totalmente incapaces de entender las enseñanzas y finalmente condenados por una razón descorazonadora: no quieren escuchar la revelación, bien las estipulaciones del antiguo pacto que prohibía cualquier retorno a Egipto (Éxodo. 13:17; Deuteronomio 17:16), bien las visiones de sus profetas y videntes contemporáneos (30:10). Su criterio para aceptar un sermón es dolorosamente simple: “Decidnos cosas agradables, profetizad ilusiones. ¡Apartaos del camino, retiraos de la senda, y dejad de enfrentarnos con el Santo de Israel!” (30:10–11). Estas palabras recuerdan terriblemente la búsqueda de la “espiritualidad” que se da en la actualidad, dentro y fuera de la iglesia, el “cristianismo terapéutico”, el cristianismo ecuménico y el evangelio de la prosperidad. Existen enormes diferencias entre estos movimientos, por supuesto, pero lo que falta en todos ellos es el impactante asunto del juicio inminente allá donde no hay una sumisión incondicional a la revelación por gracia de Dios.

Nuestra esperanza es la gracia del Señor (30:17–33). Él anhela ser misericordioso con su pueblo (30:18), como su Maestro (30:18–22), como quien sana a su tierra (30:23–26) o como el Guerrero que los defiende (30:27–33). Aquí tenemos las alternativas fundamentales: la gracia (30:18) o Tofet (30:33), la pira que anuncia al propio infierno. Judas comprende esta idea. En su época, los falsos maestros que llevaban al pueblo por el mal camino son “impíos” que sufrirán “el castigo de un fuego eterno” (Judas 4, 7). Como contraste: “¡Al único Dios, nuestro Salvador, que puede guardaros para que no caigáis, y presentaros sin tacha y con gran alegría ante su gloriosa presencia, sea la gloria, la majestad, el dominio y la autoridad, por medio de Jesucristo nuestro Señor, antes de los siglos, ahora y para siempre! (24–25).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 149). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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