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Deuteronomio 4 | Salmo 86–87 | Isaías 32 | Apocalipsis 2

31 MAYO

Deuteronomio 4 | Salmo 86–87 | Isaías 32 | Apocalipsis 2

Si Isaías 30–31 exponen el problema y los peligros de confiar en Egipto, los capítulos 32 y 33 muestran la alternativa: un buen gobierno liderado por un Rey justo. Aunque el profeta espera que ese dirigente sólo aparecerá en el futuro (p. ej., 32:1, 15–16; 33:5–6, 17–22), su postura no es totalmente escatológica: está ocupándose de la crisis de su propia época, un tiempo de complacencia (32:9–11), en el que los diplomáticos han fracasado y los líderes están desesperados (33:7–8); un día en el que los arrogantes asirios, pueblo “de idioma confuso” (33:19), siguen en la tierra. Históricamente, el profeta puede estar haciendo referencia al intento fútil del rey Ezequías de comprar a Senaquerib con un extraordinario tributo (2 Reyes 18:13–16). Sin embargo, este no se apacigua. Sus enviados exigen “con su lengua extraña e incomprensible” (33:19) que Ezequías abra las puertas de Jerusalén. El asedio comienza cuando este se niega a hacerlo. El pueblo de Jerusalén puede ver ahora las consecuencias de un gobierno que sólo presta atención a la vacía futilidad de la simple sabiduría humana. Isaías ofrece la única alternativa: el reinado de Dios. Felizmente, Ezequías decide escogerla en el último momento (2 Reyes 19:14–19). Sin embargo, lo que Isaías busca es el tiempo en que tanto los pueblos como los gobernantes acepten totalmente ese reinado del Todopoderoso.

Así pues, Isaías 32 inicia esta visión mostrando cómo es este gobierno divino y lo que producirá (32:1–8). La identidad de este monarca que reina en justicia (32:1) no queda tan clara como en 11:1–9 (donde es el Mesías) o en 33:22 (donde es el Señor). Desde la perspectiva del cristiano, no existe controversia en estas afirmaciones duales: el Rey supremo es al mismo tiempo el Ungido del linaje de David y el Dios viviente (como en Isaías 9 y Ezequiel 34). Aquí (Isaías 32), el centro de atención no se encuentra tanto en la identidad del rey como en su pasión por la justicia. La transformación de la realeza es tan profunda que “no se nublarán los ojos de los que ven; prestarán atención los oídos de los que oyen” (32:3), lo contrario de 6:9–10.

No obstante, en esta coyuntura, no hay forma de alcanzar semejante gloria si no es por medio del juicio. Tan sólo pasará un año antes de que la cosecha sea completamente destruida (32:10), probablemente cuando Senaquerib avanza con su poderoso ejército después de que el espectacular tributo no consiga apaciguarlo. Peor aún, la propia ciudad será destruida (32:14), un acontecimiento para el que todavía falta un siglo. Sin embargo, sobre todas estas cosas está el derramamiento del Espíritu (32:15–20), obra de Dios, que transformará a su pueblo y se producirá en Pentecostés, siguiendo los pasos de la resurrección y exaltación de Jesús el Mesías (Hechos 2:16–18), y consumado a su regreso (Apocalipsis 11:15–17).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 151). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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